
Amor en los muros
Fandom: Attack on tittan
Creado: 23/7/2026
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El despertar del instinto
El cielo sobre el distrito de Trost estaba teñido de un gris plomizo, como si las nubes compartieran el peso de la desesperación humana. Los restos de la última incursión de los titanes aún humeaban en la distancia, y el olor a sangre y pólvora se negaba a abandonar las calles. Para Levi Ackerman, aquel escenario era simplemente un martes más en su existencia dedicada a la guerra.
Desde lo alto de una de las murallas interiores, Levi observaba el patio donde los nuevos reclutas se alineaban con una mezcla de terror y determinación mal disimulada. Su mirada, afilada como las cuchillas que portaba en los muslos, recorría las filas de jóvenes que, en su mayoría, no sobrevivirían a la primera expedición fuera de los muros.
—Parecen más frágiles que los del año pasado —comentó Erwin Smith, colocándose a su lado con la serenidad habitual que lo caracterizaba.
—Son carne de cañón, Erwin —respondió Levi con su voz monótona y gélida—. Solo unos pocos tienen la mirada de alguien que sabe lo que es perderlo todo.
Sus ojos continuaron analizando a los soldados hasta que se detuvieron en una figura que destacaba, no por su tamaño, sino por su postura. Era una joven de cabellos oscuros y ojos que, incluso desde la distancia, irradiaban una intensidad febril que le resultó extrañamente familiar.
—Esa es ella —dijo Erwin, notando la dirección de la mirada de su capitán—. La hermana de Eren Jaeger. Se enlistó justo después de que el chico fuera puesto bajo nuestra custodia.
Levi frunció el ceño. Sabía de la existencia de una hermana, pero no esperaba encontrarla allí, lista para arrojarse a las fauces de los titanes.
—Otro Jaeger con deseos de muerte —masulló Levi—. Lo que nos faltaba.
—Dicen que sus habilidades con el equipo de maniobras tridimensionales superan a las de muchos veteranos —continuó Erwin—. Quiero que la integres en tu escuadrón, Levi. Si tiene el mismo potencial que su hermano, no podemos permitir que muera en una formación descuidada.
Levi no respondió. Bajó de la muralla con movimientos ágiles y silenciosos, dirigiéndose hacia el patio de entrenamiento. A medida que se acercaba, una sensación extraña comenzó a hormiguear en la base de su nuca. No era peligro, al menos no del tipo que un titán representaba. Era algo más profundo, un pulso rítmico que parecía sincronizarse con sus propios latidos.
Al llegar frente a la formación, el instructor gritó una orden y los reclutas se cuadraron, golpeando sus pechos con el puño derecho en el saludo militar. Levi caminó entre las filas, ignorando los rostros pálidos y las manos temblorosas, hasta que se detuvo frente a ella.
La joven no bajó la mirada. Al contrario, lo observó con una fijeza que rozaba la insolencia. En sus ojos había fuego, pero también una tristeza antigua, una que Levi reconoció de inmediato porque era la misma que él cargaba en el espejo cada mañana.
—Nombre —ordenó Levi, con la voz más baja de lo habitual.
—[Nombre] Jaeger, señor —respondió ella. Su voz era firme, clara, sin el menor rastro de duda.
En ese preciso instante, el mundo pareció desvanecerse a su alrededor. El ruido del campamento, los gritos de los instructores y el viento gélido se convirtieron en un murmullo lejano. Levi sintió una descarga eléctrica recorriendo su columna vertebral. Fue un estallido de claridad absoluta, como si una pieza del rompecabezas que ni siquiera sabía que faltaba hubiera encajado de golpe.
El Ackerbond.
La leyenda que su tío Kenny le había mencionado entre sombras y cinismo. Un instinto de protección tan absoluto que redefinía la existencia de un Ackerman. Levi siempre lo había considerado un cuento para dar sentido a su servidumbre, pero allí, frente a esa muchacha que lo miraba con desafío, supo que el destino acababa de jugarle la broma más pesada de su vida.
—Jaeger —repitió Levi, recuperando el control de sus facciones casi al instante—. Espero que seas menos molesta que tu hermano. Si vas a estar en mi escuadrón, no toleraré ni un solo error.
—No planeo cometer ninguno, Capitán —replicó ella, apretando el puño contra su pecho—. He venido aquí para matar titanes, no para ser una carga.
Levi guardó silencio un segundo más de lo necesario.
—Ya veremos. Mañana a primera hora en el campo de entrenamiento. Si llegas un segundo tarde, te enviaré de vuelta a las granjas.
—Entendido —dijo ella, y por un breve momento, una chispa de determinación brilló en sus ojos.
Levi se dio la vuelta y se alejó, pero la sensación en su pecho no disminuyó. Su mente, usualmente enfocada en la estrategia y la limpieza, ahora estaba invadida por una urgencia biológica: mantener a esa mujer a salvo a cualquier precio.
Las semanas siguientes fueron un tormento silencioso para el capitán. El entrenamiento del Escuadrón de Operaciones Especiales era brutal, diseñado para llevar al límite a cualquiera, pero [Nombre] parecía alimentarse del cansancio. Era rápida, letal y poseía una intuición en el aire que solo Levi podía igualar.
Sin embargo, para Levi, verla volar entre los árboles del bosque de los árboles gigantes era una tortura. Cada vez que ella se arriesgaba demasiado en una maniobra, el corazón de Levi daba un vuelco que se esforzaba por ocultar tras una máscara de indiferencia.
—¡Cuidado a la izquierda, Jaeger! —gritó Levi, impulsándose con su equipo para decapitar a un titán de prueba de madera antes de que ella pudiera alcanzarlo.
Ella aterrizó sobre una rama gruesa, jadeando, con el cabello despeinado y las mejillas encendidas por el esfuerzo.
—¡Lo tenía bajo control, Capitán! —protestó ella, limpiándose el sudor de la frente—. No necesita protegerme en cada movimiento que hago.
Levi aterrizó frente a ella, reduciendo la distancia entre ambos. La diferencia de altura no disminuía la intensidad de su presencia.
—En el campo de batalla, el exceso de confianza es lo que te mata —dijo él, con voz cortante—. Si crees que te estoy protegiendo, es que eres más ingenua de lo que pensaba. Solo me aseguro de que no desperdicies el equipo de la humanidad con una muerte estúpida.
—¿Entonces por qué siempre está ahí? —preguntó ella, dando un paso hacia adelante—. He observado a los demás. Usted los corrige, les da órdenes... pero conmigo es diferente. Me vigila como si esperara que me rompiera en cualquier momento. No soy de cristal, Levi.
El uso de su nombre de pila, sin el rango, hizo que los nervios de Levi se tensaran.
—Vuelve a la base —ordenó él, dándole la espalda—. Has terminado por hoy.
—¡No he terminado! —insistió ella, alcanzándolo y tomándolo del brazo.
En el momento en que sus dedos se cerraron sobre la manga de la chaqueta de Levi, una oleada de calor recorrió el cuerpo del capitán. El vínculo, ese hilo invisible que lo unía a ella, vibró con una fuerza abrumadora. Levi se giró con una rapidez inhumana, atrapando las muñecas de la joven y acorralándola contra el tronco del árbol.
El silencio se apoderó del bosque. Solo se escuchaba el jadeo pesado de ambos y el crujir de las hojas bajo el viento.
—No vuelvas a tocarme —susurró Levi, aunque sus ojos decían algo completamente distinto. Estaba buscando cualquier herida, cualquier signo de debilidad, cualquier razón para llevarla lejos de la guerra y encerrarla donde el mundo no pudiera tocarla.
—¿Por qué me mira así? —preguntó ella en un susurro, su valentía flaqueando por primera vez ante la intensidad de la mirada de Levi—. Parece que me odia... o que tiene miedo por mí.
—No te odio —dijo él, soltándola bruscamente—. Y no tengo miedo. Solo... eres una molestia necesaria.
Se alejó usando el equipo de maniobras, dejándola sola en la inmensidad del bosque. Levi sabía que estaba mintiendo. Tenía miedo. Por primera vez en su vida, el soldado más fuerte de la humanidad tenía un punto débil que no podía proteger con una cuchilla. El Ackerbond no era una bendición; era una condena que lo obligaba a amar en un mundo diseñado para destruir todo lo que fuera hermoso.
Esa noche, en el comedor del cuartel, el ambiente era sombrío. La próxima expedición se había anunciado para la semana siguiente. Eren estaba sentado con sus amigos, discutiendo planes y esperanzas, mientras [Nombre] comía en silencio en una mesa apartada.
Levi la observaba desde las sombras del pasillo, con una taza de té frío en la mano.
—Parece que no puedes quitarle los ojos de encima —dijo una voz a su espalda. Era Hange Zoe, que lo miraba con una sonrisa inusualmente seria.
—No digas estupideces, cuatro ojos —respondió Levi sin mirarla.
—No es una estupidez, Levi. He leído sobre las familias antiguas. Los Ackerman tienen peculiaridades biológicas. Tu comportamiento ha cambiado desde que ella llegó. Estás más irritable, más obsesivo con la seguridad... y tus ojos la buscan constantemente. ¿Es lo que creo que es?
Levi dio un sorbo a su té, el sabor amargo inundando su paladar.
—No sé de qué hablas. Solo es una soldado con potencial.
—Es la hermana de Eren —recordó Hange—. Si algo le pasa, perderemos el control sobre el Titán Fundador. Es lógico que quieras protegerla. Pero esto es más que lógica, ¿verdad?
Levi dejó la taza sobre un alféizar y se cruzó de brazos.
—Ella no sabe nada de esto. Y así debe seguir. Mañana empezará el entrenamiento nocturno. Si va a salir de esos muros, me aseguraré de que sea la cosa más letal que esos monstruos hayan visto jamás.
—La vas a quebrar si sigues presionándola así —advirtió Hange.
—Prefiero que se quiebre aquí, bajo mi supervisión, a que un titán la devore porque no fue lo suficientemente rápida —sentenció él antes de marcharse.
La noche de la expedición llegó con una luna llena que iluminaba el mundo con una claridad fantasmal. El Cuerpo de Exploración cabalgaba hacia el exterior, el estruendo de los cascos de los caballos contra el suelo resonando como un tambor de guerra.
Levi cabalgaba a la vanguardia, pero su atención estaba dividida. [Nombre] estaba en el flanco izquierdo, cumpliendo su función a la perfección. De repente, una bengala roja rasgó el cielo.
—¡Excéntrico a la izquierda! —gritó un soldado.
Un titán de quince metros surgió de la espesura, moviéndose con una agilidad antinatural. Se dirigía directamente hacia el grupo de [Nombre].
Antes de que Erwin pudiera dar una orden, Levi ya había espoleado a su caballo. El viento azotaba su rostro, pero su mente estaba en blanco, operando puramente por instinto. Vio cómo el titán extendía una mano enorme hacia la joven.
—¡[Nombre]! —el grito salió de la garganta de Levi con una desesperación que nunca antes había sentido.
Ella reaccionó a tiempo, disparando los anclajes y elevándose en el aire, pero el titán era rápido. Con un manotazo, el monstruo golpeó uno de los cables, desestabilizando a la joven y enviándola a estrellarse contra una formación rocosa.
El mundo se volvió rojo para Levi.
En un parpadeo, el capitán estaba sobre el titán. Sus movimientos no eran humanos; era un torbellino de acero y furia. En cuestión de segundos, el titán estaba reducido a trozos de carne humeante que caían al suelo.
Levi aterrizó junto a [Nombre] antes de que el cuerpo del titán terminara de desplomarse. Ella estaba en el suelo, aturdida, con sangre corriendo por su frente, pero viva.
—¿Estás herida? ¡Háblame! —exigió Levi, arrodillándose a su lado y tomándola por los hombros con una fuerza que casi le dolía. Sus manos, siempre firmes, temblaban visiblemente.
—Estoy... estoy bien —logró decir ella, parpadeando para recuperar la vista—. Solo ha sido un golpe...
Levi la atrajo hacia sí, escondiendo el rostro de ella contra su pecho por un breve segundo. El alivio fue tan violento que lo dejó sin aliento. El Ackerbond rugía en su interior, una sinfonía de protección y posesividad que ya no podía ignorar.
—Te dije que no cometieras errores —susurró él, su voz quebrada por una emoción que no podía contener—. No te atrevas a hacerme esto otra vez. No te atrevas a dejarme solo en este infierno.
Ella se quedó helada, escuchando el corazón de Levi latir con una fuerza salvaje contra su oído. Lentamente, levantó sus manos y las apoyó en la espalda del capitán, aceptando no solo su protección, sino el vínculo invisible que ahora ambos empezaban a comprender.
—No me iré a ninguna parte, Levi —respondió ella en voz baja—. Te lo prometo.
En medio de la llanura oscura, rodeados de muerte y gigantes, el soldado más fuerte de la humanidad encontró su verdadera fuerza. No estaba en sus cuchillas ni en su odio hacia los titanes, sino en la fragilidad de la mujer que sostenía entre sus brazos. El destino de los Ackerman se había cumplido, y aunque el futuro era incierto y cruel, Levi sabía que, mientras ella respirara, él tendría una razón para seguir luchando.
—Levántate —dijo Levi, recuperando su compostura y ayudándola a ponerse en pie, aunque sin soltar su mano—. Tenemos una misión que terminar.
—Sí, Capitán —asintió ella, con una sonrisa débil pero decidida.
Ambos montaron de nuevo, cabalgando hacia la oscuridad del horizonte. Ya no eran solo dos soldados cumpliendo órdenes; eran dos mitades de una leyenda antigua, unidos por un lazo que ni siquiera los muros del mundo podrían romper.
