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Futbol

Fandom: Futbol

Creado: 23/7/2026

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Entre el césped y el Hangul

El sol de la tarde barcelonesa se filtraba por las grandes ventanas del salón, bañando todo de un tono dorado que hacía que la piel de Lia Kim pareciera casi de porcelana. Sentada en el sofá, con sus piernas cruzadas y su cabello ondulado cayendo con elegancia sobre su hombro derecho, Lia estaba concentrada editando su último video para redes sociales. A sus dieciséis años, tenía una presencia que mezclaba la picardía de una adolescente astuta con la gracia natural de sus raíces coreanas.

Pau Cubarsí la observaba desde la cocina mientras terminaba de preparar dos vasos de zumo natural. A sus diecinueve años, el defensa del Barça no solo era una de las promesas más brillantes del fútbol mundial, sino también un joven profundamente enamorado. Para él, Lia no era solo su novia; era su refugio, su "niña", como solía llamarla con ese tono tierno que solo reservaba para ella.

Se acercó al sofá con cuidado, admirando el perfil de Lia: sus pestañas largas que proyectaban sombras sobre sus mejillas y esos labios carnosos que siempre parecían estar a punto de soltar una broma.

— Una pausa, cariño —dijo Pau, dejando los vasos sobre la mesa de centro—. Llevas una hora pegada a la pantalla. Tus seguidores pueden esperar diez minutos.

Lia levantó la vista y le dedicó una sonrisa radiante, de esas que hacían que los hoyuelos de Pau se marcaran aún más.

— Es que este vlog tiene que quedar perfecto, Pau —respondió ella con esa voz dulce pero firme que tanto lo cautivaba—. Además, salimos los dos en la miniatura. ¡Mis fans coreanos están locos contigo!

Pau se sentó a su lado, rodeándola con un brazo y atrayéndola hacia su pecho. A pesar de los tres años de diferencia, la conexión entre ellos era absoluta. Él era su protector, el chico cariñoso que no tenía reparos en mostrar afecto, y ella era el torbellino de energía que le enseñaba que la vida fuera del campo de juego era igual de emocionante.

— Me da un poco de vergüenza, lo sabes —confesó él, dándole un beso corto en la frente—. Pero si es por ti, dejo que me grabes hasta durmiendo.

Lia soltó una risita argentina y se acurrucó más contra él, su pequeña cintura de avispa encajando perfectamente bajo el brazo de Pau.

Gwiyeowo —susurró ella, mirándolo con picardía.

— Eso significa "lindo", ¿verdad? —preguntó Pau, orgulloso de recordar sus lecciones.

— Vas mejorando, pero hoy vamos a subir el nivel —dijo Lia, dejando el teléfono a un lado—. Esta noche tenemos la cena con tus compañeros de equipo y los capitanes. Quiero que, si alguien te hace una entrada fuerte en el próximo entrenamiento, sepas cómo maldecirlo adecuadamente en mi idioma.

Pau soltó una carcajada que hizo vibrar su pecho. Sus mejillas, naturalmente algo redondeadas y suaves, se encendieron un poco.

— Lia, no puedo ir por ahí insultando en coreano a Lamine o a Gavi. Me van a mirar raro.

— Oh, vamos, Pau —insistió ella, incorporándose y gesticulando con sus manos pequeñas y delicadas—. Imagina la cara de Ferran si le sueltas un Ssa-ssang-nom cuando te robe el balón.

— ¿Ssa-ssang-nom? —repitió Pau, intentando imitar la pronunciación—. Suena... contundente.

— ¡Exacto! —exclamó Lia, aplaudiendo—. Significa algo así como "bastardo" o "tipo despreciable", pero con mucho estilo. Tienes que decirlo con fuerza, desde el diafragma.

Pau se aclaró la garganta, adoptando una postura seria que solía usar cuando se preparaba para un córner, pero la chispa de diversión en sus ojos lo delataba.

Ssa-ssang-nom —dijo, intentando sonar amenazante.

Lia estalló en carcajadas y se lanzó a sus brazos, llenándole la cara de besos rápidos.

— Eres demasiado tierno para dar miedo, de verdad. Eres el mejor novio del mundo, pero el peor insultando.

— Es que contigo no me sale ser borde, Lia —respondió él, abrazándola por la cintura con esa delicadeza que lo caracterizaba—. Eres mi niña, me tienes ablandado.

La tarde transcurrió entre risas y pequeñas lecciones de idiomas, hasta que llegó la hora de prepararse para la cena. La reunión era en un restaurante privado cerca del Paseo de Gracia, una cena informal para celebrar la unión del grupo.

Lia se arregló con esmero. Se puso un vestido ligero que resaltaba su figura y dejó su cabello ondulado suelto, cayendo como una cascada oscura sobre sus hombros blancos. Cuando salió del vestidor, Pau se quedó sin palabras. Él, con una camisa sencilla y unos pantalones oscuros, se sentía el hombre más afortunado de Cataluña.

— Estás... increíble —logró decir él, acercándose para tomarle la mano.

— Tú también estás muy guapo, cachetón —dijo ella, apretándole suavemente las mejillas—. ¿Listo para que todos vean a la coreana más sociable de Barcelona?

— Siempre estoy listo si vas de mi mano.

Al llegar al restaurante, el ambiente ya estaba animado. Varios jugadores estaban allí con sus parejas. Lia, siendo la influencer sociable que era, no tardó ni cinco minutos en integrarse. Tenía esa facilidad para hacer reír a los demás, contando anécdotas sobre cómo Pau intentaba comer con palillos o cómo se confundía con las palabras coreanas.

— No, de verdad —decía Lia a un grupo que incluía a Pedri y a su hermano—, el otro día intentó pedirme que le pasara la sal en coreano y terminó llamándome "abuelo".

— ¡Eso no es cierto! —protestó Pau desde el otro lado de la mesa, aunque se estaba riendo—. Solo me equivoqué en una vocal.

— Una vocal que cambia todo el sentido, cariño —respondió ella, guiñándole un ojo.

En un momento de la noche, el ambiente se volvió más relajado y las bromas empezaron a volar. Gavi, conocido por su intensidad tanto dentro como fuera del campo, empezó a meterse con Pau por lo "consentidor" que era con su novia.

— Míralo, si es que Pau ya no viene a jugar a la Play porque tiene que darle mimos a Lia —bromeó Gavi, dándole un empujón amistoso en el hombro—. Te tiene dominado, chaval.

Pau sonrió, mirando a Lia, que estaba sentada a su lado disfrutando de un postre. Ella captó la mirada de desafío de Gavi y, con una rapidez mental envidiable, se inclinó hacia el oído de Pau y le susurró algo.

Pau arqueó las cejas, sorprendido, y luego miró a Gavi con una sonrisa de suficiencia.

Gae-sae-ki —soltó Pau con una pronunciación sorprendentemente limpia y un tono seco.

El silencio se hizo en la mesa durante un segundo antes de que Lia soltara una carcajada sonora. Los demás jugadores se miraron entre sí, confundidos pero intuyendo por la reacción de Lia que no era un cumplido.

— ¿Qué ha dicho? —preguntó Lamine Yamal, riendo—. Suena a que me ha insultado hasta la tercera generación.

— Digamos que Pau acaba de decir que Gavi es un... hijo de un perrito —explicó Lia, secándose una lagrimita de risa—. Pero en coreano suena mucho más ofensivo.

— ¡Eh! —exclamó Gavi, fingiendo indignación—. ¡Pau, no dejes que te enseñe esas cosas, que luego me las sueltas en el campo y el árbitro no sabrá ni qué tarjeta sacarte!

— Es defensa, Gavi —dijo Lia, abrazando el brazo de Pau—. Tiene que aprender a intimidar en varios idiomas. Es parte de su formación profesional.

Pau besó la coronilla de Lia, sintiéndose orgulloso. Le encantaba cómo ella se desenvolvía, cómo su inteligencia y su sentido del humor iluminaban cualquier lugar al que fueran. A pesar de que ella era menor, a veces sentía que Lia tenía una sabiduría y una chispa que lo mantenían siempre alerta y entretenido.

Cuando la cena terminó y se despidieron de todos, el aire fresco de la noche barcelonesa los recibió en la calle. Caminaron un rato hacia el coche, con los dedos entrelazados.

— Te has portado muy bien hoy —dijo Lia, apoyando la cabeza en su hombro mientras caminaban—. Has usado tu vocabulario coreano en el momento justo.

— Solo porque tú me entrenas —respondió él—. Pero en serio, Lia, me encanta que te lleves tan bien con todos. Me hace feliz ver que eres parte de mi mundo, igual que yo intento ser parte del tuyo.

Lia se detuvo y lo obligó a girarse hacia ella. Bajo la luz de las farolas, sus ojos oscuros brillaban con una intensidad especial.

— Pau, ya eres parte de mi mundo. Mis seguidores te adoran, mi familia en Seúl dice que eres el yerno perfecto porque te ven siempre cuidándome... y yo... bueno, yo creo que eres el mejor jugador, pero sobre todo, el mejor novio.

Pau sintió ese calorcito en el pecho que solo Lia lograba provocar. Se inclinó y la besó con ternura, un beso largo que sabía a despedida de una noche perfecta. Sus manos se posaron en las mejillas de ella, acariciando esa piel lisa que tanto le gustaba.

— Te quiero, Lia —susurró contra sus labios—. Mi niña coreana.

Saranghae, Pau —respondió ella, usando la palabra más importante que le había enseñado—. Y eso no es una grosería, así que puedes decírselo a todo el mundo.

Él sonrió, mostrando esos hoyuelos que la volvían loca.

Saranghae —repitió él, grabándose la palabra en el corazón—. Esa me la guardo para siempre.

Subieron al coche y, mientras Pau conducía de regreso, Lia sacó su teléfono para subir una última historia a Instagram. Era una foto de sus manos entrelazadas sobre la palanca de cambios, con un pequeño texto en coreano y español: "Aprendiendo idiomas y compartiendo la vida. Te quiero, P."

Pau la miró de reojo, viendo cómo la luz de la pantalla iluminaba su rostro perfecto. Sabía que el camino en el fútbol sería largo y a veces difícil, pero con Lia a su lado, enseñándole a reír, a amar y, de vez en cuando, a decir alguna que otra grosería en coreano, sentía que no había partido que no pudiera ganar.

Al llegar a casa de Lia, él bajó del coche para acompañarla hasta la puerta, como el caballero que siempre era.

— Mañana tengo entrenamiento temprano —dijo él, tomándole las manos—. Pero te llamaré en cuanto termine.

— Más te vale —respondió ella con una sonrisa traviesa—. Y practica tu pronunciación. Mañana te enseñaré cómo decir "eres la chica más guapa del estadio", por si me ves en la grada el domingo.

Pau se rió y le dio un último beso, uno de esos que prometían un futuro brillante.

— Eso ya sé decirlo en español, en catalán y hasta con los ojos, Lia. Pero acepto la clase.

Se quedó mirando cómo ella entraba en su casa, despidiéndose con la mano. Pau Cubarsí, el defensa central que no temía a los delanteros más feroces del mundo, suspiró como un niño enamorado. El fútbol le había dado la gloria, pero Lia Kim le había dado algo mucho más valioso: un hogar en sus palabras, sin importar el idioma en que se dijeran.

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