Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Ausente

Fandom: Mentes criminales

Creado: 23/7/2026

Etiquetas

DramaAngustiaCrimenEstudio de PersonajeEmbarazo No Planificado/No DeseadoAmbientación CanonDivergenciaRomanceDolor/ConsueloRecortes de VidaHistoria DomésticaDetectivescoUA (Universo Alternativo)FluffArreglo
Índice

Ecos del Pasado en el Jardín de los Secretos

La tarde en Quantico era inusualmente cálida para la época. El sol se filtraba entre las ramas de los robles del parque central, creando un mosaico de luces y sombras sobre el césped perfectamente cuidado. Aaron Hotchner caminaba con su paso habitual: firme, medido y cargado de una autoridad natural que ni siquiera su atuendo de fin de semana —unos pantalones oscuros y una camisa de botones impecablemente planchada— lograba disimular.

Aaron rara vez se permitía momentos de ocio absoluto. Su mente, una máquina de perfiles criminales y análisis de conducta, siempre estaba activa. Sin embargo, ese día se había obligado a salir, a buscar un momento de paz antes de regresar a la intensidad de la Unidad de Análisis de Conducta. No buscaba nada en particular, solo el silencio que el viento entre las hojas podía ofrecerle.

A unos metros de allí, la tranquilidad era un concepto inexistente para Neil. El pequeño de tres años era un torbellino de energía pura. Con sus pequeñas piernas moviéndose a toda velocidad, el niño perseguía una pelota imaginaria, o quizás simplemente huía de la mano de su madre para explorar el mundo que se abría ante él.

—¡Neil! ¡Detente, no corras tanto! —gritó Corinna, tratando de seguirle el ritmo.

Corinna no había cambiado mucho en cuatro años. Seguía teniendo esa belleza magnética que mezclaba una juventud radiante con una mirada que ahora cargaba el peso de la madurez forzada. Llevaba el cabello suelto, ondeando tras ella mientras corría, y un vestido ligero que acentuaba su figura.

Neil, ajeno a las advertencias, dobló por un sendero de arbustos bajos a toda velocidad. No miraba hacia adelante, su atención estaba fija en un perro que ladraba a lo lejos. El impacto fue inevitable. El pequeño cuerpo del niño chocó contra las piernas sólidas de un hombre que caminaba en dirección opuesta.

Neil cayó de nalgas sobre la hierba, soltando un pequeño "¡oh!" de sorpresa.

Aaron se detuvo en seco. Su instinto protector se activó de inmediato. Se inclinó, extendiendo sus manos grandes y firmes para ayudar al pequeño a levantarse. Al observar al niño, Hotch sintió una extraña e inexplicable punzada en el pecho. El pequeño tenía el cabello negro como el ala de un cuervo y, cuando levantó la vista, unos ojos de un azul profundo y penetrante lo miraron con curiosidad, no con miedo.

—Hola, pequeño —dijo Aaron, su voz sonando calmada y diplomática, esa voz que usaba para tranquilizar a las víctimas—. ¿Estás bien? No deberías correr así de rápido sin mirar.

Neil se sacudió las manos y miró el cinturón de Aaron, donde colgaba, discreta pero visible, su placa de agente federal. Los ojos del niño se iluminaron.

—¡Policía! —exclamó Neil con entusiasmo, señalando la placa—. ¡Eres un policía de verdad!

Aaron permitió que una sombra de sonrisa, casi imperceptible, apareciera en la comisura de sus labios. Era raro verlo sonreír, pero los niños siempre lograban ablandar su coraza de hierro.

—Algo así —respondió Aaron, poniéndose de cuclillas para estar a su altura—. Soy agente del FBI. ¿Dónde están tus padres? No puedes estar aquí solo.

—¡Mamá viene allá! —dijo el niño, señalando hacia el sendero por el que acababa de aparecer una mujer sofocada.

—¡Neil! Te dije que no... —La voz de Corinna se extinguió en su garganta en el momento en que sus ojos se encontraron con los de Aaron.

El tiempo pareció congelarse. El bullicio del parque, los ladridos de los perros y las risas de otros niños se desvanecieron en un zumbido blanco. Aaron se puso de pie lentamente, su expresión pasando de la amabilidad profesional a una máscara de absoluto desconcierto y, finalmente, a un reconocimiento gélido.

—Corinna —pronunció él. Su voz era apenas un susurro, pero cargada con el peso de una decisión que había tomado años atrás y que creía enterrada.

—Aaron —respondió ella, recuperando el aliento, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza por una razón muy distinta al cansancio físico.

Ella se acercó y tomó la mano de Neil, atrayéndolo hacia su costado de manera instintiva, protectora. Neil, ajeno a la tensión eléctrica que vibraba entre los adultos, tiraba de la falda de su madre.

—¡Mamá, mira! ¡Es un policía grande! —gritó el niño con alegría.

Aaron no podía apartar la mirada del niño. Ahora que estaban los dos frente a él, el perfilador que llevaba dentro no podía evitar hacer el trabajo. Cabello negro. La forma de la mandíbula. La intensidad de la mirada. El cálculo era simple, doloroso y directo al corazón. Neil tenía tres años. Ella se había ido hacía casi cuatro.

—Pensé que te habías ido de Virginia —dijo Aaron, recuperando su compostura diplomática, aunque sus ojos revelaban una tormenta interna—. Pensé que habías... seguido mi consejo.

Corinna enderezó la espalda, sosteniendo la mirada del hombre que una vez fue su mundo y que luego se convirtió en su mayor herida.

—Usé el dinero, Aaron —dijo ella con voz firme, sin rastro de vergüenza—. Pero no lo usé para lo que tú querías. Compré un billete de avión a Seattle. Allí nació Neil. Allí lo crié sola hasta hace unos meses, cuando decidí que era hora de volver a casa, con mi familia.

Aaron sintió un frío glacial recorrerle la columna. Él, el hombre que siempre tenía el control, el que predecía los movimientos de los criminales más retorcidos, se sentía completamente desarmado ante una mujer de veinticinco años y un niño que apenas le llegaba a la rodilla.

—Él es... —Aaron no pudo terminar la frase. El peso de la implicación era demasiado grande.

—Él es mi hijo —interrumpió Corinna con fiereza—. Y tiene tu mirada, Aaron. Aunque no quieras admitirlo.

Neil, sintiendo que la conversación era demasiado seria, decidió intervenir de la única forma que sabía.

—¿Tienes una pistola de verdad? —le preguntó a Aaron, tirando de la manga de su camisa.

Aaron bajó la vista hacia el pequeño. El parecido era innegable. Neil era una versión en miniatura de sí mismo, pero con la luz y la alegría que Aaron parecía haber perdido hacía eones. Sintió una oleada de culpa tan intensa que casi le quita el aliento. Había ignorado la existencia de este niño, había intentado borrarlo antes de que diera su primer respiro.

—Sí, tengo una —respondió Aaron, suavizando el tono solo para el niño—, pero solo la uso para proteger a la gente buena. Como tú y como tu mamá.

Corinna sintió un nudo en la garganta al escuchar esas palabras. Aaron siempre había sido un hombre de honor, un protector por naturaleza, excepto cuando se trataba de la mancha que su aventura con ella representaba para su vida perfecta y su matrimonio con Haley.

—Debemos irnos, Neil —dijo Corinna, tratando de mantener la voz estable—. Dile adiós al señor.

—Espera —dijo Aaron, dando un paso hacia adelante. Su instinto dominante afloró, no para asustar, sino para exigir una verdad que ya no podía ignorar—. Corinna, no podemos simplemente... fingir que esto no ha pasado. No ahora que lo he visto.

—Hiciste que tu elección quedara muy clara hace tres años, Aaron —replicó ella, y por primera vez, el dolor asomó en sus ojos—. Me diste un sobre con dinero y me pediste que desapareciera. Me dijiste que tenías una vida, una esposa, una carrera. Me dijiste que no había lugar para nosotros.

—Lo sé —admitió él, y el arrepentimiento en su voz era genuino—. Fui... un cobarde. Estaba asustado de lo que esto significaría para todo lo que había construido.

—Y ahora tienes lo que querías —dijo ella, comenzando a caminar hacia la salida del parque, llevando a Neil de la mano—. Tienes tu vida. Déjanos tener la nuestra.

—Él es mi hijo —dijo Aaron, esta vez con una certeza que resonó en el aire—. Tiene mis ojos. Tiene mi sangre.

Corinna se detuvo y lo miró por encima del hombro. Neil saludaba a Aaron con la mano, con una sonrisa radiante que contrastaba con la seriedad del hombre que lo observaba.

—Él es un niño hermoso, feliz y lleno de vida —dijo Corinna con suavidad—. Se llama Neil. Le encantan los helicópteros, los perros y, aparentemente, los policías. No sabe lo que es el rechazo, Aaron. Y no voy a dejar que tú seas el primero en enseñárselo.

Aaron se quedó allí, de pie en medio del parque, viendo cómo la mujer que una vez amó en secreto se alejaba con el hijo que él nunca se permitió desear. El diplomático, el agente imperturbable, el hombre de leyes, se sentía ahora como un extraño en su propia realidad.

Neil volvió la cabeza una última vez antes de desaparecer tras la hilera de árboles.

—¡Adiós, policía! —gritó el niño.

Aaron levantó la mano en un gesto mecánico, despidiéndose. El silencio regresó al parque, pero para Aaron Hotchner, el mundo nunca volvería a estar en calma. El eco de los pasos de Neil y la mirada azul de aquel niño se habían grabado en su mente con la misma fuerza que el perfil de un caso que nunca podría cerrar.

Caminó hacia su coche, pero sus movimientos eran más lentos de lo habitual. La imagen de Corinna, tan hermosa y deseable como siempre, pero con una fuerza que antes no poseía, lo perseguía. Había vuelto. Y con ella, la prueba viviente de que Aaron, a pesar de toda su rectitud y su moral inquebrantable, era un hombre capaz de cometer errores devastadores.

Se sentó frente al volante y cerró los ojos por un momento. En la oscuridad de sus párpados, volvió a ver a Neil. El niño era activo, brillante y lo miraba como si fuera un héroe.

—Neil —susurró Aaron para sí mismo, probando el nombre en sus labios.

Sabía que la UAC lo llamaría pronto. Sabía que Haley lo esperaba en casa. Pero también sabía que, a partir de ese instante, cada vez que mirara su propio reflejo en el espejo, no solo vería al agente Aaron Hotchner. Vería al hombre que tenía una deuda pendiente con un niño de ojos azules que amaba a los policías.

Y Aaron Hotchner siempre pagaba sus deudas.

Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic