
Originales
Fandom: Los Originales
Creado: 24/7/2026
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Sinfonía de Sangre y Terciopelo
El aire de Nueva Orleans siempre pesaba más en el Barrio Francés, cargado con el aroma del jazmín nocturno, la humedad del Mississippi y ese rastro metálico de magia y muerte que solo Niklaus Mikaelson sabía apreciar. Sin embargo, dentro de los muros de la propiedad de los Mikaelson, el mundo exterior dejaba de existir. Allí, el caos de la ciudad se rendía ante el silencio absoluto de un hombre que era, a la vez, el monstruo más temido de la historia y el amante más devoto.
Klaus estaba de pie frente al ventanal de su estudio, observando cómo la luna teñía de plata los tejados de la ciudad que había construido y reclamado. Su expresión era la de un depredador en reposo: serio, con la mandíbula tensa y esos ojos claros que ocultaban siglos de crueldad y astucia. Pero su postura cambió en el instante en que escuchó unos pasos ligeros sobre la madera crujiente del pasillo.
No necesitaba girarse para saber quién era. Su corazón, ese órgano que muchos creían de piedra, latía con una cadencia distinta solo para ella.
— No deberías estar despierta a estas horas, amor —dijo Klaus, su voz era un susurro aterciopelado que cargaba el peso de una amenaza para cualquiera, menos para ella.
Lia entró en la habitación, envuelta en una bata de seda que se deslizaba sobre su piel como una caricia. Se acercó a él sin miedo, ignorando el aura de peligro que solía alejar incluso a sus propios hermanos. Para el mundo, Klaus era el Híbrido Original, el carnicero, el bastardo impulsivo; para Lia, él era su principio y su fin.
— El silencio de la casa me inquietaba —respondió Lia, rodeando la cintura de Klaus con sus brazos y apoyando la mejilla contra su espalda—. Sabía que estarías aquí, vigilando un reino que ya te pertenece.
Klaus se dio la vuelta con una elegancia felina y la tomó por el rostro. Sus manos, las mismas que habían arrancado corazones y decapitado enemigos sin pestañear, acunaron sus mejillas con una delicadeza casi sagrada. Lia era su debilidad, el único punto ciego en su estrategia milenaria, pero también era su ancla.
— Este reino no significa nada si no estás tú para sentarte a mi lado —declaró él, besando su frente—. Eres lo único puro que he decidido mantener en mi vida, Lia. Mi mujer, mi esposa... mi redención.
Él la condujo hacia la habitación principal, donde las velas consumidas proyectaban sombras danzantes en las paredes. El ambiente cambió de inmediato. La seriedad de Klaus se transformó en una intensidad depredadora, pero cargada de un deseo que bordeaba la adoración.
Al cerrar la puerta, el mundo exterior desapareció. Klaus comenzó a desatar los nudos de la bata de Lia con dedos ágiles y expertos. Cada centímetro de piel que quedaba al descubierto era saludado por sus labios. Era un ritual que nunca se cansaba de repetir: besar cada cicatriz invisible, cada curva, cada rincón de su cuerpo como si estuviera reclamando un territorio sagrado.
— A veces olvido que eres real —susurró Klaus contra su cuello, inhalando su aroma—. Que no eres un sueño nacido de mi propia locura.
— Soy tan real como el fuego que siento cuando me tocas, Klaus —murmuró ella, entrelazando sus dedos en el cabello rubio y desordenado del híbrido.
Él la levantó con facilidad, llevándola a la cama. En la intimidad de la noche, Klaus no era el rey de Nueva Orleans, sino un hombre hambriento de conexión. Sus besos pasaron de ser dulces a ser exigentes, marcados por esa impulsividad que lo caracterizaba. Sus manos recorrieron su cuerpo con una urgencia que Lia conocía bien.
Cuando sus cuerpos se unieron, la habitación pareció vibrar con una energía antigua. Klaus la miraba fijamente, sus ojos brillando con ese destello híbrido que delataba su naturaleza, pero su expresión era de absoluta entrega. En el clímax de su pasión, Klaus buscó el suave tejido de su hombro. Sus colmillos se asomaron apenas un segundo antes de hundirse con precisión quirúrgica en su piel.
Lia soltó un jadeo, una mezcla de dolor punzante y un placer abrumador que solo el vínculo con un original podía proporcionar. Klaus bebió solo lo necesario, saboreando su esencia, marcándola como suya ante los ojos de los dioses y los hombres. El acto de morderla no era una agresión, era una comunión íntima, una forma de decirle que sus vidas estaban entrelazadas más allá de la mortalidad.
— Eres mía —gruñó él contra su oído, su voz vibrando en el pecho de Lia—. En esta vida y en cualquier otra que venga después. Si alguien se atreviera a ponerte un dedo encima, reduciría este mundo a cenizas solo para verlos arder.
— Lo sé, Nik —respondió ella, recuperando el aliento mientras él se retiraba para besar la pequeña herida que ya comenzaba a sanar gracias a la sangre de él que corría por sus venas—. Por eso no tengo miedo. Porque sé que en tu oscuridad, soy la única luz que permites que brille.
Se quedaron así durante horas, envueltos en las sábanas de hilo, mientras la madrugada empezaba a asomar por las cortinas. Klaus acariciaba el cabello de Lia, observándola con una devoción que rozaba la obsesión. Él sabía que sus enemigos veían en ella una oportunidad, un talón de Aquiles que podían usar para destruirlo. Pero lo que no entendían era que Lia no era su debilidad; era su fuerza. Por ella, Klaus era capaz de ser más astuto, más cruel y más letal que nunca.
De repente, un ruido sordo en el patio inferior rompió la paz del momento. Klaus se tensó al instante, su instinto de depredador poniéndose en alerta máxima. Sus ojos se volvieron fríos y calculadores en un parpadeo.
— Quédate aquí —ordenó, su voz recuperando ese tono de mando que hacía temblar a los vampiros más viejos.
— Klaus... —empezó ella, pero él ya se estaba vistiendo con una rapidez sobrenatural.
— Alguien ha cometido el error de interrumpir mi noche, amor —dijo él, ajustándose la chaqueta con una elegancia impecable—. Y voy a encargarme de que sea el último error que cometan en su miserable existencia.
Klaus salió de la habitación y bajó las escaleras. En el patio, tres hombres vestidos de negro, claramente brujos del Barrio que buscaban ganar notoriedad, intentaban romper los hechizos de protección de la casa. Al ver a Klaus descender, uno de ellos intentó recitar un encantamiento, pero no fue lo suficientemente rápido.
Con un movimiento que el ojo humano no podría seguir, Klaus estaba frente a él. Le rodeó el cuello con una mano, levantándolo del suelo como si no pesara nada.
— ¿Realmente pensaron que este era un buen momento? —preguntó Klaus, con una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos—. Estaba teniendo una velada perfecta con mi esposa. Y ahora, por su culpa, tengo sangre en las manos antes del desayuno.
— ¡Solo queremos lo que nos pertenece! —logró decir el brujo, asfixiándose.
— A mí me pertenece todo lo que veo —sentenció Klaus—. Y lo que más valoro está ahí arriba, durmiendo. Su sola presencia aquí es un insulto a su descanso.
Sin más preámbulos, se escuchó el crujido seco de huesos rompiéndose. Los otros dos brujos intentaron huir, pero Klaus no estaba de humor para la clemencia. La crueldad que reservaba para sus enemigos era un arte oscuro que dominaba a la perfección. En pocos minutos, el patio volvía a estar en silencio, aunque ahora manchado con la evidencia de su impulsiva y letal defensa.
Klaus regresó a la habitación, limpiándose una mancha de sangre de la mano con un pañuelo de seda. Al entrar, vio a Lia sentada en la cama, esperándolo. No había miedo en sus ojos, solo una comprensión profunda del hombre con el que compartía su vida.
— ¿Se han ido? —preguntó ella en voz baja.
— No volverán a molestarnos —respondió él, sentándose a su lado y recuperando esa calidez que solo ella conocía—. Lamento la interrupción.
— Sabes que no tienes que disculparte por protegernos, Niklaus.
Él la atrajo hacia sí, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello. A pesar de la sangre derramada y de la oscuridad que lo definía, en ese momento Klaus Mikaelson se sentía en paz.
— Te amo más de lo que las palabras pueden expresar —susurró él—. Eres mi hogar, Lia. Y juro por cada siglo que he caminado sobre esta tierra, que nadie te arrebatará de mi lado. Jamás.
Lia sonrió, sabiendo que las promesas de un Original eran eternas. Se recostó de nuevo, dejando que Klaus la envolviera en sus brazos. Afuera, Nueva Orleans seguía su curso, ajena a que, dentro de esa mansión, el monstruo más temido del mundo se había convertido en el guardián más feroz, todo por el amor de una mujer que era su principio, su fin y su todo.
La elegancia de su vida compartida no residía en las joyas o el poder, sino en esos momentos de vulnerabilidad absoluta donde Klaus dejaba caer su máscara de hierro para ser simplemente de ella. Y mientras el sol comenzaba a teñir de naranja el horizonte, el Híbrido cerró los ojos, saboreando el silencio recuperado, listo para enfrentar cualquier tormenta que se atreviera a amenazar su santuario. Porque para Klaus, Lia no era solo su esposa; era la única razón por la que valía la pena ser inmortal.
