
Sucesos
Fandom: Mentes criminales
Creado: 25/7/2026
Etiquetas
Suturas y Cicatrices
El silencio en el apartamento de Aaron Hotchner no era el silencio sepulcral y cargado de tensión que solía habitar en su antigua casa. No era el silencio de los reproches no dichos, ni el de las miradas de soslayo hacia el reloj de pared mientras la cena se enfriaba. Este silencio era diferente. Era un silencio compartido, uno que olía a café recién hecho y al aroma a vainilla del perfume de Leah, mezclado con el olor a cuero de los expedientes que Hotch siempre terminaba trayendo a casa.
Aaron estaba sentado en el sofá, con la espalda recta a pesar del cansancio que le pesaba en los huesos tras un caso agotador en Seattle. Llevaba su traje impecable, aunque se había permitido desabrochar el primer botón de su camisa blanca y aflojar el nudo de su corbata. Sus ojos oscuros, siempre analíticos, observaban a la joven de veintitrés años que estaba sentada en la alfombra, rodeada de libros de anatomía y apuntes de medicina.
Leah no era como nadie que Aaron hubiera conocido antes. Su primer encuentro no había sido en una cafetería o a través de amigos comunes. Había sido en un sótano húmedo, donde ella, encadenada y con el rostro cubierto de hematomas, le gritaba insultos creativos a su captor mientras este sostenía un cuchillo. Incluso cuando el equipo de la UAC irrumpió, Leah no lloró ni pidió clemencia. Simplemente miró a Hotch y le dijo que ya era hora de que llegaran, porque se estaba aburriendo de escuchar las estúpidas motivaciones del ignoto.
—Aaron, si sigues mirándome con esa cara de perfilador, voy a pensar que estás tratando de determinar si mi lóbulo frontal sigue dañado por el golpe que me dio aquel imbécil hace meses —dijo Leah sin levantar la vista de su libro.
Hotch dejó escapar una pequeña sonrisa, una que solo ella lograba arrancarle.
—Solo te admiro, Leah. Es difícil no hacerlo.
Ella cerró el libro de golpe y se giró para mirarlo. Su lengua afilada era su mejor defensa y su rasgo más magnético. A pesar de su juventud, poseía una madurez forjada en el fuego y una inteligencia que rivalizaba con la de Reid, aunque ella la aplicaba de formas mucho más... punzantes.
—Admírame menos y ayúdame más. Tengo un examen de cirugía mañana y siento que si veo un diagrama más de un intestino, voy a vomitar —se puso de pie con una agilidad felina y se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal sin pedir permiso.
Aaron no se alejó. Al contrario, la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia su pecho. Con ella, el contacto físico no era una obligación social ni una actuación de marido perfecto. Con Hayley, a menudo sentía que cada caricia era una disculpa por no estar presente, una transacción para calmar la culpa. Con Leah, el afecto era natural, crudo y libre. Ella no le exigía que dejara el trabajo en la puerta; ella entendía que el trabajo era parte de su ADN.
—¿Cómo fue el caso? —preguntó ella, apoyando la cabeza en su hombro.
—Complicado. El sospechoso era astuto, pero cometió el error de creerse más inteligente que el equipo —respondió Hotch, su voz resonando baja y firme.
—Todos cometen ese error —bufó Leah—. Creen que porque tienen un trauma infantil tienen derecho a ser el protagonista de una película de terror. Patético. Si yo pude superar que me encerraran en un sótano sin perder el estilo, ellos podrían ir a terapia como la gente normal.
Aaron soltó una carcajada seca. Esa era la Leah que lo tenía fascinado. No era una víctima, nunca lo permitió. Era una guerrera que prefería usar el sarcasmo como armadura.
—Por cierto —continuó ella, estirándose para alcanzar un kit de sutura de práctica que tenía sobre la mesa ratona—, te ves especialmente tenso hoy. Esos músculos del trapecio están pidiendo a gritos una intervención. ¿Qué te parece si te apuñalo un poquito? Solo lo suficiente para practicar mi punto de cruz. Prometo que la cicatriz te hará ver más interesante en las audiencias del Congreso.
—Leah, no vas a practicar sutura conmigo.
—Oh, vamos, Aaron. Eres un hombre fuerte, aguantas disparos y explosiones. Un pequeño tajo quirúrgico no es nada. Además, si me sale mal, siempre puedes arrestarme. Sé que te excitaría ponerme las esposas... otra vez.
Hotch la miró fijamente, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de diversión y deseo dominante. Ella no se amilanó; le sostuvo la mirada con ese desafío constante que lo volvía loco. Ella no le tenía miedo a su autoridad, ni a su silencio, ni a su oscuridad.
—Eres imposible —murmuró él, acercándose a su rostro.
—Y tú eres un adicto al trabajo que necesita una distracción —replicó ella, reduciendo la distancia—. No te pido que me lleves a cenar, ni que me compres flores, ni que me prometas que estarás en casa a las seis. Solo te pido que me dejes ser yo misma. Y ahora mismo, yo misma quiere que te quites esa chaqueta de tres mil dólares para poder tocarte sin que haya seda de por medio.
Aaron no necesitó que se lo dijera dos veces. Se quitó la chaqueta de la UAC, esa prenda que a menudo sentía como una armadura pesada, y la dejó caer al suelo. Con Leah, se sentía joven de nuevo. No era el jefe de unidad, no era el hombre que cargaba con el peso de las vidas perdidas. Era simplemente Aaron.
Él la tomó del mentón, obligándola a mirarlo. Su pulgar acarició el labio inferior de la joven, sintiendo la suavidad que contrastaba con la dureza de sus palabras.
—Me haces sentir libre, Leah. No creo que entiendas lo raro que es eso para alguien como yo.
—Lo entiendo perfectamente, Aaron —dijo ella, su tono volviéndose inusualmente suave por un momento—. Porque tú no me miras como si estuviera rota. No intentas "arreglarme" como lo hacen los psicólogos de la universidad. Me ves como soy: una perra con una lengua afilada y un futuro brillante en la medicina.
—Eres mucho más que eso —susurró él antes de besarla.
El beso fue intenso, cargado de la posesividad que Hotch rara vez se permitía mostrar, pero que con ella fluía sin esfuerzo. Leah respondió con la misma fuerza, sus manos enredándose en el cabello de él, tirando ligeramente, desafiándolo a perder el control.
Minutos después, se separaron apenas unos centímetros, jadeando. Leah sonrió de lado, esa sonrisa astuta que siempre precedía a un comentario mordaz.
—Sabes, si alguna vez te retiras del FBI, podrías ser mi enfermero personal. Te queda bien el blanco. Pero tendrías que aprender a callarte y seguir mis órdenes.
—Dudo mucho que eso suceda —respondió Hotch con voz ronca—. Me gusta demasiado tener el control.
—Lo sé —ella le guiñó un ojo—. Y es exactamente por eso que esto funciona. Ahora, en serio, déjame ver ese brazo. Vi una vena perfecta para practicar una extracción de sangre.
—Leah...
—¡Es por la ciencia, Hotchner! No seas cobarde.
Aaron suspiró, pero extendió el brazo hacia ella, rindiéndose ante su encanto caótico. Mientras ella preparaba sus instrumentos con una precisión profesional, él la observaba. Leah era fuego y acero, una combinación que debería haberlo asustado, pero que en realidad era lo único que lo mantenía cuerdo en un mundo lleno de monstruos.
Ella comenzó a explicarle los diferentes tipos de suturas mientras trazaba líneas imaginarias sobre su piel con la punta de los dedos. Su voz era firme, inteligente, llena de una ambición que Aaron respetaba profundamente. Ella no quería su protección; quería su compañía. No quería su dinero; quería su tiempo libre.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, deteniéndose para mirarlo.
—En que eres la persona más testaruda que he conocido en toda mi carrera —confesó él.
—Viniendo de ti, eso es el mayor cumplido de la historia —ella se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla—. Ahora cállate y déjame trabajar. Si me distraigo, podrías terminar con un nudo de marinero en el antebrazo.
Hotch se reclinó en el sofá, dejando que la joven de veintitrés años, la sobreviviente que se negaba a ser víctima, dictara el ritmo de su noche. En ese pequeño apartamento, lejos de las oficinas de Quantico y de las escenas del crimen, Aaron Hotchner finalmente podía respirar. Con Leah, no había protocolos, no había perfiles, solo la cruda y vibrante realidad de una mujer que lo amaba tal como era: frío, astuto y, solo para ella, infinitamente cariñoso.
