
ser un buen novio
Fandom: school bus graveyard
Creado: 25/7/2026
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El aroma del algodón y el caos
El refugio solía ser un lugar de tensión constante, un recordatorio de que sus vidas habían dejado de ser normales en el momento en que pisaron aquel autobús escolar. Sin embargo, para Aiden Clark, cualquier lugar era bueno para montar un espectáculo, o al menos, para intentar que la atmósfera no fuera tan asfixiante.
Aiden, con su cabello rubio cenizo siempre alborotado y esos ojos carmesí que, aunque eran producto de unos lentes de contacto, le daban un aire magnético y peligroso, no podía estarse quieto. Era hiperactivo por naturaleza, una chispa de energía que rebotaba contra las paredes de concreto del lugar. Pero había una sola persona capaz de anclarlo al suelo: Ashlyn Banner.
Ashlyn era el polo opuesto. Con su cabello corto y anaranjado que parecía fuego frío, sus pecas salpicando su nariz y esos ojos verdes que analizaban todo con una seriedad implacable, ella era el eje del grupo. No sonreía a menudo, pero cuando lo hacía, Aiden sentía que había ganado una medalla invisible.
Esa tarde, Aiden estaba tirado en un sofá viejo, fingiendo revisar un mapa, pero en realidad estaba escuchando. Siempre estaba escuchando cuando se trataba de ella. A unos metros, Ashlyn revolvía su mochila con una mueca de fastidio, soltando un suspiro pesado que denotaba una frustración inusual en ella.
—No puede ser —murmuró Ashlyn, sacando una camiseta delgada y desgarrada—. El frío está empeorando y ni siquiera tengo un buzo decente que no esté lleno de agujeros o sangre seca. Odio esto.
Aiden no dijo nada en ese momento. Simplemente dejó que sus ojos rojos brillaran con una idea traviesa. Se consideraba a sí mismo el "buen novio no novio" de Ashlyn. No habían puesto etiquetas, pero el mundo podía estar acabándose y él seguiría orbitando alrededor de ella como un satélite entusiasta.
Al día siguiente, el plan comenzó.
Aiden entró en la habitación que Ashlyn usaba para descansar antes de que ella llegara. Con una sonrisa de lado, se quitó su sudadera negra favorita, esa que olía a su colonia cítrica y a la pólvora que siempre parecía acompañarlo, y la dejó caer sobre la cama de la chica. Fue un movimiento calculado, un "accidente" perfectamente orquestado.
Cuando regresó más tarde, encontró a Ashlyn esperándolo con la prenda doblada con una precisión casi militar.
—Aiden, dejaste esto en mi cama —dijo ella, extendiendo los brazos. Su expresión era la misma de siempre: seria, analítica.
—¡Ah! Qué cabeza la mía, pecas —exclamó Aiden, soltando una risita nerviosa y recuperando la prenda—. Soy un desastre, ¿verdad?
Pero al día siguiente, ocurrió de nuevo. Y al siguiente. Una sudadera gris con capucha, luego una azul marino, incluso una chaqueta ligera. Cada vez, Ashlyn se las devolvía sin falta, sin sospechar que el chico más caótico del grupo estaba siendo deliberadamente generoso.
Para el quinto día, la paciencia de Aiden —que ya era poca de por sí— se agotó. Verla temblar ligeramente por el frío mientras le devolvía su ropa era algo que no podía tolerar más.
Ashlyn se acercó a él en el pasillo, sosteniendo un buzo color burdeos que él había "olvidado" esa mañana.
—Aiden, en serio, tienes que ser más cuidadoso con tus cosas. La volviste a dejar en mi...
Aiden no la dejó terminar. Se plantó frente a ella, acortando la distancia física hasta que Ashlyn tuvo que inclinar un poco la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. La energía hiperactiva de Aiden se transformó de repente en algo más intenso, más enfocado.
—Escúchame bien, pecas —dijo Aiden, y su voz, usualmente chillona y alegre, bajó un octavo, volviéndose peligrosamente suave—. Juro que si vuelves a devolverme uno de mis buzos, te quito el que tienes puesto ahora mismo y te pongo uno mío a la fuerza.
Ashlyn se quedó helada. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, procesando la amenaza que, viniendo de Aiden, sonaba a partes iguales como una broma y una promesa absoluta. El silencio se prolongó entre ellos, roto solo por el sonido distante de los demás miembros del grupo discutiendo en la cocina.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó Ashlyn, parpadeando con desconcierto.
—Nunca he hablado más en serio en toda mi vida, y eso que una vez juré que podía comer diez hamburguesas seguidas —respondió él, recuperando un poco de su tono burlón, pero sin retroceder ni un centímetro.
Ashlyn miró el buzo que tenía en las manos. Luego miró a Aiden. Un pequeño e imperceptible destello de comprensión cruzó su rostro. No era un accidente. Nunca lo había sido.
—Bien —dijo ella en voz baja—. Si tanto insistes...
Lentamente, Ashlyn se quitó la chaqueta fina y gastada que llevaba, dejándola sobre una caja cercana, y se pasó el buzo burdeos de Aiden por la cabeza. La prenda le quedaba enorme; las mangas le cubrían las manos por completo y el dobladillo le llegaba a la mitad de los muslos. El aroma de Aiden la envolvió al instante, una mezcla de frescura y calidez que la hizo sentir extrañamente segura.
Se acomodó el cabello anaranjado que se había alborotado con el movimiento y miró a Aiden, quien se había quedado repentinamente mudo.
—Y bien... ¿cómo me queda? —preguntó Ashlyn.
Aiden, el chico que siempre tenía una respuesta rápida, una broma lista o un comentario sarcástico, se quedó sin palabras. La imagen de Ashlyn, tan pequeña y a la vez tan poderosa, envuelta en su ropa, fue un golpe directo a su sistema. Sus ojos carmesí recorrieron la figura de la chica, deteniéndose en sus mejillas pecosas, que ahora tenían un ligero tinte rosado.
—Te ves... hermosa, pecas —logró decir Aiden, y por primera vez en mucho tiempo, no había ni un rastro de burla en su voz. Era una confesión sincera, cruda.
Ashlyn dio un paso hacia él. No era algo común; ella solía mantener su espacio personal como una fortaleza. Pero ahora, bajo el amparo de la ropa de Aiden, se sentía audaz. Extendió una mano y rozó con sus dedos la mandíbula de Aiden, trazando la línea de su rostro con una lentitud que hizo que el corazón del chico martilleara contra sus costillas.
—Crees... ¿crees que puedas prestarme más de tu ropa? —susurró Ashlyn, acercándose tanto que su aliento rozó los labios de él.
Aiden sintió que el mundo exterior desaparecía. Ya no importaban los fantasmas, ni el autobús, ni el peligro constante. Solo importaba el calor que emanaba de ella y la forma en que sus ojos verdes lo buscaban con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Aiden posó una mano firme en la parte baja de la espalda de Ashlyn, atrayéndola un poco más hacia él, rompiendo la última barrera de espacio que quedaba entre los dos.
—Todo lo que quieras... preciosa —respondió Aiden, con una sonrisa que ya no era de locura, sino de absoluta devoción—. Mi armario es tuyo. Y yo también, si me dejas.
Ashlyn no sonrió abiertamente, pero sus ojos brillaron con una suavidad que Aiden atesoró de inmediato. Se quedó allí, refugiada en el algodón y en los brazos del chico que, a pesar de estar un poco loco, era el único capaz de mantenerla abrigada en medio del invierno más oscuro de sus vidas.
—Me parece un trato justo —concluyó ella, escondiendo el rostro en el pecho de Aiden, disfrutando finalmente del calor que tanto le había faltado.
Aiden la rodeó con ambos brazos, apoyando su barbilla sobre la cabeza anaranjada de Ashlyn. En ese momento, decidió que no le importaba quedarse sin una sola prenda de ropa si eso significaba verla así todos los días. Después de todo, un "buen novio no novio" siempre sabía cuidar lo que más quería.
