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Fandom: Mentes criminales

Creado: 26/7/2026

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Suturas y Cicatrices

El silencio en el despacho de Aaron Hotchner no era el vacío opresivo que solía acompañarlo tras un caso difícil. Era un silencio compartido, denso y cargado de una electricidad que solo Leah sabía invocar. Él estaba sentado tras su escritorio, con la chaqueta del traje perfectamente colgada en el respaldo de la silla y los puños de su camisa blanca remangados con precisión quirúrgica. Frente a él, Leah revisaba unos apuntes de anatomía, balanceando sus piernas sobre el brazo del sofá de cuero.

Habían pasado dos años desde que el equipo de la UAC la sacara de aquel sótano infecto en Virginia Occidental. Hotch recordaba perfectamente la imagen: una chica de veintiún años, ensangrentada y encadenada, que en lugar de suplicar por su vida, le gritaba al ignoto que su técnica de vendaje era patética y que, si iba a torturarla, al menos debería aprender dónde estaba el nervio ciático para no parecer un aficionado. Leah no era una víctima común; era una fuerza de la naturaleza envuelta en una terquedad inquebrantable.

—Aaron, estás analizando de nuevo —dijo ella sin levantar la vista de su libro—. Puedo oír los engranajes de tu cerebro de perfilador chirriar desde aquí. Es molesto.

Hotch esbozó una sonrisa casi imperceptible, esa que solo ella lograba extraer de su máscara de frialdad institucional.

—Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado este despacho desde que decidiste que era tu segunda biblioteca —respondió él con voz grave y pausada.

Leah cerró el libro de golpe y se puso en pie. Se acercó al escritorio con esa confianza felina que lo había cautivado desde el principio. A sus veintitrés años, poseía una inteligencia que rivalizaba con la de Reid y una lengua tan afilada que incluso Rossi prefería no entrar en duelos verbales con ella.

—Admítelo, te encanta —dijo ella, apoyando las manos sobre la madera oscura del escritorio y dándole una mirada desafiante—. Con Hayley tenías que fingir que el mundo era un lugar seguro y lleno de flores. Conmigo, puedes ser el hombre que sabe exactamente qué tan podrida está la humanidad. No necesito que me protejas de la realidad, Aaron. Yo sobreviví a la realidad mientras tú todavía estabas pidiendo la orden de registro.

Hotch se puso de pie lentamente, acortando la distancia. Su altura y su presencia dominante solían intimidar a cualquiera, pero Leah ni siquiera parpadeó. Ella simplemente inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole una sonrisa ladeada que prometía problemas.

—No me hables de Hayley —dijo él, aunque no había rastro de ira en su voz, solo una honestidad brutal—. Con ella, cada cena era una negociación, cada minuto fuera del trabajo era una deuda que debía pagar. Contigo... me siento libre.

—Libre porque no te pido que dejes de ser quien eres —replicó ella, rodeando el escritorio para quedar frente a él—. Pero no te equivoques, Hotchner. Si llegas tarde porque te quedaste mirando fotos de escenas del crimen en lugar de venir a cenar conmigo, te apuñalaré. Solo un poco. Necesito practicar mis suturas continuas y tu piel parece lo suficientemente resistente.

Hotch soltó una carcajada seca, un sonido raro en las oficinas de Quantico. La tomó de la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. La diferencia de edad y de temperamento debería haber sido un abismo, pero Leah llenaba los huecos de su vida con una ferocidad que él no sabía que necesitaba. Ella no buscaba un salvador; buscaba un igual, alguien tan astuto y calculador como ella.

—¿Me estás amenazando con un arma blanca en una instalación del FBI? —preguntó él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo.

—Es una propuesta académica —respondió ella, pasando sus dedos por el nudo de la corbata de Aaron—. Además, ambos sabemos que no llamarías a seguridad. Te gusta demasiado que no te tenga miedo.

Hotch la miró fijamente. Era cierto. Leah era una "perra" con el resto del mundo, especialmente con aquellos que intentaban imponerle autoridad por el simple hecho de tener un rango superior. Había visto cómo mandaba a paseo a un director de sección solo porque este la había interrumpido mientras estudiaba en la sala de descanso. Leah no respetaba los galones, respetaba la inteligencia y la fuerza, y en Aaron había encontrado ambas.

—Ayer hablé con Dave —comentó Aaron, acariciando el rostro de la joven—. Dice que deberías considerar unirte a la academia cuando termines medicina. Que tu capacidad para desestabilizar a los sospechosos es... natural.

Leah soltó un bufido de desdén.

—¿Y trabajar para el gobierno? Por favor. Prefiero abrir personas que están vivas y arreglarlas, o al menos tener la satisfacción de que se mueran bajo mi bisturí y no por la incompetencia de un sistema burocrático. Además, si trabajara aquí, tendríamos que ser "profesionales". Y me gusta demasiado llamarte por tu nombre de pila frente a tus subordinados solo para ver cómo se les desencaja la mandíbula.

—Eres imposible —murmuró él, aunque sus ojos brillaban con adoración.

—Soy exactamente lo que necesitas —corrigió ella con seriedad—. Alguien que no se rompe. Alguien que no te mira con lástima cuando vuelves a casa después de ver lo peor del mundo.

Se quedaron así un momento, en ese espacio seguro que habían construido entre expedientes de asesinos seriales y libros de medicina. Leah era el recordatorio de que incluso del horror más absoluto podía surgir algo afilado, brillante y hermoso.

De repente, llamaron a la puerta. Antes de que Hotch pudiera separarse, la puerta se abrió y Derek Morgan asomó la cabeza.

—Hotch, tenemos un perfil que... —Morgan se detuvo en seco al ver la proximidad de ambos—. Oh. Lo siento. No sabía que estabas... ocupado.

Leah no se movió ni un centímetro. Se limitó a mirar a Morgan por encima del hombro de Hotch con una expresión de aburrimiento supremo.

—Morgan, ¿no te enseñaron a esperar el "adelante"? —preguntó Leah con voz cortante—. O quizás el exceso de gimnasio ha atrofiado tu capacidad para procesar normas sociales básicas.

Morgan parpadeó, sorprendido por el ataque gratuito pero acostumbrado a la lengua de Leah.

—Hola para ti también, Leah. Veo que tu humor sigue siendo tan encantador como siempre.

—Y el tuyo tan predecible —replicó ella, dándose la vuelta finalmente pero manteniendo una mano apoyada posesivamente en el pecho de Hotch—. Aaron estará contigo en cinco minutos. Ahora mismo me está explicando por qué su informe de gastos es más interesante que tu cara.

Hotch carraspeó, tratando de ocultar la diversión que le producía ver a uno de sus mejores agentes siendo humillado por una estudiante de medicina de veintitrés años.

—Dame un momento, Morgan —dijo Hotch con su habitual tono de autoridad.

Morgan asintió, lanzándole una mirada de "buena suerte con ella" a su jefe antes de cerrar la puerta apresuradamente.

—Eso ha sido innecesario —dijo Hotch, aunque no había reproche real en sus palabras.

—Ha sido divertido —corrigió ella—. Les viene bien que alguien les baje los humos de vez en cuando. Se creen muy listos porque saben leer el lenguaje corporal, pero no ven lo que tienen delante de sus narices.

Leah se acercó de nuevo a Aaron y le arregló el cuello de la camisa que ella misma había desordenado momentos antes.

—Vete a salvar el mundo, Aaron. Yo me quedaré aquí terminando de estudiar el sistema cardiovascular. Y recuerda, si el ignoto te da problemas, piensa en lo que yo le hice a aquel tipo que intentó cortarme.

—Le fracturaste la laringe con el talón de tu zapato antes de que llegáramos —recordó Hotch con una sombra de orgullo.

—Exacto. No subestimes nunca a una mujer con educación y poco que perder.

Él la besó con una intensidad que hablaba de todo lo que no decía en voz alta: su miedo a perderla, su asombro ante su fuerza y la gratitud por haber encontrado a alguien que no exigía que fuera un héroe, sino simplemente un hombre.

—Te veo en casa —dijo él.

—Más te vale. Y trae vino. Del caro. Si voy a estudiar cirugía de trauma, necesito estar hidratada —sentenció ella, volviendo al sofá con una sonrisa triunfal.

Hotch salió del despacho, ajustándose la chaqueta. Al pasar por el área de los escritorios, notó las miradas curiosas de su equipo. Reid parecía fascinado, Morgan confundido y Prentiss compartía una mirada cómplice con Rossi. Hotch no dijo nada. No tenía por qué explicarles que Leah era su ancla, la única persona capaz de desafiarlo y calmarlo al mismo tiempo.

Mientras caminaba hacia la sala de reuniones, Aaron Hotchner se sintió, por primera vez en muchos años, completamente joven. No era la responsabilidad del cargo lo que pesaba en sus hombros, sino la expectativa de volver a casa con la mujer que bromeaba con apuñalarlo y que entendía su oscuridad mejor que nadie.

Porque Leah no era solo una sobreviviente. Era la dueña de sus silencios, la crítica más feroz de su trabajo y el único lugar donde Aaron Hotchner podía quitarse el traje de agente del FBI para ser, simplemente, Aaron. Y mientras escuchaba los gritos de Leah desde el despacho exigiendo que alguien le trajera un café "que no supiera a asfalto", Hotch supo que, a pesar de la diferencia de edad y del caos de sus vidas, no cambiaría esa lengua afilada por nada en el mundo.

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