
Groove Is in the Heart
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 26/7/2026
Etiquetas
Ecos de los Noventa y un Beso de Medianoche
La Academia Técnica de Hechicería de Tokio no solía ser escenario de galas, pero esta noche el ambiente era distinto. El salón principal, usualmente austero, estaba decorado con una elegancia que rozaba lo excesivo, cortesía del presupuesto que Satoru Gojo siempre lograba "desviar" para eventos sociales. La ocasión lo merecía: los estudiantes de segundo año —Yuta, Maki, Panda e Inumaki— ascendían a su último ciclo, mientras que el trío de primer año —Yuji, Megumi y Nobara— finalmente dejaba atrás el estatus de novatos para convertirse en alumnos de segundo.
Lo que comenzó como una cena rígida orquestada por los directores Yaga y Gakuganji, pronto se transformó en un caos controlado. Satoru, con su sempiterna energía, se había encargado de que el sake fluyera y la música subiera de volumen.
En la pista, el ambiente era una mezcla de formalidad y desastre juvenil. Nanami Kento, impecable en su traje, movía a Mei Mei con una eficiencia técnica que parecía casi profesional, mientras ella sonreía con la mirada fija en su copa de champán. Kusakabe y Utahime compartían un baile tenso; ella parecía más concentrada en no pisarle los pies que en disfrutar, mientras que él lucía como si prefiriera estar en cualquier otro lugar del mundo. Por otro lado, Yuji y Nobara intentaban un vals que terminó en risotadas cuando Itadori casi derriba un jarrón, y Yuta, tras reunir un valor que ni siquiera Rika le habría dado, tomó la mano de Maki para guiarla suavemente por el salón.
Satoru Gojo, de pie cerca de la mesa de aperitivos, observaba la escena con una sonrisa satisfecha. Su abrigo negro de cuello alto y sus pantalones oscuros resaltaban su altura de casi dos metros, y aunque sus ojos estaban ocultos tras las gafas oscuras habituales para eventos sociales, su atención no estaba en los estudiantes.
Escaneó la habitación. Faltaba alguien.
Salió al balcón, escapando del ruido de las risas y el tintineo de los cubiertos. El aire de la noche era fresco, un alivio después del calor del salón. Allí, apoyada en la barandilla de piedra, estaba Shoko Ieiri.
Lucía espectacular, aunque ella probablemente diría que solo se había puesto "lo primero que encontró". Llevaba un vestido color azul noche que contrastaba con su piel pálida, y su cabello castaño caía suelto sobre sus hombros, rompiendo su habitual coleta de trabajo. En su mano derecha sostenía una copa de vino tinto, y sus ojos castaños, marcados por las ojeras de quien carga con el peso de la mortalidad a diario, observaban la luna con una calma envidiable.
—¿Escondiéndote de tus alumnos favoritos, Shoko? —preguntó Satoru, acercándose con pasos largos y elegantes.
Shoko no se giró, pero una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—Demasiada gente, Gojo. Y demasiada felicidad junta me da dolor de cabeza —respondió ella con su característica voz ronca—. Además, no soy fan de los bailes lentos. Me hacen sentir como si estuviera en un funeral muy aburrido.
Satoru se colocó a su lado, apoyando los codos en la barandilla. Por un momento, el silencio fue cómodo. El olor a tabaco residual y el perfume suave de Shoko se mezclaban con el aroma de los pinos que rodeaban la escuela.
—Has trabajado mucho este año —dijo Satoru, suavizando el tono—. Te mereces un descanso, aunque sea bailando una canción cursi.
—Paso —dijo ella, tomando un sorbo de vino—. Prefiero ver las estrellas. Al menos ellas no intentan pisarme los pies ni me piden consejos sobre técnicas malditas.
Se quedaron allí unos minutos, hablando de nimiedades, de lo mucho que Megumi había crecido y de cómo Yuta finalmente parecía estar encontrando su lugar. Era una de esas raras pausas en sus vidas caóticas donde no eran "El más fuerte" y "La doctora prodigio", sino simplemente dos viejos amigos que habían sobrevivido a lo imposible.
De repente, un cambio en la música desde el interior del salón llamó la atención de ambos. El ritmo lento y melódico fue reemplazado por un bajo potente, un sintetizador vibrante y una voz que gritaba energía noventera pura.
“Groove Is in the Heart” de Deee-Lite comenzó a retumbar en las paredes del edificio antiguo.
Gojo arqueó una ceja y una chispa de travesura iluminó su rostro. Esa canción era un himno de sus días de juventud, de aquellas tardes en las que el mundo aún no pesaba tanto sobre sus hombros.
—Oh, no puede ser —rio Satoru, extendiendo su mano hacia ella con una reverencia exagerada—. Shoko Ieiri, no me digas que vas a desperdiciar este clásico.
Shoko miró la mano enguantada de Satoru y luego a él, con una expresión de incredulidad.
—Satoru, ni lo pienses. Estoy bebiendo.
—El vino puede esperar. La nostalgia no —insistió él, moviendo los dedos—. ¿O es que la gran Shoko ha perdido el ritmo con los años?
Ella soltó un suspiro dramático, dejó la copa sobre la barandilla y, tras un segundo de duda, colocó su mano sobre la de él.
—Si me haces quedar en ridículo, te juro que la próxima vez que necesites que te cure una herida, usaré alcohol de quemar sin anestesia.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
Satoru la condujo de vuelta al salón. La entrada de ambos fue triunfal. Gojo, con su altura y su presencia magnética, se apoderó del centro de la pista, arrastrando a una Shoko que, a pesar de su fingida indiferencia, ya estaba empezando a mover los hombros al ritmo del bajo.
Al principio, los estudiantes se detuvieron a mirar, atónitos. Ver a Gojo bailar no era extraño, pero ver a la siempre estoica y cansada doctora Ieiri entregarse al ritmo era un espectáculo sin precedentes.
Satoru comenzó a moverse con una agilidad casi sobrehumana, girando alrededor de ella, marcando los pasos con una precisión que mezclaba el baile moderno con una energía juguetona. Shoko, contagiada por la vibración de la música y la risa de Satoru, se soltó el cabello del todo y comenzó a seguirle el ritmo. Sus tacones color crema golpeaban el suelo con fuerza, y el vestido azul noche ondeaba con cada giro.
—¡Nada mal para una doctora! —exclamó Satoru por encima de la música, dándole una vuelta rápida.
—¡Cállate y baila, ciego! —respondió ella, riendo abiertamente, algo que rara vez hacía frente a otros.
Se convirtieron en un torbellino de movimiento. Gojo la guiaba, pero Shoko no se quedaba atrás; se movían en una sincronía perfecta, fruto de años de conocerse, de haber compartido misiones, tragedias y momentos de paz. Por unos minutos, el mundo exterior desapareció. No había maldiciones, no había jerarquías, no había un destino cruel esperándolos a la vuelta de la esquina. Solo estaban el ritmo de 1990, las luces del salón y ellos dos.
La canción llegó a su clímax y terminó con un golpe seco de percusión. Satoru sujetó a Shoko por la cintura, inclinándola ligeramente hacia atrás en un final dramático.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por sus respiraciones agitadas. Los rostros de ambos quedaron a escasos centímetros. Satoru podía ver el brillo del sudor en la frente de Shoko y el reflejo del cielo en sus propios ojos se encontraba con la profundidad castaña de los de ella. El aire entre ellos vibraba con una tensión que no tenía nada que ver con la energía maldita.
Por un segundo, pareció que el espacio que los separaba iba a desaparecer. Satoru sintió el impulso de acortar la distancia, de sellar ese momento de euforia con algo más.
Pero entonces, el DJ cambió la pista a un jazz suave y la burbuja se rompió. Shoko se enderezó rápidamente, aclarándose la garganta y apartando un mechón de pelo de su cara.
—Bueno... eso fue... intenso —dijo ella, recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.
—Un clásico es un clásico —respondió Satoru, metiendo las manos en los bolsillos, tratando de ocultar que su corazón latía más rápido de lo normal, y no solo por el ejercicio.
Salieron de la pista entre los aplausos de los alumnos de primer año y las miradas confundidas de los de Kioto. El resto de la noche transcurrió en un borrón de conversaciones y despedidas.
Horas más tarde, la fiesta finalmente llegó a su fin. Los estudiantes se habían retirado a sus dormitorios, exhaustos, y los profesores de Kioto ya estaban en camino a la estación. El aire nocturno se había vuelto más frío.
Satoru estaba cerca de la entrada principal, viendo cómo las luces del campus se apagaban una a una. Estaba a punto de retirarse cuando sintió unos pasos detrás de él.
—Gojo.
Se giró y vio a Shoko. Ya no llevaba los tacones; los sostenía en una mano y caminaba descalza sobre el suelo de madera. Se veía cansada, pero había algo diferente en su expresión, algo decidido.
—¿Te vas sin despedirte, Shoko? Qué mala educación —bromeó él.
Ella se acercó hasta quedar frente a él. La diferencia de altura seguía siendo notable, obligándola a mirar hacia arriba.
—Satoru —dijo ella en voz baja, usando su nombre de pila, algo que solo hacía en momentos de absoluta sinceridad.
—¿Dime?
Antes de que él pudiera reaccionar, Shoko dejó caer sus zapatos, lo tomó por las solapas de su chaqueta negra y tiró de él hacia abajo con una fuerza sorprendente. Satoru, tomado por sorpresa, no opuso resistencia.
Sus labios se unieron en un beso que sabía a vino tinto y a años de palabras no dichas. Fue un beso urgente, cargado de la adrenalina del baile y de la melancolía de su historia compartida. Por un instante, el hombre más poderoso del mundo se sintió completamente vulnerable, anclado a la realidad solo por el contacto de los labios de Shoko.
Cuando ella se separó, lo hizo lentamente, manteniendo sus manos sobre el pecho de él por un momento extra.
—Solo quería terminar lo que el baile comenzó —susurró ella, con una media sonrisa que no llegó a ser burlona, sino cálida.
Satoru se quedó sin palabras, algo extremadamente raro en él. La observó mientras ella recogía sus zapatos del suelo y comenzaba a caminar hacia su oficina, sin mirar atrás.
—¡Oye, Shoko! —gritó él cuando ella ya estaba a unos metros de distancia.
Ella se detuvo y giró la cabeza ligeramente.
—¿Eso significa que bailaremos más seguido?
Shoko soltó una risa seca, la misma de siempre, pero con un matiz nuevo.
—No te acostumbres, Gojo. Pero... tal vez busque más canciones de los noventa.
Satoru se quedó allí, bajo la luz de la luna, tocándose los labios con la punta de los dedos. El eco de la música aún resonaba en sus oídos, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no parecía una carga, sino una pista de baile que todavía tenía muchas canciones por ofrecer.
