
Princesa
Fandom: Blue Lock
Creado: 26/7/2026
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El Trono de la Bestia y la Corona de la Princesa
La atmósfera en las instalaciones de la Liga Neoegoísta era pesada, saturada por el olor a sudor, césped sintético y una ambición tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo. Pero para Hyoma Chigiri, el aire se sentía especialmente frío cada vez que cruzaba el umbral del campo de entrenamiento del estrato alemán.
Había algo diferente en el ambiente, una distorsión en la gravedad que siempre parecía converger en un solo punto: Rensuke Kunigami.
Chigiri lo observó desde la distancia, apoyado contra la pared del pasillo metálico. Kunigami estaba terminando una serie de remates de potencia. Su silueta, antes heroica y robusta, ahora era algo sacado de una pesadilla competitiva. Era más alto, sus hombros se habían ensanchado hasta límites casi inhumanos y su cabello naranja, ahora veteado con raíces grisáceas, caía desordenado sobre unos ojos que habían perdido todo rastro de luz.
Ya no era el "héroe" que Chigiri conoció en el Equipo Z. Era un caído, un superviviente de la Wild Card que había regresado con el alma calcinada y un estilo de juego que rozaba la tiranía.
—Sigues mirando como si esperaras que te salude con una sonrisa —la voz de Kunigami rompió el silencio, pero no se giró. Su tono era áspero, como grava siendo arrastrada por el suelo.
Chigiri soltó una risa corta, carente de humor, y caminó hacia él con la elegancia que le había valido el apodo de "Princesa".
—Tampoco es que espere un abrazo, Kunigami. Pero al menos podrías dejar de ignorar a todo el mundo como si fueras el único ser vivo en este edificio. Isagi está preocupado, ¿sabes?
Kunigami se detuvo, el balón bajo su bota izquierda. Giró la cabeza apenas unos grados, lo suficiente para que su mirada sombría atrapara la de Chigiri.
—Isagi es un estorbo si espera sentimentalismos. Aquí solo importan los goles. El resto es basura.
—Vaya —murmuró Chigiri, cruzándose de brazos—. Realmente te lavaron el cerebro en ese lugar. Eres aburrido ahora, ¿sabes? Un gorila egoísta sin pizca de gracia.
Kunigami no respondió. Simplemente pateó el balón con una fuerza devastadora que hizo vibrar la red del fondo y pasó por el lado de Chigiri sin rozarlo, dejando tras de sí una ráfaga de aire frío y un silencio sepulcral.
En público, esa era la tónica. Kunigami era un iceberg, una máquina de marcar goles que no pedía permiso ni daba las gracias. No hablaba con nadie, no comía con nadie. Era un paria por elección propia. Sin embargo, había momentos, grietas en esa armadura de acero, que solo Chigiri tenía el privilegio —o la desgracia— de presenciar.
Horas más tarde, cuando las luces de las áreas comunes se atenuaron y la mayoría de los jugadores se habían retirado a sus habitaciones para recuperarse del agotador entrenamiento de Noel Noa, Chigiri decidió usar la sala de fisioterapia para estirar sus piernas. Su velocidad era su mayor arma, pero también su mayor debilidad si no cuidaba sus ligamentos.
La puerta se deslizó automáticamente y Chigiri se detuvo en seco.
Kunigami estaba allí, sentado en uno de los bancos, con el torso desnudo cubierto de una fina capa de sudor que hacía brillar sus músculos hipertrofiados bajo la luz fluorescente. Sus manos grandes estaban apoyadas en sus rodillas, y su cabeza colgaba baja, como si el peso de su propia existencia fuera demasiado grande.
—Pensé que estarías durmiendo —dijo Chigiri, cerrando la puerta tras de sí. El clic del cierre electrónico resonó con una finalidad extraña.
Kunigami levantó la vista. En la soledad de la sala, sus ojos no se veían vacíos, sino hambrientos. Una intensidad depredadora sustituyó la indiferencia mecánica que mostraba ante los demás.
—No puedo dormir —respondió Kunigami. Su voz ya no era áspera, sino baja y posesiva—. Hay demasiado ruido en mi cabeza.
Chigiri caminó hacia él, sin mostrar el rastro de nerviosismo que sentía.
—Es el ego, Kunigami. Te está comiendo vivo.
Cuando Chigiri pasó a su lado, Kunigami extendió un brazo con una velocidad que el velocista no pudo prever. Sus dedos, callosos y fuertes, se cerraron alrededor de la muñeca de Chigiri, tirando de él con una fuerza abrumadora.
Chigiri soltó un jadeo cuando su cuerpo chocó contra el pecho sólido de Kunigami. La diferencia de tamaño era ahora tan ridícula que Chigiri se sentía pequeño, una sensación a la que no estaba acostumbrado.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Chigiri, intentando mantener su tono altivo, aunque su corazón había empezado a galopar.
Kunigami no lo soltó. En su lugar, usó su otra mano para tomar el mentón de Chigiri, obligándolo a mirarlo. La cercanía era asfixiante. Chigiri podía oler el aroma metálico del esfuerzo y algo más, algo puramente instintivo.
—En el campo, todos son obstáculos —susurró Kunigami, su rostro a escasos centímetros del de Chigiri—. Isagi, Kaiser... son solo ruido. Pero tú...
—¿Yo qué? —desafió Chigiri, entrecerrando sus ojos rosados—. ¿Soy otro obstáculo que quieres aplastar con tu fútbol de laboratorio?
Kunigami soltó una risa seca, un sonido gutural que vibró en el pecho de Chigiri.
—Tú eres el único que me recuerda que todavía tengo sangre en las venas y no solo datos de rendimiento. Pero no te equivoques, Princesa.
Kunigami deslizó su mano desde el mentón de Chigiri hasta su cuello, sin apretar, pero dejando clara su posición de dominio. Sus dedos acariciaron la piel suave, contrastando violentamente con la rudeza de sus gestos.
—Eres mi posesión en este lugar —continuó Kunigami—. Los goles son míos. El campo es mío. Y tú... tú también eres mío.
Chigiri sintió un escalofrío recorrer su columna. Esta no era la caballerosidad de antes. Era una declaración de propiedad absoluta, el egoísmo de Blue Lock llevado a un nivel enfermizo y personal. Pero Chigiri no era alguien que se doblegara fácilmente.
—¿Tu posesión? —Chigiri sonrió, una sonrisa afilada y valiente—. Te has vuelto muy arrogante, Héroe caído. ¿Crees que porque tienes más músculos puedes reclamarme como si fuera un trofeo?
—No te reclamo porque pueda —dijo Kunigami, acercándose a su oído, su aliento cálido rozando la oreja de Chigiri—. Te reclamo porque nadie más en este maldito edificio tiene el derecho de tocar lo que es mío. Eres la única parte de mi pasado que no voy a dejar que el Wild Card borre. Pero no te quiero como antes.
—¿Ah, no? ¿Y cómo me quieres ahora?
Kunigami lo soltó repentinamente, solo para ponerse de pie. Su altura era imponente, obligando a Chigiri a inclinar la cabeza hacia atrás. La sombra de Kunigami cubrió al pelirrojo por completo.
—Te quiero como un egoísta quiere su victoria —sentenció—. Sin condiciones. Sin piedad.
Kunigami dio un paso hacia adelante, acorralando a Chigiri contra la mesa de fisioterapia. Sus manos se apoyaron a ambos lados de las caderas de Chigiri, encerrándolo.
—Dime, Chigiri... ¿me tienes miedo?
Chigiri levantó una mano y, con una lentitud deliberada, acarició la mejilla de Kunigami, pasando sus dedos por las raíces grises de su cabello.
—El miedo es para los lentos, Kunigami. Y yo soy el más rápido aquí —respondió Chigiri con voz suave—. Pero me intriga... este nuevo tú es tan oscuro que me dan ganas de ver hasta dónde llega tu egoísmo.
Kunigami gruñó, un sonido casi animal, y acortó la distancia final. El beso no tuvo nada de dulce. Fue una colisión de dientes y voluntad, una lucha por el control en la que Kunigami dominaba con una fuerza bruta que Chigiri respondía con una intensidad feroz. Era el lenguaje de Blue Lock traducido al contacto físico: devorar o ser devorado.
Cuando se separaron, ambos estaban agitados. Kunigami mantenía su frente apoyada contra la de Chigiri, sus ojos castaños fijos en los de él, reclamando cada centímetro de su espacio personal.
—No vuelvas a hablar con Isagi de esa forma —ordenó Kunigami, su voz volviendo a ese tono frío de autoridad—. No quiero que nadie más te mire como si entendieran lo que eres.
Chigiri soltó una carcajada genuina, aunque algo falta de aire.
—Eres un maníaco, ¿lo sabías? Estás celoso incluso de tus compañeros de equipo.
—No son mis compañeros. Son mis rivales. Y tú eres mi premio.
—Un premio que corre más rápido que tú —le recordó Chigiri, recuperando algo de su compostura y empujándolo levemente para liberar espacio—. Si quieres mantenerme a tu lado, tendrás que ser el mejor del mundo, Kunigami. Porque una princesa no se queda con un héroe que no puede ganar.
Kunigami lo observó, y por un momento, Chigiri creyó ver un destello del viejo Rensuke, una chispa de ese fuego noble que solía arder en él. Pero se desvaneció tan rápido como apareció, siendo reemplazado por la fría determinación del "Caído".
—Ganaré —dijo Kunigami con una seguridad aterradora—. Marcaré cada gol. Destruiré a cada defensa. Y cuando esté en la cima, tú estarás allí, a mi lado. No porque te lo pida, sino porque te habré hecho tuyo de tal forma que no conocerás otro lugar.
Kunigami se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.
—Mañana en el entrenamiento, no te contengas. Si vas a ser mi princesa, asegúrate de ser la más rápida del mundo.
La puerta se cerró tras él, dejando a Chigiri solo en la sala silenciosa. El pelirrojo se tocó los labios, que aún escocían por la fuerza del encuentro. Su corazón latía con una fuerza violenta, una mezcla de adrenalina y una fascinación oscura.
Kunigami había cambiado. Era una bestia, un egoísta absoluto que veía el mundo como un campo de batalla y a las personas como piezas o trofeos. Pero para Chigiri, ese cambio era un desafío que estaba dispuesto a aceptar.
—Qué problemático te has vuelto, Kunigami —murmuró Chigiri para sí mismo, una sonrisa depredadora apareciendo en su rostro—. Pero supongo que una princesa necesita a alguien lo suficientemente salvaje como para intentar enjaularla.
Chigiri se sentó en el banco donde Kunigami había estado momentos antes. El calor del cuerpo del otro todavía impregnaba el metal. Sabía que la Liga Neoegoísta sería un infierno, que la competencia sería despiadada y que Kunigami probablemente seguiría siendo un bastardo frío frente a las cámaras y en el vestuario.
Pero también sabía que, en la oscuridad, cuando los focos se apagaban, el Héroe Caído solo buscaba un refugio. Y ese refugio tenía el color de las flores de cerezo y la velocidad del rayo.
Kunigami Rensuke quería ser un rey solitario en un trono de goles, pero Chigiri Hyoma no tenía intención de ser una simple espectadora. Si Kunigami iba a reclamarlo, tendría que correr lo suficientemente rápido para alcanzarlo.
Y en Blue Lock, la caza era la forma más pura de amor.
Al día siguiente, durante la sesión de entrenamiento matutina, la dinámica volvió a su gélida normalidad. Kunigami ignoró a Chigiri cuando este pasó por su lado, y Chigiri hizo un comentario mordaz sobre la falta de técnica en el último tiro de Kunigami.
Isagi y los demás miraban con incomodidad, sintiendo la tensión eléctrica que emanaba de ambos, pero atribuyéndola a la rivalidad extrema que Blue Lock fomentaba. Nadie sospechaba que, bajo esa capa de hostilidad y silencio, había un pacto sellado en la oscuridad de la sala de fisioterapia.
Un pacto donde un egoísta reclamaba su gol más preciado, y una princesa decidía que, si iba a pertenecer a alguien, solo sería al monstruo que ella misma había ayudado a despertar.
Kunigami recibió un pase largo de Ness, bajando el balón con el pecho y preparándose para un disparo de larga distancia. Antes de chutar, su mirada se cruzó con la de Chigiri, que corría por la banda opuesta. Fue un segundo, un destello de posesión absoluta que nadie más notó.
Kunigami disparó. El balón rompió el aire con un sonido sordo y se incrustó en la escuadra, un gol perfecto, violento e incontestable.
No celebró. No sonrió. Simplemente se dio la vuelta, sus hombros anchos proyectando una sombra larga sobre el césped.
Chigiri, desde su posición, se acomodó el cabello tras la oreja y sonrió para sus adentros.
—Ese es mi gorila —susurró, lanzándose a correr a una velocidad que dejó a los defensas atrás como si fueran estatuas.
El juego continuaba, el egoísmo crecía, y en medio del caos de Blue Lock, la bestia y la princesa habían encontrado su propia y retorcida forma de reinar.
