
Dominación
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 27/7/2026
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Bajo el Peso del Infinito
El silencio en la Academia de Hechicería de Tokio era absoluto, una calma tensa que solo se veía interrumpida por el suave rasgueo de un bolígrafo sobre el papel. Shoko Ieiri, con las ojeras más marcadas de lo habitual y el cabello castaño cayendo en cascada sobre sus hombros, revisaba los informes de las últimas misiones. La luz fluorescente de la enfermería parpadeaba ocasionalmente, bañando la estancia en un tono clínico y frío que contrastaba con el aroma a café rancio y desinfectante.
Shoko soltó un suspiro pesado, dejando el bolígrafo a un lado. Sus ojos castaños, cansados por la falta de sueño y la constante exposición a la muerte, se cerraron por un momento. Ser la única capaz de utilizar la técnica de maldición inversa de manera tan eficiente tenía sus costos, y la fatiga era uno que pagaba diariamente con una indiferencia casi estoica.
Sin embargo, el aire en la habitación cambió de repente. No fue un ruido, sino una presión. Una densidad en el ambiente que solo una persona en todo el mundo era capaz de generar. La atmósfera se volvió pesada, cargada de una energía maldita tan vasta que hacía que los vellos de sus brazos se erizaran.
Satoru Gojo no solía entrar así. Normalmente, su llegada estaba precedida por un comentario sarcástico, una risa infantil o el sonido de sus zapatos chocando alegremente contra el suelo. Pero esta vez, el silencio que lo acompañaba era ensordecedor.
Antes de que Shoko pudiera girarse, sintió unas manos grandes y firmes cerrándose alrededor de su cintura. El contacto fue repentino, posesivo. Shoko se sobresaltó, sus hombros se tensaron instintivamente, pero el cuerpo que se presionaba contra su espalda era inconfundible. Era una torre de músculo y poder, y emanaba un calor gélido, si es que tal contradicción era posible.
—Satoru... —murmuró ella, intentando recuperar la compostura—. Llegas tarde. Y estás bloqueando mi luz.
No hubo respuesta verbal. En su lugar, la presión en su cintura aumentó. Shoko sintió cómo Gojo hundía su rostro en el hueco de su cuello, respirando profundamente. No era el Satoru juguetón que compraba dulces en Kioto; era el Hechicero Más Fuerte, el hombre que cargaba con el equilibrio del mundo sobre sus hombros, y hoy, ese peso parecía haberlo transformado en algo mucho más peligroso.
Con un movimiento rápido y una fuerza que dejó a Shoko sin aliento, Gojo la obligó a girarse en la silla, solo para levantar sus brazos y atrapar sus muñecas por encima de su cabeza contra la pared fría de la enfermería.
Shoko ahogó una exclamación. Sus ojos se abrieron de par en par, encontrándose con la mirada de él. Satoru no llevaba sus vendas ni sus gafas oscuras. Sus ojos, esos Seis Ojos que contenían el cielo infinito, estaban fijos en ella con una intensidad aterradora. Su ceño estaba fruncido, una expresión de molestia real, de una furia contenida que rara vez dejaba ver.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Shoko, aunque su voz sonó mucho más quebrada de lo que pretendía.
—Estoy cansado, Shoko —dijo Gojo. Su voz era baja, un barítono profundo que vibró en el pecho de la doctora—. Cansado de que todos crean que pueden disponer de lo que es mío. Cansado de que esta academia te exprima hasta que no queda nada de ti.
—Es mi trabajo —replicó ella, tratando de zafarse, pero las manos de Gojo eran como grilletes de acero—. Suéltame, Satoru. No estoy de humor para tus juegos de dominancia.
—Esto no es un juego —sentenció él, estrechando el espacio entre ambos hasta que sus narices se rozaron—. Nunca lo ha sido.
Shoko se quedó muda. El nerviosismo, una emoción que creía haber enterrado bajo capas de cinismo hacía años, floreció en su estómago. Gojo siempre había sido el "invencible", el "inalcanzable", pero en ese momento, se sentía más real y presente que nunca. Su aura dominadora la envolvía, recordándole que, a pesar de su actitud relajada, él era una deidad entre hombres, y ella estaba atrapada bajo su voluntad.
Gojo soltó una de sus muñecas solo para deslizar su mano por debajo del jersey azul de Shoko. El contacto de su palma fría contra la piel cálida de su abdomen la hizo estremecerse. Sus dedos trazaron líneas lentas, casi perezosas, ascendiendo por sus costillas mientras sus ojos azules no se apartaban de los de ella, desafiándola a apartarse, a negar lo que estaba sucediendo.
—Te pasas el día curando a otros —susurró Gojo, acercándose a su oído—. Gastando tu energía en hechiceros que apenas saben mantener su propia vida. ¿Y quién te cuida a ti, Shoko? ¿Quién reclama lo que le pertenece?
—No soy un objeto, Satoru —logró decir ella, aunque su cuerpo comenzaba a traicionarla, relajándose bajo el toque del hechicero.
—No —coincidió él, bajando su rostro para besar la línea de su mandíbula—. Eres lo único que me mantiene anclado a este mundo podrido. Y hoy... hoy no quiero compartir.
Gojo presionó sus labios contra el cuello de Shoko, un beso exigente, marcado por la posesividad. Ella cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás. La resistencia que había intentado oponer se desmoronó. Había algo embriagador en la forma en que Satoru la reclamaba, una dominación total que no dejaba lugar a dudas. Él no estaba pidiendo permiso; estaba tomando lo que consideraba suyo por derecho.
El ceño fruncido de Gojo se suavizó ligeramente al sentir la rendición de la mujer en sus brazos. Shoko, la mujer que siempre parecía estar a un paso de distancia de todo, la que observaba la vida con una indiferencia protectora, finalmente se entregaba a la intensidad de su presencia.
—Eso es... —murmuró Gojo contra su piel, dejando un rastro de besos ardientes que descendían hacia su clavícula—. Quédate así. Solo para mí.
Shoko soltó un suspiro tembloroso, sus manos, ahora libres, buscaron desesperadamente los hombros del abrigo negro de Gojo, aferrándose a la tela como si fuera su único salvavidas en medio de un océano turbulento. La sensación de vacío que solía acompañarla fue reemplazada por la plenitud abrumadora de la energía de Satoru.
—Eres un idiota egoísta —susurró ella, aunque sus dedos se enredaron en el cabello blanco y puntiagudo de él, atrayéndolo más hacia ella.
—Soy el más fuerte —respondió él con una media sonrisa arrogante que no llegó a sus ojos, los cuales seguían brillando con una seriedad divina—. Y los más fuertes siempre obtienen lo que quieren.
Satoru volvió a capturar sus labios, esta vez en un beso que sabía a desesperación y a una verdad largamente callada. No había rastro del maestro juguetón ni del chamán despreocupado. Solo quedaba el hombre, reclamando su lugar, ejerciendo una autoridad que Shoko no podía —y en el fondo, no quería— rechazar.
En la penumbra de la enfermería, rodeados de informes olvidados y el olor a medicina, el Infinito pareció contraerse hasta solo ocupar ese pequeño espacio entre ellos. Shoko se perdió en la sensación de ser poseída por la tormenta que era Satoru Gojo, aceptando su sumisión no como una derrota, sino como la única forma de estar verdaderamente cerca del hombre que vivía más allá del alcance de todos los demás.
—No te vayas —pidió él en un susurro casi imperceptible, rompiendo el beso por apenas unos milímetros.
—No tengo a dónde ir, Satoru —respondió ella, con la respiración entrecortada y los ojos nublados por el deseo y la entrega—. Siempre termino aquí. Contigo.
Gojo la estrechó más contra él, ocultando su rostro en su hombro, permitiéndose por un breve instante dejar caer la máscara de deidad para ser simplemente un hombre que necesitaba el calor de la única persona que lo conocía de verdad. La dominación seguía ahí, latente en la forma en que sus manos la sujetaban, pero ahora estaba teñida de una vulnerabilidad que solo Shoko podía ver.
La noche avanzó, y en el refugio de esas paredes blancas, el hechicero más fuerte del mundo y la doctora que lo mantenía cuerdo se perdieron en un baile de poder y pertenencia, donde las palabras sobraban y solo el contacto físico lograba acallar los fantasmas del pasado y las incertidumbres del futuro. Shoko, finalmente, dejó de ser la espectadora de su propia vida para convertirse en el centro del universo de Satoru, aceptando que, bajo su mando, ella encontraba una paz que el mundo exterior nunca podría ofrecerle.
