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Si ya no estás aqui

Fandom: Shingeki no Kyojin

Creado: 27/7/2026

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Ecos de un Mañana que no Llegó

El cuartel de la Legión de Reconocimiento siempre se sentía demasiado grande, demasiado frío y, sobre todo, demasiado silencioso cuando la noche caía sobre los muros. Levi Ackerman estaba sentado frente a su escritorio, con una taza de té ya fría entre sus manos. La luz de la vela parpadeaba, proyectando sombras alargadas que bailaban en las paredes de piedra, como fantasmas de aquellos que ya no estaban.

Sus ojos grises, siempre apagados y rodeados por las sombras del insomnio, estaban fijos en un punto inexistente de la madera. Podía sentir el peso del mundo sobre sus hombros, pero ese peso no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho. Erwin y Hange intentaban mantenerlo ocupado, dándole órdenes, misiones, responsabilidades. Ellos eran su ancla, los que evitaban que se hundiera en la oscuridad total, pero incluso su presencia empezaba a sentirse insuficiente.

¿Cómo se suponía que iba a seguir?

La pregunta era un eco constante en su mente. Cerró los ojos y, por un instante, el rostro de Petra Ral apareció con una claridad dolorosa. Recordó su nariz pequeña, sus ojos de tonalidad ámbar que siempre parecían buscar su aprobación, y ese cabello castaño claro que se movía con suavidad cada vez que ella saludaba.

Ahora, Petra no era más que un recuerdo. Una advertencia sangrienta grabada en el suelo del bosque de los árboles gigantes. La responsable de ese vacío estaba a pocos metros bajo tierra, atrapada en un cristal de hielo eterno, una prisionera que se había llevado todo lo que Levi valoraba sin derramar una sola lágrima. La "Titán Hembra" le había arrebatado a su escuadrón, a sus hombres, pero sobre todo, le había arrebatado a la única persona que había logrado ver más allá de la fachada del "Soldado más fuerte de la humanidad".

Levi se permitió, por un solo momento, viajar al pasado. Se transportó a la última noche que compartieron antes de partir hacia la expedición que lo cambiaría todo.

El aire de aquella noche era fresco, cargado con el aroma de la lluvia reciente. Estaban en la pequeña habitación de Levi, un espacio que siempre mantenía impecable, pero que esa noche se sentía extrañamente cálido. Petra estaba sentada en el borde de la cama, desatándose las botas con movimientos lentos, casi dudosos.

—He estado pensando mucho en lo que viene —había dicho ella, rompiendo el silencio. Su voz era apenas un susurro.

Levi, que estaba terminando de limpiar sus cuchillas, no levantó la vista de inmediato.

—No pienses demasiado, Petra. Eso solo te hará dudar en el campo de batalla.

Ella soltó un suspiro y se puso de pie, acercándose a él. Se detuvo a una distancia prudencial, pero sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que Levi rara vez veía.

—¿Crees que logremos ganar esta batalla? —preguntó ella. Era una pregunta inocente, casi infantil, pero cargada de un miedo real que ambos compartían pero nunca mencionaban.

Levi dejó el trapo sobre la mesa y se giró para mirarla. La respuesta real era cruel: las probabilidades eran bajas, la muerte era casi segura y los titanes no conocían la piedad. Sin embargo, al ver la vulnerabilidad en el rostro de Petra, algo en su interior se ablandó. Por una vez, dejó de lado al capitán y dejó salir al hombre.

—No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero mientras estemos juntos, tenemos una oportunidad. No te dejaré morir, Petra.

Entonces, hizo algo que nadie más en el mundo habría creído posible. Levi sonrió. No fue una mueca de suficiencia ni un gesto de cortesía; fue una sonrisa real, pequeña y cargada de una esperanza agridulce.

Petra pareció contener el aliento. Sus mejillas se tiñeron de un rojo suave y, sin decir una palabra, acortó la distancia entre ellos. Sus manos, pequeñas pero firmes por el entrenamiento, se posaron en el pecho de Levi, sintiendo el latido rítmico de su corazón.

—Levi-kun... —murmuró ella, usando ese sufijo que solo se atrevía a pronunciar en la más absoluta intimidad.

Esa noche, ambos sucumbieron a la necesidad de sentirse vivos. Fue un encuentro desesperado, una danza de piel contra piel donde las palabras sobraban. Levi recordaba cada caricia, la suavidad de la piel de Petra bajo sus dedos, el contraste de su propia rudeza con la delicadeza de ella. Recordaba el sonido de su nombre escapando de los labios de ella entre gemidos, una melodía que ahora lo perseguía en sus pesadillas.

Se habían entregado con una pasión inmensa, como si supieran, en lo más profundo de su ser, que esa sería la última vez. En la penumbra de la habitación, el mundo exterior dejó de existir. No había muros, no había titanes, no había una humanidad que salvar. Solo estaban ellos dos, buscando refugio en el calor del otro.

—Prométeme que volveremos —había susurrado ella contra su cuello, mientras el sudor pegaba sus cuerpos.

Levi no respondió con palabras. Simplemente la abrazó con más fuerza, hundiendo su rostro en su cabello castaño, memorizando su aroma para siempre.

De vuelta en el presente, Levi abrió los ojos. La vela se había apagado. El frío de la habitación parecía haber aumentado diez grados.

—¿Cómo se supone que voy a seguir... si ya no estás aquí? —susurró al vacío.

Se puso de pie, sus articulaciones protestando por la falta de descanso. Caminó hacia la ventana y miró hacia el horizonte, donde la luna iluminaba el paisaje desolado. Sabía que tenía que seguir adelante. Sabía que Erwin esperaba que liderara a los nuevos reclutas, que Hange necesitaba su fuerza para sus experimentos y que la humanidad aún dependía de su espada.

Pero el peso del arrepentimiento era una cadena que arrastraba con cada paso. Recordó el momento en que vio el cuerpo de Petra siendo arrojado del carro para aligerar la carga durante la retirada. Fue un golpe más letal que cualquier mordisco de titán. Verla desaparecer en la distancia, confundida con el barro y la hierba, mientras él tenía que mantener el rostro inexpresivo para no desmoralizar al resto.

—Maldita sea —gruñó, golpeando el marco de la ventana con el puño.

El dolor físico era un alivio momentáneo frente al tormento mental. Se obligó a respirar hondo, a limpiar cualquier rastro de debilidad de su mente. Petra no hubiera querido verlo así. Ella creía en él, creía en su fuerza y en su capacidad para guiar a otros hacia la libertad.

—Capitán —una voz suave llamó a la puerta. Era la voz de un mensajero, probablemente enviado por Erwin.

Levi se enderezó, recuperando su postura rígida y su mirada intimidante. El hombre que había sonreído esa noche en la intimidad había vuelto a esconderse bajo capas de acero.

—Pasa —ordenó con voz gélida.

La puerta se abrió y un joven soldado entró, saludando con el puño sobre el corazón.

—El Comandante Erwin solicita su presencia en la sala de reuniones de inmediato. Han llegado informes sobre el distrito de Shiganshina.

Levi asintió, sin mirarlo.

—Dile que estaré allí en cinco minutos. Retírate.

—¡Sí, señor!

Cuando el soldado se fue, Levi tomó su capa verde con el emblema de las Alas de la Libertad. Se la colocó sobre los hombros, sintiendo el peso de la responsabilidad una vez más. Antes de salir, su mirada se posó en un pequeño pañuelo blanco que Petra le había ayudado a bordar una tarde de descanso. Estaba perfectamente doblado sobre un estante.

Se acercó, lo tomó y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, justo sobre su corazón.

—Ganaremos esta batalla, Petra —prometió en un susurro apenas audible—. Aunque tú ya no estés para verlo.

Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. El pasillo estaba oscuro, pero Levi caminó con paso firme. El recuerdo de su última noche juntos ya no era solo una fuente de dolor, sino una brasa que mantenía encendida su voluntad de luchar.

Mientras bajaba las escaleras, el eco de sus propios pasos le recordaba que seguía vivo. Y mientras estuviera vivo, mientras tuviera fuerza en sus brazos y fuego en su mirada, seguiría adelante. Por ella. Por los caídos. Por el mañana que ella nunca pudo alcanzar.

La guerra contra los titanes continuaba, y Levi Ackerman, el soldado más fuerte de la humanidad, estaba listo para enfrentarla, llevando consigo el fantasma de una sonrisa y el eco de un nombre que solo el viento se atrevía a pronunciar.

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