
Danza de la Mariposa en el Agua
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 27/7/2026
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El Vals de las Mariposas sobre el Estanque
La luna se ocultaba tras un velo de nubes densas, pero el bosque no estaba en silencio. El aire estaba saturado con el hedor acre de la sangre demoníaca y el sonido metálico de las katanas cortando el viento. Giyu Tomioka se movía con la velocidad de una corriente desbordada, pero sus movimientos carecían de la elegancia habitual. Frente a él, una horda de figuras grotescas y pálidas surgía de las sombras; eran clones, copias casi idénticas de un demonio que se reía desde algún lugar oculto en la espesura.
Eran débiles, sí. Un solo tajo de su Nichirin de color azul profundo bastaba para deshacer a tres de ellos a la vez, convirtiéndolos en ceniza antes de que tocaran el suelo. Sin embargo, por cada uno que caía, dos más ocupaban su lugar. La frustración, aunque invisible en su rostro de piedra, comenzaba a marchar el ritmo de sus pulmones. Sus ataques eran erráticos, impulsivos. Estaba atacando por puro instinto, desperdiciando energía en una masa interminable que solo servía para confundir sus sentidos.
— Estás siendo muy descuidado, Tomioka-san —la voz de Shinobu Kocho llegó a sus oídos como el aleteo de una polilla, clara y ligeramente burlona, a pesar de que ella misma estaba rodeada por una decena de enemigos.
Giyu no respondió. Giró sobre sus talones, ejecutando un tajo horizontal que decapitó a otro clon, pero su equilibrio flaqueó ligeramente al aterrizar sobre una raíz húmeda.
— No deberías atacar sin pensar —continuó ella, deslizándose entre los clones con una gracia inhumana, su haori de patrón de alas de mariposa ondeando como si realmente estuviera volando—. Tu precisión es un desastre ahora mismo. ¿Acaso estás intentando podar el bosque o matar a un demonio?
— Son demasiados —gruñó Giyu, su voz grave apenas audible sobre el estruendo de la batalla—. No encuentro el original.
— Entonces deja de luchar contra el agua y conviértete en ella —le instruyó Shinobu, clavando su aguijón en el cuello de un clon mientras saltaba por encima de la cabeza de Tomioka—. Coordínate conmigo. Si seguimos así, el amanecer nos encontrará aquí y yo tengo una cita con mis pociones mañana temprano.
Giyu respiró hondo, expandiendo sus pulmones hasta el límite. El aire frío quemó su garganta, pero su mente se aclaró. Miró a la pequeña mujer que se movía a su lado y, por un instante, el caos del bosque pareció ralentizarse. Ella tenía razón. Estaba luchando contra la marea en lugar de fluir con ella.
— Bien —dijo él simplemente.
Lo que siguió no fue una batalla ordinaria. Fue una metamorfosis.
Giyu ajustó su postura, bajando el centro de gravedad. Cuando el siguiente grupo de clones se abalanzó, no cargó contra ellos. Esperó. A su lado, Shinobu se convirtió en un destello púrpura. Sus movimientos, antes independientes, comenzaron a entrelazarse. Cuando Giyu lanzaba una estocada de la Respiración del Agua, Shinobu utilizaba el impulso de su movimiento para impulsarse hacia arriba, descendiendo con la letalidad de su Respiración del Insecto.
Era una danza. Una coreografía de muerte y belleza que ninguno de los dos había ensayado, pero que sus cuerpos ejecutaban con una fluidez asombrosa. Giyu era la marea que arrastraba y agrupaba a los enemigos, y Shinobu era el aguijón que perforaba los puntos vitales con una precisión quirúrgica.
— ¡Técnica conjunta! —exclamó Shinobu con una sonrisa que esta vez no era solo una máscara—. ¡Danza de la Mariposa en el Agua!
Giyu fluyó a través de la undécima postura, la Calma, creando un espacio de quietud absoluta donde los clones quedaban paralizados por un instante de confusión. En ese vacío, Shinobu se lanzó como un proyectil, sus pies apenas tocando el suelo, su espada silbando mientras inyectaba el veneno de glicinias en el verdadero cuerpo del demonio, que finalmente se había visto obligado a revelarse ante la presión de la danza.
El demonio original soltó un grito ahogado mientras sus pulmones se colapsaban y su cuerpo comenzaba a desintegrarse. Los cientos de clones se desvanecieron como humo en el viento, dejando el claro del bosque sumido en un silencio repentino y sepulcral.
Ambos aterrizaron de pie, de espaldas el uno al otro. El pecho de Giyu subía y bajaba rítmicamente, mientras que Shinobu guardaba su espada con un clic metálico que resonó en la noche.
El camino de regreso a la sede de los Cazadores de Demonios fue largo. El sol comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados, malvas y dorados. El cansancio pesaba en sus huesos, pero había una extraña ligereza en el aire entre ellos.
— No sabía que sabías bailar, Tomioka-san —dijo Shinobu, rompiendo el silencio. Su tono era el habitual, juguetón y afilado, pero sus ojos púrpuras lo observaban con una curiosidad genuina.
Giyu se detuvo en seco en medio de un claro bañado por la luz del atardecer. El viento agitó su haori dispar, el de Sabito y el de su hermana, recordándole por un segundo su soledad habitual. Pero luego miró a Shinobu. Ella se detuvo unos pasos más adelante y se giró para mirarlo, ladeando la cabeza.
Sin decir una palabra, Giyu extendió su mano derecha hacia ella. La palma estaba abierta, una invitación silenciosa y solemne que contrastaba con su habitual retraimiento.
Shinobu parpadeó, sorprendida. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, perdiendo por un instante esa neblina de sarcasmo que siempre los cubría. Luego, una sonrisa suave y auténtica, una que no usaba para ocultar su odio por los demonios, iluminó su rostro.
— ¿Es una invitación, Tomioka-san? —preguntó ella, acercándose.
— Dijiste que sabía bailar —respondió él con su voz monocorde, aunque había un brillo diferente en sus iris azul lapislázuli—. Comprobémoslo.
Shinobu puso su mano pequeña y delicada sobre la de él. La piel de Giyu era áspera, llena de cicatrices de mil batallas, pero su agarre fue sorprendentemente gentil. Con un movimiento fluido, la atrajo hacia sí. No había música en aquel bosque, solo el susurro de las hojas y el canto lejano de las aves despertando, pero no la necesitaban.
Giyu comenzó a dirigir. Sus pasos eran seguros, moviéndose con la cadencia de un río que conoce su cauce. No era un baile de salón, era algo más primitivo y puro. Él la hacía girar, y Shinobu se dejaba llevar, sus pies moviéndose con la ligereza de una mariposa que revolotea sobre la superficie de un estanque en calma.
En ese momento, el mundo exterior desapareció. No había demonios, no había pilares, no había una guerra sangrienta que amenazara con consumirlos a todos. Solo existía el ritmo de sus respiraciones coordinadas y el roce de sus uniformes. Giyu olvidó por un momento su propia melancolía, el peso de sus fracasos pasados y la seriedad que se autoimponía como una armadura. Shinobu, por su parte, permitió que el odio que quemaba sus entrañas se apagara, reemplazado por la calidez del pecho de Giyu contra el suyo.
Giraron y se deslizaron sobre la hierba húmeda por el rocío. Parecían flotar. Giyu la sostenía con una firmeza que la hacía sentir segura, algo que Shinobu rara vez experimentaba. Ella se apoyó ligeramente en su hombro, cerrando los ojos por un segundo para disfrutar de la paz que emanaba del hombre que todos consideraban un extraño.
Finalmente, el movimiento cesó. Giyu la sostuvo por la cintura mientras ella se inclinaba ligeramente hacia atrás, enmarcada por el resplandor dorado del sol naciente. Sus rostros estaban a apenas unos centímetros de distancia. El silencio ahora era pesado, cargado de una tensión que no tenía nada que ver con la batalla y todo que ver con lo que ambos intentaban ignorar a diario.
— Bailas mejor de lo que hablas —susurró Shinobu, su voz apenas un hálito contra los labios de él.
— Hablar no es necesario ahora —respondió Giyu.
Lentamente, como si temieran que el momento se rompiera como un cristal fino, ambos acortaron la distancia. Cuando sus labios se unieron, no fue un beso de cuento de hadas. Fue un beso profundo, cargado de un cansancio compartido y una necesidad desesperada de consuelo. Sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo, una unión de dos almas heridas que habían encontrado un refugio momentáneo en la otra.
Giyu profundizó el contacto, su mano subiendo por la espalda de ella para acariciar la nuca, donde el cabello púrpura se sentía suave entre sus dedos. Shinobu se aferró a los hombros de él, dejando escapar un suspiro que se perdió entre sus bocas. En ese beso, ella le entregó un poco de su carga, y él le ofreció un poco de su fuerza.
Se separaron lentamente, sus frentes todavía apoyadas la una contra la otra. El sol ya había salido por completo, iluminando el bosque con una claridad que hacía imposible esconderse tras máscaras.
— Tenemos que volver —dijo Giyu, aunque no hizo ningún movimiento para soltarla.
— Lo sé —respondió ella, recuperando poco a poco su sonrisa habitual, aunque esta vez sus ojos brillaban con una calidez genuina—. Pero antes de irnos... ¿sabes que esto no cambia el hecho de que a nadie le agradas, verdad, Tomioka-san?
Giyu suspiró, cerrando los ojos con resignación, pero una pequeña y casi imperceptible curva apareció en la comisura de sus labios.
— Lo sé.
— Bien, porque sería muy aburrido si te volvieras engreído solo por un beso —continuó ella, soltándose de su agarre y comenzando a caminar por el sendero con su habitual ligereza—. ¡Date prisa! Si llegamos tarde, le diré a todos que te perdiste porque estabas tratando de hablar con un árbol.
Giyu la observó caminar unos pasos por delante. Ella se veía tan pequeña y frágil bajo la luz del sol, pero él sabía que era la mujer más fuerte que había conocido. Sin decir nada, caminó hasta alcanzarla.
Shinobu no dejó de bromear sobre su falta de habilidades sociales o sobre lo mal que le quedaba el peinado después del baile, pero cuando su mano buscó la de Giyu, él no se apartó. Entrelazó sus dedos con los de ella, apretándolos con suavidad.
Así, tomados de la mano y envueltos en el murmullo incesante de las burlas de Shinobu, los dos Pilares regresaron a la sede, dejando atrás el claro donde, por unos breves minutos, el agua y la mariposa habían sido uno solo.
