
Tonto Dragón
Fandom: Fairy Tail
Creado: 27/7/2026
Etiquetas
El Rugido del Instinto
El gremio de Fairy Tail era, por definición, el lugar más ruidoso de todo Fiore. Las jarras de cerveza volaban por los aires, las mesas se partían en dos bajo el peso de algún mago lanzado por un puñetazo, y los gritos de Gray y Natsu retumbaban contra las vigas del techo. Para el observador externo, Natsu Dragneel era el epítome de la impulsividad ciega. Un joven que comía fuego, que no entendía de estrategias y que, según Lucy, tenía el tacto emocional de una piedra volcánica.
—¡Eres un tonto, Natsu! —gritó Lucy, limpiándose una mancha de sopa de su falda después de que el Dragon Slayer tropezara con ella durante una pelea—. ¡No piensas en nada más que en pelear!
Natsu se rió, mostrando sus colmillos afilados, y se rascó la nuca con esa expresión de desconcierto que lo caracterizaba.
—¡Lo siento, Luce! ¡Es que Gray empezó primero! —replicó, antes de lanzarse de nuevo a la refriega.
Desde una mesa cercana, Lisanna Strauss observaba la escena con una sonrisa suave, casi imperceptible. Sus ojos azules seguían cada movimiento del chico del cabello rosa. Escuchaba las risas, los insultos cariñosos de los demás y la etiqueta de "tonto" que siempre le colgaban como una medalla. Lisanna sabía algo que los demás ni siquiera podían imaginar. Sabía que, tras esa fachada de imprudencia y energía inagotable, se escondía un hombre que entendía el lenguaje del cuerpo con una precisión que rozaba lo instintivo, casi animal.
Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas de Magnolia y el gremio empezó a vaciarse, Natsu y Lisanna se despidieron del resto con la naturalidad de siempre. Nadie sospechaba que sus caminos, aunque parecían separarse en la calle principal, se unirían poco después en la pequeña cabaña del bosque donde el Dragon Slayer vivía.
El aire de la noche era fresco, pero el interior de la cabaña conservaba el calor residual de las llamas que Natsu solía invocar. En cuanto la puerta se cerró y el cerrojo hizo clic, el ambiente cambió drásticamente. Ya no había gritos, ni fuego descontrolado, ni la torpeza que Natsu exhibía frente a Erza o Gray.
Lisanna se quitó la chaqueta ligera, sintiendo la mirada de Natsu sobre su espalda. No era la mirada distraída de un amigo; era la mirada de un depredador que conocía perfectamente a su presa, pero que la amaba con una devoción feroz.
—Te llamaron tonto otra vez hoy —dijo Lisanna, dándose la vuelta para encararlo.
Natsu estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre su pecho musculoso. Su chaleco negro dejaba al descubierto sus abdominales definidos, y la bufanda de escamas de Igneel reposaba sobre sus hombros. Se acercó a ella con pasos lentos, silenciosos, una agilidad que rara vez mostraba en público.
—Dejo que lo piensen —respondió Natsu. Su voz había bajado una octava, volviéndose más ronca, más profunda—. Si creen que soy un tonto, no se esperan lo que realmente soy capaz de hacer.
Él extendió una mano y acarició la mejilla de Lisanna. Sus dedos, marcados por las batallas, eran sorprendentemente delicados. Ella cerró los ojos, dejándose llevar por el calor que emanaba de su piel. Natsu no necesitaba libros ni lecciones de etiqueta para saber cómo tocarla. Tenía el instinto de un dragón, una sensibilidad agudizada que le permitía leer el ritmo de su respiración y el latido de su corazón.
—¿Y qué eres capaz de hacer, Natsu? —susurró ella, desafiándolo con la mirada.
Natsu no respondió con palabras. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él con una fuerza firme pero controlada. Lisanna sintió el contraste entre la suavidad de su propio cabello blanco y la aspereza de las manos de Natsu cuando estas bajaron hacia sus muslos, justo donde la marca del gremio descansaba.
—Sé lo que te gusta —murmuró él contra su oído, enviando un escalofrío por la columna de la joven—. Sé exactamente dónde te duele y dónde necesitas que te toque.
La besó con una pasión que habría escandalizado a Lucy y dejado sin palabras a Gray. No era un beso torpe. Era un reclamo. Natsu dominaba la situación con una maestría milimétrica. Sus labios se movían con una urgencia calculada, explorando cada rincón de la boca de Lisanna, mientras sus manos comenzaban a desatar los lazos de su ropa con una destreza que nadie le atribuiría al "tonto del gremio".
Mientras se trasladaban hacia la cama, Lisanna no pudo evitar pensar en la diferencia abismal entre el Natsu que peleaba por comida y el Natsu que ahora la desvestía. Sus caricias eran precisas, encontrando esos puntos exactos que la hacían jadear. Él conocía la curva de su cadera, la sensibilidad de su cuello y la forma en que sus dedos se enredaban en su cabello rosa cuando la intensidad aumentaba.
—Natsu... —gimió ella cuando sintió los dientes afilados del Dragon Slayer rozar su hombro, justo en el lugar donde la cicatriz de su cuello quedaba oculta por la bufanda que ahora yacía en el suelo.
—Dime —respondió él, su respiración caliente contra su piel—. Dime que no soy un tonto ahora.
—Eres un dragón... —logró decir ella, arqueando la espalda bajo su peso—. Un dragón en celo.
Natsu soltó una risa baja, un sonido gutural que vibró en el pecho de Lisanna. En la intimidad, él no era el niño que buscaba a Igneel; era el heredero del Rey Dragón de Fuego, poseedor de una intensidad que quemaba más que cualquier llamarada. Cada movimiento suyo estaba sincronizado con el placer de ella. Sabía cuándo acelerar, cuándo detenerse y cuándo usar esa fuerza sobrenatural para hacerla sentir protegida y, al mismo tiempo, completamente vulnerable ante él.
Sus cuerpos se entrelazaron en una danza de sombras y calor. Natsu la trataba como si fuera el tesoro más preciado de su cueva, con una posesividad que solo un Dragon Slayer podría entender. No había espacio para la duda. En ese momento, Lisanna era el centro de su universo, y él se encargaba de que cada fibra de su ser lo supiera.
Las horas pasaron marcadas por suspiros, gemidos contenidos y la fricción de la piel. Natsu no fallaba ni una sola vez. Sus manos encontraban el camino de regreso a su cintura, sus labios buscaban los suyos en los momentos de mayor éxtasis, y su mirada negra, usualmente llena de chispas de alegría, ahora ardía con un fuego oscuro y concentrado.
Cuando finalmente el agotamiento y la satisfacción absoluta los vencieron, quedaron envueltos en las sábanas, con el aroma del fuego y las flores silvestres flotando en la habitación. Natsu tenía a Lisanna abrazada contra su pecho, su barbilla descansando sobre la cabeza de ella.
—¿En qué piensas? —preguntó Lisanna en un susurro, trazando círculos invisibles en el pecho de Natsu.
—En que mañana Gray volverá a decir que no tengo cerebro —respondió Natsu con una sonrisa perezosa—. Y en que tú volverás a reírte porque sabes la verdad.
Lisanna se incorporó un poco, apoyando el mentón en sus manos para mirarlo. Natsu se veía tan tranquilo, tan diferente del guerrero que destruía edificios por error.
—Es nuestro secreto, ¿verdad? —preguntó ella.
—Es nuestro —confirmó él, dándole un beso corto en la frente—. Pero no te acostumbres a que sea tan paciente. La próxima vez, no seré tan delicado.
Lisanna se rió, sintiendo el calor subir a sus mejillas.
—Tonto dragón —dijo, usando el apodo que guardaba solo para esos momentos.
—Tu tonto dragón —corrigió él, cerrando los ojos para dormir.
A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana de la cabaña. Natsu ya estaba de pie, poniéndose su chaleco y buscando su bufanda con la energía caótica de siempre. Se quejaba de que tenía hambre y de que quería ir al gremio para retar a Erza a un duelo.
Caminaron de regreso a Magnolia, y en cuanto cruzaron las puertas de Fairy Tail, la magia de la intimidad se disolvió para dar paso a la rutina de siempre.
—¡Natsu! ¡Te comiste mi almuerzo ayer, pedazo de idiota! —gritó Gray, levantándose de su asiento con solo los pantalones puestos.
—¡Ah, sí! ¡Pues ven aquí y haz algo al respecto, exhibicionista! —rugió Natsu, encendiendo sus puños en llamas y derribando una mesa en el proceso.
Lucy suspiró, llevándose una mano a la frente.
—De verdad, Natsu es un tonto sin remedio. No sé cómo alguien puede aguantarlo —comentó la maga de espíritus celestiales, mirando a Lisanna.
Lisanna, que estaba sentada en la barra junto a Mirajane, tomó un sorbo de su jugo y observó a Natsu. Él acababa de tropezar con sus propios pies mientras intentaba darle una patada a Gray, provocando las risas de todo el gremio.
—Sí, es un tonto —dijo Lisanna, con una chispa especial en sus ojos azules que solo ella comprendía—. Pero es el tonto más increíble del mundo.
Mirajane, que siempre tenía un ojo clínico para las relaciones de sus hermanos, le dedicó una sonrisa cómplice a Lisanna, pero no dijo nada. El secreto estaba a salvo. Mientras el gremio seguía sumido en su caos diario, Natsu lanzó una mirada rápida hacia la barra. Por un breve segundo, sus ojos se encontraron con los de Lisanna. No hubo llamas, ni gritos, solo una conexión silenciosa que recordaba el calor de la noche anterior.
Luego, Natsu volvió a gritar y a pelear, cumpliendo a la perfección con el papel que todos esperaban de él. Porque ser un tonto era fácil, pero ser el hombre que hacía vibrar el alma de Lisanna con una precisión quirúrgica... eso era algo que solo un verdadero dragón podía lograr.
—¡Estoy encendido! —gritó Natsu, lanzando un torrente de fuego al techo.
—¡Tonto! —corearon varios miembros del gremio al unísono.
Lisanna solo sonrió, sabiendo que, cuando las luces se apagaran y el ruido cesara, ese "tonto" la llevaría de nuevo a un lugar donde las palabras no eran necesarias y donde el instinto era el único lenguaje que importaba. Al final del día, Natsu Dragneel no necesitaba ser inteligente para el resto del mundo; solo necesitaba ser suyo en la oscuridad de la noche.
