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El Problema de las Pistolas

Fandom: Soul Eater

Creado: 27/7/2026

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AcciónFantasíaHumorAmbientación CanonAventuraDolor/ConsueloHorror Corporal
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Risas en la Penumbra: El Tormento de los Tentáculos

La noche en Death City solía ser vibrante, teñida por el resplandor amarillento de una luna que siempre parecía estar burlándose de los habitantes con su sonrisa torcida y goteante de sangre. Sin embargo, para las hermanas Thompson, esa noche se sentía inusualmente tranquila. Después de semanas de misiones agotadoras y de tener que lidiar con las obsesiones simétricas de su técnico, Death the Kid, finalmente tenían unas horas para ellas.

Liz caminaba con paso relajado, balanceando las caderas y con los brazos entrelazados detrás de la cabeza. Su sombrero de vaquero estaba ligeramente inclinado, y sus ojos azul oscuro escudriñaban los escaparates de las tiendas cerradas. A su lado, Patty era la viva imagen de la despreocupación. La rubia más baja saltaba sobre las grietas del pavimento, tarareando una melodía sin sentido con su característica voz cantarina.

—¡Qué noche tan bonita, Liz! —exclamó Patty, dando un giro—. ¡Mira, mira! ¡La luna parece que tiene hambre!

—Patty, la luna siempre tiene esa cara de loca —respondió Liz con un suspiro, aunque una pequeña sonrisa cruzó sus labios—. Pero tienes razón, es agradable no tener a Kid gritándonos porque el flequillo de alguien está un milímetro más largo de un lado que del otro.

—¡Siií! ¡Libertad! —Patty empezó a correr en círculos alrededor de su hermana mayor—. ¡Libertad para las Thompson!

Decidieron acortar camino por un callejón que conectaba con la zona residencial. Liz, siempre un poco más cautelosa a pesar de su actitud de adolescente desinteresada, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El aire se volvió pesado, cargado con un olor metálico y rancio que solo podía significar una cosa: la presencia de un alma corrompida.

—Patty, detente —advirtió Liz, bajando los brazos y poniéndose en guardia—. Algo no está bien.

Antes de que Patty pudiera responder con una de sus ocurrencias, el suelo bajo sus pies pareció cobrar vida. De las sombras más profundas del callejón surgieron extremidades oscuras, largas y viscosas. Eran tentáculos negros que se movían con la velocidad del rayo.

—¡Cuidado! —gritó Liz, intentando transformar su brazo en una pistola.

Pero fue demasiado tarde. El Kishin, una masa amorfa de carne oscura y múltiples ojos amarillentos, no buscaba un enfrentamiento directo. Sus tentáculos se dispararon hacia sus extremidades. En un parpadeo, Liz sintió cómo bandas frías y pegajosas rodeaban sus muñecas, tirando de ellas hacia arriba contra la pared de ladrillo, mientras otros dos tentáculos aseguraban sus tobillos, manteniéndola en una posición de "X" completamente vulnerable.

—¡Suéltame, bicho asqueroso! —rugió Liz, forcejeando inútilmente. El agarre era sobrenaturalmente fuerte.

A su lado, Patty estaba en la misma situación. Sus brazos cortos estaban extendidos y sus piernas sujetas, dejándola suspendida a pocos centímetros del suelo. A diferencia de Liz, Patty no parecía asustada, sino más bien curiosa.

—¡Ohhh! ¡Abrazos de pulpo! —rio la menor de las hermanas, aunque sus ojos azul claro mostraban que no podía moverse.

El Kishin emitió un gorgoteo gutural. No quería devorarlas de inmediato; las almas de las armas de la DWMA eran poderosas y difíciles de digerir si estaban llenas de energía combativa. Su plan era más retorcido: agotarlas físicamente, quebrar su resistencia a través de la estimulación sensorial hasta que sus almas se debilitaran por el cansancio.

La criatura extendió un tentáculo delgado y puntiagudo hacia Patty. Con una lentitud deliberada, la punta del tentáculo comenzó a rozar la piel clara de la axila expuesta de la pequeña rubia. Debido a su top rojo sin mangas, la zona estaba completamente desprotegida.

—¡Ji, ji, ji! ¡Eso hace cosquillitas! —Patty soltó una risita cristalina, encogiendo los hombros instintivamente.

Liz observó la escena con horror. Conocía esa táctica. El Kishin buscaba sus puntos débiles.

—¡Déjala en paz! —gritó Liz, pero su voz se quebró cuando sintió algo frío deslizarse bajo sus propios brazos.

Dos tentáculos adicionales se posicionaron en las axilas de Liz. Al principio fue solo un roce, un movimiento de vaivén que hizo que la rubia mayor se tensara. Luego, los tentáculos comenzaron a vibrar y a moverse en círculos rápidos y erráticos contra la sensible piel de sus axilas.

—¡No! ¡Ahí no! ¡Ja, ja, ja, ja! —La risa de Liz estalló de forma violenta. Intentó cerrar los brazos para protegerse, pero los tentáculos que sujetaban sus muñecas tiraron con más fuerza, exponiendo aún más la zona—. ¡Para! ¡Es... ja, ja, ja... es trampa!

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡El pulpo es gracioso! —Patty ya estaba carcajeándose a pleno pulmón, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras el tentáculo en su axila se volvía más insistente, subiendo y bajando por el costado.

El Kishin, detectando que su estrategia funcionaba, decidió intensificar el asalto. Las hermanas Thompson llevaban atuendos que, aunque elegantes y modernos, dejaban gran parte de su torso al descubierto. El espacio entre el top rojo y los pantalones de tiro bajo de Liz, y los pantalones abullonados de Patty, era un campo de juego perfecto para la criatura.

Nuevos tentáculos surgieron de la masa oscura. Liz sintió cómo varias puntas delgadas comenzaban a tamborilear contra sus costillas, mientras otros se deslizaban por su vientre, recorriendo la línea de su cintura con movimientos rápidos y zigzagueantes.

—¡JA, JA, JA, JA, JA! ¡NO, POR FAVOR! —Liz se retorcía con desesperación, su abdomen se contraía violentamente ante el tacto incesante—. ¡PATTY, HAZ... JA, JA, JA... ALGO!

—¡No puedo, Liz! ¡Ja, ja, ja! ¡Me pica mucho! —Patty estaba en un estado de histeria total. Los tentáculos en sus costados la hacían jadear entre risas, y sus pies se sacudían en el aire intentando zafarse del agarre de los tobillos.

La atmósfera del callejón se llenó con el sonido de las risas incontrolables de las dos hermanas, un sonido que en cualquier otra circunstancia sería alegre, pero que aquí sonaba cargado de agotamiento. El sudor empezó a perlar sus frentes. La risa forzada por las cosquillas estaba consumiendo su oxígeno y su energía rápidamente.

El Kishin se acercó físicamente a Liz, sus ojos amarillos brillando con malicia. Elevó una de sus extremidades, que terminó en una forma similar a un dedo humanoide pero más afilado. Con una precisión cruel, hundió ese "dedo" directamente en el ombligo de Liz y comenzó a girarlo.

—¡¡¡N-NOOO!!! ¡JA, JA, JA, JA, JA, JA! —El grito de Liz fue una mezcla de súplica y carcajada histérica. Su cuerpo se arqueó hacia adelante tanto como las ataduras lo permitían. El ombligo era su punto más vulnerable, y sentir ese movimiento constante ahí dentro la estaba volviendo loca—. ¡BASTA, BASTA! ¡ME VOY A... JA, JA, JA... A DESMAYAR!

Al mismo tiempo, un tentáculo similar encontró el ombligo de Patty. La pequeña rubia, que siempre parecía tener una energía infinita, empezó a mostrar signos de debilidad. Sus risas eran más cortas, más agudas.

—¡Ji, ji, ji! ¡El botón! ¡Tocó el botón! ¡JA, JA, JA, JA! —Patty sacudía su melena rubia, con lágrimas de risa asomando en las esquinas de sus ojos azul claro.

Liz sentía que su mente se nublaba. El constante asalto en sus axilas, costillas, vientre y ombligo era demasiado. Cada fibra de su ser quería cerrarse, protegerse, pero estaba encadenada. Sin embargo, en medio de esa neblina de risas forzadas y desesperación, un pensamiento cruzó su mente: no podía dejar que Patty sufriera más. Si no hacían algo, sus almas serían devoradas por un monstruo ridículo en un callejón oscuro.

"¡Reacciona, Liz! ¡Eres un arma de la DWMA!", se gritó a sí misma mentalmente.

El odio hacia la situación superó por un momento la sensación insoportable de las cosquillas. Liz acumuló toda la fuerza que le quedaba en sus músculos abdominales, los mismos que estaban siendo torturados por los tentáculos. Con un grito que comenzó como una risa y terminó en un rugido de pura voluntad, tiró de sus muñecas hacia abajo con una fuerza bruta que no sabía que poseía.

El sonido del cuero de sus botas crujiendo y la tensión en sus brazos fue el preludio del éxito. Uno de los tentáculos que la sujetaba se desgarró por la presión.

—¡Patty! ¡Ahora! —gritó Liz, logrando liberar una de sus manos y arrancando los tentáculos de su vientre con un movimiento rápido.

Patty, al ver a su hermana liberarse, recuperó un poco de compostura. Aprovechando que el Kishin estaba momentáneamente distraído por la resistencia de Liz, Patty usó su fuerza de piernas para dar una patada al tentáculo que la sujetaba por la cintura.

—¡Fuera, pulpo feo! —exclamó Patty, su voz recuperando la firmeza.

Liz no perdió ni un segundo. Se lanzó hacia su hermana, rompiendo las ataduras restantes del Kishin con sus propias manos.

—¡Patty, transfórmate! —ordenó Liz.

En un destello de luz y energía espiritual, las dos hermanas sincronizaron sus almas. Patty desapareció, convirtiéndose en una pistola Beretta de calibre 38 que cayó perfectamente en la mano de Liz. Sin dudarlo, Liz apuntó al centro de la masa de tentáculos.

—¡Esto es por mi ombligo, pedazo de basura! —rugió Liz.

Apretó el gatillo. Una ráfaga de balas de energía espiritual impactó contra el Kishin, quien emitió un chillido agudo antes de disolverse en una nube de humo negro, dejando atrás solo una pequeña alma de color rojizo que flotaba en el aire.

Liz cayó de rodillas, jadeando pesadamente. Patty volvió a su forma humana, aterrizando sentada en el suelo justo al lado de ella. Ambas estaban despeinadas, con los sombreros caídos y la ropa ligeramente desordenada. El silencio regresó al callejón, roto solo por sus respiraciones erráticas.

—Eso... —empezó Liz, secándose el sudor de la frente—, ha sido lo más humillante que me ha pasado en la vida.

Patty se miró el vientre y luego miró a su hermana, soltando una pequeña risita, esta vez voluntaria.

—¡Fue divertido un poquito al principio! Pero luego me dolió la barriga de tanto reír.

Liz se puso de pie con dificultad, ofreciéndole una mano a Patty para ayudarla a levantarse. Se sacudió el polvo de sus jeans de tiro bajo y se ajustó el top rojo, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.

—Escúchame bien, Patty —dijo Liz con un tono de voz extremadamente serio, casi amenazante—. No vamos a decir ni una palabra de esto a nadie. Ni a Kid, ni a Maka, ni a Soul. Especialmente no a Kid. Si se entera de que un Kishin nos derrotó casi por completo usando... esas tácticas, nunca nos dejará vivir en paz.

Patty se puso un dedo en los labios, imitando un gesto de secreto, y sonrió de par en par.

—¡Sip! ¡Secreto de hermanas! ¡Como cuando te comiste los chocolates de Kid y le echamos la culpa a las ratas!

Liz se sonrojó ligeramente.

—Sí, exactamente así. Vamos a casa. Necesito un baño y dormir unas diez horas.

Caminaron de regreso hacia la mansión de Kid bajo la luz de la luna burlona. Aunque estaban agotadas y sus costados aún enviaban pequeñas punzadas de sensibilidad residual, estaban a salvo. Liz mantenía los brazos cruzados firmemente sobre su vientre, como si todavía temiera que un tentáculo invisible pudiera aparecer, mientras Patty, fiel a su naturaleza, ya estaba tarareando de nuevo, aunque esta vez era una canción sobre pulpos que hacía que Liz apretara los dientes.

La noche en Death City continuó su curso, y el secreto de las hermanas Thompson quedó enterrado en aquel callejón, junto con los restos de un Kishin que aprendió, demasiado tarde, que nunca se debe subestimar la fuerza de voluntad de una Thompson, especialmente cuando su sentido del humor está en juego.

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