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Sucesos

Fandom: Mentes criminales

Creado: 28/7/2026

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Cenizas y Voluntad

El aire en el centro de Seattle estaba cargado de una tensión eléctrica, el tipo de estática que siempre precedía a la violencia ciega. Aaron Hotchner ajustó el nudo de su corbata con un gesto mecánico, su rostro una máscara de piedra que no dejaba traslucir el cansancio de llevar cuarenta y ocho horas sin dormir. A su lado, Leah caminaba con esa confianza descarada que siempre lograba sacarlo de quicio y, al mismo tiempo, recordarle por qué se había enamorado de ella tres años atrás.

A sus veintitrés años, Leah no era solo la esposa del jefe de la Unidad de Análisis de Conducta; era un torbellino de rebeldía que parecía disfrutar desafiando cada orden que él impartía. Su diferencia de edad, esos once años que a veces parecían un abismo y otras una conexión inquebrantable, se manifestaba en momentos como este: ella, con la chaqueta de cuero sobre los hombros y una sonrisa desafiante; él, con su traje impecable y la autoridad emanando de cada poro.

—Te dije que te quedaras en el perímetro con Reid, Leah —dijo Hotch, su voz baja y autoritaria, sin desviar la mirada del edificio de la policía local.

Leah soltó una risa seca, acomodándose el arma en la funda de su cadera.

—Y yo te dije que el perfil indicaba que el tirador atacaría desde el flanco este, Aaron. Si me hubiera quedado con Reid, nos habríamos perdido la entrevista con la oficial Miller. No seas tan protector, te sale la vena de jefe incluso cuando estamos fuera de la oficina.

Hotch se detuvo y la miró fijamente. Sus ojos oscuros, usualmente fríos y calculadores, mostraron un destello de esa posesividad protectora que solo reservaba para ella.

—Soy tu jefe en el campo y tu marido en casa. En ambos lugares, mi prioridad es que sigas viva. Estos terroristas no están jugando, Leah. Disparan a matar, directo a la cabeza. No hay margen de error.

—Entonces es una suerte que yo sea excelente bajo presión —respondió ella, dándole un golpecito juguetón en el brazo antes de adelantarse hacia la camioneta negra del FBI estacionada frente a la acera.

El equipo estaba terminando de recoger el equipo. Morgan y Prentiss ya estaban en el segundo vehículo, mientras que Rossi intercambiaba unas últimas palabras con la policía local. El sol de la tarde empezaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un naranja sangriento.

—¡Subamos, tenemos que revisar las cámaras de seguridad del bloque norte! —gritó Hotch hacia el resto del equipo.

Leah llegó primero a la camioneta. Tenía la mano puesta en la manija de la puerta del copiloto, girándose para lanzarle a Aaron una mirada triunfal, una de esas que decían "gané yo, me subo delante".

Entonces, el mundo se volvió blanco.

Un rugido ensordecedor anuló cualquier otro sonido. La onda expansiva golpeó a Hotch como un mazo gigante, lanzándolo contra un coche patrulla aparcado a unos metros. El calor fue instantáneo, un beso abrasador que le arrebató el aliento. Por un segundo, el tiempo se dilató; vio fragmentos de metal y cristal volar por el aire como metralla mortal.

Cuando sus oídos dejaron de pitar y el humo negro empezó a disiparse, Hotch intentó levantarse. El dolor en su costado era agudo, probablemente una costilla rota, y sentía el hilo cálido de la sangre bajando por su frente. Pero su mente no estaba en sus heridas.

—¡Leah! —el grito salió desgarrado de su garganta, una súplica que rompió su habitual compostura.

Se tambaleó hacia los restos humeantes de la camioneta. El vehículo era un esqueleto de metal retorcido. A unos seis metros de distancia, vio un bulto pequeño y desmadejado sobre el asfalto.

—¡Leah! ¡No, no, no!

Corrió tropezando, cayendo de rodillas junto a ella. El corazón de Aaron se detuvo. La mujer que siempre estaba llena de fuego, de réplicas ingeniosas y de una energía inagotable, yacía en una posición que desafiaba la anatomía humana. Su muñeca derecha estaba doblada en un ángulo antinatural, los huesos rompiendo la piel blanca. Su abdomen presentaba una herida profunda, lacerada por un trozo de metralla que seguía allí incrustado, y la sangre empapaba su ropa, extendiéndose sobre el pavimento como un manto oscuro.

—Leah, mírame. Leah, mírame a los ojos —rogó Hotch, su voz temblando de una manera que sus subordinados jamás habrían reconocido.

Ella soltó un quejido sordo, un sonido de puro dolor que le atravesó el alma a Aaron. Sus ojos se abrieron con dificultad, desenfocados, nublados por el shock.

—Aa... ron... —susurró, y un hilo de sangre escapó de la comisura de sus labios.

—Shh, no hables. No te muevas. La ayuda viene en camino. Morgan, ¡necesito un médico aquí ahora! —rugió Hotch hacia el caos que se desarrollaba detrás de él, donde el resto del equipo intentaba asegurar la zona.

—Me... duele... —Leah intentó mover la mano herida, pero Hotch la detuvo con una suavidad desesperada, usando sus propias manos para presionar la herida del abdomen, tratando de frenar la hemorragia.

—Lo sé, amor, lo sé. Mantente conmigo. Quédate aquí, Leah. No cierres los ojos —la voz de Hotch era ahora un susurro urgente, cargado de un cariño que rara vez mostraba en público—. ¿Recuerdas nuestra boda? ¿Recuerdas que prometiste que me harías la vida imposible durante al menos cincuenta años más? Solo llevamos tres. Me debes cuarenta y siete años, Leah. No te atrevas a romper el trato.

Leah soltó un suspiro entrecortado, su rostro palideciendo a cada segundo. La sangre de ella manchaba el traje impecable de Aaron, sus manos, su vida entera. Él ignoraba el dolor de su propio cuerpo, el calor persistente del incendio cercano, el riesgo de una segunda explosión. Solo existía ella.

—Eres... un jefe... muy mandón... —logró decir ella, intentando forzar una sonrisa que terminó en una mueca de agonía.

—Soy tu esposo, y te estoy dando una orden: quédate despierta —dijo él, y por primera vez en años, las lágrimas empañaron sus ojos—. Por favor, Leah. No me dejes.

—Aaron, el pulso es débil —dijo Rossi, apareciendo a su lado y colocando una mano en el hombro de su amigo, tratando de evaluar la situación con la frialdad necesaria, aunque sus ojos mostraban la misma angustia.

—¡Donde está esa ambulancia! —gritó Hotch, girándose un segundo hacia la calle, con la mandíbula apretada hasta el punto de que sus dientes crujieron.

—Están a dos minutos, Aaron. Tienes que mantenerla estable —respondió Morgan desde la distancia, mientras ayudaba a acordonar la zona.

Hotch volvió a centrarse en Leah. Ella estaba perdiendo la batalla contra la inconsciencia. Sus párpados pesaban demasiado.

—Leah, escúchame. Cuando salgamos de esto, te dejaré conducir el coche todo el mes. Te dejaré ganar en cada discusión sobre el caso. Pero tienes que luchar. Eres fuego, ¿recuerdas? El fuego no se apaga así como así.

—Tengo... frío... —susurró ella. Su piel, antes cálida y vibrante, se sentía como el mármol bajo los dedos de Aaron.

Él se quitó la chaqueta del traje con movimientos torpes y desesperados, cubriéndola con cuidado, evitando tocar la muñeca rota o la herida del abdomen. Se inclinó y besó su frente, manchándose con su sangre, sintiendo el aroma del humo y el perfume de ella mezclados en una fragancia amarga.

—No te duermas, Leah. No me dejes solo en este mundo. Te necesito. El equipo te necesita.

—Te... amo... —murmuró ella, y sus ojos empezaron a ponerse en blanco.

—¡No! ¡Leah! ¡Mírame! —Hotch le dio unos toques suaves en la mejilla, tratando de provocar una respuesta—. ¡Quédate conmigo! ¡Un minuto más!

A lo lejos, el sonido de las sirenas empezó a cortar el aire, pero para Aaron, cada segundo era una eternidad de agonía. El hombre que siempre tenía un plan, el perfilador que podía predecir los movimientos de los criminales más retorcidos, se sentía completamente impotente ante la fragilidad de la vida de la mujer que amaba.

—Aguanta, pequeña. Aguanta —susurró contra su oído, mientras las luces rojas y azules de las ambulancias empezaban a reflejarse en los charcos de sangre y cristal roto.

Hotch no se movió cuando los paramédicos llegaron y empezaron a trabajar sobre ella. No soltó su mano sana hasta que lo obligaron a apartarse para subir la camilla. Se quedó allí, de pie en medio de la destrucción, con su traje destrozado y las manos rojas, mirando cómo se llevaban su corazón en una ambulancia a toda velocidad.

—Aaron, tienes que dejar que te revisen —dijo Prentiss, acercándose con cautela, viendo la expresión de vacío absoluto en el rostro de su jefe.

Hotchner no respondió de inmediato. Se limitó a mirar la mancha de sangre en el asfalto, el lugar donde Leah había caído. Sus ojos, antes fríos, ahora ardían con una mezcla de dolor insoportable y una determinación oscura.

—Encuentren a los responsables —dijo finalmente, su voz recuperando esa frialdad de acero, pero con un matiz de peligro que hizo que incluso Prentiss retrocediera un paso—. Encuéntrenlos antes de que yo lo haga. Porque si ella no sobrevive... no habrá perfil que los salve de lo que les voy a hacer.

Subió a su propio vehículo, ignorando las protestas de sus compañeros sobre sus heridas, y arrancó hacia el hospital. El jefe de la UAC había desaparecido; solo quedaba un hombre desesperado dispuesto a quemar el mundo entero con tal de no perder la luz que Leah había traído a su vida.

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