
Crossover
Fandom: DC Marvel boys
Creado: 29/7/2026
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El Umbral de las Puertas Infinitas
El vacío no era negro, no del todo. Era una ausencia de color tan absoluta que dolía a la vista, una extensión infinita donde la gravedad parecía ser una sugerencia olvidada. Flotando en ese abismo, suspendidas como astros en una galaxia muerta, se encontraban millones de puertas. Puertas de madera, de metal, de luz pura, de piedra antigua; cada una de ellas vibrando con el eco de un universo distinto.
En el centro de este nexo imposible, un grupo heterogéneo de hombres y mujeres intentaba asimilar lo que acababa de ocurrir. Los héroes más poderosos de dos tierras distintas, y algunos que difícilmente podrían llamarse héroes, se miraban con una mezcla de sospecha y desconcierto.
—¿Alguien tiene una explicación lógica para esto antes de que empiece a perder la paciencia? —La voz de Tony Stark rompió el silencio, aunque su armadura Mark 85 emitía un pitido de error constante. Sus sensores no detectaban oxígeno, ni presión atmosférica, y sin embargo, todos respiraban—. Porque mi GPS dice que estamos en "Ninguna Parte", y ya he estado allí, esta es una versión mucho más aburrida.
—No es magia asgardiana —murmuró Thor, apretando el mango del Stormbreaker—. Siento una energía antigua, pero está fragmentada. Como si el tejido de la realidad se hubiera rasgado en mil pedazos.
A unos metros de ellos, el grupo de la Liga de la Justicia mantenía una formación defensiva. Superman, con el ceño fruncido, intentaba usar su visión de rayos X, pero solo encontraba el vacío. A su lado, Batman ya estaba analizando los patrones de las puertas, procesando información a una velocidad vertiginosa.
—No estamos en nuestros universos —sentenció Bruce Wayne, su voz grave resonando en el vacío—. Estas puertas son puntos de acceso. Si una se abre de forma incorrecta, podríamos colapsar lo que queda de este espacio.
—¡Oh, por favor! ¡Qué drama! —Una voz chillona y cargada de arrogancia interrumpió el análisis.
John Gillman, más conocido como Homelander, descendió lentamente desde lo alto, con su capa con la bandera estadounidense ondeando a pesar de la falta de viento. Tenía esa sonrisa plástica, la que reservaba para las cámaras antes de asesinar a alguien, y sus ojos brillaban con un tinte rojo amenazante. Había estado observando desde las sombras del vacío, disfrutando del desconcierto de los "verdaderos" héroes.
—He estado escuchando vuestro parloteo durante cinco minutos y, sinceramente, me aburro —dijo Homelander, aterrizando con pesadez, haciendo que una plataforma de energía invisible vibrara bajo sus pies—. ¿Stark? Un alcohólico con un juguete caro. ¿El tipo del martillo? Un bárbaro con delirios de grandeza. Y tú... —Se detuvo frente a Superman, mirándolo de arriba abajo con desprecio—. El Boy Scout azul. Debo decir que tu traje es un poco anticuado, ¿no crees? Necesitas un mejor equipo de marketing.
Superman no se movió, pero su expresión se volvió gélida.
—No sé quién eres —dijo Clark Kent con calma—, pero este no es el momento para provocaciones. Estamos intentando salvar vidas.
—¿Salvar vidas? —Homelander soltó una carcajada seca y carente de humor—. Yo soy el que decide quién vive y quién muere. Yo soy el héroe aquí. Ustedes son solo... imitaciones baratas.
Homelander comenzó a caminar entre los héroes, empujando el hombro de Steve Rogers al pasar y lanzando una mirada lasciva a Natasha Romanoff, quien simplemente llevó la mano a su cinturón, lista para cualquier movimiento. Sin embargo, el "héroe" de Vought puso sus ojos en un objetivo específico.
Diana de Temiscira, Wonder Woman, estaba de pie cerca de una puerta de mármol blanco, observando las inscripciones rúnicas. Su presencia emanaba una autoridad divina que incluso en ese vacío era palpable. Homelander se acercó a ella con una confianza depredadora.
—Vaya, vaya... —murmuró Homelander, deteniéndose a escasos centímetros de ella—. Ahora entiendo por qué todos hablan de las amazonas. Eres mucho más... imponente que la Queen Maeve. Ella siempre tenía ese olor a Chardonnay y fracaso. Tú, en cambio... tienes fuego.
Diana se giró lentamente, sus ojos oscuros encontrándose con el azul gélido y desquiciado de John. No retrocedió. No mostró miedo. Solo una profunda y soberana indiferencia.
—Aléjate, mortal —dijo Diana con una voz que cortaba como el acero—. Tu alma apesta a podredumbre y egoísmo. No tengo interés en tus palabras.
Homelander entrecerró los ojos. No estaba acostumbrado a que le hablaran así. En su mundo, él era Dios. En su mundo, las mujeres se arrodillaban o morían.
—¿Mortal? —Homelander soltó una risita y extendió una mano para acariciar el cabello de Diana—. Cariño, puedo hacer lo que quiera. Puedo volar este lugar en pedazos y ser el único que quede en pie. ¿Por qué no dejamos de lado esta actitud de guerrera seria y te enseño lo que es un verdadero hombre con poder?
—Te he dado una advertencia —dijo Diana, su tono bajando una octava.
—¿O qué? —desafió Homelander, acercando su rostro al de ella, su aliento rozando su mejilla—. ¿Vas a golpearme? Adelante, muñeca. Haz tu mejor...
No terminó la frase.
El movimiento de Diana fue tan rápido que incluso para los ojos de Superman y Flash fue un borrón de precisión absoluta. No usó su espada. No usó su lazo. Simplemente cerró el puño y lanzó un golpe directo al mentón de Homelander.
El sonido del impacto fue como el estallido de un cañón. La onda de choque hizo que las puertas cercanas vibraran violentamente.
Homelander, el hombre que se creía invulnerable, el ser que nunca había sentido el verdadero dolor físico, salió disparado hacia atrás. Su cuerpo giró violentamente en el aire, atravesando el vacío como un proyectil humano. Sus ojos se pusieron en blanco instantáneamente; el golpe de la amazona, imbuido con la fuerza de los dioses y la técnica de milenios de entrenamiento, había desconectado su sistema nervioso central en un milisegundo.
El cuerpo de Homelander golpeó una de las plataformas invisibles a cien metros de distancia y quedó allí, desparramado, con la mandíbula desencajada y una expresión de absoluta sorpresa congelada en su rostro inconsciente.
Hubo un silencio sepulcral en el vacío.
—Vaya —dijo Peter Parker, rompiendo el hielo mientras se ajustaba la máscara—. Eso ha sido... muy satisfactorio de ver.
—Se lo merecía —añadió Arthur Curry, Aquaman, con una sonrisa de medio lado—. Tenía una cara muy golpeable.
Diana se ajustó los brazaletes de plata, su expresión tan serena como si acabara de apartar una mosca molesta. Se giró hacia Bruce y Clark, quienes la observaban con respeto, aunque Superman tenía una pizca de preocupación por la fuerza del impacto.
—No despertará en un buen rato —dijo Diana con frialdad—. Continuemos. Esas puertas no se van a descifrar solas.
—Tiene razón —asintió Steve Rogers, acercándose al grupo principal—. Stark, Batman, ¿pueden trabajar juntos en esto? Si esas puertas llevan a nuestros hogares, necesitamos un sistema para identificarlas.
Tony Stark aterrizó junto a Batman, mirando de reojo al caballero oscuro.
—Bien, Orejas de Murciélago. Tú pones la paranoia y los planes de contingencia, yo pongo el genio y la tecnología que realmente funciona. ¿Trato?
Batman no respondió verbalmente, pero sus dedos ya estaban volando sobre una pantalla holográfica que había proyectado desde su guantelete.
—He detectado frecuencias de firmas energéticas —dijo Batman—. Cada puerta emite una vibración única. La puerta 402 coincide con la firma de Gotham. La 1054... parece tener rastros de lo que ustedes llaman "partículas Pym".
—Esa es la nuestra —dijo Scott Lang, saludando con la mano—. O al menos una versión muy pequeña de ella.
Mientras los genios trabajaban, el resto de los héroes formaron un perímetro. El vacío ya no parecía tan vacío; la presencia de tantos seres poderosos unidos por un objetivo común llenaba el espacio de una energía vibrante. Sin embargo, la tensión no había desaparecido del todo.
—¿Qué haremos con él cuando despierte? —preguntó Natasha, señalando con la cabeza hacia la figura inmóvil de Homelander.
—En mi mundo, hay una celda especial en la balsa para tipos como él —respondió Clint Barton, revisando sus flechas—. Pero dudo que este lugar tenga un servicio de recogida de basura.
—Si despierta y sigue siendo una molestia, lo enviaré a través de una de las puertas que conducen a un sol rojo —dijo Superman, su voz firme—. No permitiremos que dañe a nadie más, en ningún universo.
De repente, una de las puertas, una inmensa estructura de metal oxidado y engranajes chirriantes, comenzó a brillar con una luz carmesí. Un rugido gutural emanó desde su interior, y el vacío pareció temblar.
—¡Algo viene! —gritó Logan, sacando sus garras de adamantium con el característico sonido metálico—. ¡Y no huele a comité de bienvenida!
—¡Formación de combate! —ordenó el Capitán América, levantando su escudo.
La Liga de la Justicia y los Vengadores se alinearon, hombro con hombro. La capa de Doctor Strange ondeó mientras preparaba los escudos mandálicos, y el resplandor verde del anillo de Hal Jordan iluminó el área, creando una barrera de energía.
—Esto se va a poner feo, ¿verdad? —preguntó Flash, estirando sus músculos.
—Probablemente —respondió Spider-Man, agachándose en posición de salto—. Pero mira el lado positivo: al menos el rubio presumido está durmiendo la siesta.
Desde la puerta carmesí, empezaron a emerger sombras. Criaturas que parecían retazos de pesadillas de múltiples mundos; soldados robóticos con el emblema de Hydra, parademonios con mejoras tecnológicas de Stark, y seres que desafiaban cualquier descripción biológica.
—Parece que el vacío tiene defensas —observó Thor, elevando el Stormbreaker hacia el cielo inexistente, invocando rayos que empezaron a danzar entre las puertas—. ¡Que vengan! ¡Hacía tiempo que no compartía una batalla con guerreros de tal calibre!
—Por la Tierra —dijo Superman, elevándose unos centímetros del suelo.
—Por todos los mundos —corrigió Diana, desenvainando su espada, que brilló con una luz divina.
El primer choque fue brutal. Las sombras se lanzaron contra el muro de héroes, y el vacío se llenó de explosiones, destellos de energía y el sonido del acero contra el metal. Hulk rugió, aplastando a una decena de enemigos con un solo aplauso sónico, mientras Cyborg disparaba ráfagas de plasma coordinadas con los rayos repulsores de Iron Man.
En medio del caos, la figura de Homelander seguía allí, olvidada en su inconsciencia, mientras los verdaderos titanes luchaban por preservar la existencia misma. La batalla por el Nexo de las Puertas Infinitas acababa de comenzar, y por primera vez en la historia de los multiversos, los dos panteones de héroes más grandes caminaban juntos hacia la tormenta.
—¡Stark, a tu derecha! —gritó Batman, lanzando un batarang explosivo que interceptó a un dron atacante.
—¡Gracias, Drácula! ¡Te debo una! —respondió Tony, haciendo un giro en el aire y destruyendo a tres enemigos más.
La sinergia era inesperada pero perfecta. El valor del Capitán América inspiraba a los miembros de la Liga, mientras que la determinación pragmática de Batman ofrecía a los Vengadores una estructura táctica que rara vez tenían.
—¡Diana, ahora! —gritó Steve Rogers.
El Capitán lanzó su escudo, y Diana lo golpeó con sus brazaletes en pleno vuelo, cargándolo con energía cinética y divina. El escudo recorrió el campo de batalla como un rayo de plata, segando las filas enemigas antes de regresar a las manos de Rogers.
—Buen truco —admitió el Capitán con una sonrisa.
—Aprendes rápido, soldado —respondió la amazona, antes de lanzarse de nuevo al combate.
Mientras tanto, en la lejanía, un dedo de Homelander se movió. Un pequeño espasmo recorrió su cuerpo. El golpe de Diana había sido devastador, pero su fisiología alterada por el Compuesto V estaba empezando a reparar el daño. Sin embargo, cuando sus ojos se abrieron apenas una rendija, lo primero que vio fue a Thor descendiendo como un meteoro de trueno y a Superman congelando a una legión entera con su aliento.
Homelander, por primera vez en su vida, sintió algo que siempre había infligido a los demás: una insignificancia absoluta. Cerró los ojos de nuevo, fingiendo seguir inconsciente. A veces, incluso para un monstruo, la sabiduría consistía en saber cuándo no levantarse.
La batalla rugía, las puertas vibraban y el destino de la creación pendía de un hilo, sostenido por las manos de hombres y dioses que, a pesar de sus diferencias, habían encontrado un lenguaje común en el fragor de la lucha. El vacío ya no era un lugar de soledad, sino el escenario de la alianza más grande que el tiempo jamás hubiera presenciado.
