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Lose

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 30/7/2026

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El eco de una fragancia olvidada

El silencio en el apartamento de Sendai no era un vacío, sino una presencia física que se enroscaba en los pulmones de Itadori Yuji. A pesar de que las ventanas estaban abiertas y el aire fresco de la tarde se colaba con el aroma de los cerezos en flor, la habitación principal seguía oliendo a él. A sándalo, a lluvia y a ese aroma metálico y limpio que solo un hechicero de alto rango como Megumi Fushiguro poseía.

Habían pasado nueve años, siete meses y doce días desde que el pulso de Megumi se detuvo bajo sus dedos.

Yuji se arrodilló sobre el tatami, frente al gran armario de madera oscura que no se había atrevido a vaciar por completo. Sus manos, grandes y marcadas por cicatrices de batallas que ya nadie recordaba, temblaron ligeramente al tocar la madera. A diferencia de cualquier otro ser humano, el tiempo no había dejado su huella en él. Su piel seguía siendo firme, su cabello conservaba ese tono rosado vibrante y sus ojos no conocían las patas de gallo. Era un Alfa de grado especial, el recipiente que una vez contuvo al Rey de las Maldiciones, y su cuerpo se había quedado congelado en una juventud eterna, una maldición que lo obligaba a ver cómo el mundo se marchitaba mientras él permanecía intacto.

Abrió el cajón inferior.

—Veamos qué tenemos hoy —susurró Yuji, su voz rompiendo el aire estático.

Lo primero que encontró fue una bufanda azul marino, tejida a mano. Al tocar la lana, el primer déjà vu lo golpeó con la fuerza de un impacto de energía maldita.

Era un invierno particularmente crudo, apenas tres años después de la boda. Megumi estaba sentado en el borde de la cama, quejándose en voz baja porque Yuji le había obligado a ponerse tres capas de ropa antes de salir a una misión en Hokkaido.

—No soy un cachorro, Itadori —había dicho Megumi, aunque sus orejas estaban rojas por el frío y su aroma de Omega, usualmente controlado y austero, se filtraba con un matiz de comodidad—. Puedo regular mi temperatura con energía maldita.

—No me importa si eres un hechicero de primer grado o el mismísimo Zen'in —respondió Yuji mientras le envolvía la bufanda alrededor del cuello, apretándola un poco más de lo necesario—. Si te resfrías, no podré besarte sin enfermarme yo también.

Megumi soltó un bufido, pero no se apartó. Sus ojos verdes, siempre tan agudos, se suavizaron por un instante.

—Eres un idiota —murmuró, antes de tirar de la bufanda para acercar el rostro de Yuji al suyo y sellar el momento.

Yuji cerró los ojos y apretó la bufanda contra su rostro. Aún podía sentir el calor fantasma de aquel beso. La inmortalidad era una broma cruel; su memoria no se desvanecía, no se volvía borrosa como la de los demás. Recordaba el ángulo exacto de la mandíbula de Megumi, la textura de su piel y la forma en que su aroma cambiaba cuando estaba satisfecho.

Siguió limpiando. Sacó libros viejos sobre técnicas de sombras, algunos manuales de hechicería que Megumi consultaba con frecuencia y un pequeño estuche de madera. Al abrirlo, encontró un par de gemelos de plata con el emblema del clan Zen'in, un regalo que Megumi nunca quiso usar pero que guardó por respeto a la tradición que finalmente llegó a liderar a su manera.

—Odiabas estas cosas —dijo Yuji con una sonrisa triste—. Decías que eran demasiado ostentosos.

Dejó los gemelos a un lado y sacó una carpeta llena de documentos. Entre ellos, un informe de misión de hace quince años. Fue entonces cuando el segundo déjà vu lo arrastró.

Estaban en un almacén abandonado en las afueras de Kioto. Megumi, ya un hechicero de primer grado consolidado, estaba de pie entre las sombras, con sus perros divinos flanqueándolo. La sangre le corría por la sien, pero su postura era impecable, la espalda recta y la mirada gélida.

—Yuji, por la izquierda —ordenó Megumi, sin siquiera mirarlo. La sincronía entre ellos era absoluta, un baile de instinto y vínculo.

—¡Entendido! —Yuji se lanzó, sus puños cargados de Destello Negro.

Después de la batalla, mientras descansaban entre los escombros, Megumi se había limpiado la cara con la manga del uniforme, negándose a aceptar ayuda hasta que Yuji, usando su autoridad como Alfa, lo obligó a sentarse.

—No tienes que ser fuerte todo el tiempo conmigo, Megumi —le había dicho mientras curaba una herida en su hombro.

—No es debilidad, es eficiencia —respondió el Omega, aunque terminó apoyando la cabeza en el hombro de Yuji, permitiéndose un momento de vulnerabilidad que nadie más en el mundo Jujutsu llegaría a ver jamás.

Yuji suspiró, dejando el informe sobre el suelo. Megumi nunca había sido un Omega convencional. Jamás buscó protección, jamás se sometió y su fuerza era tal que muchos olvidaban su segundo género. Solo Yuji conocía la suavidad que se escondía tras las sombras, la forma en que Megumi buscaba su calor en las noches de insomnio o cómo sus dedos se entrelazaban con los de Yuji cuando creían que nadie los miraba.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo la habitación de un naranja melancólico. Yuji llegó al fondo del armario. Allí, envuelto en papel de seda, encontró algo que no recordaba haber visto en mucho tiempo: la chaqueta del uniforme de hechicero que Megumi usó el día que se retiró oficialmente del campo de batalla.

Al sacarla, un pequeño objeto cayó del bolsillo interior. Era una fotografía vieja, desgastada por los bordes.

En la foto, ambos estaban en un festival. Yuji sonreía a la cámara con un brazo alrededor de los hombros de Megumi, quien miraba hacia otro lado con una expresión de fingida molestia, aunque se notaba el leve sonrojo en sus mejillas. No habían tenido cachorros; la vida de hechiceros y las complicaciones de sus propias naturalezas lo habían hecho difícil, y Megumi siempre decía que con cuidar a Yuji ya tenía suficiente trabajo.

—Mentiroso —susurró Yuji a la foto—. Sé que querías uno. Lo vi en tus ojos cada vez que pasábamos por una tienda de juguetes.

Se sentó en el suelo, rodeado por los restos de una vida que ya no existía. La mayor crueldad de su situación era que, aunque Megumi había muerto a una edad avanzada, rodeado de respeto y paz, Yuji seguía sintiendo que se lo habían arrebatado demasiado pronto. Para un ser que no envejece, cincuenta años de matrimonio son apenas un suspiro, un parpadeo en la eternidad.

Escuchó pasos en el pasillo. No necesitaba mirar para saber quién era.

—Tío Yuji, ¿sigues aquí?

Una joven de cabello oscuro y ojos afilados se asomó por la puerta. Era la nieta de Nobara, una hechicera prometedora que visitaba a Yuji con frecuencia para asegurarse de que el "anciano que no envejece" no se hundiera demasiado en sus recuerdos.

—Solo estoy terminando de organizar unas cosas, Hana —respondió Yuji, guardando la foto en su bolsillo.

La chica entró y observó el caos de objetos sobre el tatami. Su mirada se posó en la chaqueta de Megumi.

—Él era increíble, ¿verdad? —preguntó ella con respeto—. En la escuela todavía hablan de sus tácticas con las Diez Sombras. Dicen que fue el Omega más poderoso de la historia.

Yuji sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Era mucho más que eso. Era terco, sarcástico y tenía un gusto pésimo para las películas de terror, pero era el hombre más valiente que he conocido.

Hana se acercó y puso una mano en el hombro de Yuji. A pesar de que ella parecía tener su misma edad biológica, la diferencia de madurez en sus ojos era abismal.

—Debes dejar de hacer esto, tío. Limpiar sus cosas cada pocos meses no lo va a traer de vuelta.

—Lo sé —dijo Yuji, levantándose con un gemido que no era de dolor físico, sino de alma—. Pero si dejo de tocarlas, si dejo de olerlas... tengo miedo de que los déjà vus se detengan. Y si se detienen, Hana, entonces realmente se habrá ido.

—Él nunca se irá mientras tú estés aquí —dijo la joven con suavidad—. Eres su legado viviente. Literalmente.

Yuji asintió, aunque la carga de ser un "legado viviente" pesaba más que cualquier montaña. Ayudó a Hana a guardar las cosas con cuidado. Cada objeto regresó a su lugar, como si Megumi fuera a entrar por la puerta en cualquier momento, quejándose del desorden y pidiendo una taza de té verde.

Cuando terminaron, Yuji se quedó un momento a solas en la habitación oscura. El aroma a sándalo era más tenue ahora, mezclado con el polvo y el paso del tiempo. Se acercó al espejo del pasillo y se miró.

La misma cara que tenía a los veinte años. La misma fuerza en sus músculos. Pero dentro, se sentía como un roble antiguo cuyas raíces se habían secado hace mucho tiempo.

—¿Sabes, Megumi? —dijo al aire vacío—. Nobara finalmente se retiró el mes pasado. Dice que sus rodillas ya no aguantan más. Gojo-sensei... bueno, él sigue siendo el mismo, aunque a veces olvida dónde dejó sus llaves. Todos están siguiendo su camino.

Se hizo el silencio. Yuji esperaba, como siempre, una respuesta sarcástica de las sombras, un movimiento de la técnica de su esposo que le indicara que lo estaba escuchando.

—Me dejaste atrás —continuó, con la voz quebrada—. Me dejaste en este cuerpo que no sabe cómo morir. Y cada vez que limpio este armario, espero encontrar algo que me explique cómo vivir sin ti otros cien años.

Caminó hacia la salida y, justo antes de apagar la luz, sintió un roce frío en su nuca, como el toque de unos dedos largos y delgados. Fue un instante, un parpadeo, pero el aroma a lluvia inundó la habitación con una intensidad abrumadora.

Yuji sonrió, esta vez de verdad, mientras una lágrima solitaria rodaba por su mejilla juvenil.

—Está bien —susurró—. Te veré en el próximo déjà vu.

Cerró la puerta, dejando atrás el pasado, sabiendo que mañana despertaría con la misma apariencia, en el mismo mundo, pero con el corazón un poco más lleno por el eco de una fragancia que el tiempo, por mucho que lo intentara, no podía borrar.

Afuera, la luna iluminaba las sombras del jardín, y por un segundo, dos lobos de sombras parecieron aullar en el silencio de la noche, custodiando la casa del hombre que amó a un genio, y del Alfa que nunca aprendió a decir adiós.

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