
Friends?
Fandom: Arma bts
Creado: 30/7/2026
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Entre el humo y el olvido
El aire en el departamento de Namjoon estaba saturado de una mezcla de alcohol barato, perfume caro y el persistente aroma a tabaco que siempre parecía acompañar sus reuniones. La música, un ritmo constante que vibraba en las paredes, servía como un telón de fondo para las risas estrepitosas de Jin y las anécdotas exageradas de Hoseok. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, o al menos a esa fachada de normalidad que el grupo de amigos se esforzaba por mantener después de la desastrosa pelea de la semana anterior.
Jimin estaba sentado en el borde del sofá, sosteniendo un vaso de plástico que contenía más hielo que whisky. Su figura delgada parecía aún más pequeña bajo la luz tenue, y su cabello rubio, usualmente impecable, caía desordenado sobre sus ojos. A su lado, Mingyu le hablaba en voz baja, con una mano apoyada protectoramente en el respaldo del sofá, justo detrás de los hombros de Jimin.
—Deberías beber un poco de agua, Jimin —murmuró Mingyu, con una voz cargada de una ternura que Jimin aún no sabía cómo procesar—. Te ves un poco pálido.
Jimin forzó una sonrisa y negó con la cabeza, sintiendo el leve mareo de la tercera copa.
—Estoy bien, Gyu. Solo estoy cansado. Ha sido una semana... larga.
Taehyung, que estaba sentado en una silla cercana fingiendo prestar atención a lo que decía Namjoon, observaba la escena de reojo. Sabía perfectamente que Jimin no estaba bien. Sabía que cada vez que Jimin miraba la puerta, esperaba ver entrar a la persona que le había roto el corazón apenas unos días atrás con palabras que cortaban más que cualquier cuchillo.
—¡Ya basta de caras largas! —exclamó Jin, levantando su copa—. Estamos aquí para celebrar que seguimos siendo los mejores amigos del mundo, a pesar de que algunos de ustedes son unos dramáticos de primera.
Hoseok soltó una carcajada y chocó su vaso con el de Jin.
—Amén a eso. Jimin, deja de ignorarnos por estar con el galán.
Jimin se sonrojó, bajando la mirada. YoonGi, que hasta ese momento había permanecido en silencio apoyado contra la pared, observó a Jimin con una intensidad fría. Él sabía. Todos sabían, de alguna forma, pero el silencio era la regla no escrita que mantenía al grupo unido.
—Déjenlo en paz —intervino YoonGi con su tono seco habitual—. Al menos él sabe cuándo retirarse.
El ambiente se tensó por un segundo, pero Hoseok rápidamente cambió de tema, preguntándole a Namjoon por su último proyecto. La conversación fluyó de nuevo, pero la ausencia de Jungkook seguía siendo un elefante blanco en la habitación. Jungkook, que ahora pasaba la mayor parte de su tiempo con Soojin, la chica "perfecta" que finalmente lo había hecho sentar cabeza.
Jimin sintió un nudo en la garganta al recordar la discusión. Jungkook gritándole frente a todos que era un irresponsable por haberse ido borracho con Mingyu, que no sabía cuidarse, que siempre era un problema. Lo que más le dolió no fue el tono tosco de Jungkook —él siempre había sido así—, sino la frialdad en sus ojos oscuros, como si Jimin fuera una carga de la que estaba harto.
—¿En qué piensas? —preguntó Mingyu, acercándose un poco más.
—En nada —mintió Jimin—. Solo... me alegra que estés aquí.
No era una mentira total. Mingyu era cálido, directo y no tenía miedo de demostrar sus sentimientos. Era todo lo que Jungkook no era. Pero el corazón es un órgano traicionero que no entiende de razones ni de conveniencias.
La puerta del departamento se abrió de golpe, interrumpiendo la risa de Jin. Jungkook entró, luciendo desaliñado, con la chaqueta de cuero negra goteando por la lluvia ligera del exterior y el cabello azabache pegado a la frente. Su mirada recorrió la sala con una intensidad feroz hasta que se detuvo en Jimin. Y luego, inevitablemente, en la mano de Mingyu que ahora rozaba el brazo de Jimin.
—Llegas tarde, Kook —dijo Namjoon, tratando de romper el hielo—. Hay cerveza en la cocina.
Jungkook no respondió de inmediato. Caminó hacia el centro de la habitación, ignorando a los demás. Su presencia parecía absorber todo el oxígeno del lugar. Se veía cansado, pero también irritado.
—No tengo hambre ni sed —soltó Jungkook, su voz sonando más áspera de lo normal—. Solo vine porque Jin no dejaba de enviarme mensajes.
—Bueno, ya estás aquí —dijo Jin, restándole importancia con un gesto de la mano—. Siéntate y relájate. Estamos pasando un buen rato.
Jungkook soltó una risa amarga y se cruzó de brazos, sus tatuajes asomando por debajo de las mangas remangadas.
—¿Un buen rato? Veo que Jimin se recuperó rápido del susto de la otra noche. No sabía que las disculpas venían con un guardaespaldas incluido.
El silencio que siguió fue sepulcral. Jimin sintió que la sangre se le subía al rostro, no de vergüenza, sino de una mezcla de humillación y furia contenida.
—Jungkook, no empieces —advirtió Taehyung en voz baja.
—¿No empieces qué, Tae? —Jungkook dio un paso hacia el sofá—. Solo digo que es curioso. Un día llora porque sus amigos le llaman la atención por ser un descuidado, y al siguiente está aquí, actuando como si nada hubiera pasado, colgado de... ¿cómo te llamas? Ah, sí, Mingyu.
Mingyu se tensó y comenzó a levantarse, pero Jimin le puso una mano en el pecho para detenerlo. Jimin se puso de pie, sus piernas temblando ligeramente por el alcohol, pero sus ojos fijos en los de Jungkook.
—No tienes derecho a hablarme así —dijo Jimin, su voz temblorosa pero firme—. Te pedí perdón por lo de la otra noche, aunque no tenía por qué hacerlo. Mingyu me cuidó. Él estuvo ahí cuando tú solo sabías gritarme.
—¡Te gritaba porque eres un idiota que no sabe medir el peligro! —exclamó Jungkook, dando otro paso hacia él—. Te vas con cualquiera que te sonría un poco porque necesitas atención desesperadamente.
La bofetada resonó en toda la habitación. Jimin tenía la mano levantada, respirando con dificultad, las lágrimas finalmente desbordándose por sus mejillas. Jungkook tenía el rostro ladeado, la marca roja de los dedos de Jimin empezando a formarse en su mejilla pálida.
—Vete al diablo, Jungkook —susurró Jimin con la voz rota—. Vete con Soojin y déjame en paz. Tú ya no eres nadie para decirme qué hacer.
Jungkook regresó la mirada hacia él, y por un momento, la frialdad desapareció, reemplazada por algo oscuro y posesivo que Jimin no supo interpretar. Antes de que alguien pudiera decir algo, Jimin salió corriendo hacia la terraza del departamento, necesitando aire desesperadamente.
—¡Jimin! —gritó Mingyu, intentando seguirlo, pero YoonGi lo detuvo por el brazo.
—Déjalo —dijo YoonGi, mirando fijamente a Jungkook—. Esto no es contigo.
Jungkook, sin decir una palabra, siguió a Jimin hacia la terraza, cerrando la puerta de cristal tras de sí y dejando al resto del grupo en un silencio incómodo y cargado de tensión.
Afuera, el aire frío de la noche golpeó el rostro de Jimin, ayudando a despejar un poco la niebla del alcohol. Se apoyó contra el barandal, sollozando en silencio, odiándose a sí mismo por seguir queriendo a alguien que lo trataba con tanta indiferencia.
—¿Vas a llorar ahora? —La voz de Jungkook llegó desde atrás, menos agresiva pero igual de cortante.
—Vete, Jungkook. En serio —dijo Jimin sin darse la vuelta—. Ve con tu novia. Ella es la que importa ahora, ¿no? La chica indicada.
Jungkook caminó hasta quedar a su lado, pero no miró el paisaje urbano. Miró a Jimin.
—Soojin no tiene nada que ver con esto.
—¡Lo tiene que ver todo! —Jimin se giró bruscamente, enfrentándolo—. Desde que ella llegó, me tratas como si fuera un estorbo. Como si nuestra amistad de años no significara nada. Me duele, Jungkook. Me duele cómo me hablas, cómo me miras... como si fuera algo desechable.
—No eres desechable —gruñó Jungkook, acortando la distancia entre ellos—. Eres irritante. Eres imprudente. Y me saca de quicio que te expongas de esa manera.
—¿Y por qué te importa? —desafió Jimin, golpeando el pecho de Jungkook con el dedo—. Si soy tan irritante, ¿por qué no me dejas ser feliz con alguien que sí me valora? Mingyu me quiere. Él me mira como si yo fuera lo único en el mundo, no como tú, que solo me ves para juzgarme.
Jungkook atrapó la mano de Jimin, apretándola con fuerza. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y la cercanía permitía que Jimin oliera el alcohol en su aliento.
—¿Ese tipo? No sabe nada de ti —dijo Jungkook con voz ronca—. Solo quiere lo que todos quieren cuando te ven. No te conoce como yo.
—Tú tampoco me conoces —sollozó Jimin—. Si me conocieras, sabrías por qué bebo. Sabrías por qué me fui con él esa noche. Sabrías que llevo años muriéndome por dentro cada vez que me llamas "amigo".
El silencio que siguió fue solo interrumpido por el sonido lejano del tráfico y la respiración agitada de ambos. Jungkook soltó la mano de Jimin, pero no se alejó. Sus ojos recorrieron el rostro de Jimin, deteniéndose en sus labios húmedos y temblorosos.
—¿Qué dijiste? —preguntó Jungkook en un susurro casi inaudible.
—Lo que oíste —respondió Jimin, sintiendo que ya no tenía nada que perder—. Estoy enamorado de ti, Jeon Jungkook. Desde hace tanto tiempo que ya ni siquiera recuerdo cómo era mi vida antes de este dolor. Pero ya me cansé. Me cansé de esperar algo que nunca va a pasar. Por eso voy a darle una oportunidad a Mingyu. Porque él sí está aquí.
Jungkook soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Así que eso es? ¿Te vas con él para olvidarme? Qué noble de tu parte, Jimin.
—¡No es para olvidarte! Es para sobrevivir —gritó Jimin—. ¡Tú tienes a Soojin! ¡Tú eres feliz! ¿Por qué no puedes dejar que yo intente serlo también?
—Porque no puedo —respondió Jungkook, y antes de que Jimin pudiera procesar las palabras, Jungkook lo tomó por la nuca y lo estampó contra la pared de la terraza.
El beso fue tosco, violento y cargado de una desesperación que ninguno de los dos quería admitir. No fue un beso romántico de película; sabía a whisky, a lágrimas y a años de frustración acumulada. Jimin gimió contra los labios de Jungkook, sus manos subiendo instintivamente para enredarse en el cabello negro del más alto, tirando de él con la misma fuerza con la que Jungkook lo sostenía.
Jungkook se separó apenas unos milímetros, sus frentes pegadas, ambos jadeando.
—No te vayas con él —sentenció Jungkook, su voz era una orden—. No me importa Soojin, no me importa nada. Pero no dejes que él te toque.
—Eres un egoísta —susurró Jimin, cerrando los ojos mientras las lágrimas seguían cayendo—. Eres lo peor que me ha pasado.
—Lo sé —dijo Jungkook antes de volver a capturar sus labios, esta vez con una lentitud tortuosa que hizo que las rodillas de Jimin flaquearan.
En el interior, la música seguía sonando, ajena al desastre que se estaba gestando afuera. Mingyu miraba la puerta de la terraza con el corazón pesado, mientras Taehyung y YoonGi compartían una mirada cargada de preocupación. Sabían que ese beso no era el final de nada, sino el comienzo de una tormenta que amenazaba con destruirlos a todos.
Jungkook se apartó finalmente, mirando a Jimin con una mezcla de triunfo y odio hacia sí mismo.
—Mañana hablaremos de esto —dijo Jungkook, recuperando su máscara de frialdad—. Y más te vale que ese idiota no esté en tu casa cuando llegue.
Sin esperar respuesta, Jungkook dio media vuelta y entró de nuevo al departamento, cruzando la sala y saliendo por la puerta principal sin mirar a nadie. Jimin se quedó solo en la terraza, abrazándose a sí mismo, sintiendo el frío de la noche más intenso que nunca. El sabor de Jungkook seguía en sus labios, una promesa y una maldición al mismo tiempo. Sabía que lo que acababa de pasar no arreglaba nada; al contrario, acababa de encender la mecha de una bomba que tarde o temprano explotaría en sus manos.
—¿Jimin? —La voz suave de Mingyu lo sacó de sus pensamientos. El chico estaba parado en el umbral de la puerta, con una expresión de duda—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó con Jungkook?
Jimin se limpió las lágrimas rápidamente y forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Nada, Gyu. Solo... una discusión de siempre. Vámonos de aquí, por favor.
Mingyu asintió, aunque no parecía convencido. Se acercó y envolvió a Jimin en un abrazo cálido, un refugio que Jimin deseaba con todas sus fuerzas que fuera suficiente. Pero mientras apoyaba la cabeza en el pecho de Mingyu, su mente seguía atrapada en la intensidad de los ojos oscuros de Jungkook y en la forma posesiva en que lo había reclamado.
El camino hacia la redención o la destrucción total acababa de comenzar, y Jimin no estaba seguro de cuál de los dos destinos lo alcanzaría primero. Solo sabía que el dolor que había intentado soltar ahora estaba más arraigado que nunca, entrelazado con una esperanza peligrosa que amenazaba con quemarlo todo a su paso.
