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Idk

Fandom: Arma bts

Creado: 30/7/2026

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Tinta negra bajo el cabello rubio

La biblioteca de la Universidad de Seúl era, para Park Jimin, el único refugio seguro contra el caos del campus. Sin embargo, ese silencio sagrado se veía profanado cada tarde por la misma presencia que le revolvía el estómago y le hacía apretar los puños sobre sus libros de danza contemporánea.

Jeon Jungkook.

Jungkook no era solo el estudiante estrella de arquitectura y el capitán del equipo de boxeo; era, por definición propia, la pesadilla personal de Jimin. Con su cabello negro azabache cayendo sobre sus ojos oscuros, su piel decorada con tatuajes que asomaban por debajo de las mangas de sus camisetas negras y esa aura de frialdad absoluta, Jungkook parecía disfrutar cada oportunidad que tenía para menospreciar al pequeño rubio.

Jimin acomodó sus gafas, sintiendo la mirada pesada de Jungkook desde la mesa de enfrente. El pelinegro no estaba estudiando. Estaba girando un bolígrafo entre sus dedos largos, observando a Jimin con una intensidad que bordeaba lo depredador.

—Si sigues mordiéndote el labio de esa forma, vas a terminar sangrando, Park —soltó Jungkook. Su voz era baja, profunda, rompiendo el silencio de la sala como un cristal rompiéndose.

Jimin se sobresaltó, sintiendo el calor subir por su cuello hasta sus mejillas. Levantó la vista, encontrándose con los ojos fríos de Jeon.

—No es asunto tuyo lo que haga con mis labios —respondió Jimin en un susurro apresurado, intentando sonar valiente a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas.

Jungkook dejó escapar una risa seca, un sonido carente de humor que hizo que los vellos de los brazos de Jimin se erizaran.

—Todo lo que haces en este espacio me distrae. Tu forma de pasar las páginas, tu respiración agitada... Eres ruidoso incluso cuando intentas estar callado.

—¿Ruidoso yo? —Jimin cerró su libro de golpe, olvidando por un momento su timidez—. Tú eres el que se sienta aquí solo para intimidarme. Hay cientos de mesas vacías, Jungkook. ¿Por qué tienes que estar justo frente a mí?

Jungkook se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la madera oscura de la mesa. La distancia entre ellos se redujo peligrosamente. Jimin pudo oler el aroma a sándalo y tabaco que siempre desprendía el mayor.

—Porque me gusta ver cómo te pones nervioso —confesó Jungkook con una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos—. Me gusta ver cómo te tiemblan las manos cuando crees que no te estoy mirando. Eres tan fácil de leer, Jimin. Tan pequeño, tan rubio... tan frágil.

Jimin sintió una chispa de indignación mezclada con algo más oscuro, algo que se negaba a reconocer como atracción. Odiaba a Jungkook. Odiaba su arrogancia, su forma de caminar como si fuera el dueño del mundo y, sobre todo, odiaba cómo su propio cuerpo traicionero reaccionaba a su cercanía.

—No soy frágil —siseó Jimin, levantándose y recogiendo sus cosas apresuradamente—. Y no soy tu entretenimiento. Búscate a alguien que soporte tu actitud de idiota, porque yo ya tuve suficiente por hoy.

Antes de que pudiera dar un paso, la mano de Jungkook se cerró alrededor de su muñeca. El agarre era firme, pero no doloroso; sin embargo, el contacto de la piel caliente de Jungkook contra la suya hizo que Jimin soltara un pequeño jadeo.

—Suéltame —pidió, aunque su voz sonó mucho más débil de lo que pretendía.

—¿A dónde vas tan rápido? —preguntó Jungkook, levantándose también. Era notablemente más alto, obligando a Jimin a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. Aún no hemos terminado de hablar sobre el proyecto de historia del arte. El profesor nos puso juntos, ¿recuerdas? O quizás estabas demasiado ocupado evitándome como para escuchar las instrucciones.

Jimin maldijo internamente. Lo había olvidado. El profesor Kim Namjoon tenía la extraña costumbre de emparejar a los estudiantes más opuestos para fomentar la "colaboración interdisciplinaria".

—Podemos hablar de eso mañana por correo —dijo Jimin, tratando de zafarse.

—No —sentenció Jungkook, soltando su muñeca solo para dar un paso más hacia su espacio personal—. Vamos a mi apartamento. Ahora. Tengo los planos y el material que necesitamos. No pienso reprobar una materia porque tú tengas miedo de estar a solas conmigo.

—¡No te tengo miedo! —exclamó Jimin, atrayendo las miradas reprobatorias de otros estudiantes en la biblioteca.

—Pruébalo —desafió el pelinegro, acercándose tanto que su aliento rozó la oreja de Jimin—. Ven conmigo y terminemos con esto. A menos que... realmente no confíes en ti mismo cuando estás cerca de mí.

Jimin apretó los dientes. La timidez que usualmente lo gobernaba fue reemplazada por un orgullo herido. No iba a permitir que Jungkook ganara este juego psicológico.

—Bien. Vamos. Pero solo para trabajar.

Jungkook no respondió, simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, sabiendo perfectamente que Jimin lo seguiría.

El trayecto hacia el apartamento de Jungkook fue silencioso y tenso. El cielo de Seúl se teñía de tonos púrpuras y naranjas mientras el sol se ocultaba tras los rascacielos. Jimin caminaba un paso detrás de Jungkook, observando la espalda ancha del pelinegro y la forma en que el viento despeinaba su cabello oscuro. Se sentía como si estuviera caminando voluntariamente hacia la guarida de un lobo.

El apartamento de Jungkook era exactamente como Jimin lo imaginaba: minimalista, moderno y ligeramente desordenado, con planos de arquitectura extendidos por todas partes y un olor persistente a café cargado.

—Siéntate donde puedas —dijo Jungkook, tirando sus llaves sobre una mesa de metal—. Iré a buscar los libros.

Jimin se quedó de pie en medio de la sala, sintiéndose fuera de lugar con su suéter de lana color crema y su aura suave en medio de tanta frialdad industrial. Se acercó a una de las estanterías, notando una fotografía pequeña. En ella, un Jungkook más joven sonreía tímidamente junto a un chico de hombros anchos y sonrisa radiante.

—Es Jin, mi hermano mayor —dijo la voz de Jungkook justo detrás de él.

Jimin dio un salto, girándose rápidamente. Jungkook estaba a escasos centímetros, sosteniendo dos tazas de café humeante.

—No quería husmear —se disculpó Jimin, bajando la mirada.

—Lo hacías —replicó Jungkook, entregándole una de las tazas—. Toma. Está amargo, como me gusta a mí. No sé cómo te gusta a ti, pero es lo que hay.

Jimin aceptó la taza, sus dedos rozando los de Jungkook en el proceso. Una descarga eléctrica recorrió su brazo, y se apresuró a dar un sorbo para ocultar su turbación. El café estaba, en efecto, increíblemente fuerte, pero el calor le sentó bien.

Se sentaron en el suelo, rodeados de libros sobre el Renacimiento y láminas de dibujo. Durante la primera hora, el trabajo fluyó con una extraña eficiencia. Jungkook era brillante, su mente estructurada capaz de analizar las estructuras arquitectónicas de las catedrales con una precisión asombrosa, mientras que Jimin aportaba la visión emocional y estética del arte.

Sin embargo, la tensión seguía ahí, vibrando bajo la superficie como un cable de alta tensión a punto de romperse.

—¿Por qué me odias tanto, Jungkook? —preguntó Jimin de repente, rompiendo el silencio que se había instalado mientras leían.

Jungkook dejó de escribir y levantó la vista. Sus ojos oscuros parecieron suavizarse por una fracción de segundo antes de volver a endurecerse.

—No te odio, Park.

—Podrías haberlo engañado a cualquiera, pero no a mí —insistió Jimin, ganando confianza—. Me tratas como si fuera una molestia, como si mi sola existencia te irritara.

Jungkook soltó un suspiro pesado y dejó el bolígrafo a un lado. Se movió con la agilidad de un gato, acortando la distancia entre ellos en la alfombra hasta que sus rodillas se tocaron.

—¿Quieres saber la verdad? —preguntó Jungkook, su voz ahora era un susurro peligroso—. Me irritas porque eres perfecto. Porque caminas por los pasillos de la facultad como si no supieras el efecto que causas en los demás. Porque eres tan malditamente amable y suave, y yo... yo no sé qué hacer con eso.

Jimin se quedó sin aliento. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que Jungkook pudiera escucharlo.

—Eso no tiene sentido —logró decir.

—Tiene todo el sentido del mundo —continuó Jungkook, acercando su mano a la cara de Jimin. Sus dedos tatuados rozaron la mejilla del rubio, una caricia tan inesperada que Jimin cerró los ojos ante el contacto—. Me pasé dos años intentando que me notaras, y cuando finalmente lo hiciste, fue porque empecé a ser un imbécil contigo. Fue la única forma de captar tu atención.

Jimin abrió los ojos, encontrándose con una mirada que ya no era fría, sino ardiente, llena de un deseo que lo dejó paralizado.

—Eres un idiota, Jeon Jungkook —susurró Jimin, aunque no se alejó.

—Lo soy —admitió él, su rostro a centímetros del de Jimin—. Pero soy un idiota que no ha dejado de pensar en cómo sabrán esos labios desde el primer día que te vio en la clase de danza.

El espacio entre ellos desapareció. Fue Jungkook quien inició el movimiento, pero Jimin quien cerró la distancia final. El beso no fue suave; fue una colisión de frustración, deseo acumulado y una rivalidad que finalmente encontraba su vía de escape.

Jungkook saboreaba a café amargo y Jimin a la dulzura del bálsamo labial de fresa que siempre usaba. Las manos de Jungkook se enredaron en el cabello rubio de Jimin, tirando ligeramente hacia atrás para profundizar el beso, mientras Jimin soltaba un gemido ahogado, trepando al regazo del pelinegro sin pensarlo dos veces.

La frialdad de Jungkook se derritió bajo el calor del cuerpo de Jimin. Sus manos bajaron desde el cabello hasta la cintura del rubio, apretando con fuerza, marcando su territorio sobre la tela del suéter.

—Jungkook... —jadeó Jimin contra sus labios, sintiendo cómo el mundo daba vueltas.

—Dime que te detenga ahora, Jimin —gruñó Jungkook contra su cuello, dejando besos húmedos y calientes que hacían que el rubio arqueara la espalda—. Porque si no lo haces, no pienso soltarte en toda la noche.

Jimin enterró sus dedos en el cabello negro de Jungkook, tirando de él para que volviera a mirarlo a los ojos. La timidez seguía ahí, pero estaba siendo devorada por una necesidad mucho más potente.

—No te detengas —susurró Jimin, su voz temblorosa pero decidida—. No te atrevas a detenerte.

Jungkook sonrió, pero esta vez fue una sonrisa real, oscura y posesiva. Se puso de pie sin soltar a Jimin, cargándolo con una facilidad asombrosa mientras el rubio envolvía sus piernas alrededor de su cintura.

El camino hacia la habitación fue corto, pero cada segundo estaba cargado de una electricidad que amenazaba con incendiar el apartamento. Jungkook depositó a Jimin sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de sus besos anteriores.

—Te he odiado tanto —murmuró Jimin mientras Jungkook comenzaba a quitarse la camiseta, revelando un torso trabajado y cubierto de tinta negra que fascinaba al rubio.

—Y yo te he deseado más de lo que he odiado cualquier cosa en mi vida —respondió Jungkook, volviendo a posicionarse sobre él.

El pelinegro comenzó a despojar a Jimin de su suéter, sus ojos recorriendo la piel pálida y suave del rubio como si estuviera contemplando una obra de arte prohibida. Jimin se sentía vulnerable, pero bajo la mirada de Jungkook, esa vulnerabilidad se transformaba en poder.

—Mírame, Jimin —ordenó Jungkook, su voz cargada de una autoridad que hizo que el rubio se estremeciera—. Quiero que veas exactamente quién te está haciendo esto.

Jimin obedeció, sus ojos nublados por el deseo fijos en el rostro de Jungkook. El pelinegro bajó la mano, acariciando el abdomen de Jimin antes de descender más, buscando el borde de sus pantalones.

—Esto es solo el comienzo —prometió Jungkook antes de volver a capturar los labios de Jimin en un beso que sellaba su destino.

Esa noche, las paredes del apartamento de Jungkook fueron testigos de cómo el odio se transformaba en algo mucho más peligroso y adictivo. Jimin descubrió que, bajo la fachada fría de Jungkook, ardía un fuego que estaba más que dispuesto a consumirlo, y Jungkook aprendió que la fragilidad de Jimin era solo una capa que escondía una pasión capaz de ponerlo de rodillas.

El proyecto de historia del arte estaba lejos de terminarse, pero en ese momento, entre sábanas revueltas y suspiros compartidos, era lo último en lo que cualquiera de los dos estaba pensando. La rivalidad seguía ahí, latente, pero ahora tenía un nuevo lenguaje: el del contacto, el del deseo y el de una atracción que ninguno de los dos podía seguir negando.

Jungkook se detuvo un momento, observando a Jimin bajo él, con el cabello rubio desordenado sobre la almohada y los labios hinchados.

—Todavía eres un mocoso irritante —susurró Jungkook, trazando el contorno de la mandíbula de Jimin con su pulgar.

Jimin soltó una risa suave, una que Jungkook nunca había escuchado antes.

—Y tú sigues siendo un idiota arrogante.

—Exacto —dijo Jungkook antes de bajar de nuevo hacia su cuello—. Pero ahora eres mi idiota arrogante.

La noche era joven en Seúl, y para Jimin y Jungkook, el juego de enemigos apenas estaba entrando en su fase más interesante. Seis capítulos no serían suficientes para explorar todo lo que sus cuerpos tenían que decirse, pero este era, sin duda, el prólogo perfecto para una historia escrita con tinta negra y deseos prohibidos.

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