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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 1/8/2026

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Dos rayas rosas y una eternidad de pánico

El aire en el pequeño apartamento de Megumi se sentía pesado, cargado con el olor metálico de los productos de limpieza y el aroma dulce, casi empalagoso, de su propia angustia. Sentado en el borde de la bañera, Megumi Fushiguro sostenía un trozo de plástico blanco como si fuera una granada a punto de estallar. Sus dedos, largos y finos, temblaban ligeramente.

Dos rayas.

Rojas, intensas, burlonas.

Megumi bajó la mirada hacia su propio cuerpo, ese que siempre había sido motivo de miradas ajenas y de una extraña clase de orgullo personal. Él no era el típico omega de revista; no tenía curvas pronunciadas ni ese aura de sumisión que la sociedad esperaba. Era delgado, de hombros rectos y cintura estrecha, con un pecho casi plano que apenas formaba dos pequeñas elevaciones bajo sus camisetas holgadas. Su belleza era afilada, rebelde, acentuada por ese cabello oscuro que parecía tener vida propia y unos ojos verdes que siempre miraban con desafío.

Pero ahora, ese vientre plano albergaba algo que cambiaría su vida para siempre. Y el responsable tenía nombre, apellido y un color de pelo ridículamente llamativo.

—Maldita sea, Itadori —susurró, dejando caer la prueba sobre el lavabo.

Sus pensamientos volaron inevitablemente a esa noche, seis semanas atrás. Una fiesta universitaria a la que no quería ir, pero a la que Maki lo había arrastrado. El alcohol había fluido con demasiada facilidad. Megumi recordaba haber bebido más de la cuenta, sintiéndose extrañamente ligero, hasta que un grupo de alfas con intenciones poco claras empezó a rodearlo, atraídos por ese aroma a sándalo y lluvia que Megumi desprendía con más fuerza cuando estaba ebrio.

Y entonces apareció él.

Yuji Itadori, un alfa que parecía más un cachorro gigante que una amenaza, se había interpuesto entre Megumi y los demás. Estaba igual de borracho, con las mejillas encendidas y una sonrisa torpe.

—¡Oigan! —había gritado Yuji, tambaleándose—. Dejen a mi... a mi amigo. ¡Es muy bonito para que lo molesten!

Megumi recordaba haber rodado los ojos, pero se dejó guiar por Yuji fuera de la fiesta. Lo que no olvidaba era la mirada de Itadori. A pesar de su estado, los ojos del alfa no se habían despegado de la parte trasera de Megumi mientras caminaban hacia el apartamento. Incluso en su borrachera, Yuji no había podido disimular lo mucho que le gustaba la figura delgada pero firme del pelinegro.

—Tienes un... un culo muy lindo, Fushiguro —había balbuceado Yuji antes de que terminaran enredados en las sábanas, en una explosión de hormonas y falta de juicio que ahora tenía consecuencias biológicas.

El timbre del apartamento sonó, sacándolo de sus pensamientos. Megumi se puso de pie, sintiendo un mareo repentino. Caminó hacia la puerta y la abrió, encontrándose con la cara de preocupación de Yuji.

—¡Megumi! Me enviaste un mensaje diciendo que era urgente —dijo Yuji, entrando sin esperar invitación. Llevaba una sudadera amarilla y olía a sol y a energía limpia, un contraste doloroso con el estado anímico de Megumi.

Megumi cerró la puerta y se apoyó en ella, cruzando los brazos sobre su pecho plano.

—Siéntate, Itadori.

—¿Pasa algo malo? ¿Te peleaste con alguien? —Yuji se sentó en el sofá, moviendo las piernas con nerviosismo. A sus veinte años, todavía conservaba una ingenuidad que a veces desesperaba a Megumi.

—Estoy embarazado.

El silencio que siguió fue absoluto. Yuji parpadeó una vez, luego dos. Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

—¿Embarazado? ¿Como de... un bebé?

Megumi soltó un suspiro cargado de irritación.

—No, Itadori, de un elefante. ¡Pues claro que de un bebé!

Yuji se puso de pie de un salto. Su rostro pasó de la confusión a una iluminación casi cómica.

—¡Voy a ser papá! —exclamó, y por un momento, Megumi vio un brillo de pura alegría en sus ojos—. ¡Megumi, eso es increíble! ¡Un pequeño "yo" o un pequeño "tú"!

—¡No es increíble, idiota! —estalló Megumi, dando un paso al frente—. Tenemos veinte años. Yo todavía estoy estudiando, tú apenas sabes cómo cuidar de ti mismo. ¡Ni siquiera somos pareja formal! Fuimos unos calenturientos esa noche y ahora... ahora no sé qué voy a hacer.

La alegría de Yuji se apagó un poco, reemplazada por una expresión de cachorro regañado, pero la emoción seguía burbujeando bajo la superficie.

—Bueno, sí, fuimos... ya sabes, intensos —Yuji se rascó la nuca, sonrojándose—. Pero no te voy a dejar solo. ¡Seré el mejor papá del mundo! Le enseñaré a jugar fútbol y a comer ramen y...

—¡Itadori, concéntrate! —Megumi se llevó las manos a la cabeza—. Esto no es un juego. Mi cuerpo va a cambiar. Mi vida va a cambiar. ¡Tengo miedo, maldita sea!

Yuji se acercó lentamente. A pesar de su torpeza habitual, cuando se trataba de Megumi, podía ser sorprendentemente tierno. Se detuvo a unos centímetros de él, permitiendo que sus aromas se mezclaran. El aroma de alfa de Yuji, cálido y reconfortante, envolvió a Megumi, calmando un poco los latidos de su corazón.

—Lo sé —dijo Yuji en voz baja—. Pero estamos juntos en esto, ¿verdad?

Megumi lo miró a los ojos. La determinación de Yuji era genuina, pero también lo era su inmadurez. El pelinegro bajó la mirada hacia sus propias manos.

—Mírate, apenas puedes contener la emoción —murmuró Megumi—. ¿Tienes idea de lo difícil que será?

—Será difícil, pero... —Yuji se inclinó un poco, su mirada bajando inevitablemente hacia las caderas de Megumi antes de volver a sus ojos—. Siempre he pensado que eres increíble, Megumi. Desde esa noche en la fiesta, no he dejado de pensar en ti. Y sí, tal vez soy un idiota por haberme pasado de listo, pero no me arrepiento de haber estado contigo.

Megumi sintió un calor subir por su cuello.

—Eres un pervertido. Te pasaste toda la noche mirándome el trasero.

—¡Es que es un muy buen trasero! —se defendió Yuji, agitando las manos—. ¡Y ahora ese trasero va a traer al mundo a mi hijo o hija! Es como un milagro.

Megumi no pudo evitarlo; una pequeña risa amarga escapó de sus labios.

—Solo tú verías un milagro en un desastre como este.

—No es un desastre —insistió Yuji, dando un paso más y rodeando la cintura de Megumi con sus manos grandes y cálidas—. Es solo... un comienzo diferente.

Megumi se tensó al principio, pero luego se dejó caer contra el pecho de Yuji. Era cierto que el alfa era un inmaduro y que la situación era aterradora, pero el calor que emanaba de él le daba una extraña seguridad.

—Mis padres me van a matar —susurró Megumi contra la sudadera de Yuji.

—Yo te protegeré. Como en la fiesta —dijo Yuji, aunque esta vez su voz no tenía el tono ebrio de aquella noche, sino una promesa seria—. Aunque esta vez no beberé tanto, lo prometo.

Megumi se separó un poco, mirando la sonrisa radiante de Yuji. El alfa parecía estar ya planeando la decoración del cuarto del bebé, completamente ajeno a las complicaciones médicas, financieras y sociales que se les venían encima.

—¿De verdad estás feliz? —preguntó Megumi, su voz apenas un hilo.

—Mucho —respondió Yuji, y sin previo aviso, se inclinó para dejar un beso casto en la frente de Megumi—. Voy a trabajar el doble, voy a aprender a cocinar cosas saludables para ti y voy a estar en cada cita médica.

Megumi suspiró, sintiendo que una parte del peso en sus hombros se aligeraba, aunque el pánico seguía ahí, latente.

—Vas a tener que dejar de ser tan estúpido, Itadori.

—Lo intentaré, Fushiguro. Lo intentaré con todas mis fuerzas.

Megumi miró su vientre plano una vez más. Aún no se notaba nada, pero sabía que pronto, su silueta rebelde y delgada empezaría a transformarse. Se preguntó si seguiría siendo "bonito" a los ojos de Yuji cuando su cintura desapareciera.

—Oye, Megumi —dijo Yuji, rompiendo el silencio con esa chispa traviesa en los ojos.

—¿Qué?

—¿Crees que si es niño tenga mi pelo rosa?

Megumi cerró los ojos, contando hasta diez.

—Si nace con el pelo rosa, será tu culpa completamente.

—¡Sería genial! —Yuji soltó una carcajada y volvió a abrazarlo, esta vez con más fuerza—. Gracias, Megumi. Por no echarme a patadas.

—Todavía estoy considerando hacerlo —mintió Megumi, aunque sus manos, por fin, se posaron en la espalda de Yuji, aceptando el vínculo que el destino, el alcohol y una noche de pasión desenfrenada habían forjado entre ellos.

El camino no sería fácil. Apenas tenían veinte años, eran inexpertos y el mundo no siempre era amable con los omegas rebeldes y los alfas demasiado entusiastas. Pero mientras el aroma de Yuji lo rodeara, Megumi sintió que, tal vez, solo tal vez, las dos rayas rosas en ese test no eran el fin del mundo, sino el prólogo de una historia que, aunque caótica, valdría la pena contar.

—Vamos a necesitar mucho dinero —dijo Megumi de repente.

—¡Trabajaré en la construcción si es necesario! —exclamó Yuji—. ¡O seré un modelo de ropa deportiva!

—Por favor, no. Solo... quédate cerca.

—Siempre, Megumi. Siempre.

Y en la quietud del apartamento, mientras el sol comenzaba a ponerse, el omega y su alfa se quedaron así, unidos por una promesa silenciosa y el latido imperceptible de una nueva vida que, ajena a sus miedos, comenzaba a crecer.

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