
Amigos con Derechos
Fandom: Navy (S—SIDE)
Creado: 1/8/2026
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Fuego y Cromo: El Límite de la Razón
El aire en el estudio de grabación de YG Entertainment se sentía denso, cargado con el olor a café frío, sudor y esa electricidad estática que solo precedía a un comeback importante. Era mayo de 2021. La era de DUN DUN estaba sobre ellos, y con ella, una estética de "chicos malos" que parecía haber despertado algo latente y peligroso entre los seis integrantes de S—SIDE.
Choi Joonho se miró en el espejo del salón de prácticas. Su cabello, ahora de un rubio platinado casi blanco, contrastaba violentamente con las cadenas de plata que colgaban de su cuello y los múltiples anillos que adornaban sus dedos largos. Con sus 1.90 metros de altura, Joon proyectaba una imagen imponente, la de un líder que devoraba el escenario. Sin embargo, su mirada no estaba puesta en su propio reflejo, sino en el hombre que estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared del fondo.
Li Zhanwei, o Baham, como el mundo lo conocía, estaba sumergido en su teléfono. Su cabello rojo oscuro, del color de la sangre seca, le caía sobre los ojos. Era un contraste fascinante con su piel pálida y esa expresión perpetuamente serena, casi gélida, que lo caracterizaba. Zhanwei levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Joon a través del espejo. No sonrió, pero la chispa de reconocimiento estuvo ahí.
—Deja de mirarme así, Joonho —soltó Zhanwei. Su voz era grave, rasposa, arrastrando las palabras con esa lentitud elegante que siempre lograba erizarle la piel al rubio—. Distraes al resto.
Joon soltó una carcajada vibrante, esa risa de galán que siempre parecía tener el control de la situación. Se acercó a él, caminando con una confianza depredadora, y se dejó caer a su lado, invadiendo su espacio personal sin el menor reparo.
—¿Te distrae que te mire, Zhanwei-ah? —Joon se inclinó, su aliento rozando la oreja del chico chino—. Pensé que después de tres años ya estarías acostumbrado a mi intensidad.
Zhanwei bloqueó su teléfono y lo miró de reojo. El pequeño lunar en el puente de su nariz, justo al lado derecho, pareció resaltar bajo las luces fluorescentes.
—Tu intensidad es agotadora —respondió Zhanwei con sarcasmo, aunque no se alejó—. Y el concepto de este álbum te está subiendo el ego a la estratosfera. El trap no te sienta bien, te vuelve más idiota de lo normal.
—Oh, vamos. Sabes que te encanta —Joon estiró la mano y, con un movimiento rápido, atrapó la barbilla de Zhanwei, obligándolo a mirarlo de frente—. Especialmente cuando las cámaras se apagan y dejamos de fingir que esto es solo "fanservice" para las Navy.
La tensión entre ellos no era nueva. Había comenzado en 2020, durante la pandemia, cuando el encierro y el estrés del trabajo los empujaron a una dinámica difusa. "Amigos con derechos", lo había llamado Joon una noche de tragos. Zhanwei, inteligente y pragmático, había aceptado, convencido de que podría manejarlo. Pero con el concepto de DUN DUN, la agresividad de la música y la ropa de cuero, el juego se estaba volviendo real. Demasiado real.
Esa noche, tras terminar el ensayo general, el grupo decidió celebrar el inminente lanzamiento en el dormitorio. Había alcohol, mucho. Soju, cerveza y algo de whisky que Johnny había logrado colar. Los demás integrantes —Jungmo, Johnny, Daehyun, Tevin y el pequeño Sunwoo— estaban en la sala, riendo y gritando mientras jugaban videojuegos.
Joon y Zhanwei, sin embargo, se habían retirado a la habitación que compartían. El ambiente estaba cargado. Joon estaba visiblemente ebrio, pero era de esos borrachos que se volvían más lúcidos y peligrosamente directos.
—¿Sabes qué me molesta? —dijo Joon, cerrando la puerta con el pie y dejando que el pestillo hiciera clic—. Me molesta cómo le sonreíste al estilista hoy.
Zhanwei se estaba quitando las botas de combate, luciendo desinteresado. Se enderezó, sus 1.88 metros igualando casi la estatura de Joon. Sus anillos de plata tintinearon cuando se pasó una mano por el cabello rojo.
—Estaba siendo amable, Joonho. No seas posesivo, no tenemos ese tipo de contrato —respondió Zhanwei con frialdad, aunque sus ojos traicionaban su deseo.
—Al carajo el contrato —Joon dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Llevamos meses en esto. Besándonos en los rincones, tocándonos bajo la mesa en las entrevistas... No me digas que no sientes cómo me arde la sangre cuando alguien más te pone la mano encima.
Zhanwei soltó una risa seca, corta.
—Eres un jodido desastre, Choi Joonho.
—Y tú te mueres por este desastre.
Sin previo aviso, Joon se lanzó sobre él. No fue un beso tierno. Fue un choque de dientes y lenguas, una lucha por el dominio que sabía a alcohol y a una urgencia acumulada durante semanas de grabaciones intensas. Zhanwei respondió con la misma fuerza, empujando a Joon contra la pared, sus manos enredándose en el cabello platinado mientras el rubio soltaba un gruñido bajo.
Se movieron con torpeza hacia la cama, tropezando con sus propios pies. Joon empujó a Zhanwei sobre el colchón y se posicionó sobre él, manteniendo las luces encendidas. Quería verlo todo. Quería ver el rojo del cabello de Zhanwei contra las sábanas blancas y la palidez de su piel contrastando con el negro de su ropa.
—Tengo un juego para ti —jadeó Joon, sus manos bajando a los botones del pantalón de Zhanwei—. Apuesto a que puedo adivinar de qué color es tu ropa interior hoy.
Zhanwei, a pesar de la excitación que nublaba su mente, arqueó una ceja con arrogancia.
—Qué difícil, Joon. Qué gran misterio.
—Déjame adivinar... —Joon metió una mano por debajo de la pretina, sus dedos rozando la piel caliente—. Calvin Klein. Negros. Como siempre. Porque eres el tipo más predecible y aburrido del mundo fuera de esta cama.
—Cierra la boca y demuéstrame qué tan aburrido soy —retó Zhanwei, tirando de la camiseta de Joon para quitársela.
Los dos eran delgados, con músculos definidos por años de baile coreográfico. Cuando sus pieles se encontraron, el contacto fue eléctrico. Joon comenzó a dejar un rastro de besos húmedos y mordiscos por el cuello de Zhanwei, bajando hacia su pecho. Zhanwei arqueó la espalda, sus dedos clavándose en los hombros de Joon.
—Joonho... —susurró Zhanwei, su voz bajando dos octavas, volviéndose una vibración profunda que Joon sintió en sus propios huesos.
—Dime qué quieres, Zhanwei-ah. Dilo.
—Quiero que dejes de hablar —sentenció el pelirrojo, girando las posiciones con un movimiento ágil hasta quedar él encima.
Zhanwei no era de los que se dejaban dominar fácilmente. Sus manos bajaron con determinación, buscando liberar a Joon de las restricciones de su ropa. Cuando finalmente ambos estuvieron expuestos bajo la cruda luz de la habitación, el aire pareció desaparecer.
Joon soltó un jadeo cuando Zhanwei comenzó a usar su boca con una destreza que siempre lo dejaba sin palabras. El rubio echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza, sintiendo cómo el placer subía en oleadas.
—Mírame —ordenó Zhanwei, deteniéndose un segundo para mirar a Joon desde abajo, con los labios brillantes y los ojos oscuros de deseo—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está haciendo esto.
Joon abrió los ojos, empañados por las lágrimas de excitación.
—Eres un maldito cínico —logró decir Joon entre risas ahogadas y gemidos—. Ven aquí.
Lo atrajo hacia arriba para otro beso profundo, sus lenguas entrelazándose en un ritmo frenético. Joon estiró la mano hacia la mesilla de noche, buscando lo que necesitaban. Sus dedos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la adrenalina pura que recorría su cuerpo.
El proceso fue lento al principio, una tortura deliciosa. Joon usó sus dedos con paciencia, disfrutando de los sonidos roncos que escapaban de la garganta de Zhanwei. El chico frío y sarcástico del grupo se estaba desmoronando bajo sus manos, y Joon se sentía como un dios.
—¿Te duele? —preguntó Joon, burlón, mientras le hacía cosquillas ligeras en los costados, un gesto infantil en medio de un momento tan cargado.
—Si vuelves a hacerme cosquillas, te juro que te pateo fuera de la cama —amenazó Zhanwei, aunque su risa delató que no estaba realmente molesto.
—Solo quería relajar el ambiente, Zhanwei-ah. Estás muy tenso.
—¡Joonho, por el amor de Dios, termina con esto! —exclamó Zhanwei, perdiendo la compostura.
Joon sonrió, una expresión llena de malicia y cariño a la vez. Se posicionó y, con un empuje decidido, se unió a él. Ambos soltaron un grito ahogado que quedó amortiguado por las almohadas. El ritmo que siguió fue errático, salvaje, impulsado por el trap que todavía resonaba en sus oídos y la frustración de meses de ocultarse.
Las paredes de la habitación parecían desaparecer. No había cámaras, no había fans, no había una empresa controlando cada uno de sus movimientos. Solo eran dos chicos de veinte años, perdidos el uno en el otro. Los anillos de plata de Joon chocaban rítmicamente contra la piel de Zhanwei, creando una melodía metálica que acompañaba sus jadeos.
—Zhanwei... mírame... —pidió Joon, su voz quebrándose—. Te veo... veo las estrellas cada vez que estoy contigo.
Zhanwei no respondió con palabras, no podía. En su lugar, envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Joon, atrayéndolo más cerca, queriendo borrar cualquier espacio que quedara entre ellos. En ese momento, no importaba que Zhanwei fuera el visual serio que pronto dejaría el grupo para perseguir la actuación, ni que Joon fuera el líder energético que cargaba con el peso de S—SIDE.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de color en medio de la oscuridad de la pandemia. Se quedaron abrazados, sudorosos y exhaustos, con el corazón latiendo al unísono.
Joon se dejó caer a su lado, pasando un brazo por debajo de la cabeza de Zhanwei. El silencio que siguió no fue incómodo; era el silencio de dos personas que se conocían demasiado bien.
—Oye —dijo Joon después de un rato, recuperando su tono juguetón—. Tenía razón. Los boxers eran negros.
Zhanwei soltó una carcajada genuina, una de esas que rara vez mostraba en público. Se giró para mirar a Joon, sus ojos rojos ahora más suaves.
—Eres un idiota, Choi Joonho. Un idiota integral.
—Pero soy tu idiota —respondió Joon, plantando un beso casto en la punta de su nariz, justo sobre el lunar—. Y mañana, cuando salgamos a promocionar DUN DUN, voy a asegurarme de que todos sepan que eres mío, aunque no puedan entender por qué.
Zhanwei suspiró, acomodándose contra el pecho de Joon.
—Solo no exageres con el fanservice. La gente va a empezar a sospechar que no estamos actuando.
—¿Y qué si sospechan? —Joon entrelazó sus dedos con los de Zhanwei, los anillos de ambos tintineando—. Que miren. Que miren todo lo que quieran. Ellos ven la imagen, pero solo yo tengo al verdadero Li Zhanwei.
Zhanwei cerró los ojos, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, completamente en paz. Sabía que su camino en el grupo tenía fecha de caducidad, que su carrera como actor lo llamaba desde China, pero en esa habitación, bajo la luz encendida y el eco de las risas de sus amigos en la sala, el mundo exterior no existía. Solo existía el calor de Joon y la promesa silenciosa de que, sin importar lo que pasara en el futuro, esa conexión, forjada en el fuego y el cromo, nunca se rompería del todo.
—Duérmete ya, líder —susurró Zhanwei—. Mañana tenemos un programa de radio a las seis.
—Cinco minutos más —pidió Joon, apretándolo más fuerte—. Solo cinco minutos más de ser nosotros mismos.
Y así, rodeados de lujos, presiones y sueños de grandeza, los dos chicos más altos de S—SIDE se quedaron dormidos, ajenos al hecho de que estaban escribiendo su propia historia, una que ninguna letra de canción podría jamás capturar por completo.
