Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Lil

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 2/8/2026

Etiquetas

RomanceRecortes de VidaFluffHumorOmegaversoHistoria DomésticaMpregDiscriminaciónAmbientación Canon
Índice

El aroma de los girasoles y la tormenta

—Yuji, por el amor a todo lo que es sagrado, quítate de encima. Pesas como un elefante.

Megumi Fushiguro suspiró, aunque el sonido quedó ahogado por la masa de músculos y cabello rosado que se presionaba contra su costado. Estaba sentado en el sofá de la sala, intentando leer un informe sobre una misión reciente, pero su alfa tenía otros planes. Yuji Itadori, un hombre cuya fuerza física solo era superada por su densidad mental en situaciones cotidianas, tenía su rostro hundido en el cuello de Megumi, inhalando profundamente.

—Pero Megumi… hueles tan bien hoy —murmuró Yuji, su voz vibrando contra la piel del omega—. Hueles a lluvia y a algo dulce. Como a vainilla. Es el bebé, ¿verdad? El cachorro está haciendo que huelas más dulce.

Megumi rodó los ojos, aunque no hizo un esfuerzo real por empujarlo. Estaba en su segundo trimestre de embarazo, y su vientre, aunque todavía manejable, ya empezaba a mostrar una curva prominente que Yuji adoraba venerar.

—Es el jabón nuevo, idiota —respondió Megumi con su tono monótono habitual, aunque sus dedos se perdieron casi inconscientemente en las hebras rosadas del cabello de su marido—. Y deja de llamarlo cachorro todavía. Apenas tiene el tamaño de un pomelo.

—¡Un pomelo fuerte y valiente! —Yuji se levantó de un salto, sus ojos dorados brillando con esa intensidad de cachorro que Megumi encontraba agotadora y secretamente adorable—. Va a ser un guerrero, Megumi. ¡Puedo sentir sus chispas de energía maldita!

—Lo que sientes son sus patadas contra mi vejiga —replicó el omega, cerrando su libro con un golpe seco—. Ahora, muévete. Tengo hambre.

La reacción de Yuji fue instantánea. Si hubiera tenido cola, probablemente habría derribado la lámpara de la mesa auxiliar de tanto agitarla.

—¡Hambre! ¡Claro! ¿Qué quieres? ¿Ramen? ¿Sushi? No, espera, el médico dijo que nada de pescado crudo. ¡Haré ese estofado que te gusta! O mejor, iré a buscar esos panes de melón que te antojaste ayer a las tres de la mañana.

—Yuji, son las cuatro de la tarde. No necesitas correr como si fuera una emergencia nacional.

Pero era inútil. Cuando se trataba de Megumi, y especialmente de Megumi embarazado, Yuji Itadori no conocía el concepto de "moderación". Era un alfa mandilón en toda la extensión de la palabra, y no le importaba en lo más mínimo que el resto del mundo de la hechicería lo supiera.


Unas semanas después, la pareja asistió a una reunión en el clan Zen'in. Era una formalidad política que Megumi detestaba, pero como cabeza nominal del clan, no podía evitarla siempre. Lo que más detestaba, sin embargo, eran las miradas de las omegas mayores y los ancianos del clan.

Mientras Megumi intentaba mantener la compostura en una mesa baja, sintiendo el peso de su vientre y el dolor en su espalda baja, una de las ancianas del clan se acercó con una expresión de desaprobación apenas oculta.

—Fushiguro-sama —dijo la mujer, su voz como papel de lija—, es impropio que un omega de su posición esté aquí sentado sin que su alfa le proporcione el debido sustento. ¿Dónde está Itadori-san? Un omega encinta debe ser atendido, sí, pero usted también debe recordar sus deberes de servicio incluso en este estado. La disciplina mantiene la salud del linaje.

Megumi apretó los dientes. Estaba a punto de responder con una de sus habituales frases cortantes cuando una sombra cálida y enorme se proyectó sobre él.

—¡Aquí están los cojines! —La voz de Yuji resonó en el salón, rompiendo la atmósfera tensa—. Y traje té descafeinado y esos dulces de jengibre que evitan que Megumi tenga náuseas.

Yuji se arrodilló junto a Megumi, ignorando por completo a la anciana. Con una delicadeza que contrastaba con sus manos grandes y callosas, colocó un cojín detrás de la espalda de Megumi y otro bajo sus rodillas.

—¿Estás cómodo, Gumi? ¿Quieres que te masajee los pies? Sé que te duelen por el viaje en coche.

La anciana carraspeó, escandalizada.

—Itadori-san, no es apropiado que un alfa se rebaje a tales tareas domésticas en público. Un omega debe servir a su…

Yuji se detuvo. Se giró lentamente hacia la mujer, y aunque su sonrisa permanecía en su rostro, sus ojos no se reían. La presión de su feromona alfa, usualmente cálida y acogedora como el sol, se volvió pesada y sofocante por un breve segundo, marcando territorio.

—Con todo respeto, señora —dijo Yuji, su tono era amable pero firme como el acero—, Megumi está cargando con mi hijo. Está haciendo el trabajo más duro del mundo. Si yo puedo facilitarle las cosas, aunque sea un poco, lo haré. Él no es mi sirviente, es mi esposo. Y si tengo que ponerme de rodillas para que él no sufra dolor de espalda, me quedaré aquí todo el día. ¿Verdad, cariño?

Megumi sintió que sus mejillas se calentaban. Odiaba las escenas, pero no pudo evitar la pequeña chispa de orgullo que prendió en su pecho.

—Cállate, idiota —murmuró Megumi, aunque aceptó el té que Yuji le ofrecía—. Y no me llames "cariño" delante de esta gente.

—¡Entendido, jefe! —Yuji soltó una carcajada, volviendo a su estado de cachorro alegre en un instante, dejando a la anciana muda de indignación.


El tiempo pasó, y finalmente, el día llegó. Fue un parto largo y agotador que dejó a Yuji al borde de un ataque de nervios. El alfa había caminado de un lado a otro en la sala de espera, llorando, rezando y casi derribando una pared de un puñetazo accidental hasta que finalmente le permitieron entrar.

Cuando Megumi vio a Yuji entrar en la habitación, lo primero que notó fue que su alfa parecía haber envejecido diez años en diez horas, pero sus ojos brillaban con una devoción absoluta.

En los brazos de Megumi descansaba un pequeño bulto envuelto en mantas azules.

—Mira esto —susurró Megumi, su voz rota por el cansancio.

Yuji se acercó, temblando. Cuando vio el rostro del bebé, soltó un sollozo ahogado.

—Es… es…

—Es idéntico a ti —dijo Megumi con una pequeña sonrisa cansada—. Pobre niño. Ha heredado tu cara de tonto.

El bebé tenía el cabello castaño claro con destellos rosáceos y, al abrir los ojos por un momento, reveló el mismo tono ámbar que Yuji. Era, en todos los sentidos, una copia en miniatura del alfa.

Yuji se dejó caer en la silla junto a la cama, tomando la mano libre de Megumi y besándola repetidamente.

—Gracias, Megumi. Gracias, gracias, gracias. Eres increíble. Eres el mejor omega del mundo. Soy el alfa más afortunado.

—Ya lo sé —respondió Megumi, cerrando los ojos mientras se permitía disfrutar del calor de su alfa—. Ahora, cállate y déjanos dormir.


La vida con un recién nacido no fue fácil, especialmente porque Yuji resultó ser un padre tan intenso como era de esperar.

—¡Megumi! ¡Ha hecho un ruido! ¡Creo que tiene hambre! ¿O es un cólico? ¡Voy a llamar a Shoko!

—Yuji, son las dos de la mañana y acaba de estornudar. Vuelve a la cama.

Megumi observaba desde la puerta de la habitación del bebé cómo Yuji se mecía de un lado a otro con el pequeño en brazos. A pesar de su renuencia inicial al contacto físico excesivo, ver a su alfa gigante y musculoso siendo tan delicado con el bebé derretía las defensas de Megumi.

Yuji era el que se despertaba en medio de la noche para cambiar los pañales, el que insistía en cocinar comidas nutritivas para que Megumi recuperara fuerzas, y el que no dejaba que Megumi levantara ni una sola bolsa de la compra.

—No tienes que hacer todo tú solo, Yuji —le dijo Megumi una tarde, mientras veía a su esposo limpiar la cocina con el bebé sujeto a su pecho en un portabebés.

—Lo sé —dijo Yuji, dándose la vuelta para mostrarle una sonrisa radiante. El bebé, que ya tenía unos meses, imitó la expresión de su padre, mostrando sus encías rosadas—. Pero quiero hacerlo. Me hace feliz cuidar de ustedes. Además, mira a este pequeño campeón, ¡ya está aprendiendo a sonreír como su papá!

Megumi se acercó y, por una vez, no se quejó cuando Yuji lo rodeó con un brazo libre para atraerlo a un abrazo grupal.

—Es un idiota igual que tú —susurró Megumi, apoyando la cabeza en el hombro de Yuji.

—Pero es nuestro idiota —rio Yuji, besando la frente de Megumi y luego la del bebé.

Megumi no lo admitiría en voz alta, ni bajo tortura, pero en ese momento, rodeado por el aroma a girasoles de su alfa y la calidez de su hijo, no cambiaría su vida por nada. Ni siquiera por un alfa que no fuera un completo y absoluto cachorro mandilón.

Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic