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Mi esposa para siempre- La venganza de Jade west

Fandom: Victorious- Jori(Jade West x Tori Vega

Creado: 2/8/2026

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El eco de un corazón de acero

La mansión de las colinas de Hollywood solía estar llena de música, del aroma a café recién hecho y de la risa contagiosa de una mujer que iluminaba hasta los rincones más oscuros. Ahora, el silencio era tan denso que se podía cortar con una de las muchas tijeras que Jade West guardaba en su escritorio. El aire estaba viciado, impregnado del olor a incienso barato y al metal frío de las armas que Jade limpiaba obsesivamente cada noche.

Jade West, a sus veintiséis años, era una sombra de la mujer que alguna vez fue. Su piel, blanca y pálida como la nieve, parecía casi traslúcida bajo la luz de la luna que se filtraba por los grandes ventanales. Sus ojos, de ese azul verdoso que solía chispear con ironía y pasión, ahora eran dos pozos vacíos, fríos y carentes de cualquier rastro de humanidad. Ya no escribía guiones de terror; ahora vivía en uno.

Se levantó del sillón de cuero negro, sus movimientos eran lentos, casi felinos, pero cargados de una tensión peligrosa. Caminó hacia la pared del fondo, donde un gran retrato al óleo dominaba la estancia. En la pintura, Tori Vega sonreía con esa calidez latina que siempre lograba derretir las defensas de Jade. Sus ojos marrones brillaban con una felicidad pura, la misma que tuvo el día de su segunda boda.

Jade acarició el marco dorado con dedos temblorosos.

—Te lo prometí, Vega —susurró con una voz que sonaba como cristales rotos—. Prometí que te protegería, y te fallé una vez. No volveré a fallar.

Los recuerdos la asaltaron sin piedad, como lo hacían cada vez que cerraba los ojos. La playa de Malibú, el vestido blanco de Tori ondeando con la brisa marina, el sabor a sal y a felicidad en sus labios mientras renovaban sus votos. Habían pasado dos años maravillosos de matrimonio donde Jade, la temida directora de cine, se había vuelto suave, comprensiva y profundamente devota a su esposa. Tori había sido su ancla, su luz, la razón por la que dejó de ver el mundo como un campo de batalla.

Y luego, la oscuridad.

La luna de miel en aquella isla privada. La cena a la luz de las velas. El hombre que surgió de las sombras, con el rostro oculto y el alma podrida. Jade aún podía sentir la impotencia quemándole las venas al recordar cómo fue inmovilizada, obligada a mirar mientras aquel monstruo le arrebataba la vida a Tori. Los gritos de su esposa, el rojo de la sangre manchando la arena blanca, y el último suspiro de la mujer que era su mundo entero.

—Lo encontraré —gruñó Jade, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Y cuando lo haga, deseará no haber nacido nunca.

El sonido del timbre rompió la pesadez del ambiente. Jade no esperaba a nadie. De hecho, se había alejado de todos: de Cat, de Andre, de Robbie... incluso de sus propios padres. No quería consuelo; quería sangre.

Caminó hacia la puerta, deslizando una daga en la manga de su suéter negro. Al abrir, se encontró con André Harris. El músico se veía demacrado, con ojeras profundas que delataban que él también sufría, aunque de una manera distinta.

—Jade —dijo André con voz suave, tratando de buscar la mirada de su amiga—. Tienes que parar esto. Han pasado meses. No contestas las llamadas, no sales de aquí.

—Vete, André —respondió ella con una frialdad que lo hizo retroceder un paso—. No tengo nada que decirte.

—Jade, por favor —insistió él, bloqueando la puerta con el pie—. Tori no querría esto. Ella te amaba porque sacaste a la luz tu mejor versión. Si te conviertes en una asesina, él habrá ganado. Él habrá matado a las dos.

Jade soltó una carcajada seca, carente de humor, que erizó la piel de André.

—Tori está muerta, André. La chica que ella creó murió con ella en esa playa —Jade se acercó a él, invadiendo su espacio personal, sus ojos fijos en los de él—. La Jade que conoces no existe. Solo queda la que sabe cómo terminar una historia de terror. Y esta historia termina con un cadáver que no es el mío.

—La policía está trabajando, Jade. Tienen pistas...

—La policía es inútil —escupió ella—. Tienen protocolos, leyes, burocracia. Yo tengo tiempo, dinero y una rabia que no se apaga. He encontrado algo que ellos no.

André suspiró, derrotado por la intensidad de la mirada de Jade.

—¿Qué has encontrado? —preguntó en un susurro.

—Un nombre —dijo Jade, cerrando la puerta lentamente—. Ahora vete. Esta es la última vez que te veo, André. Por tu propio bien, no vuelvas a buscarme.

Jade cerró la puerta con llave y regresó a su santuario de sombras. Se dirigió a su escritorio, donde un mapa de la ciudad estaba lleno de anotaciones, fotos borrosas y recortes de prensa. En el centro, una foto de un hombre con una cicatriz en la mejilla, el mismo que había visto a través de las lágrimas aquella noche fatídica.

Se sentó y abrió un cajón bajo llave. Sacó un sobre de cuero que contenía sus tijeras favoritas, aquellas que solía usar en Hollywood Arts para intimidar a la gente, pero estas eran diferentes. Eran de acero quirúrgico, afiladas hasta el extremo, un regalo que Tori le había hecho como una broma privada sobre su "obsesión".

—Mañana, Tori —murmuró Jade, pasando el pulgar por el filo de la hoja—. Mañana empezaré a pagar tu deuda.

La noche transcurrió en un trance de preparación. Jade no durmió. Ya no sabía lo que era dormir sin tener pesadillas donde el mar se volvía rojo. Revisó su equipo, cargó su arma y se vistió con ropa táctica oscura, ocultando su figura bajo una gabardina larga. Se miró al espejo una última vez. La palidez de su piel contrastaba violentamente con su cabello negro azabache. Parecía un espectro, una aparición vengativa.

Salió de la mansión cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte, pero para ella, el mundo seguía sumido en una noche eterna. Conducir por las calles de Los Ángeles se sentía irreal, como si fuera una espectadora de una vida que ya no le pertenecía. Se detuvo frente a un almacén abandonado en las afueras, un lugar que olía a óxido y a olvido.

Según sus fuentes, el hombre que buscaba, un mercenario de bajo nivel contratado por alguien que odiaba el éxito de Tori, se escondía allí. Jade no sabía quién había dado la orden final, pero este hombre era el primer eslabón de la cadena. Y ella iba a romperla.

Entró en el almacén con la sigilo de una sombra. El lugar estaba en penumbra, iluminado solo por unas pocas bombillas parpadeantes. Escuchó voces al fondo, risas vulgares y el sonido de botellas chocando. Su corazón, que antes latía con fuerza, ahora mantenía un ritmo constante y frío.

—¿Quién anda ahí? —gritó una voz ronca.

Jade no respondió. Se movió entre las cajas de madera, acercándose al origen del sonido. Vio a tres hombres sentados alrededor de una mesa improvisada. El de la cicatriz estaba allí, contando fardos de billetes.

—¡He dicho que quién está ahí! —el hombre se levantó, sacando una pistola de su cinturón.

Jade salió de la oscuridad, manteniéndose a unos metros de distancia. La luz de una bombilla cayó directamente sobre su rostro, resaltando sus ojos gélidos.

—Vaya, vaya —dijo el hombre de la cicatriz, reconociéndola—. La viuda West. ¿Has venido a reunirte con tu esposita? Fue una lástima, ¿sabes? Era muy guapa. Lloró mucho al final.

El dolor fue una punzada aguda en el pecho de Jade, pero lo transformó instantáneamente en una furia blanca.

—No voy a matarte rápido —dijo Jade, su voz era un susurro letal que llenó el almacén—. Voy a hacer que cada segundo de lo que te queda de vida sea un infierno.

—¿Tú y cuántos más, niñita? —se burló uno de los acompañantes, dando un paso hacia ella.

Jade no vaciló. En un movimiento fluido, sacó su arma y disparó al hombro del hombre que se acercaba. El estruendo del disparo fue seguido por un grito de dolor. Los otros dos intentaron reaccionar, pero Jade era más rápida. Había pasado los últimos meses entrenando cada día, canalizando su dolor en precisión.

—¡Maldita loca! —gritó el de la cicatriz, disparando salvajemente.

Jade se cubrió tras una columna de acero, sintiendo las balas impactar cerca. Respiró hondo, cerrando los ojos por un segundo. "Hazlo por ella", se dijo a sí misma.

Salió de su escondite y disparó con una frialdad mecánica. El segundo acompañante cayó al suelo, herido en la pierna. El hombre de la cicatriz, viendo que estaba en desventaja, intentó correr hacia una salida trasera, pero Jade le cortó el paso disparando a sus pies.

—¡Detente! —ordenó ella.

El hombre se detuvo, jadeando, con el arma temblándole en la mano.

—¿Quién te contrató? —preguntó Jade, acercándose lentamente, con el arma apuntando directamente a su cabeza.

—No lo sé... fue a través de un intermediario... —balbuceó el hombre, el miedo finalmente reemplazando su arrogancia.

—Respuesta incorrecta —Jade disparó a su mano, haciendo que soltara el arma. El hombre cayó de rodillas, aullando.

Jade se guardó la pistola y sacó las tijeras de acero. Se arrodilló frente a él, agarrándolo del cabello para obligarlo a mirarla. Sus ojos azul verdosos estaban encendidos con una luz maníaca.

—Tori Vega era la mejor persona que este mundo ha conocido —dijo Jade, acercando el filo de las tijeras a la garganta del hombre—. Y tú la apagaste por unos cuantos billetes. Ahora, dime un nombre, o empezaré a quitarte partes que vas a extrañar.

—¡Fue Miller! —gritó el hombre, rompiendo a llorar—. ¡Steven Miller! El productor que ella rechazó para su última gira. Él quería arruinarla, quería que sufriera. ¡Yo solo hice el trabajo!

Jade se quedó helada. Steven Miller. Un hombre poderoso, alguien que Tori consideraba un amigo antes de que él intentara manipular su carrera. La traición era incluso más profunda de lo que imaginaba.

—Gracias por la información —susurró Jade.

—¿Me... me vas a dejar ir? —preguntó el hombre con esperanza.

Jade lo miró con una expresión de absoluto desprecio.

—Dije que no te mataría rápido. No dije que te dejaría vivir.

Se levantó y, sin mirar atrás, salió del almacén mientras marcaba un número en su teléfono.

—¿Dígame? —respondió una voz masculina al otro lado.

—Inspector —dijo Jade, su voz recuperando una pizca de la autoridad que solía tener como directora—. Hay tres hombres heridos en el almacén de la calle 4. Tienen pruebas sobre el asesinato de Tori Vega. Y dígale a Steven Miller que se prepare.

Colgó el teléfono y miró hacia el cielo. Por primera vez en dos años, sintió que podía respirar, aunque el aire todavía quemara. No era felicidad, la felicidad se había ido para siempre con Tori, pero era un propósito.

Subió a su coche y arrancó. Tenía un guion que terminar, y el clímax de la historia de Steven Miller iba a ser sangriento.

Mientras conducía de regreso a su mansión, una pequeña lágrima rodó por su mejilla pálida.

—Ya casi, Tori —susurró al asiento vacío a su lado—. Ya casi termino.

Jade West volvió a la oscuridad de su hogar, pero esta vez, no iba sola. Llevaba consigo la promesa de justicia y el recuerdo de un amor que ni la muerte había podido borrar. La chica fría e intimidante había vuelto, pero ahora era algo mucho más peligroso: una mujer que no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo.

Al entrar en su habitación, se quitó la gabardina manchada de pólvora y se sentó frente al retrato de Tori. Se quedó allí, en silencio, mientras el sol terminaba de salir, iluminando el rostro de su esposa.

—Te extraño tanto que duele —dijo Jade, permitiéndose un momento de debilidad—. Pero no me detendré. Por ti, por nosotras... por lo que nos quitaron.

Se levantó, tomó una pluma y un papel en blanco. En la parte superior, escribió un nombre: Steven Miller. Debajo, empezó a trazar el plan para su destrucción total. Jade West ya no dirigía películas de terror; ahora ella era el terror. Y el mundo estaba a punto de descubrir que no había nada más temible que un corazón roto que ha decidido dejar de sentir para poder actuar.

La venganza era un plato que Jade estaba dispuesta a cocinar a fuego lento, con la precisión de una cirujana y la crueldad de una villana de sus propias historias. Porque al final del día, Jade West siempre conseguía lo que quería. Y lo que quería ahora era que el mundo sintiera una fracción del dolor que ella sentía cada vez que pronunciaba el nombre de Tori Vega en el silencio de su mansión vacía.

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