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Excesos

Fandom: Iván Cornejo

Creado: 3/8/2026

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Guantes de Seda y Cuerdas de Acero

El ambiente en el gimnasio "La Jauría" en la Ciudad de México era una mezcla densa de sudor, cuero viejo y el sonido rítmico de los sacos de boxeo siendo golpeados con una fuerza inhumana. Iván Cornejo se ajustó la gorra, tratando de pasar desapercibido detrás de sus gafas oscuras. No estaba allí por gusto, o al menos eso se decía a sí mismo. Su mánager le había insistido en que necesitaba "empaparse de una disciplina distinta" para inspirar su próximo álbum, algo que tuviera garra, dolor y pasión.

—Te digo que es la mejor —susurró su asistente mientras caminaban por el pasillo—. No solo de México, Iván. Es la campeona invicta de Muay Thai en toda Latinoamérica. Dicen que sus piernas son como bates de béisbol.

Iván soltó una risa nasal, ajustándose la guitarra que llevaba al hombro en su estuche rígido.

—He visto peleas, Richie. No es para tanto. Al final del día, solo se trata de quién aguanta más golpes.

Se detuvieron frente al ring principal. En el centro, una figura se movía con una fluidez que rozaba lo hipnótico. No era el boxeo tosco que Iván esperaba; era una danza letal. Ella lanzaba patadas circulares que hacían retumbar el aire, seguidas de rodillazos que impactaban en los focos de entrenamiento de su instructor con un sonido seco y violento.

Llevaba el cabello recogido en trenzas apretadas, la piel canela brillando por el esfuerzo y unos shorts cortos que dejaban ver las cicatrices de mil batallas en sus espinillas. Era hermosa, de una manera peligrosa que hacía que a Iván se le secase la garganta.

—¡Tiempo! —gritó el entrenador.

Ella se detuvo en seco, respirando con fuerza pero sin perder esa elegancia felina. Se quitó el protector bucal y una sonrisa de suficiencia apareció en su rostro cuando notó la presencia de los extraños. Sus ojos recorrieron a Iván de arriba abajo, deteniéndose en su guitarra y luego en su rostro, reconociéndolo al instante.

—Vaya, vaya —dijo ella, acercándose a las cuerdas del ring con un caminar lento y cadencioso—. El chico de las canciones tristes ha salido de su habitación. ¿Te has perdido buscando un estudio de grabación, "Conejito"?

Iván sintió un pinchazo de irritación. No estaba acostumbrado a que le hablaran con ese tono de burla, especialmente alguien que no lo conocía de nada.

—Solo vengo a observar —respondió él, cruzándose de brazos—. Me dijeron que aquí se entrenaba en serio, pero veo que también les gusta perder el tiempo platicando.

Ella soltó una carcajada vibrante, apoyando los codos en la cuerda superior y dejando que su rostro quedara a pocos centímetros del de Iván. El olor a menta y esfuerzo físico lo golpeó de lleno. Ella era consciente del efecto que causaba; sabía que tenía a medio gimnasio (y a media ciudad) suspirando por ella, hombres y mujeres por igual, pero su mirada era selectiva, depredadora.

—¿Perder el tiempo? —Ella enarcó una ceja perfectamente depilada—. Cariño, en el tiempo que tardas en afinar esa guitarra, yo ya le habré roto tres costillas a alguien. Pero entiendo, el drama es lo tuyo. ¿Vas a escribir una canción sobre cómo te asustaron mis guantes?

—No me asustas —mintió Iván, manteniendo la mirada—. De hecho, me pareces un poco predecible. Mucho ruido y pocas nueces.

El silencio que siguió fue tenso. Los demás boxeadores en el gimnasio dejaron de golpear los sacos. Nadie le hablaba así a la campeona. Ella, lejos de enojarse, sonrió de una forma que hizo que a Iván se le erizara la piel. Era una sonrisa coqueta, cargada de una malicia juguetona.

—Predecible, ¿eh? —Ella saltó por encima de las cuerdas con una agilidad asombrosa, aterrizando justo frente a él—. Me gusta tu confianza, aunque sea falsa. Dime una cosa, Iván... ¿alguna vez has sentido la adrenalina de verdad, o solo la que inventas en tus baladas para que las niñas lloren?

—Sé lo que es trabajar duro —replicó él, dando un paso adelante, acortando la distancia—. Y sé reconocer a alguien que tiene el ego más grande que su talento.

—¡Uf! —exclamó ella, fingiendo un dolor en el pecho mientras se llevaba una mano enguantada al corazón—. Eso dolió más que un "low kick". Escucha, artista: si quieres inspiración, te la voy a dar. Pero aquí no se viene a mirar como si estuvieras en un zoológico. Mañana a las seis de la mañana. Si llegas tarde, ni te molestes en entrar.

—¿Para qué querría venir a las seis de la mañana? —preguntó Iván con desdén.

—Para que veas lo que es la disciplina de verdad —dijo ella, acercándose a su oído para susurrar—. Y porque me gusta tener a alguien guapo a quien humillar mientras entreno. Nos vemos, Conejito.

Ella le guiñó un ojo, le dio una palmadita condescendiente en la mejilla y regresó al centro del gimnasio, donde un grupo de pretendientes ya la esperaba con botellas de agua y toallas limpias. Iván la observó irse, furioso y extrañamente intrigado.

Al día siguiente, contra todo pronóstico y contra su propio deseo de dormir, Iván llegó al gimnasio a las 5:55 AM. El lugar estaba casi a oscuras, excepto por la luz que bañaba el ring. Ella ya estaba allí, saltando la cuerda a una velocidad que hacía que el objeto fuera invisible.

—Vaya, el músico sabe leer el reloj —dijo ella sin detener su ritmo—. Pensé que las estrellas de rock no se levantaban antes del mediodía.

—No soy una estrella de rock —gruñó Iván, sentándose en un banco cercano—. Y sigo pensando que esto es una pérdida de tiempo.

—Ponte estas —dijo ella, lanzándole un par de vendas de boxeo.

—¿Para qué? Yo no voy a pelear. Mis manos son mi herramienta de trabajo.

—No te voy a pedir que golpees nada, miedoso —dijo ella, deteniéndose y acercándose a él con una sonrisa radiante que contrastaba con la frialdad de la hora—. Pero si vas a estar en mi gimnasio, vas a sudar. Es la regla. O te vas ahora mismo a escribir sobre corazones rotos, o te vendamos esas manos de pianista y te pones a trabajar.

Iván la miró a los ojos. Había un desafío constante en ella, una chispa de rebeldía que lo sacaba de quicio pero que, al mismo tiempo, le resultaba fascinante. Ella era el tipo de mujer que no aceptaba un "no" por respuesta, una conquistadora nata que disfrutaba teniendo el control.

—Enséñame cómo se hace —dijo Iván, extendiendo las manos.

Ella se sentó frente a él, demasiado cerca. Tomó su mano derecha con una delicadeza que él no esperaba. Sus dedos, aunque callosos por el entrenamiento, se movieron con destreza mientras envolvían sus nudillos con la venda de tela.

—Tienes manos suaves —comentó ella, sin levantar la vista—. Se nota que nunca has tenido que pelear por nada que no sea un autógrafo.

—Te equivocas —respondió Iván en voz baja, observando cómo ella trabajaba—. He tenido que pelear mucho para llegar a donde estoy. Solo que mis batallas no dejan moretones visibles.

Ella levantó la mirada y, por un segundo, la máscara de coquetería y arrogancia cayó. Vio en los ojos de Iván una melancolía real, una profundidad que no esperaba encontrar en un "niño bonito" de la industria musical. Pero la vulnerabilidad duró poco. Ella apretó la venda un poco más de lo necesario, provocando un quejido en él.

—Bienvenido al mundo real, Iván —dijo ella, poniéndose en pie de un salto—. Ahora, corre diez kilómetros. Si te desmayas, prometo no subirlo a mis redes sociales.

Las semanas siguientes fueron una tortura china para Iván. Ella no le daba tregua. Lo hacía correr, saltar, hacer lagartijas y observar sus sesiones de "sparring" más intensas. Iván, por su parte, no se quedaba atrás. Cada vez que ella intentaba coquetear con él —lo cual hacía a menudo, solo para ver si lograba ponerlo nervioso frente a sus otros pretendientes—, él respondía con un comentario mordaz sobre su técnica o su falta de humildad.

—¿Sabes? —dijo ella una tarde, mientras descansaban después de una sesión agotadora—. Eres el primer hombre que no cae rendido a mis pies a la primera semana. ¿Es que eres ciego o simplemente muy orgulloso?

Iván, que estaba secándose el sudor con una toalla, la miró de reojo. Ella estaba sentada en el suelo, con las piernas estiradas, luciendo impecable incluso después de dos horas de combate.

—Eres guapa, eso nadie lo duda —dijo Iván con sinceridad punzante—. Pero eres un dolor de cabeza. Siempre quieres ser el centro de atención, siempre quieres ganar. Es agotador.

—Es lo que soy —respondió ella, encogiéndose de hombros—. En este deporte, si no crees que eres la mejor, ya perdiste. Y en la vida... bueno, me gusta lo que me gusta. Y me gusta ganar.

—Pues conmigo vas a perder —replicó Iván con una sonrisa desafiante.

Ella se acercó a él gateando por el suelo de lona, deteniéndose a centímetros de su rostro. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.

—¿Ah, sí? —susurró—. ¿Y qué es exactamente lo que crees que voy a perder?

—Tu tiempo —dijo él, aunque su corazón latía a mil por hora—. Porque no soy uno más de tus trofeos. No voy a estar haciendo fila con el resto de tus admiradores para que me des un poco de atención.

Ella guardó silencio, estudiándolo. Por primera vez, no tenía una respuesta rápida ni un comentario ingenioso. Iván Cornejo, el chico de las baladas tristes, le estaba plantando cara de una forma que nadie se atrevía. Y eso, para una mujer acostumbrada a conquistar todo a su paso, era el afrodisíaco más potente del mundo.

—Eres un idiota, Cornejo —dijo ella finalmente, aunque su tono carecía de veneno.

—Y tú eres una presumida —respondió él.

—Mañana a las seis —sentenció ella, levantándose—. Y trae tu guitarra. Estoy harta de escuchar el sonido de los sacos. Quiero ver si de verdad eres tan bueno como dicen, o si solo eres una cara bonita con buen marketing.

—Prepárate —dijo Iván mientras recogía sus cosas—. Porque después de que me escuches, vas a ser tú la que escriba canciones tristes cuando me vaya.

Ella soltó una carcajada que resonó en todo el gimnasio vacío.

—Ya veremos quién termina llorando, Conejito. Ya veremos.

Mientras Iván salía del gimnasio, no pudo evitar sonreír. Odiaba el Muay Thai, odiaba levantarse temprano y, definitivamente, odiaba la actitud de esa mujer. Pero mientras caminaba hacia su coche, ya estaba tarareando una melodía nueva, una que no hablaba de corazones rotos, sino de fuego, de guantes de seda y de una mujer que golpeaba tan fuerte que le había reiniciado el corazón.

La guerra apenas comenzaba, y ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse. Ella tenía los puños, pero él tenía las palabras, y en ese juego de "enemies to lovers", el primer golpe apenas acababa de aterrizar.

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