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𝓔𝓬𝓵𝓲𝓹𝓼𝓮.

Fandom: Iván Cornejo

Creado: 6/8/2026

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Cuerdas rotas y guantes de seda

El aire en el gimnasio "El Relámpago" de la Ciudad de México era una mezcla densa de sudor, cuero viejo y una energía eléctrica que Iván sentía vibrar hasta en la punta de sus dedos. Él no pertenecía aquí. Lo suyo eran las guitarras acústicas, las letras melancólicas sobre el desamor y el olor a tierra mojada de su rancho. Iván Cornejo, el chico de la voz quebrada y el metabolismo envidiable que devoraba tres tacos de asada mientras componía una canción sobre la soledad, se sentía como un pez fuera del agua.

—Ándale, Iván, solo es para el video musical —insistió su manager, empujándolo hacia el centro del ring—. Queremos ese contraste: el chico sensible y la fuerza bruta del boxeo. La estética será increíble.

Iván suspiró, ajustándose el sombrero que se negaba a quitarse a pesar del calor. Tenía miedo. No a los golpes, sino a la intensidad. Él era hipersensible; sentía todo al triple. Una mirada fuerte podía descolocarlo, y según los rumores, la mujer que estaba a punto de conocer no solo miraba fuerte, sino que derribaba muros con solo sonreír.

De repente, el ruido de los costales golpeados se detuvo. Un grupo de hombres y mujeres, todos con aspecto de atletas de élite, se hicieron a un lado como si se abrieran las aguas del Mar Rojo. En el centro apareció ella.

Cristal.

La mejor boxeadora de Latinoamérica no caminaba, dominaba el espacio. Llevaba unas vendas rojas en las manos, un top deportivo que dejaba ver sus abdominales marcados y una sonrisa que era, al mismo tiempo, una invitación y una amenaza. Su belleza era gloriosa, de esa que no necesita maquillaje, solo la adrenalina del combate.

—¿Así que este es el famoso poeta de los corridos tristes? —preguntó Cristal, su voz cargada de un coqueteo natural que hizo que a Iván se le secara la garganta.

Iván la miró y, por un segundo, olvidó cómo respirar. Había escuchado que tenía pretendientes por doquier, desde empresarios hasta modelos, y entendía por qué. Cristal desbordaba un desmadre magnético.

—Mucho gusto... —logró decir Iván, bajando la mirada hacia sus propias manos, que nunca habían sostenido nada más pesado que una Gibson—. Soy Iván.

—Ya sé quién eres, flaquito —dijo ella, acercándose tanto que Iván pudo oler su perfume cítrico mezclado con el esfuerzo del entrenamiento—. Pero aquí no sirven las canciones tristes. Aquí, si te descuidas, te vas a la lona.

Cristal lo rodeó como una depredadora observando a su presa. Iván sintió ese nudo en el estómago que tanto evitaba. Él le huía al amor como a la peste; sabía que su corazón era demasiado blando y que una mujer como ella lo trituraría sin siquiera intentarlo. Ella era su peor pesadilla: fuerte, ruidosa, incontrolable.

—Bueno, ¿vas a subir al ring o te vas a quedar ahí parado pareciendo un venado asustado? —soltó ella con una carcajada, saltando por encima de las cuerdas con una agilidad envidiable.

Iván, picado en su orgullo de rancho, se quitó la chaqueta y subió tras ella.

—No estoy asustado —mintió él, aunque sus manos temblaban ligeramente—. Solo estoy... analizando el terreno.

Cristal soltó una carcajada que resonó en todo el gimnasio.

—¡Analizando! Qué tierno. A ver, "analista", ponte los guantes. Vamos a ver si tienes tanto ritmo en los pies como en los dedos.

El entrenamiento fue un desastre para Iván, pero una delicia para los sentidos de Cristal. Ella disfrutaba atormentarlo. Cada vez que Iván intentaba lanzar un golpe tímido, ella se movía con una gracia felina, apareciendo detrás de él y susurrándole al oído.

—Muy lento, poeta. Si así le cantas al amor, con razón te dejan siempre.

Iván se detuvo, jadeando. El sudor le empapaba el flequillo y el hambre empezaba a hacer estragos en su estómago de metabolismo acelerado.

—No me dejan —respondió él, recuperando el aliento—, yo elijo irme antes de que las cosas se pongan feas. El amor es un problema que no quiero resolver.

Cristal se detuvo y lo miró con una chispa de curiosidad en sus ojos oscuros. Se quitó un guante con los dientes, un gesto que Iván encontró peligrosamente atractivo, y se acercó a él.

—Tienes miedo —afirmó ella, sin rastro de burla esta vez—. Eres todo sensibilidad y miedo. Qué desperdicio, Iván. Con esa cara y esa voz, podrías tener el mundo, pero prefieres esconderte detrás de una guitarra.

—No me escondo —replicó Iván, enderezándose para tratar de parecer más alto—. Protejo lo que queda de mí. Tú no lo entiendes, tú golpeas cosas para sentirte viva. Yo tengo que sentirlo todo para escribir.

Cristal sonrió de lado, esa sonrisa que volvía locos a sus miles de seguidores.

—Entonces siente esto.

En un movimiento rápido, Cristal lo tomó por la nuca y lo acercó. Iván cerró los ojos, esperando un golpe o un empujón, pero solo sintió el calor de su respiración a milímetros de sus labios.

—Si sobrevives a una cena conmigo después de esto —susurró ella—, tal vez te crea que eres tan valiente como dicen tus canciones.

Iván tragó saliva. La cercanía de Cristal era abrumadora. Podía ver las pequeñas pecas en su nariz y la intensidad de una mujer que no le temía a nada, mucho menos a un músico de diecinueve años con miedo al compromiso.

—Tengo hambre —fue lo único que Iván pudo articular, provocando que Cristal soltara una carcajada genuina y sonora.

—¡Eres increíble! —exclamó ella, soltándolo y dándole una palmada en el hombro que casi lo manda al suelo—. Te acabo de retar a una cita y tú piensas en comida. Definitivamente eres mexicano de pura cepa.

—Es que si no como, me desmayo —se justificó Iván, sintiendo que sus mejillas se calentaban—. Y si me desmayo, no podré ganarte en la revancha que claramente me vas a dar.

Cristal lo miró de arriba abajo, divertida por la mezcla de timidez y terquedad del chico.

—Está bien, poeta. Vamos por unos tacos. Pero yo manejo, y te advierto que me gusta ir rápido.

—Ya me di cuenta de que te gusta todo lo que sea peligroso —dijo Iván, empezando a recoger sus cosas.

—Y tú eres el peligro más grande que he visto en mucho tiempo, Iván Cornejo —respondió ella, guiñándole un ojo mientras caminaba hacia los vestidores—. Porque eres el único que no ha intentado impresionarme con músculos, sino con esa mirada de "no me rompas el corazón".

Iván se quedó solo en el ring por un momento. Su corazón latía con una fuerza que no tenía nada que ver con el ejercicio físico. Cristal era el caos personificado, el desmadre hecho mujer, y todo lo que él juró evitar. Era su enemiga natural: la que lo obligaría a salir de su caparazón de melancolía.

Minutos después, estaban en el deportivo de Cristal, un coche que rugía tanto como ella. Iván se sujetaba del asiento mientras ella esquivaba el tráfico de la ciudad con una pericia aterradora.

—¿Siempre eres así de... intensa? —preguntó Iván, tratando de no mirar el velocímetro.

—La vida es corta, flaquito —respondió ella, lanzándole una mirada rápida—. O te subes al ring y peleas por lo que quieres, o te quedas en las gradas viendo cómo otros ganan tus trofeos. ¿Tú qué prefieres ser?

—Yo prefiero escribir la canción sobre el que perdió —dijo él con una sonrisa triste—. Tiene más sentimiento.

Cristal frenó en seco frente a una taquería de esquina, de esas que huelen a gloria y grasa. Se giró hacia él, apoyando el brazo en el respaldo del asiento.

—Pues esta noche, vas a escribir sobre cómo una boxeadora te quitó el miedo a cenar con una mujer que podría noquearte con el meñique.

—Eso suena a una amenaza —dijo Iván, bajándose del coche.

—Es una promesa —corrigió ella, bajando también y caminando hacia él con ese contoneo seguro que atraía las miradas de todos los presentes.

En la taquería, la dinámica cambió. Iván, en su terreno natural de comelón profesional, pidió una orden tras otra. Cristal lo observaba fascinada.

—¿A dónde se te va todo eso? —preguntó ella, señalando el cuarto taco de suadero de Iván—. Eres como un pozo sin fondo.

—Metabolismo de rancho —respondió él con la boca a medio llenar, lo que hizo que Cristal riera de nuevo—. Y además, después de aguantar tus burlas en el gimnasio, necesitaba recuperar energías.

—No eran burlas, eran pruebas —dijo ella, robándole un poco de su refresco—. Quería ver si tenías chispa. Y mira, resulta que el poeta tiene fuego, solo que lo tiene muy guardado.

—No es fuego, es precaución —insistió Iván, volviéndose serio por un momento—. En mi mundo, si te entregas mucho, te quedas sin nada. Las canciones se escriben con lo que sobra, no con lo que tienes.

Cristal estiró la mano y, por primera vez, tocó la mano de Iván de manera suave. Sus dedos, acostumbrados a la dureza del vendaje, se sintieron sorprendentemente delicados sobre la piel del cantante.

—Iván, el amor no es una pelea de campeonato donde solo uno sale con el cinturón —dijo ella en voz baja—. A veces, es solo aprender a bajar la guardia.

Iván sintió que esa frase le golpeaba más fuerte que cualquier gancho al hígado que Cristal pudiera lanzarle. Se quedaron en silencio, rodeados por el bullicio de la taquería, las luces de neón y el olor a carne asada. Por un instante, el miedo de Iván pareció menos pesado.

—Eres mi peor pesadilla, Cristal —admitió él, sin apartar la mano.

—Lo sé —respondió ella con esa gloria natural en los ojos—. Y tú eres la canción que nunca supe cómo cantar. Pero prepárate, porque no acepto un "no" por respuesta, y ya decidí que quiero escucharte cantar de cerca.

Iván supo en ese momento que estaba perdido. No era el tipo de derrota que te deja triste, sino el tipo de derrota que te cambia la vida. Ella era el desmadre y él era la calma, y en ese choque, la música apenas estaba comenzando.

—Mañana —dijo Iván, rompiendo el silencio—, traeré mi guitarra al gimnasio.

Cristal arqueó una ceja, divertida.

—¿Ah sí? ¿Vas a darme una serenata mientras entreno?

—No —respondió Iván con una chispa de picardía que sorprendió incluso a Cristal—. Voy a escribir una canción sobre cómo la mejor boxeadora de Latinoamérica pierde su primer combate contra un chico que solo sabe comer tacos y tocar tres acordes.

Cristal soltó una carcajada que hizo que varias personas en la taquería voltearan a verlos.

—Eso quiero verlo, flaquito. Eso quiero verlo.

Mientras salían del lugar, Iván sintió que el aire de la Ciudad de México ya no era tan denso. Seguía teniendo miedo, sí. El miedo a enamorarse no desaparecía de la noche a la mañana. Pero mientras caminaba al lado de Cristal, viendo cómo ella saludaba a sus fans con una mano y le guiñaba un ojo a él con la otra, pensó que tal vez, solo tal vez, valía la pena arriesgarse a que le rompieran el corazón si la que iba a intentarlo era ella.

Después de todo, Cristal no solo era una boxeadora; era una fuerza de la naturaleza. Y él, Iván Cornejo, siempre había sido un amante de los paisajes tormentosos.

—Oye, Cristal —dijo él antes de subir al coche.

—¿Qué pasa, poeta?

—La próxima vez, yo pago los tacos.

Ella sonrió, lo tomó de la camisa y le dio un beso rápido en la mejilla que lo dejó mudo.

—En la próxima, Iván, tal vez deje que me ganes un round. Solo uno.

El coche arrancó, perdiéndose en las luces de la ciudad, dejando atrás el silencio y comenzando una historia donde las cuerdas de la guitarra y los guantes de boxeo estaban a punto de encontrar su propia melodía.

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