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Fandom: Padre de familia lois griffin
Creado: 11/8/2026
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El Tierno Peso de la Devoción
La cocina de la calle Spooner estaba sumergida en un silencio inusual, roto únicamente por el rítmico sonido de una espátula golpeando una sartén de hierro fundido. Peter Griffin no estaba viendo la televisión, ni estaba en el bar La Almeja Borracha con sus amigos. Tenía el ceño fruncido en una expresión de concentración absoluta mientras vigilaba el punto exacto de cocción de una pila de panqueques que desafiaba las leyes de la gravedad.
Lois entró en la habitación arrastrando ligeramente los pies. Llevaba una bata de seda verde que solía quedarle holgada, pero que ahora se tensaba visiblemente sobre sus caderas y su abdomen. Se sentó en la silla reforzada de la mesa del comedor, dejando escapar un suspiro de alivio al liberar el peso de sus piernas.
—Buenos días, Peter —dijo ella, con una voz que sonaba más suave y profunda que hace unos meses—. Huele de maravilla, pero no sé si pueda comer mucho hoy. Todavía me siento llena de la cena de anoche.
Peter se dio la vuelta, mostrando una sonrisa radiante que no llegaba a ocultar una chispa de determinación en sus ojos. Se acercó a ella con un plato rebosante de comida: panqueques bañados en jarabe de arce, tiras de tocino crujiente y huevos revueltos con extra de queso.
—Vamos, Lois, cariño —dijo él, colocando el plato frente a ella y depositando un beso en su mejilla—. Necesitas mantener tus fuerzas. Estás más hermosa que nunca, y una mujer tan radiante necesita combustible.
Lois miró la montaña de comida. Hace un año, habría protestado, habría hablado de dietas, de aeróbicos y de mantener la línea para las reuniones del club de lectura. Pero algo había cambiado en esta línea temporal. Peter ya no era el hombre despreocupado que olvidaba los aniversarios; se había vuelto extrañamente atento, y su atención se centraba casi exclusivamente en asegurarse de que Lois nunca tuviera hambre.
—Es demasiado, Peter —insistió ella, aunque su mano ya buscaba instintivamente el tenedor—. Mira cómo me queda la ropa. He tenido que comprar tres tallas nuevas este mes.
—Y te ves increíble —respondió Peter, sentándose frente a ella con su propio plato, aunque mucho más pequeño—. ¿Has visto tus curvas? Eres como una pintura de esas que valen millones, pero con mejor olor. Come un poco, solo por mí.
Lois cedió, como siempre lo hacía. El primer bocado de panqueque empapado en mantequilla fue una explosión de placer que acalló cualquier duda residual en su mente. Mientras comía, Peter la observaba con una fascinación casi religiosa. No era solo lujuria; era una forma de devoción. En su mente, cada libra que Lois ganaba era una barrera más contra el mundo exterior, una prueba física de que él podía proveer para ella y que ella era suya.
—¿Sabes? —dijo Lois entre bocados, limpiándose una gota de jarabe de la comisura de los labios—. A veces me pregunto qué diría mi madre si me viera así. Probablemente se desmayaría.
—A tu madre le importa demasiado lo que piensen los demás —replicó Peter, alargando la mano para acariciar el brazo redondeado de su esposa—. Aquí en esta casa, lo único que importa es que estés cómoda y satisfecha. ¿Quieres más chocolate caliente? Le puse crema batida doble.
—Oh, Peter... bueno, solo una taza pequeña.
El desayuno se prolongó durante casi una hora. En esta realidad, los Griffin no tenían prisa. Brian entró en la cocina, observando la escena con una mezcla de cinismo y resignación. El perro se sentó en el suelo, mirando el plato de Lois, que ya estaba casi vacío.
—¿Otra vez alimentándola como si fuera a ganar un concurso de agricultura, Peter? —preguntó Brian, arqueando una ceja.
—Cierra la boca, Brian —respondió Peter sin apartar la vista de Lois—. Tú no entiendes el arte. Lois está floreciendo.
—Si por florecer te refieres a que el suelo de la planta alta empieza a crujir cuando camina, entonces sí, está en plena primavera —comentó el perro, ganándose una mirada fulminante de la pelirroja.
—No le hagas caso, cariño —dijo Lois, acomodándose en la silla—. Me siento bien. De hecho, me siento... muy relajada. Es agradable no tener que preocuparse por las ensaladas de apio todo el tiempo.
Peter se levantó y se colocó detrás de ella, masajeando sus hombros. Sus manos se hundían en la suavidad de su piel.
—Ese es el espíritu. ¿Qué te parece si para el almuerzo preparo esa lasaña de cinco quesos que tanto te gustó?
—¿Tan pronto? —preguntó ella, aunque su estómago, ahora acostumbrado a las grandes cantidades, pareció rugir en respuesta—. Quizás... quizás un poco más tarde.
—Prepararé una bandeja grande —insistió Peter—. Y después podemos ver películas en el sofá. Traeré los bombones que compré ayer.
A medida que avanzaba el día, la rutina se repetía. Peter era una sombra constante de atenciones culinarias. Cada vez que Lois intentaba levantarse para hacer alguna tarea doméstica, él la interceptaba.
—No, no, Lois. Quédate ahí. Yo me encargo de la aspiradora. Tú solo descansa y disfruta de este batido de vainilla.
Lois se dejaba querer. Había algo seductor en la rendición total a la comodidad. Se miró en el espejo del pasillo mientras Peter estaba en la cocina. Su rostro estaba más lleno, sus mejillas tenían un rubor saludable y su figura se había transformado en una serie de curvas suaves y generosas. Ya no era la mujer tensa que gritaba por el desorden de los niños; ahora había una calma letárgica en ella, una satisfacción que venía directamente de su estómago lleno.
Stewie pasó gateando por el pasillo, deteniéndose a mirar a su madre.
—Vaya, madre —exclamó el bebé con su habitual tono británico—. A este paso, vamos a tener que ensanchar los marcos de las puertas. ¿Es este el plan maestro del gordo? ¿Inmovilizarte mediante la ingesta masiva de carbohidratos?
—Oh, cállate, Stewie —dijo Lois, aunque sin mucha convicción—. Tu padre solo es cariñoso.
—Es una estrategia geopolítica de contención, eso es lo que es —murmuró Stewie mientras seguía su camino—. Pero debo admitir que pareces mucho más feliz ahora que no vives a base de galletas de arroz.
Llegó la hora del almuerzo, y el aroma de la lasaña inundó la casa. Peter sirvió a Lois una porción que habría alimentado a una familia pequeña. Se sentó a su lado, animándola con palabras dulces.
—Cada bocado te hace más hermosa, Lois —susurró él—. Me encanta cómo te ves cuando disfrutas de la comida.
—Es que cocinas tan bien ahora, Peter —dijo ella, saboreando el queso derretido—. Nunca supe que tenías este talento.
—Lo descubrí hace poco —admitió él con una risita—. Descubrí que nada me hace más feliz que verte comer. Es como... como si cada vez que te traigo un plato, te estuviera diciendo cuánto te quiero.
Lois hizo una pausa, con el tenedor a medio camino.
—¿De verdad es por eso, Peter? ¿No es porque quieres que sea más lenta para que no pueda perseguirte cuando haces tonterías?
Peter soltó una carcajada genuina y le acarició la mejilla.
—Bueno, eso es un beneficio secundario, no te voy a mentir. Pero sobre todo, es porque me encanta que seas suave. El mundo es un lugar duro y frío, Lois. Pero aquí, en nuestra casa, todo es suave. Especialmente tú.
Lois sonrió, sintiendo un calorcito en el pecho que no tenía nada que ver con la digestión. Terminó su plato y, por primera vez, no sintió culpa. Sintió que estaba exactamente donde debía estar.
—Creo que después de esto voy a necesitar una siesta —dijo ella, estirando los brazos.
—Te llevaré a la cama —se ofreció Peter, ayudándola a levantarse.
El camino hacia la habitación principal fue lento. Lois se apoyaba en el brazo de Peter, sintiendo el peso de su propio cuerpo como una manta pesada pero reconfortante. Al llegar a la cama, se hundió en los colchones con un suspiro de puro placer.
—¿Necesitas algo más, mi reina? —preguntó Peter, cubriéndola con una manta.
—Creo que estoy bien por ahora, Peter. Gracias.
Él se quedó en la puerta un momento, observándola. Lois ya estaba cerrando los ojos, su respiración volviéndose lenta y acompasada. Peter sonrió para sus adentros. En esta línea temporal, no había caos, no había peleas constantes, no había la inseguridad de una esposa que siempre buscaba la perfección externa. Solo había paz, comida y una devoción que crecía con cada gramo.
Bajó a la cocina y empezó a revisar el refrigerador.
—Veamos... —se dijo a sí mismo en voz baja—. Para la cena, creo que haré ese asado con papas a la crema. Y tal vez un pastel de chocolate de postre. Sí, eso le encantará.
Chris entró en la cocina, buscando algo en la despensa.
—Papá, ¿por qué mamá está durmiendo otra vez? —preguntó el chico, distraído.
—Está descansando, Chris. Está creciendo —respondió Peter con un guiño.
—¿A su edad? —Chris se rascó la cabeza, confundido.
—Es un tipo diferente de crecimiento, hijo. Es el crecimiento de la felicidad. Ahora, ayúdame a pelar estas papas. Queremos que la cena esté lista para cuando tu madre despierte con hambre.
Mientras tanto, en la habitación, Lois soñaba con ríos de chocolate y montañas de crema. En su sueño, no había básculas ni espejos críticos. Solo estaba la voz de Peter, diciéndole que cada vez era más perfecta.
Cuando despertó, un par de horas después, el sol empezaba a ponerse. El olor del asado ya flotaba en el aire, filtrándose por debajo de la puerta. Lois se sentó en la cama, sintiendo cómo su vientre rozaba sus muslos. Se pasó la mano por la cara y sonrió.
—Peter —llamó con voz suave, sabiendo que él la escucharía.
En menos de diez segundos, Peter estaba en la habitación.
—¿Sí, cariño? ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
—Tengo un poco de hambre —admitió ella con una timidez juguetona.
Los ojos de Peter se iluminaron como los de un niño en Navidad.
—Sabía que dirías eso. La cena estará lista en diez minutos. He preparado algo especial.
—Eres tan bueno conmigo, Peter. A veces no sé qué hice para merecerte.
Peter se acercó y le tomó las manos, besando sus nudillos.
—Solo tienes que ser tú misma, Lois. Y dejar que yo me encargue del resto. Tú solo disfruta de la comida.
Lois lo vio salir de la habitación y se recostó un momento más. Sabía que su vida había cambiado radicalmente. Sabía que los vecinos murmuraban y que sus antiguas amigas del club de campo no la reconocerían. Pero mientras sentía la calidez de la casa y escuchaba el sonido de Peter tarareando en la cocina, se dio cuenta de que nunca se había sentido tan amada.
En esta línea temporal, la felicidad no se medía en tallas de ropa, sino en la cantidad de amor que cabía en un plato rebosante. Y Lois Griffin estaba más que dispuesta a seguir pidiendo una segunda ración.
—¡Lois! ¡La cena está servida! —gritó Peter desde abajo.
—¡Ya voy, Peter! —respondió ella, levantándose con cuidado y con una sonrisa de anticipación.
Al bajar las escaleras, vio la mesa puesta con esmero. No solo era comida; era un banquete. Había pan recién horneado, el asado humeante y una jarra de té dulce. Peter la esperaba con la silla retirada, listo para servirla.
—¿Sabes qué estaba pensando? —dijo Peter mientras le cortaba un trozo generoso de carne—. Que mañana podríamos ir a esa nueva pastelería que abrieron en el centro. Dicen que tienen unos donuts rellenos que son del tamaño de una cabeza humana.
Lois rió, una risa rica y plena.
—Eso suena como un plan maravilloso, Peter. Absolutamente maravilloso.
Y así, en la pequeña casa de la calle Spooner, la vida continuaba. Un bocado a la vez, una caloría a la vez, en un ciclo interminable de indulgencia y afecto que mantenía a los Griffin más unidos —y más grandes— que nunca.
