
Secretos Militares
Fandom: Fullmetal Alchemist: Brootherhood
Creado: 13/8/2026
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Tregua de Medianoche
La noche en Central era una bestia de mil ojos amarillentos que parpadeaban en la distancia. Para el Coronel Roy Mustang, sin embargo, la única luz era la de su lámpara de escritorio, un sol moribundo que proyectaba sombras monstruosas sobre las montañas de papeleo que amenazaban con devorarlo. Cada informe, cada solicitud, cada memorando era un ladrillo más en el muro que lo separaba del mundo exterior, un mundo que él mismo se había jurado proteger.
El aire en su oficina era denso, viciado por el olor a papel viejo, tinta y el aroma amargo del café que se había enfriado hacía horas. Afuera, una lluvia fina y persistente tamborileaba contra los cristales, un ritmo monótono que acompañaba el rasgueo de su pluma. Era un sonido que normalmente encontraría reconfortante, pero esa noche solo servía para acentuar su aislamiento.
Suspiró, dejando caer la pluma sobre un informe a medio firmar. Se reclinó en su silla, el cuero crujiendo en protesta, y se frotó los ojos con el dorso de la mano. El cansancio le pesaba en los huesos, un lastre más pesado que la propia milicia. No era solo el papeleo. Era la guerra silenciosa que se libraba en las sombras de Amestris. Un asesino en serie con motivaciones divinas y un rencor del tamaño de Ishval. Unos seres inmortales, los homúnculos, que movían los hilos del país como si fuera su teatro de marionetas particular.
Y en medio de todo, dos niños.
«Dejarle la guerra de los adultos a los niños».
La idea le revolvía el estómago. Confiaba en el Alquimista de Acero, por supuesto. La determinación de Edward Elric era una fuerza de la naturaleza, una llama tan brillante y caótica como la suya propia. Y Alphonse, con su alma gentil atrapada en una armadura, poseía una sabiduría que desmentía su edad. Pero eran niños. Niños que habían visto demasiado, que habían perdido demasiado. Él era el adulto, el oficial al mando. La responsabilidad final recaía sobre sus hombros. Cada vez que los enviaba a una misión, sentía como si estuviera arrancando un trozo de su propia conciencia. Era una apuesta, y las fichas eran las vidas de aquellos a los que había jurado guiar.
Su mirada se posó en la taza de café vacía, un pequeño mausoleo de porcelana a su motivación agotada. Un trago más, solo uno, para poder seguir adelante, para poder leer una línea más, para firmar un documento más. Hizo el amago de levantarse, el cuerpo protestando con cada fibra, cuando un sonido delicado y familiar lo detuvo en seco.
El tintineo de una jarra de cristal contra la porcelana. El aroma fresco y revitalizante del café recién hecho llenando el aire, cortando la densidad de la habitación.
No necesitaba girarse para saber quién era. Solo había una persona que se movía con esa eficiencia silenciosa, que anticipaba sus necesidades antes de que él mismo fuera consciente de ellas.
Riza Hawkeye.
Ella estaba de pie junto a su escritorio, con la jarra de café en una mano y una taza limpia en la otra. La luz de la lámpara se enredaba en su cabello rubio, recogido en su habitual e impecable estilo, y proyectaba una suave sombra sobre la mitad de su rostro. Su uniforme estaba tan pulcro como siempre, un marcado contraste con el caos organizado de su oficina y su propio estado de desaliño. Él supuso que estaría en casa, descansando, como cualquier persona sensata. Pero Riza Hawkeye rara vez hacía lo sensato; hacía lo necesario.
—Teniente —dijo él, su voz un poco más ronca de lo que pretendía—. Pensé que ya se había ido.
—Usted sigue aquí, Coronel —respondió ella, su tono tan tranquilo y uniforme como la lluvia de afuera. Colocó la taza humeante a su lado, justo al alcance de su mano—. Alguien tiene que asegurarse de que el motor del ejército no se quede sin combustible.
Una sonrisa casi imperceptible tiró de la comisura de los labios de Roy. «El motor del ejército». Una descripción generosa para un hombre que se sentía más como una pieza oxidada en un engranaje averiado. Tomó la taza, el calor reconfortante extendiéndose por sus dedos.
—Siempre un paso por delante, Hawkeye. Es aterrador.
—Es mi trabajo, señor.
Se sentó, no en la silla de invitados frente a él, sino en una que arrastró desde una esquina, colocándola a su lado. No tan cerca como para ser inapropiado, pero lo suficientemente próxima como para que su presencia fuera una constante palpable. Cogió una pila de informes de la bandeja de «pendientes» y comenzó a organizarlos, su eficiencia un silencioso reproche a la entropía de Roy.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era diferente. Ya no era un silencio de aislamiento, sino uno compartido. El único sonido era el rasgueo de su pluma, ahora más firme, y el suave susurro de los papeles que Riza ordenaba. Era una rutina que habían perfeccionado a lo largo de los años, una danza silenciosa de trabajo y compañía que ninguno de los dos necesitaba verbalizar. Ella era su ancla, la pieza que mantenía el tablero en orden mientras él, el rey, planeaba sus movimientos imprudentes. Su mejor pieza, la reina que protegía su flanco más vulnerable. Su mayor debilidad.
Pasaron quizás una hora de esa manera. La pila de «pendientes» disminuía, mientras que la de «firmados» crecía. La lluvia arreció, golpeando los cristales con más fuerza. Roy firmó el último documento de la pila que Riza le había preparado y estiró la espalda, escuchando el satisfactorio chasquido de sus vértebras.
—Gracias —dijo, mirando la pulcritud de su trabajo—. Habría tardado el doble sin usted.
—Solo estoy clasificando, señor. Usted sigue haciendo el trabajo pesado —replicó ella, sin levantar la vista de un expediente.
—El papeleo no es el trabajo pesado —murmuró él, más para sí mismo que para ella. Su mirada se perdió en la ventana, en las gotas de lluvia que se perseguían por el cristal—. El trabajo pesado es enviarlos a ellos, una y otra vez, sabiendo a lo que se enfrentan.
Riza se detuvo. Dejó el expediente sobre la mesa con una delicadeza estudiada. Sus ojos marrones, normalmente tan serenos y analíticos, se posaron en él. Había una profundidad en ellos que pocos llegaban a ver, un universo de comprensión y empatía oculto tras la fachada de la soldado perfecta.
—Los hermanos Elric son más fuertes de lo que parecen.
—Lo sé. Y eso es lo que más me asusta —confesó Roy, girándose para mirarla de frente—. Son fuertes porque han tenido que serlo. Porque el mundo les ha obligado a serlo. Deberían estar preocupados por los exámenes de la escuela, no por la Piedra Filosofal y la inmortalidad. Debería ser yo quien se ensuciara las manos, no ellos.
—Usted ya se las ha ensuciado, Coronel. En Ishval.
La palabra flotó en el aire entre ellos, cargada de humo, sangre y remordimientos. Ishval. La cicatriz que ambos compartían, la herida que nunca terminaba de cerrar.
—Y juré que no volvería a seguir órdenes ciegamente —dijo él, su voz endureciéndose—. Juré que llegaría a la cima para que nadie más tuviera que pasar por eso. Y aquí estoy, enviando a dos chicos a luchar mis batallas. Es patético.
—No es patético —la voz de Riza fue firme, cortante, desprovista de su habitual deferencia profesional. Era la voz de la mujer, no la de la teniente—. Es estratégico. Usted ve el tablero completo, señor. Sabe qué piezas mover y cuándo. Edward y Alphonse son… una pieza clave, pero no son los únicos en el juego. Usted está aquí, moviendo los hilos desde el centro. Eso también es una batalla.
Su defensa era tan lógica, tan racional. Y, sin embargo, Roy pudo percibir la corriente subterránea de emoción en sus palabras. Ella no solo estaba justificando sus acciones como su superior; estaba intentando aliviar su carga.
—A veces… —comenzó él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—, a veces me pregunto si el precio es demasiado alto. El poder que busco… lo que se necesita para llegar a la cima. Las cosas que tengo que hacer. Las personas que tengo que utilizar.
—Usted no los utiliza —le corrigió ella suavemente—. Usted los guía. Les da un propósito. La gente lo sigue, Roy, porque creen en la misma visión que usted. Creen en un futuro mejor.
Fue la primera vez esa noche que usaba su nombre de pila. Fue un desliz, quizás, o quizás una elección deliberada. Sonó extraño y a la vez increíblemente correcto en la quietud de la oficina. La formalidad entre ellos era una armadura, y ella acababa de dejar al descubierto una pequeña grieta.
Él la observó. La forma en que la luz de la lámpara atrapaba los mechones sueltos de su flequillo, la línea decidida de su mandíbula, la calma inquebrantable de su postura. ¿Cuántas noches como esta habían compartido? ¿Cuántas veces había sido ella el faro en su tormenta personal? Ella lo conocía mejor que nadie. Conocía sus ambiciones, sus miedos, las cicatrices en su espalda y las que llevaba en el alma.
—¿Y tú, Riza? —preguntó, su voz apenas audible por encima de la lluvia—. ¿Tú también crees en esa visión? ¿O simplemente sigues al hombre que te dio la orden?
Sus ojos se encontraron y se sostuvieron. El mundo exterior pareció desvanecerse. La lluvia, el papeleo, la guerra inminente… todo se redujo a ese espacio de un metro entre ellos.
—Yo le prometí mi lealtad hace mucho tiempo —dijo ella, y su voz era un voto solemne—. Dije que lo protegería por la espalda. Que lo seguiría. Esa promesa no ha cambiado. Pero no sigo ciegamente. Creo en el mundo que usted quiere construir. Un mundo donde nadie tenga que llevar el peso que usted lleva ahora. Un mundo donde la gente como los Elric pueda ser simplemente… gente.
—Un mundo donde un Coronel y su Teniente no tengan que esconderse detrás de sus rangos —añadió él, el pensamiento escapándose antes de que pudiera detenerlo.
La tensión en la habitación se volvió eléctrica. Habían cruzado una línea invisible. Ya no hablaban de la guerra, ni del ejército, ni siquiera de los Elric. Hablaban de ellos. Del abismo que sus uniformes y sus rangos creaban, un abismo que ambos eran dolorosamente conscientes de que existía. Un escándalo, eso es lo que sería. El Alquimista de Llama y su «perro guardián». La comidilla del cuartel general. Debilitaría su posición, pondría en peligro todo por lo que habían luchado.
Riza no apartó la mirada. Si acaso, su expresión se intensificó, una mezcla de determinación y una vulnerabilidad que rara vez dejaba traslucir.
—Ese sentimiento… —comenzó ella, su voz temblando por primera vez—. Está ahí. Siempre ha estado ahí. Ignorarlo no hace que desaparezca.
—Lo sé —respondió él, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas—. Riza, yo…
No pudo terminar la frase. No sabía qué decir. ¿«Te quiero»? Las palabras parecían insuficientes, vacías, incapaces de abarcar la inmensidad de lo que sentía por ella. Era más que amor. Era dependencia, era confianza absoluta, era la certeza de que sin ella, él no sería nada más que un hombre con un poder destructivo y un sueño roto.
Y entonces, ella se movió.
No fue un movimiento brusco ni impulsivo. Fue deliberado, decidido, como cada acción que Riza Hawkeye realizaba. Se levantó de su silla, dio los dos pasos que los separaban y se detuvo frente a él. Él tuvo que levantar la cabeza para mirarla, sintiéndose extrañamente vulnerable en su propia silla de poder.
Colocó una mano en el reposabrazos de la silla, junto a la de él, sus dedos rozándose apenas. La pequeña descarga de electricidad estática fue como un relámpago en miniatura. Con la otra mano, le apartó un mechón de pelo negro que le había caído sobre la frente. Su toque era increíblemente suave, casi reverente.
—Roy —susurró su nombre de nuevo, y esta vez fue una declaración.
Y entonces, se inclinó y lo besó.
No fue un beso tierno ni vacilante. Fue un beso feroz, hambriento, cargado con el peso de años de palabras no dichas, de miradas contenidas, de una tensión que había estado hirviendo bajo la superficie de su profesionalismo. Fue un beso de necesidad, la colisión de dos almas que se habían reconocido en medio del campo de batalla y se habían aferrado la una a la otra en silencio.
El sabor de ella era una mezcla de café, la lluvia en su ropa y algo que era únicamente Riza, una esencia de pólvora y determinación. Roy reaccionó por puro instinto. Su mano se disparó desde el reposabrazos para agarrar su nuca, sus dedos enredándose en la base de su cabello recogido, tirando de ella más cerca. La otra mano encontró su cintura, atrayéndola hasta que no hubo espacio entre ellos.
Le devolvió el beso con la misma desesperación. Era un torrente de emociones que había mantenido represadas durante demasiado tiempo. La gratitud por su lealtad inquebrantable. La admiración por su fuerza. El miedo constante a perderla. Y el amor, un amor profundo y abrumador que era a la vez su mayor fortaleza y su talón de Aquiles. En ese beso, no eran el Coronel Mustang y la Teniente Hawkeye. Eran Roy y Riza, dos personas rotas tratando de encontrar un momento de plenitud en medio del caos.
Se necesitaban. Se necesitaban más de lo que jamás admitirían en voz alta, más de lo que el mundo les permitiría. El beso se profundizó, una conversación sin palabras, una confesión mutua. Era una promesa silenciosa: «Estoy aquí. No estás solo. Lucharé a tu lado, moriré a tu lado».
Cuando finalmente se separaron, fue por la necesidad de aire. Ambos estaban sin aliento, con los labios hinchados y los ojos brillantes. La frente de Riza descansaba contra la de él. La lluvia seguía golpeando la ventana, pero ahora sonaba distante, como si perteneciera a otro mundo. El único universo que existía era el que contenía el espacio entre sus dos cuerpos.
Ninguno de los dos dijo nada. No era necesario. Lo que acababa de pasar era más elocuente que cualquier declaración.
Riza fue la primera en moverse. Se enderezó lentamente, su mano todavía enredada en el cabello de él por un instante antes de soltarlo. Con una compostura que a Roy le pareció sobrehumana, se alisó la parte delantera de su uniforme, un gesto tan automático, tan inherentemente suyo, que a él casi se le escapó una risa ahogada. Incluso después de un beso que había hecho temblar los cimientos de su mundo, ella seguía siendo la soldado perfecta.
Pero sus ojos contaban una historia diferente. La tormenta seguía allí, una emoción cruda y abierta que él nunca antes había visto.
—Deberíamos… —comenzó ella, su voz un poco inestable.
—Sí —la interrumpió él suavemente—. Deberíamos.
Volvió a su silla, la recogió y la colocó de nuevo en la esquina de donde la había sacado. Luego, caminó hacia su propio escritorio improvisado, recogió la siguiente pila de documentos y se sentó. Su espalda estaba recta, su perfil tan nítido como siempre a la luz de la lámpara.
Roy la observó por un momento. El aire en la oficina había cambiado irrevocablemente. La tensión no se había disipado; se había transformado. Antes era una tensión de restricción, de palabras no dichas. Ahora era una tensión de conocimiento, de un secreto compartido que vibraba entre ellos, tan real como las montañas de papel que los rodeaban.
Él también se giró hacia su escritorio. Cogió su pluma. La punta se cernió sobre el papel por un segundo, su mano ligeramente temblorosa. Respiró hondo, el aroma del café y de Riza todavía flotando en el aire. Miró la firma que debía estampar: «Coronel Roy Mustang». Un título, un rango, una máscara.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo detrás de esa máscara.
Continuaron trabajando. El silencio regresó, pero era un lienzo nuevo, pintado con los colores de lo que acababa de ocurrir. Cada rasgueo de la pluma, cada susurro de papel, cada sorbo de café era ahora parte de su pacto silencioso. Una tregua de medianoche en su guerra personal y profesional.
El sentimiento no se iría. Jamás lo haría. Era una llama que ahora ardía abiertamente entre ellos, invisible para el resto del mundo. Este era su secreto, un pequeño y feroz bastión de calidez construido en la penumbra, bajo los ojos vigilantes de un mundo al que habían jurado cambiar. Y por esa noche, en esa oficina inundada por el sonido de la lluvia, fue suficiente.
