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Fandom: Avatar

Creado: 14/8/2026

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Fuego en el Corazón y Cenizas en las Mejillas

La Isla Kyoshi siempre había sido un lugar de paz, un santuario de acantilados altos y guerreras feroces que protegían su legado con abanicos de metal. Sin embargo, esa tranquilidad se vio interrumpida por el rugido de las máquinas de vapor y el humo negro que manchaba el cielo azul.

Zuko desembarcó con la mandíbula apretada. A diferencia de otros comandantes de la Nación del Fuego, él no buscaba quemar el pueblo; solo buscaba al Avatar. Sus pasos eran firmes, su armadura roja brillaba bajo el sol, pero su mente estaba en absoluto caos. Desde su encuentro en el Polo Sur, no había podido dormir bien. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la mirada gris y penetrante de aquel hombre que, a pesar de ser el Avatar, se comportaba como un pícaro de taberna.

—¡Vaya, vaya! —Una voz melodiosa y cargada de una confianza exasperante resonó desde lo alto de una estatua de piedra.

Zuko se detuvo en seco. Sus soldados alzaron las lanzas, pero él simplemente levantó la vista, sintiendo cómo el calor subía por su cuello antes de que el otro siquiera terminara de hablar.

Aang bajó de un salto, aterrizando con la ligereza de una pluma justo frente al príncipe. Hizo girar su bastón de madera con una maestría que rozaba lo hipnótico, dibujando círculos en el aire antes de clavarlo suavemente en la arena. Su sonrisa era traviesa, casi depredadora, pero llena de una calidez que desentonaba con la tensión del campo de batalla.

—¡Mira, mi pequeño rayo de sol! —exclamó Aang, inclinándose hacia adelante como si compartiera un secreto íntimo—. ¿Cómo estás, Sunshine?

El silencio que siguió fue absoluto. Las guerreras Kyoshi, lideradas por Suki, bajaron sus abanicos a medias, intercambiando miradas de pura confusión. Sokka, que estaba a unos metros de distancia preparándose para la pelea, dejó caer su bumerán. Katara simplemente se llevó una mano a la frente, suspirando con resignación.

Zuko sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su rostro, usualmente pálido, se tiñó de un rojo tan intenso que rivalizaba con su uniforme.

—¡Te dije que no me llamaras así! —rugió Zuko, aunque su voz carecía de la autoridad necesaria. Dio un paso adelante, intentando recuperar su dignidad—. Soy el Príncipe Zuko de la Nación del Fuego, y estás bajo arresto.

—Oh, ¿otra vez con lo de las esposas? —Aang soltó una carcajada baja, dando un paso más hacia el espacio personal de Zuko—. Me gusta que seas directo, pero al menos podrías invitarme a cenar primero. El aire de la isla es encantador hoy, ¿no crees?

—¡Basta de juegos! —Zuko lanzó una ráfaga de fuego, no para herir, sino para alejarlo.

Aang se movió con una gracia sobrenatural. No retrocedió; simplemente fluyó alrededor de las llamas como si estuviera bailando. En un movimiento rápido, el Avatar utilizó una corriente de aire para desequilibrar a Zuko.

El príncipe, sorprendido por la velocidad del ataque, tropezó con una piedra. Sus brazos giraron en el aire, sus botas resbalaron en el suelo arenoso y, por un segundo, pareció que iba a caer de bruces de la forma más humillante posible ante sus hombres y sus enemigos.

Pero el impacto nunca llegó.

Un brazo fuerte y firme rodeó la cintura de Zuko, sosteniéndolo con una delicadeza asombrosa. Aang lo había atrapado a escasos centímetros del suelo, pegándolo contra su pecho. El Avatar lo miraba desde arriba, con esos ojos grises brillando con una mezcla de diversión y algo mucho más profundo.

—¡Oye, ten cuidado, cariño! —susurró Aang, asegurándose de que su voz llegara a todos los presentes—. No puedo permitir que mi pequeño Sol se lastime ahora, no me lo perdonaría si lo hicieras.

Zuko estaba rígido como una estatua, con el corazón martilleando contra sus costillas. Podía sentir el calor del cuerpo de Aang y el olor a ozono y sándalo que desprendía.

—Sabes... —continuó Aang, suavizando su tono mientras ayudaba a Zuko a ponerse de pie, pero sin soltarlo del todo—, realmente lograste lanzar una piedra de fuego a mi corazón.

El tiempo pareció detenerse.

Sokka parpadeó repetidamente.

—¿Acaba de decir lo que creo que dijo? —preguntó el joven de la Tribu del Agua en un susurro.

—Es una expresión idiomática de la Nación del Fuego —respondió Katara, con los ojos como platos—. Significa... significa "me hiciste enamorarme de ti".

Zuko se quedó inmóvil. Su cerebro parecía haber sufrido un cortocircuito. Conocía la frase, por supuesto; era una de las declaraciones más antiguas y poéticas de su cultura, algo que se decía en los poemas de la corte o entre amantes que juraban devoción eterna. Escucharla salir de los labios del Avatar, en medio de una invasión, era simplemente demasiado.

—¿QUÉ? —gritó Zuko finalmente, logrando zafarse del agarre de Aang con un salto hacia atrás. Su voz se quebró ligeramente en la última nota—. ¡¿QUÉ ESTÁS DICIENDO, LOCO?!

Aang se limitó a guiñarle un ojo, apoyándose casualmente en su bastón.

—Lo que oíste, Sunshine. Tienes una puntería excelente.

—¡Esto es absurdo! ¡Es una táctica de distracción! —Zuko se giró hacia sus hombres, buscando algún tipo de apoyo moral, pero solo encontró rostros confundidos y soldados que evitaban su mirada.

—¡Príncipe Zuko! ¡Deje de hacer el ridículo!

La voz áspera y cargada de veneno de Zhao cortó el ambiente. El comandante caminaba por el muelle recién llegado en su propia embarcación, seguido por una escolta de soldados de élite. Su expresión era de puro asco y desprecio.

—¿Es este el heredero al trono? —se burló Zhao, acercándose al círculo—. ¿Dejándose seducir por el enemigo en medio del campo de batalla? Muévase, muchacho, si no tiene el estómago para capturarlo, yo lo haré.

Zuko apretó los puños, la humillación quemándole más que cualquier fuego.

—Él es mi presa, Zhao. No te metas.

—Parece que él es quien te ha cazado a ti —replicó Zhao con una sonrisa cruel. Se giró hacia sus soldados y señaló a Aang—. ¡No se queden ahí parados como idiotas! ¡Rodéenlo! ¡Fuego a discreción! ¡No me importa si el pueblo arde, quiero al Avatar encadenado!

Aang cambió su postura en un instante. La diversión desapareció de sus ojos, reemplazada por una frialdad gélida que hizo que incluso Zhao retrocediera un paso. El aire a su alrededor comenzó a vibrar, y la arena de la playa empezó a elevarse en pequeños remolinos.

—Zuko —dijo Aang, y esta vez no hubo rastro de burla en su voz—. Tu amigo es un poco rudo, ¿no crees? No me gusta cómo trata a mi rayo de sol.

—¡No soy tu...! —Zuko se interrumpió, viendo cómo los soldados de Zhao lanzaban las primeras ráfagas de fuego hacia las casas de madera de la isla—. ¡Zhao, detente! ¡Hay civiles!

—¡A un lado, príncipe! —rugió Zhao, lanzando una enorme bola de fuego directamente hacia Aang.

Aang no se movió. Con un movimiento seco de su bastón, creó un escudo de aire comprimido que disipó el fuego como si fuera humo de vela. Luego, con un giro rápido, envió una onda de choque que mandó a volar a los primeros cinco soldados de Zhao hacia el agua.

—Zuko —llamó Aang de nuevo, mientras esquivaba otro ataque con una voltereta lateral—. Deberías venir conmigo. Te trataría mucho mejor que este tipo con delirios de grandeza. Tengo un bisonte volador, es muy cómodo.

—¡Cállate y pelea en serio! —gritó Zuko, lanzando un ataque de fuego que Aang bloqueó con facilidad.

—Estoy peleando en serio —dijo Aang, apareciendo de repente detrás de Zuko y susurrándole al oído—. En serio quiero que nos vayamos de aquí. Pero primero, tengo que apagar este desastre.

Aang se elevó en el aire, usando su planeador. Desde las alturas, observó cómo los barcos de la Nación del Fuego comenzaban a lanzar proyectiles incendiarios. Su rostro se endureció. El Avatar poderoso y peligroso que el mundo temía hizo su aparición.

Con un movimiento circular de sus brazos, Aang convocó el agua de la bahía. Una columna masiva se elevó, formando una ola gigante que apagó los incendios de la orilla en un segundo, pero dejando intactas las casas. Con otro movimiento, una ráfaga de viento huracanado empujó los barcos de Zhao lejos del muelle, haciéndolos chocar entre sí.

Zuko observaba la escena con una mezcla de horror y fascinación. Nunca había visto tal despliegue de poder controlado.

Aang descendió de nuevo, aterrizando frente a un Zhao que intentaba recuperar el equilibrio. El Avatar ni siquiera lo miró; sus ojos estaban fijos en Zuko.

—Bueno, el ambiente se ha enfriado un poco —dijo Aang, recuperando su sonrisa coqueta—. ¿Qué me dices, Sunshine? ¿Vienes a arrestarme o prefieres que te dé otra lección de cultura general sobre la Nación del Fuego?

Zhao, furioso, se puso en pie.

—¡Maldito seas! ¡Arqueros, apunten!

—¡No! —Zuko se interpuso entre los arqueros y Aang, extendiendo los brazos—. ¡Retirada! El Avatar es demasiado poderoso para este destacamento. No perderé más hombres por tu orgullo, Zhao.

Zhao escupió al suelo, pero al ver que sus propios soldados dudaban ante la demostración de poder del Avatar, no tuvo más remedio que ceder.

—Esto no ha terminado, príncipe —siseó Zhao—. Informaré de su incompetencia al Señor del Fuego.

Mientras las tropas de la Nación del Fuego comenzaban a replegarse hacia los barcos dañados, Aang caminó hacia Zuko. Los soldados de Zuko se mantuvieron en guardia, pero el príncipe les hizo una señal para que bajaran las armas.

—Realmente te preocupas por tu gente —dijo Aang, deteniéndose a un par de metros—. Eso es muy atractivo en un príncipe, ¿sabes?

Zuko suspiró, sintiéndose agotado.

—Vete, Avatar. Antes de que cambie de opinión.

—Me voy, me voy —Aang comenzó a caminar hacia atrás, hacia donde Appa ya lo esperaba con Katara y Sokka—. Pero no olvides lo que te dije. La próxima vez, espero que seas tú quien me lance una piedra de fuego. Pero de las de verdad, de las que duelen en el pecho por otras razones.

—¡VETE YA! —gritó Zuko, cubriéndose la cara con las manos mientras sus orejas se ponían rojas de nuevo.

Aang saltó sobre la cabeza de Appa y, antes de despegar, lanzó un beso al aire en dirección al muelle.

—¡Adiós, mi pequeño Sol! ¡Nos vemos en mis sueños!

El bisonte volador rugió y se elevó hacia el cielo, dejando atrás una isla a salvo y a un príncipe de la Nación del Fuego que, por primera vez en su vida, no sabía si quería capturar al Avatar o esconderse en un agujero hasta que el mundo se acabara.

—Señor... —dijo uno de sus soldados tímidamente—. ¿Realmente le lanzó una piedra de fuego al corazón?

Zuko se giró hacia él con los ojos encendidos.

—¡Al barco! ¡AHORA!

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