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Bajo la sombra del escenario

Fandom: BTS

Creado: 15/8/2026

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El peso del silencio absoluto

El aire en el pasillo del tercer piso de HYBE era denso, impregnado del olor aséptico de los productos de limpieza y el zumbido eléctrico de las luces LED que nunca se apagaban. Para Jeon Jungkook, ese pasillo se sentía como una cuerda floja. Cada paso que daba hacia el estudio de Yoongi era una batalla ganada contra su propio cuerpo, que gritaba por colapsar.

Llevaba tres días doblando la dosis de bloqueadores. Eran pastillas pequeñas, de un blanco clínico, que prometían anular el instinto, secar las feromonas y mantener la mente en un estado de alerta artificial. El problema de los bloqueadores de alta potencia no era solo el sabor metálico que dejaban en la lengua, sino el vacío que creaban en el pecho. Jungkook se sentía como una máquina bien aceitada, pero el motor empezaba a echar humo.

Se detuvo frente a la puerta del Genius Lab. Sus dedos, ligeramente temblorosos, dudaron antes de presionar el código.

Sabía que Yoongi estaba allí. Siempre estaba allí cuando el mundo exterior se volvía demasiado ruidoso. Yoongi era un alfa atípico; no tenía la necesidad de marcar territorio con rugidos o posturas intimidantes. Su presencia era más parecida a la gravedad: constante, ineludible y extrañamente tranquilizadora.

Jungkook inhaló profundamente, tratando de estabilizar su pulso. Soy el Golden Maknae, se repitió como un mantra. Soy fuerte. Soy capaz. No soy una carga.

La puerta se deslizó con un susurro electrónico.

El estudio estaba en penumbra, iluminado solo por el resplandor azulado de los monitores y una lámpara de pie en la esquina que bañaba el sofá de cuero en una luz cálida y ámbar. El olor de Yoongi —sándalo, café frío y ese matiz metálico de los equipos electrónicos— lo golpeó de inmediato. Era un olor limpio, desprovisto de la agresividad que otros alfas solían proyectar.

Yoongi ni siquiera giró su silla. Sus dedos se movían con agilidad sobre el teclado, ajustando frecuencias en un track que Jungkook reconoció como una de las maquetas para el próximo álbum.

—Llegas tarde, Jungkook —dijo Yoongi. Su voz era un gruñido bajo, pero no había rastro de molestia en ella. Solo una observación pragmática.

—Lo siento, hyung —respondió Jungkook, esforzándose porque su voz no sonara quebrada—. Me quedé en la sala de prácticas repasando la coreografía de la unidad.

Yoongi finalmente giró la silla. Sus ojos pequeños y agudos recorrieron la figura del menor con una lentitud que hizo que a Jungkook se le erizara la piel. No era una mirada lasciva, era una inspección técnica. Yoongi siempre veía más de lo que Jungkook quería mostrar.

—La práctica terminó hace tres horas —señaló Yoongi, apoyando los codos en las rodillas—. Tienes las pupilas dilatadas y hueles a farmacia, Jeon.

Jungkook se tensó, cerrando los puños a los costados.

—Son solo vitaminas. Y el cansancio. La empresa quiere que estemos en forma para el tour.

Yoongi soltó un suspiro corto y seco, levantándose de su asiento. A pesar de ser más bajo que Jungkook, su aura llenaba la habitación de una manera que hacía que las paredes parecieran cerrarse sobre el omega oculto.

—Acércate —ordenó Yoongi.

—Hyung, estoy bien, de verdad. Solo quería grabar las guías y...

—He dicho que te acerques.

Jungkook obedeció, sus pies arrastrándose sobre la alfombra. Se detuvo a un metro de distancia, manteniendo la cabeza baja. Odiaba esa sumisión instintiva que florecía en su pecho, ese deseo de exponer el cuello y pedir perdón por existir. Luchó contra ello, endureciendo la mandíbula.

Yoongi no esperó. Dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Jungkook, y antes de que el menor pudiera retroceder, la mano del alfa se cerró con firmeza sobre su nuca.

No fue un agarre violento, pero sí absoluto. Los dedos de Yoongi buscaron el punto exacto donde la glándula de aroma debería estar liberando señales, pero solo encontraron la piel fría y tensa, saturada de químicos.

—Estás ardiendo —susurró Yoongi, su rostro a escasos centímetros del de Jungkook—. ¿Cuántas pastillas te has tomado hoy?

—Las necesarias —respondió Jungkook, intentando zafarse, pero el agarre en su nuca se intensificó ligeramente, no para hacerle daño, sino para anclarlo—. Suéltame, hyung. No es asunto tuyo.

—Cuando empiezas a temblar mientras intentas cantar mis canciones, se convierte en mi asunto —dijo Yoongi con una calma gélida—. Estás forzando tu ciclo, Jungkook. Tu cuerpo no es una máquina que puedas apagar y encender a tu antojo. Si sigues así, te vas a causar un daño permanente.

—¡Es lo que se espera de mí! —estalló Jungkook, su voz rompiéndose finalmente—. La empresa no quiere un omega que necesite una semana libre cada mes porque no puede dejar de llorar o porque necesita que alguien lo abrace. Quieren al Golden Maknae. Quieren a alguien que pueda bailar dieciséis horas al día sin quejarse.

Yoongi lo soltó, pero no retrocedió. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de frustración y algo mucho más profundo, algo que Jungkook no quería identificar como compasión.

—La empresa no está en esta habitación —dijo Yoongi—. Aquí solo estamos nosotros. Y yo no necesito al Golden Maknae. Necesito que mi compañero de grupo no se muera de un paro cardíaco por abuso de supresores en mi estudio.

—No voy a morir —masculló Jungkook, aunque el mareo comenzaba a nublarle la vista. El calor en su vientre, ese fuego sordo que había estado tratando de sofocar con pastillas, comenzó a subir por su columna vertebral.

El efecto de los bloqueadores estaba cayendo en picado. El esfuerzo físico del entrenamiento y la cercanía de un alfa tan estable como Yoongi estaban rompiendo las barreras químicas.

Jungkook se tambaleó. Sus rodillas cedieron y, antes de tocar el suelo, los brazos de Yoongi lo rodearon, sosteniéndolo con una fuerza sorprendente.

—Maldita sea, Jungkook —gruñó Yoongi, ayudándolo a sentarse en el sofá de cuero—. Respira. Solo respira.

—No... no puedo —jadeó Jungkook. El olor de Yoongi, que antes era una nota sutil, ahora era un vendaval que lo envolvía. Su instinto omega, reprimido durante semanas, emergió con la violencia de una inundación.

El primer sollozo escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Fue un sonido lastimero, pequeño, un sonido que Jungkook odiaba con toda su alma. Se cubrió la cara con las manos, avergonzado, mientras su cuerpo comenzaba a temblar violentamente.

—Es un fallo —susurró Jungkook entre dientes, las lágrimas empapando sus palmas—. Soy un fallo, hyung. Debería haber nacido beta. Debería ser como tú.

Yoongi se sentó a su lado en el sofá. No lo abrazó de inmediato; conocía a Jungkook lo suficiente como para saber que el contacto físico no solicitado podía sentirse como una agresión cuando sus nervios estaban a flor de piel. En su lugar, simplemente liberó su aroma.

Normalmente, Yoongi mantenía su rastro hormonal bajo control estricto, casi inexistente. Pero ahora, dejó que el sándalo y el calor inundaran el pequeño estudio, creando una burbuja de seguridad que bloqueaba el resto del edificio, el resto del mundo.

—No hay nada de malo en lo que eres —dijo Yoongi, su voz suave pero firme como el acero—. Lo que es un fallo es el sistema que te hace creer que tienes que pedir perdón por tu biología.

—Tú no lo entiendes —dijo Jungkook, bajando las manos. Sus ojos estaban rojos y su piel, antes pálida, estaba encendida por la fiebre del ciclo inminente—. Tú eres un alfa. Todo el mundo te respeta. Nadie espera que seas delicado.

Yoongi soltó una risa amarga.

—¿Crees que ser alfa es solo poder y respeto? Es una carga diferente, Jungkook. Es tener que controlar cada impulso para no asustar a la gente que quieres. Es sentir que eres una amenaza potencial incluso cuando solo quieres proteger. —Se inclinó hacia adelante, obligando a Jungkook a mirarlo—. Pero yo no me escondo detrás de pastillas que me destruyen el hígado. Acepto lo que soy y manejo el resto. Tú estás tratando de borrarte a ti mismo.

Jungkook sollozó de nuevo, esta vez dejándose caer hacia el lado, apoyando la cabeza en el hombro de Yoongi. El alfa no se tensó. Al contrario, pasó un brazo por los hombros del menor, atrayéndolo hacia su costado.

—Tengo miedo —confesó Jungkook en un susurro casi inaudible—. Si dejo que esto pase... si dejo de tomar los bloqueadores... ¿quién voy a ser?

—Vas a ser tú —respondió Yoongi—. Solo que sin el dolor constante.

El silencio volvió a reinar en el Genius Lab, pero ya no era un silencio tenso. Era un espacio compartido. Jungkook se acurrucó contra el pecho de Yoongi, buscando el calor que su propio cuerpo no podía regular. El aroma del alfa era como un bálsamo que calmaba el incendio en su sangre.

—Quédate aquí esta noche —dijo Yoongi después de un rato—. Cerraré la puerta con llave. Nadie entrará. Ni el staff, ni los otros miembros.

—¿Y tú? —preguntó Jungkook, levantando la vista. Sus ojos todavía estaban nublados, pero la urgencia del pánico había disminuido.

Yoongi lo miró, y por un segundo, la máscara de pragmatismo se deslizó, revelando la intensidad del instinto protector que guardaba bajo llave. Era una devoción silenciosa, una que no necesitaba palabras ni grandes gestos, pero que era tan sólida como una montaña.

—Yo me quedaré aquí para asegurarme de que nadie te moleste —dijo Yoongi, su mano acariciando suavemente el cabello sudado de Jungkook—. No voy a dejar que te rompas, Jungkook. No mientras yo esté cerca.

—Hyung... hueles bien —murmuró Jungkook, su mente finalmente rindiéndose al agotamiento y a la seguridad del nido improvisado.

—Duerme, mocoso —respondió Yoongi, aunque su tono carecía de cualquier aspereza—. Mañana hablaremos de cómo vamos a manejar esto con la empresa. Pero por hoy, solo sé un omega. No va a pasar nada malo.

Jungkook cerró los ojos, dejando que el peso del silencio lo envolviera. Por primera vez en años, no sintió que el silencio fuera una amenaza, sino un refugio. Sabía que afuera, el mundo del K-Pop seguiría exigiendo perfección, pero en la penumbra azulada del estudio de Yoongi, por fin podía permitirse ser simplemente Jeon Jungkook, vulnerable y real, bajo la vigilancia constante de su alfa más silencioso y leal.

Yoongi se quedó inmóvil, escuchando cómo la respiración del menor se volvía pesada y rítmica. Sus propios instintos alfa rugían de satisfacción al tener al omega bajo su cuidado, pero Yoongi los mantuvo a raya con su disciplina habitual. No era el momento de reclamar, ni de dominar. Era el momento de sostener.

Observó los monitores, que seguían mostrando las ondas de sonido de una canción que hablaba de libertad. Irónico, pensó. Pero mientras Jungkook dormía contra su pecho, Yoongi se hizo una promesa silenciosa: no permitiría que el "Golden Maknae" se consumiera hasta quedar en cenizas. Si el mundo quería fuego, él sería el escudo. Si el mundo quería perfección, él protegería las grietas.

Porque en esas grietas, en esa vulnerabilidad que Jungkook tanto odiaba, era donde residía la verdadera música que valía la pena escuchar.

—Descansa, Jungkook-ah —susurró Yoongi al aire vacío—. Yo me encargo del resto.

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