
Pobre
Fandom: Bl thai
Creado: 15/8/2026
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Huesos bajo la seda
El pasillo de la Facultad de Artes de la Universidad de Bangkok siempre olía a una mezcla de café caro, perfumes de diseñador y el aroma dulzón del jazmín que rodeaba el campus. Para la mayoría, era el aroma del éxito y el futuro. Para Arthit, era el olor del miedo.
Caminaba con la cabeza gacha, sintiendo el peso de su sudadera tres tallas más grande. Era una prenda vieja, de un gris deslavado, que le servía de armadura. Bajo esa tela gruesa, sus costillas se marcaban como teclas de un piano roto y sus clavículas sobresalían de forma alarmante. Pero nadie lo sabía. Si usaba ropa ajustada, el mundo vería que no era más que un espectro que apenas se mantenía en pie.
—¡Miren quién decidió aparecer! El ratón de biblioteca ha salido de su agujero.
La voz de Pakorn cortó el aire como un látigo. Arthit se tensó, apretando los tirantes de su mochila desgastada. Pakorn era todo lo que Arthit no era: rico, heredero de una cadena hotelera, ridículamente guapo y rodeado de una corte de seguidores que reían cada una de sus crueldades. Y, sobre todo, Pakorn despreciaba a los que eran como Arthit.
—Por favor, Pakorn, solo quiero ir a clase —susurró Arthit, sin levantar la vista del suelo.
Pakorn dio un paso al frente, bloqueándole el camino. Su ropa era de marca, impecable, y su piel brillaba con la salud de alguien que nunca había saltado una comida en su vida. Agarró a Arthit por el hombro y lo empujó contra los casilleros. El sonido del metal chocando con la espalda del chico resonó en el pasillo.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Pakorn con una sonrisa maliciosa, señalando la pequeña bolsa de papel que Arthit sostenía contra su pecho como si fuera un tesoro.
—Nada... no es nada.
—Si no es nada, no te importará dármela.
Pakorn le arrebató la bolsa con un movimiento brusco. Al abrirla, soltó una carcajada seca. Dentro solo había un panecillo de leche, de los más baratos de la tienda de conveniencia, y una manzana pequeña y algo golpeada. Era todo lo que Arthit iba a comer en todo el día, después de haber pasado veinticuatro horas en ayunas porque el dinero del alquiler se había tragado su presupuesto mensual.
—¿Esto es lo que comes? Qué asco, parece comida para perros —dijo Pakorn, tirando el panecillo al suelo y aplastándolo con la suela de sus zapatos deportivos de edición limitada—. Los tipos como tú, desviados y pobres, no deberían ensuciar esta universidad con su presencia.
Arthit miró el pan aplastado. Sintió un vacío en el estómago que no era solo hambre, sino una desesperación sorda que amenazaba con romperlo.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó Arthit en un hilo de voz, finalmente levantando los ojos. Sus ojos eran grandes, hundidos y rodeados de sombras oscuras.
Pakorn se quedó congelado un segundo. Por un instante, ver la fragilidad de Arthit le provocó una punzada extraña en el pecho, pero la sofocó rápidamente con odio.
—Porque me das asco. Porque gente como tú arruina el orden de las cosas.
Pakorn le propinó un empujón fuerte que envió a Arthit al suelo. Sus rodillas golpearon el pavimento y el dolor irradió por sus piernas delgadas. Los amigos de Pakorn rieron mientras se alejaban, dejando a Arthit solo en el pasillo, recogiendo los restos de su única comida del día.
Las semanas pasaron y la rutina de crueldad no cesó. Pakorn parecía haber hecho de la humillación de Arthit su pasatiempo favorito. Le robaba el dinero, le tiraba los libros a la fuente del campus y, en ocasiones, lo arrastraba a los baños para golpearlo donde la ropa pudiera ocultar los moratones.
Arthit no se defendía. No tenía fuerzas. Vivía solo en un apartamento que apenas era más que una caja de zapatos, trabajando en turnos nocturnos limpiando oficinas para poder pagar la matrícula. A veces, el hambre era tan intensa que le provocaba mareos en medio de las clases, pero se aferraba a su pupitre, ocultando su rostro pálido tras su flequillo largo.
Una tarde lluviosa, Pakorn encontró a Arthit en la parte trasera de la biblioteca. El chico estaba sentado en un rincón oscuro, tratando de estudiar bajo la luz tenue.
—Vaya, el marica está estudiando —se burló Pakorn, acercándose con paso firme—. ¿Crees que por sacar buenas notas alguien te va a querer?
Arthit no respondió. Estaba demasiado débil. Ese día no había probado bocado y el mundo empezaba a dar vueltas.
—¡Te estoy hablando! —gritó Pakorn, agarrando a Arthit por el cuello de su sudadera gigante y levantándolo.
Fue entonces cuando Pakorn lo notó. Al tirar de la tela, esta se ciñó al cuerpo de Arthit. No había nada debajo. Pakorn sintió los huesos del hombro, tan afilados que parecían querer perforar la piel. La sudadera, que siempre le había parecido un estilo descuidado, era en realidad un escondite.
—¿Qué demonios...? —murmuró Pakorn, su ceño frunciéndose—. Estás... estás en los huesos.
—Déjame en paz, Pakorn —dijo Arthit, su voz apenas un suspiro.
—¿Por qué estás tan delgado? ¿Es por alguna de tus enfermedades de...? —Pakorn no terminó la frase. La palidez de Arthit no era la de un enfermo, era la de alguien que se estaba desvaneciendo.
—No tengo nada. Solo vete. Pégame si quieres, pero termina rápido. Tengo que trabajar.
Pakorn sintió una oleada de náuseas, pero no por odio, sino por una culpa repentina que lo golpeó como un tren. Soltó a Arthit, quien se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —preguntó Pakorn, su voz perdiendo toda la agresividad.
—No importa.
—¡Te he hecho una pregunta!
—¡Hace dos días! —estalló Arthit, las lágrimas finalmente desbordándose—. ¡Hace dos días, porque el pan que tiraste era lo último que tenía! ¿Estás feliz ahora? ¿Es esto lo que querías? ¿Vernos morir de hambre porque no somos como tú?
El silencio que siguió fue sepulcral. Pakorn miró sus manos, las mismas manos que habían empujado y golpeado a ese chico que ahora parecía una hoja seca a punto de ser arrastrada por el viento. Por primera vez en su vida, el poder que sentía al humillar a otros se transformó en una vergüenza corrosiva.
Sin decir una palabra, Pakorn se dio la vuelta y se marchó. Arthit se dejó caer al suelo, sollozando en silencio, convencido de que al día siguiente sería peor.
Sin embargo, al día siguiente, las cosas cambiaron.
Arthit llegó a su pupitre y encontró una bolsa térmica de una cadena de restaurantes de lujo. Dentro había arroz con pollo, sopa caliente y fruta fresca. No había nota, pero el aroma era tan tentador que Arthit no pudo evitar comerlo, temblando mientras el primer bocado de comida real en días llegaba a su estómago.
Pakorn lo observaba desde la entrada del salón, oculto tras la puerta. Ver a Arthit comer con esa desesperación silenciosa le rompió algo por dentro. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo había sido tan ciego y tan cruel?
Durante la siguiente semana, la comida apareció todos los días. Y los ataques cesaron. Los amigos de Pakorn estaban confundidos, pero Pakorn les ordenó, con una frialdad que no admitía réplicas, que nadie tocara a Arthit.
Una tarde, Arthit salía del trabajo a las dos de la mañana. La lluvia caía con fuerza sobre Bangkok. Mientras caminaba hacia la parada del autobús, un coche de lujo se detuvo a su lado. La ventanilla bajó, revelando el rostro serio de Pakorn.
—Sube —ordenó.
—Puedo ir en autobús —respondió Arthit, abrazándose a sí mismo para combatir el frío.
—He dicho que subas, Arthit. No te lo voy a pedir tres veces.
Arthit, sin energía para pelear, subió al coche. El interior olía a cuero y a ese perfume caro que antes le causaba terror. Pakorn no arrancó el coche de inmediato. Se quedó mirando el volante, sus nudillos blancos por la presión.
—¿Por qué no me dijiste que no tenías nada? —preguntó Pakorn en voz baja.
—¿Para qué? Para que te burlaras más. Para que tuvieras otra razón para llamarme basura.
—Lo siento.
La palabra quedó suspendida en el aire, pesada y ajena a los labios de Pakorn. Arthit lo miró, sorprendido.
—No espero que me perdones —continuó Pakorn, girándose para mirarlo. A la luz de las farolas, los ojos de Pakorn no mostraban odio, sino una desesperada necesidad de redención—. He sido un monstruo. Odiaba lo que sentía cuando te veía, así que decidí odiarte a ti.
—¿Qué sentías? —susurró Arthit.
Pakorn se acercó lentamente. Arthit se encogió por instinto, esperando un golpe, pero lo que recibió fue el toque más suave que jamás había sentido. Pakorn puso una mano en su mejilla, recorriendo con el pulgar la piel pálida y fría.
—Sentía que no podía dejar de mirarte. Y me aterraba que alguien como tú, alguien que no tiene nada, pudiera hacerme sentir que yo, teniéndolo todo, no soy nada.
Pakorn se acercó más, rompiendo el espacio personal que Arthit siempre había intentado proteger.
—Déjame cuidarte —pidió Pakorn contra sus labios—. No más hambre, no más sudaderas para esconderte. Déjame ver quién eres realmente.
Arthit cerró los ojos. El calor del cuerpo de Pakorn era embriagador. Sabía que el camino hacia el perdón sería largo, que las heridas en su cuerpo y en su alma no sanarían de la noche a la mañana. Pero por primera vez en años, el hambre en su estómago fue reemplazada por una chispa de esperanza.
—¿Por qué ahora? —preguntó Arthit.
—Porque me di cuenta de que si te desvaneces, yo también me perderé —respondió Pakorn, antes de unir sus labios en un beso suave, un pacto silencioso de que, a partir de ese momento, los huesos de Arthit nunca más volverían a estar solos bajo la seda de sus miedos.
