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Celoso, Hibon?

Fandom: Blue Lock

Creado: 16/8/2026

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RomanceDramaAngustiaPsicológicoEstudio de PersonajeCelosAmbientación CanonDolor/Consuelo
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Química Extraordinaria

El aire en las instalaciones de Blue Lock siempre estaba cargado de una electricidad palpable, una mezcla de testosterona, ambición y el olor metálico del esfuerzo. Yo Hiori, sin embargo, se había acostumbrado a navegar por ese torbellino con una calma casi zen. Su mente, un procesador analítico afinado, se dedicaba a una única tarea: desglosar el fútbol hasta su esencia más pura para convertir a Yoichi Isagi en el delantero número uno del mundo. Era una simbiosis perfecta, una ecuación lógica en la que él era la variable que garantizaba el resultado deseado. Su concentración era un escudo, su perspicacia, su arma.

Pero últimamente, su escudo presentaba grietas.

El problema no estaba en el campo, ni en las complejas ecuaciones de pases y movimientos que resolvía junto a Isagi. El problema tenía nombre y apellido: Tabito Karasu. Y, más concretamente, Tabito Karasu en proximidad a Eita Otoya.

Hiori se encontraba en el comedor, con una bandeja de comida nutricionalmente balanceada frente a él, apenas tocada. Sus ojos cian, usualmente fijos en una pantalla analizando datos o en Isagi discutiendo una nueva táctica, se desviaban solos, como atraídos por un imán ineludible. Al otro lado de la sala, en una mesa abarrotada por otros jugadores, estaba la fuente de su desconcierto. Karasu, con su postura lánguida y esa perpetua expresión de superioridad, estaba inclinado hacia Otoya, el autoproclamado ninja del equipo, escuchando alguna anécdota que, a juzgar por los gestos exagerados del de mechones verdes, probablemente involucraba a alguna de sus recientes conquistas.

Lo que molestaba a Hiori no era la conversación en sí. Otoya era un mujeriego parlanchín, pero inofensivo y un compañero de equipo eficaz. Lo que le retorcía algo por dentro, una sensación ácida y desconocida en la boca del estómago, era la reacción de Karasu. Una sonrisa torcida, genuina y divertida, se dibujaba en los labios del cuervo. Era una visión rara. Karasu no sonreía a menudo; solía ofrecer sonrisas condescendientes o muecas de desdén. Esa, sin embargo, era diferente. Era relajada.

Una punzada. Justo en el centro de su pecho.

Hiori frunció el ceño ligeramente, apartando la vista y forzándose a pinchar un trozo de brócoli con el tenedor. Era ilógico. Absurdo. Él y Karasu habían forjado una conexión peculiar durante la selección, un entendimiento mutuo que iba más allá de las palabras. Karasu era de las pocas personas que parecía ver a través de su fachada educada, que entendía su apatía fundamental hacia el fútbol impuesto por sus padres. Habían compartido silencios cómodos y conversaciones afiladas donde Karasu, con su lengua viperina, desmenuzaba la psicología de sus oponentes y Hiori aportaba su fría lógica. Era una interacción… genuina.

¿Y ahora? Ahora, esa genuinidad parecía compartida, quizás incluso superada, por la dinámica despreocupada entre Karasu y Otoya. Entrenaban juntos, bromeaban, compartían estrategias con una facilidad que a Hiori le resultaba irritante. No tenía derecho a sentirse así. No eran nada, no oficialmente. Su relación era un constructo no definido, una serie de momentos robados y miradas cargadas de significado que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar.

Además, él mismo era un hipócrita. Su vida en la Liga Neo Egoísta giraba en torno a Isagi. Pasaba cada segundo de vigilia con él, en el campo, en la sala de análisis, en el comedor. Su universo se había reducido a la órbita de Isagi, todo por el bien de su objetivo común. ¿Cómo podía, entonces, sentir esa posesividad irracional por el tiempo y la atención de Karasu?

«Es ineficiente», se dijo a sí mismo, tratando de aplicar la misma lógica que usaba en el campo a su propio corazón turbulento. «Esta emoción es un gasto de energía innecesario. No contribuye al objetivo principal. Debe ser eliminada».

Pero las emociones no eran un algoritmo. No podían ser simplemente borradas. La punzada seguía ahí, un recordatorio persistente de su propia e inesperada vulnerabilidad.

Los días siguientes fueron una tortura sutil. Hiori se sumergió aún más en su trabajo con Isagi, llenando cada minuto con análisis de vídeo, discusiones tácticas y entrenamientos extenuantes. Funcionaba, en su mayor parte. Cuando estaba en el campo, con el balón en los pies y la mente de Isagi conectada a la suya, el mundo exterior se desvanecía. Solo existía el verde del césped, la trayectoria del balón y la meta.

Pero en los momentos de calma, la imagen volvía. Karasu riendo de un chiste de Otoya. Karasu chocando el puño con Otoya tras una jugada exitosa. Karasu y Otoya saliendo juntos del campo de entrenamiento, sus voces perdiéndose en el pasillo. Cada escena era un pequeño corte de papel, insignificante por sí solo, pero que en conjunto lograban desangrar su compostura.

Una tarde, mientras repasaba con Isagi una secuencia del último partido contra Ubers, su concentración se rompió.

—…y si en ese momento, en lugar de pasar a Yukimiya, hubieras hecho un amago y te hubieras abierto a la derecha, yo habría tenido un ángulo de pase directo a tu punto ciego —explicaba Hiori, trazando líneas en la tableta con un dedo.

—Entiendo. Sí, lo veo. Mi visión periférica no lo captó en ese instante —respondió Isagi, asintiendo con seriedad, sus ojos fijos en la pantalla.

Pero los ojos de Hiori no lo estaban. Se habían desviado hacia el otro lado de la sala común, donde Karasu estaba recostado en un sofá, con los ojos cerrados y auriculares puestos. A su lado, Otoya estaba jugando a un videojuego en una consola portátil, soltando exclamaciones ocasionales. En un momento dado, Otoya, frustrado, apoyó la cabeza en el hombro de Karasu con un quejido. Karasu no abrió los ojos, pero una de sus manos subió y despeinó el cabello de Otoya con un gesto casi perezoso, casi… afectuoso.

La tableta en la mano de Hiori se sintió de repente pesada. Su mandíbula se tensó.

—¿Hiori? —La voz de Isagi lo sacó de su trance—. ¿Estás bien? Te has quedado callado.

Hiori parpadeó, volviendo a la realidad. Forzó una sonrisa tranquila.

—Lo siento, Isagi-kun. Estaba recalculando las probabilidades. Tienes razón, fue un error de posicionamiento mío también. Debería haber anticipado tu movimiento instintivo.

Mintió. No estaba calculando nada. Estaba sintiendo. Y odiaba esa sensación.


Tabito Karasu no era ciego. De hecho, su principal talento, más allá de su control del balón y su dominio del mediocampo, era su capacidad para ver. Veía las debilidades en las formaciones enemigas, las dudas en los ojos de sus compañeros, y las complejas reacciones químicas que se producían entre las personas. Era un observador nato, un titiritero que disfrutaba moviendo los hilos para ver qué pasaba.

Y Yo Hiori era su experimento favorito.

Sabía todo lo que había que saber sobre el chico de cabello cian. Sabía de sus padres obsesionados con el éxito, de su apatía forzada hacia el deporte que se le daba tan bien, de su mente brillante que prefería la lógica de los videojuegos a la imprevisibilidad de la vida real. Hiori era un rompecabezas fascinante, un ser de una calma exquisita que ocultaba un universo de pensamientos no expresados.

Y Karasu adoraba encontrar las grietas en esa calma.

Había notado el cambio en Hiori desde que la Liga Neo Egoísta había intensificado su ritmo. Al principio, lo atribuyó a la presión. La simbiosis de Hiori con Isagi era intensa, casi total. Era admirable, en un sentido puramente futbolístico. Hiori se estaba convirtiendo en el mediocampista perfecto, un cerebro auxiliar para el ego creciente de Isagi. Pero Karasu también notó la distancia que eso creaba entre ellos. Sus conversaciones se volvieron más cortas, sus momentos juntos, más escasos.

Así que empezó a pasar más tiempo con Otoya.

No era por despecho, no del todo. Otoya era genuinamente entretenido. Su energía de cachorro hiperactivo y sus historias ridículas eran un buen contrapunto a la intensidad constante de Blue Lock. Era un excelente compañero, rápido, sigiloso y con una comprensión instintiva del juego de Karasu. Su química en el campo era innegable.

Pero la verdadera recompensa no estaba en el campo. Estaba fuera de él. Estaba en las miradas furtivas que Hiori les lanzaba desde el otro lado de la habitación. Miradas afiladas, cargadas de una emoción que Hiori rara vez mostraba: un enfado puro y sin adulterar. La forma en que sus suaves rasgos se endurecían por una fracción de segundo, la manera en que su mandíbula se apretaba sutilmente. Era delicioso.

Ver a Hiori, el chico que se enorgullecía de su desapego, consumido por algo tan vulgar y humano como los celos era el entretenimiento más grande que Karasu había tenido en meses. Disfrutaba provocando esa reacción, añadiendo un poco más de leña al fuego con un gesto casual hacia Otoya, una risa compartida, una cercanía calculada. Era un juego peligroso, lo sabía. Pero Karasu vivía para el riesgo.

Esa tarde, después de la escena en la sala común, Karasu supo que el punto de ebullición estaba cerca. Vio a Hiori levantarse bruscamente, murmurar una excusa a Isagi y salir de la habitación con una rigidez inusual en sus hombros. La presa había mordido el anzuelo. Era hora de tirar del sedal.

Dejó que pasaran unos veinte minutos, dándole a Hiori tiempo para rumiar su enfado en soledad. Luego, se despidió de Otoya con un gesto vago y se dirigió hacia los pasillos que llevaban a las habitaciones. No tuvo que buscar mucho. Encontró a Hiori en uno de los corredores menos transitados, apoyado contra la pared, mirando por una de las altas ventanas hacia el campo de entrenamiento vacío. Su silueta se recortaba contra la luz del atardecer, dándole un aire etéreo y melancólico.

Karasu se acercó en silencio, sus pasos apenas audibles. Se detuvo a un par de metros de él, apoyándose en la pared opuesta con los brazos cruzados.

—Analizando la aerodinámica del césped, ¿o simplemente disfrutando de tu propia miseria? —dijo, su voz cortando el silencio.

Hiori se sobresaltó, aunque apenas lo demostró. Se giró lentamente, su rostro una máscara de educada neutralidad.

—Karasu-kun. No te oí llegar.

—Ese es el punto de ser sigiloso —replicó Karasu, una sonrisa perezosa jugando en sus labios—. Aunque no se necesita ser un ninja para notar la nube negra que te sigue a todas partes últimamente.

Hiori arqueó una ceja, perfectamente perfilada.

—No sé a qué te refieres. Mi condición es óptima. Mis análisis son precisos.

—Ah, sí. Tus análisis. Siempre tan lógicos, tan fríos —Karasu dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos—. Pero la lógica no explica esa mirada que le echaste a Otoya antes. Si las miradas mataran, ese idiota sería un montón de cenizas en este momento.

El color subió levemente a las mejillas de Hiori, una reacción que Karasu registró con satisfacción.

—Estás imaginando cosas. Otoya-kun es un compañero de equipo. Su rendimiento es relevante para nuestra estrategia colectiva.

—Claro. Su «rendimiento» —Karasu se rió, un sonido bajo y gutural—. El único rendimiento que te interesa es lo bien que «rinde» para mantenerme entretenido, ¿no es así?

El control de Hiori finalmente comenzó a flaquear. Su mirada cian se endureció, perdiendo su habitual suavidad.

—No es de mi incumbencia con quién pasas tu tiempo.

—¿No? Entonces, ¿por qué parece que te carcome por dentro? —Karasu dio otro paso, invadiendo por completo el espacio personal de Hiori. Ahora estaban tan cerca que podía ver el reflejo de su propia figura en los dilatados ojos del otro—. Vamos, dilo.

El silencio se extendió entre ellos, denso y cargado. Hiori luchaba una batalla interna visible. Su boca se abrió y se cerró un par de veces, como si las palabras se negaran a formarse. Karasu esperó, paciente. Sabía que había ganado.

Y entonces, Hiori habló, su voz baja y tensa, despojada de toda su cortesía habitual.

—¿Por qué con él?

Karasu casi sonrió. Casi.

—¿Con quién? ¿Con el ninja?

—No lo llames así —espetó Hiori, y el veneno en su tono fue una sorpresa incluso para él mismo—. Pasas todo el tiempo con él. Bromeas con él. Te ríes con él. Pareces… disfrutar de su compañía más que la de nadie.

La confesión quedó flotando en el aire, cruda y vulnerable. Hiori parecía horrorizado consigo mismo por haberla pronunciado. Desvió la mirada, fijándola en un punto indefinido del pasillo.

Karasu se tomó un momento para saborear su victoria. La había conseguido. Había hecho que el impasible Yo Hiori admitiera sus sentimientos, aunque fuera de forma indirecta. Era glorioso. Pero ahora venía la parte delicada.

Se inclinó, su voz un susurro cerca del oído de Hiori.

—Celoso, ¿hibon?

Esa palabra. Hibon. Chico extraordinario. El apodo que Karasu le había dado, una mezcla de burla y, Hiori sospechaba, algo más. Escucharlo en ese momento, en ese tono íntimo, fue como echar gasolina al fuego.

La cabeza de Hiori se giró bruscamente, sus ojos encontrando los de Karasu con una furia helada.

—¡No estoy celoso! —siseó—. ¡Es solo… es ilógico! ¡Es una distracción! ¡Tú y él… no tiene sentido!

Y entonces, Karasu se echó a reír. No una risa burlona, sino una carcajada genuina, profunda, que resonó en el pasillo vacío. Se llevó una mano al estómago, inclinado hacia adelante por la fuerza de su propia hilaridad.

La risa fue como una bofetada para Hiori. La ira en su rostro fue reemplazada por una confusión herida.

—¿Qué es tan gracioso?

Karasu tardó un momento en recuperar el aliento, secándose una lágrima imaginaria del rabillo del ojo.

—Tú —dijo, finalmente—. Eres increíblemente gracioso, hibon.

—No entiendo.

—¿No? —Karasu se enderezó, su expresión todavía divertida, pero con un nuevo matiz de seriedad—. ¿Me estás reclamando a mí por pasar tiempo con Otoya? ¿Tú? ¿El tipo que se ha fusionado con Isagi a nivel celular?

Hiori se quedó sin palabras. La acusación dio en el blanco con una precisión quirúrgica.

—Ustedes dos son inseparables —continuó Karasu, su tono volviéndose más afilado, más como el de siempre—. Desayunan juntos, entrenan juntos, analizan partidos hasta la madrugada juntos. A veces me pregunto si comparten el mismo cerebro. ¿Debería ponerme celoso yo, Hiori? ¿Debería sentir esta… «punzada» en el pecho cada vez que te veo construir tu pequeño mundo perfecto alrededor de Isagi?

La hipocresía de su propia posición golpeó a Hiori con la fuerza de un balonazo en la cara. Tenía razón. Karasu tenía toda la razón. Él había creado la distancia, él se había sumergido en su proyecto con Isagi, dejando a Karasu a la deriva. Todo su enfado, toda su frustración, se desinfló de golpe, dejando solo un vacío avergonzado.

Bajó la cabeza, su flequillo cian ocultando sus ojos.

—Yo… no lo había visto de esa manera.

—Por supuesto que no —dijo Karasu, su voz ahora más suave—. Estás demasiado ocupado siendo el cerebro para pensar en algo más.

El silencio volvió a caer, pero esta vez era diferente. Menos tenso, más reflexivo. Hiori se sintió expuesto, desarmado. Había perdido el juego.

Pero entonces, Karasu se movió. Su mano se deslizó bajo la barbilla de Hiori, firme pero gentil, y levantó su rostro hasta que sus miradas se encontraron de nuevo. La sonrisa de Karasu había desaparecido, reemplazada por una intensidad que hizo que el corazón de Hiori diera un vuelco.

—Eres un idiota, hibon —murmuró Karasu.

Y lo besó.

No fue un beso suave ni tentativo. Fue un beso firme, posesivo, una declaración. Los labios de Karasu eran exigentes, reclamando una respuesta que Hiori, aturdido, tardó un segundo en dar. Pero cuando lo hizo, cuando sus propios labios se entreabrieron y respondieron a la presión, una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo. El beso sabía a victoria, a desafío y a algo más profundo, algo que sabía a hogar.

Duró solo unos segundos, pero pareció una eternidad. Cuando Karasu se apartó, sus frentes casi se tocaban. Los ojos de Hiori estaban muy abiertos, su mente analítica completamente en cortocircuito.

—¿Por qué…? —susurró, su voz apenas un hilo.

—Porque eres un idiota —repitió Karasu, su pulgar acariciando la línea de la mandíbula de Hiori—. Y necesito deletrearte las cosas.

Lo miró fijamente, sus ojos oscuros y profundos como un pozo.

—Otoya es un peón útil y un bufón entretenido. Es rápido, es listo y sus historias sobre mujeres son tan patéticas que resultan graciosas. Es un buen compañero de equipo. Nada más.

Hizo una pausa, su mirada intensificándose.

—¿Realmente crees que mi tipo es un ninja mujeriego que no puede mantener una conversación seria durante más de treinta segundos? ¿Tú, que puedes desglosar la psicología de un equipo entero con solo mirar un partido de diez minutos? ¿Tú, que tienes la mente más jodidamente brillante que he conocido?

Cada palabra era un bálsamo para la herida que Hiori ni siquiera sabía que tenía. La punzada en su pecho no solo desapareció, sino que fue reemplazada por una calidez que se extendió desde su centro hasta la punta de sus dedos.

—Yo… —comenzó Hiori, pero no sabía qué decir. Su procesador interno estaba sobrecargado.

—No me interesa la química simple y predecible —continuó Karasu, su voz baja y resonante—. Me interesa la química compleja. La que no se puede explicar con una fórmula fácil. La que requiere análisis, la que es un desafío.

Se inclinó de nuevo, su aliento cálido contra los labios de Hiori.

—Me interesas tú, hibon. Solo tú.

Hiori sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Todo el torbellino de celos, frustración y confusión se asentó en una única y abrumadora verdad: Karasu lo había elegido. A pesar de su distancia, a pesar de su obsesión con Isagi, a pesar de su propia torpeza emocional.

—Tu simbiosis con Isagi es por el fútbol —dijo Karasu, como si leyera sus pensamientos—. Es lógica. Es una herramienta para ganar. Lo entiendo. Pero esto —su pulgar presionó un poco más fuerte contra la piel de Hiori—, esto no tiene nada que ver con el fútbol.

Hiori cerró los ojos, asimilando la avalancha de información y sensaciones. Por primera vez en mucho tiempo, no intentó analizarlo. Simplemente lo sintió. La calidez, la seguridad, la abrumadora sensación de ser visto, de ser comprendido, de ser querido.

—Así que deja de poner esa cara de amargado cada vez que me ves con alguien más —concluyó Karasu, su tono volviendo a tener un toque de su arrogancia habitual—. No te queda bien. Te hace parecer mediocre.

Se apartó, dando un paso atrás y devolviéndole a Hiori su espacio. Se metió las manos en los bolsillos, la viva imagen de la indiferencia controlada.

—Ahora, si me disculpas, creo que voy a interrumpir la partida de Otoya. Me divierte verlo perder.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo, dejando a Hiori apoyado contra la pared, con los labios todavía hormigueando y el corazón latiendo a un ritmo completamente nuevo.

Justo antes de doblar la esquina, Karasu se detuvo y miró por encima del hombro. Una última sonrisa torcida, esta destinada solo para él.

—Y Hiori.

—¿Sí? —respondió, su voz más firme de lo que esperaba.

—No vuelvas a hacerme deletreártelo. Es una pérdida de tiempo.

Y con eso, desapareció.

Hiori se quedó solo en el pasillo silencioso, la luz del atardecer bañándolo en tonos anaranjados y púrpuras. Lentamente, se llevó los dedos a los labios. La lógica y el análisis habían vuelto a su mente, pero ahora procesaban una nueva variable, una que lo cambiaba todo.

No tenía que preocuparse. No tenía que sentir celos. Otoya era un peón, Isagi era un objetivo. Eran partes de la ecuación del fútbol.

Pero él… él era diferente.

Para Karasu, él siempre sería su hibon. Su chico extraordinario. Y en la fría y calculada lógica de su mundo, esa era la única verdad que importaba. Una sonrisa pequeña, genuina y absolutamente ilógica se dibujó en su rostro.

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