
Flores
Fandom: Chainsaw Man
Creado: 16/8/2026
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Lo que florece después del infierno
Un año. Trescientos sesenta y cinco días. Denji no era bueno con los números, pero sabía que un año era mucho tiempo. Era más tiempo del que había pasado con nadie, excepto quizá con Pochita. Un año desde que el mundo dejó de intentar matarlos a cada segundo. Un año desde que el infierno de Makima se había cerrado, dejando cicatrices que aún dolían en las noches frías, pero que ya no sangraban. Un año desde que él y Reze habían decidido, entre los escombros de sus vidas anteriores, que intentarían algo nuevo. Algo normal.
Y parte de ser normal, según había visto en la televisión y en las revistas que Aki solía dejar por ahí, era celebrar aniversarios. Y celebrar aniversarios implicaba regalos.
Ahí estaba el problema.
Denji se rascó la nuca, con el pelo rubio más desordenado que de costumbre. Estaba sentado en el borde de su cama, en el pequeño apartamento que ahora compartían. Reze estaba trabajando en el café de la esquina, un trabajo que había conseguido y que parecía gustarle. Le daba algo que hacer, una rutina que no implicaba explosiones ni espionaje. Le daba normalidad. Y a Denji le daba tiempo para entrar en pánico sobre qué regalarle.
¿Comida? No, comían bien todos los días. Él se aseguraba de eso. Había pasado demasiada hambre en su vida como para escatimar en comida. ¿Ropa? No tenía ni idea de moda. Probablemente acabaría comprándole un uniforme de Cazador de Demonios por costumbre. ¿Una película? Iban al cine a menudo. No era especial.
Tenía que ser algo especial. Algo que dijera… algo. ¿Qué decían los regalos? «Te quiero», probablemente. O «Gracias por no volarme en pedazos cuando tuviste la oportunidad». O quizá «Estoy feliz de que estemos vivos y juntos». Sí, eso sonaba bien.
Frustrado, se dejó caer de espaldas sobre el colchón. Miró al techo desconchado y su mente vagó. Vagó hacia el pasado, hacia un recuerdo borroso y agridulce, empapado por la lluvia y la torpeza adolescente.
La cabina telefónica. El olor a ozono en el aire. Él, empapado hasta los huesos, sin saber qué decir. Y ella, con su pelo negro y corto pegado a la cara, mirándolo con una curiosidad que él confundió con interés. En un impulso estúpido, desesperado por impresionarla, por hacer algo que una persona normal haría, arrancó una flor solitaria que crecía en una grieta del pavimento. Una pequeña y valiente flor amarilla.
Y entonces, su cerebro, que funcionaba con una lógica propia y extraña, decidió que la mejor manera de presentarla era… limpiarla. Con la boca. La metió entre sus dientes afilados, la babeó entera y se la ofreció con una sonrisa que esperaba fuera encantadora y no la de un maníaco.
Recordaba la expresión de Reze. Una mezcla de desconcierto, asco y… algo más. Una chispa de diversión. Y luego, sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero real. Aceptó la flor pringosa con la punta de los dedos y se rio. Una risa suave, como el tintineo de campanillas.
En ese momento, en medio de la manipulación y las mentiras que los rodeaban, ese gesto estúpido y lleno de saliva había sido lo único real. Un brote de honestidad en un campo minado de engaños.
Denji se incorporó de golpe, con los ojos muy abiertos. La idea le golpeó con la fuerza de una patada de Power.
Si una flor la hizo sonreír…
Cien flores la harían cien veces más feliz.
La lógica era impecable. Irrefutable. Era ciencia.
Se puso de pie de un salto, sintiendo una oleada de propósito que no había sentido desde su última pelea seria. Se vistió a toda prisa, con su habitual camisa blanca arrugada y los pantalones negros. No se molestó en arreglarse las mangas arremangadas ni en buscar la corbata que probablemente estaba debajo de la cama desde hacía meses. Esto era una misión.
La floristería era un lugar extraño para él. Olía dulce, demasiado dulce. Los colores le abrumaban. Una mujer mayor con un delantal cubierto de hojas le miró por encima de sus gafas.
—¿Puedo ayudarte, jovencito? —preguntó con una voz amable.
—Sí —dijo Denji, acercándose al mostrador con una determinación feroz—. Necesito flores.
—Estás en el lugar correcto —rio la mujer—. ¿Alguna ocasión especial? ¿Un ramo de rosas para una dama? ¿Lirios para pedir perdón?
Denji negó con la cabeza.
—Necesito cien flores.
La mujer parpadeó.
—¿Cien… rosas? Es un pedido grande, pero puedo prepararlo.
—No. No cien rosas —aclaró Denji, apoyando las manos en el mostrador—. Cien flores. Diferentes. Todas ellas.
La florista se quitó las gafas y le miró fijamente, como si intentara descifrar un enigma.
—¿Cien flores distintas? ¿En un solo ramo?
—Sí. Exacto.
—Hijo, eso va a ser… enorme. Y muy pesado. ¿Por qué querrías algo así?
Denji vaciló. No podía explicarle toda la historia. No podía hablarle de demonios, de híbridos, de una chica bomba y un chico motosierra, de un primer encuentro bañado en saliva y lluvia. Así que optó por una versión simplificada de su lógica.
—Una vez… le di una flor. Y le gustó. Así que si le doy cien, le gustará cien veces más.
Se hizo un silencio. Denji se preparó para que se riera de él, para que le llamara idiota. Pero la mujer no se rio. Una sonrisa lenta y genuina se dibujó en su rostro. Vio la sinceridad en los ojos cansados del chico, la honestidad cruda en su extraña petición.
—Entiendo —dijo ella, y había un brillo de complicidad en su mirada—. Entiendo perfectamente. Es la mejor razón que he oído en mucho tiempo. Ven, ayúdame a elegirlas. Vamos a hacer el ramo más espectacular que esta ciudad haya visto.
Durante la siguiente hora, Denji y la florista recorrieron la tienda. Ella le enseñaba flores que él no sabía que existían. Rosas de un rojo profundo, tulipanes de colores vibrantes, delicadas gypsophilas que parecían nubes, exóticas aves del paraíso, girasoles que parecían soles en miniatura, orquídeas moradas que le recordaban al pelo de Reze. Por cada flor que elegían, la mujer le contaba un pequeño detalle sobre ella. Denji no retenía los nombres, pero escuchaba atentamente. Se sentía importante. Estaba construyendo algo.
Al final, el ramo era una monstruosidad gloriosa. Una explosión de colores, formas y texturas. Era tan grande que Denji apenas podía ver por encima de él. Pesaba una tonelada. La florista tuvo que envolver los tallos con varias capas de papel y cinta para que pudiera sujetarlo.
—Buena suerte, jovencito —le dijo mientras él pagaba con una buena parte de sus ahorros—. Espero que le guste cien veces más.
—Gracias —dijo Denji, con la voz ahogada por los pétalos que le rozaban la cara—. Yo también.
El camino a casa fue una odisea. La gente le miraba por la calle. Algunos sonreían, otros susurraban. Un par de niños le señalaron, riendo. Denji los ignoró. Tenía los brazos doloridos y el sudor le perlaba la frente, pero no le importaba. Cada paso le acercaba a ella. Cada pétalo que se mecía con el viento era una promesa.
Finalmente, llegó a la puerta de su apartamento. Respiró hondo, intentando calmar el martilleo de su corazón. Era más aterrador que enfrentarse a un demonio. ¿Y si se reía de él? ¿Y si pensaba que era estúpido? Apoyó el ramo contra la pared un segundo para sacar la llave, pero se dio cuenta de que ella ya debía de haber vuelto. Mejor llamar. Equilibrando el gigantesco amasijo de flora en un brazo, llamó a la puerta con los nudillos del otro.
Oyó pasos al otro lado, y luego el sonido del cerrojo al abrirse.
La puerta se abrió y allí estaba ella. Reze. Llevaba una camiseta sencilla y unos pantalones cortos, el delantal de su trabajo colgado en un gancho cercano. Su pelo negro con reflejos violáceos estaba un poco revuelto, y tenía una expresión cansada que se desvaneció en cuanto le vio. O, más bien, en cuanto vio la pared de flores que era él.
Su boca se abrió ligeramente. Sus ojos, esos ojos oscuros que habían visto tanto, se abrieron de par en par. Se quedó inmóvil, mirando el imposible ramo que ocultaba casi por completo a Denji.
—Uh… —empezó Denji, con la voz temblorosa. Se sentía increíblemente estúpido de repente—. Hola. Feliz… feliz aniversario. O algo así.
Dio un paso adelante, ofreciéndole el ramo. Sus brazos protestaron por el esfuerzo.
Reze no se movió. Solo miraba. Su mirada recorrió la increíble variedad de flores: las rosas, los lirios, los claveles, las margaritas, los girasoles… un centenar de colores y aromas luchando por llamar su atención. Vio el esfuerzo en el rostro de Denji, el sudor en su sien, la forma en que sus nudillos estaban blancos por la fuerza con que sujetaba el ramo.
Y entonces, sus ojos se encontraron con los de él por encima de un exuberante girasol. Y en ellos, vio el recuerdo. El mismo recuerdo que había asaltado su propia mente. La lluvia, la cabina, la flor solitaria y valiente. La flor llena de saliva.
Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. Luego otra. No eran lágrimas de tristeza. Eran de una emoción tan abrumadora que no tenía nombre. Una sonrisa temblorosa se abrió paso en su rostro, una sonrisa tan radiante que eclipsó a todas las flores del ramo.
—Denji… —susurró, con la voz rota.
Extendió las manos, no para coger el ramo, sino para tocar suavemente los pétalos de una peonía rosa. Sus dedos temblaban.
—¿Te… te acordaste? —preguntó, levantando la vista hacia él, con los ojos brillantes por las lágrimas.
Denji sintió que un nudo se deshacía en su pecho. Asintió, incapaz de hablar.
Reze soltó una risita ahogada, que sonó como un sollozo feliz.
—Claro que te acordaste. Eres un idiota. Un idiota maravilloso.
Se acercó y le ayudó a llevar el monstruoso ramo al interior. Era tan grande que apenas cabían los dos en el pequeño recibidor. Con mucho cuidado, lo depositaron en el suelo, ocupando la mitad de la sala de estar.
—Era una flor —dijo Denji finalmente, rascándose la mejilla, sintiéndose tímido—. La que te di esa vez. Estaba… estaba cubierta de saliva. Lo siento por eso.
Reze se arrodilló junto al mar de flores y le miró. Su sonrisa era suave y llena de una ternura que todavía, después de un año, a Denji le costaba creer que fuera para él.
—Estaba perfecta —dijo ella en voz baja—. Fue lo más honesto que nadie me había dado nunca. En un mundo donde todos querían algo de mí, donde yo misma era una mentira andante… tú me diste una flor baboseada. No querías nada a cambio. Solo… querías darme una flor.
Acarició una margarita blanca, con la mirada perdida en el recuerdo.
—Ese día… pensé que eras la persona más extraña que había conocido. Y también la más real.
Denji se sentó en el suelo frente a ella, con el ramo entre los dos como un jardín secreto.
—Pensé que si una flor te hizo sonreír, cien te harían… no sé, explotar de felicidad. —Hizo una pausa, dándose cuenta de su elección de palabras—. Uh, mal ejemplo. Lo siento.
Reze se rio, una risa genuina y clara que llenó la pequeña habitación.
—No, es un buen ejemplo. De alguna manera, lo es. —Se inclinó hacia delante y le dio un beso rápido en la punta de la nariz—. Me has hecho explotar de felicidad, Denji.
Pasaron la siguiente hora buscando recipientes para las flores. No tenían cien jarrones, ni siquiera diez. Usaron vasos de agua, jarras, botellas vacías e incluso un cubo de limpieza que Reze fregó a conciencia. Poco a poco, el pequeño apartamento se transformó. Había flores en la mesa de la cocina, en el alféizar de la ventana, en la mesita de noche, en el mueble de la televisión. El lugar, normalmente funcional y un poco austero, cobró vida con una explosión de color y fragancia. Olía a tierra, a lluvia y a sol. Olía a vida.
Mientras colocaban un puñado de tulipanes en una jarra de agua, Reze se detuvo y miró a su alrededor.
—Es increíble —murmuró—. Nunca he tenido tantas cosas bonitas a mi alrededor. Mi vida… siempre fue gris. Concreta. Olor a pólvora.
Denji la observó en silencio. Vio la sombra de su pasado cruzar por sus ojos. La chica entrenada para ser un arma, la enviada por la Unión Soviética, el Demonio Bomba. Sabía que esas partes de ella nunca desaparecerían del todo, al igual que el sonido de una motosierra nunca desaparecería del todo de su propia cabeza. Pero ahora, eran solo eso: partes. No la totalidad.
—Bueno, ahora huele a flores —dijo él, con su habitual simpleza, que era exactamente lo que ella necesitaba oír.
Reze le sonrió y se acercó a él. Se sentó a su lado en el sofá, tan cerca que sus rodillas se tocaban. La luz del atardecer entraba por la ventana, tiñendo la habitación de tonos dorados y anaranjados, haciendo que los colores de las flores parecieran aún más intensos.
Reze levantó una mano y tocó la gargantilla que aún llevaba. Era un hábito, un recordatorio constante. Sus dedos rozaron el pequeño alfiler de granada que sobresalía de un lado. Durante meses después de que todo terminara, había sido su ancla, lo único familiar en un mundo nuevo y aterrador. Ahora… ahora era solo un trozo de metal.
Con un movimiento lento y deliberado, se desabrochó la gargantilla. La sostuvo en la palma de su mano por un momento, observando cómo la luz se reflejaba en el alfiler. Luego, sin ceremonia, la dejó sobre la mesa de café, justo al lado de un vaso lleno de nomeolvides azules. El metal frío y mortal junto a la delicada y vibrante vida. El contraste era brutal y hermoso.
Denji vio el gesto. No dijo nada. No tenía que hacerlo. Simplemente extendió su mano y la tomó, entrelazando sus dedos con los de ella. Su piel era cálida. Real.
—¿Sabes? —dijo Reze en voz baja, sin apartar la vista de la gargantilla sobre la mesa—. A veces todavía tengo pesadillas. Con explosiones. Con la sensación de desarmarme y volver a armarme. Con la voz de Makima.
—Yo también —admitió Denji, apretando su mano—. Sueño que me ahogo en sangre. O que estoy solo de nuevo, comiendo pan con mermelada y deseando poder tocar unos pechos.
Reze soltó una risita suave.
—Sigues queriendo tocar pechos.
—Bueno, sí —replicó él, encogiéndose de hombros—. Pero ahora es diferente. Ahora quiero tocar tus pechos. Y también quiero… esto. Volver a casa y que estés aquí. Comer helado en el sofá. Discutir sobre qué película ver. Cosas normales.
—Cosas normales —repitió ella, como si saboreara las palabras. Apoyó la cabeza en su hombro, inhalando el aroma de las flores que lo impregnaba todo—. ¿Crees que alguna vez seremos completamente normales, Denji?
Él lo pensó por un momento. Miró su mano, la que no sostenía la de ella. Vio las cicatrices. Pensó en el corazón de demonio que latía en su pecho, en el cordón de arranque que aún sobresalía de su esternón. Miró a Reze, a la chica que podía convertir sus miembros en bombas.
—No —dijo con una honestidad tranquila—. Probablemente no. Pero quizá no tengamos que serlo. Quizá solo tengamos que ser… nosotros. Juntos.
Reze levantó la cabeza y le miró. En sus ojos ya no había lágrimas, solo una profunda y serena felicidad. Se inclinó y le besó. No fue un beso explosivo como el de la playa, ni uno calculado como el de la escuela. Fue un beso suave, lento y lleno de una gratitud silenciosa. Sabía a sal por las lágrimas secas, a dulce por el aire cargado de polen, y a hogar.
Cuando se separaron, se quedaron en silencio, simplemente respirando el mismo aire, rodeados por el testimonio de su supervivencia. Cien flores. Cien pequeños milagros de color y vida que habían brotado del suelo quemado de su pasado. Cada pétalo era un día ganado, cada tallo una promesa de futuro.
Denji apoyó su cabeza contra la de ella. Se sentía extrañamente en paz. No había resuelto los problemas del mundo. No se había convertido en un héroe de película. Simplemente le había comprado flores a su novia. Y, por alguna razón, se sentía como el mayor logro de su vida.
—Gracias por las flores, Denji —susurró Reze contra su cuello.
—De nada —respondió él, con la voz ronca—. ¿Te gustaron cien veces más?
Pudo sentir la sonrisa de Reze contra su piel.
—No.
Denji se tensó. ¿Su lógica había fallado?
—Me gustaron un millón de veces más —concluyó ella, y le abrazó con fuerza.
Él la rodeó con sus brazos, hundiéndose en la calidez de su abrazo. El apartamento estaba lleno del abrumador aroma de las flores, el aroma de un nuevo comienzo. Y Denji pensó que, después de todo, lo que florece después del infierno es lo más hermoso que existe.
