
Vampiro
Fandom: Army
Creado: 17/8/2026
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El sabor del miedo y la dulzura
La mansión de los Jeon siempre olía a incienso antiguo, a madera de cedro y a ese aroma metálico que Yoongi ya había aprendido a identificar como peligro. Era un lugar frío, de techos altos y sombras largas que parecían estirarse para atrapar sus tobillos cada vez que caminaba por los pasillos.
Yoongi apretó su peluche de Min Holly contra su pecho, hundiendo la nariz en la suave felpa para buscar un poco de consuelo. Sus pasos eran cortos, casi saltitos, mientras se dirigía al salón principal. Llevaba puesto un suéter de lana color crema que le quedaba dos tallas más grande, ocultando sus manos pequeñas y haciéndolo lucir aún más menudo de lo que ya era.
Él sabía que no pertenecía realmente a ese mundo de elegancia gélida. Era un omega recesivo, alguien cuya presencia apenas si se notaba en el espectro aromático, y para colmo, su mente a menudo se refugiaba en la seguridad de la infancia para protegerse de la crueldad del exterior. Pero su familia lo había entregado como una ofrenda, un pacto de sangre para calmar las tensiones entre clanes.
Al final del pasillo, la figura de Jungkook recortaba la luz de la luna que entraba por el ventanal.
Jungkook era un alfa vampiro de linaje puro. Su piel era pálida como el mármol, sus ojos de un azabache insondable que a veces destellaba en un rojo violento, y su porte era el de un rey que despreciaba su propio trono. Odiaba la debilidad, y para él, Yoongi era la personificación de todo lo que detestaba: fragilidad, dependencia y esa inocencia infantil que le resultaba irritante.
—Kookie... —susurró Yoongi, deteniéndose a unos metros. Sus ojos brillaban con una adoración genuina, ajena al desprecio que recibía a cambio.
Jungkook no se dio la vuelta de inmediato. Mantuvo la vista fija en el jardín oscuro, con las manos entrelazadas tras su espalda. El hambre estaba empezando a quemarle la garganta, una sed abrasadora que hacía que sus colmillos pulsaran bajo sus encías.
—Te he dicho que no me llames así, Yoongi —respondió Jungkook. Su voz era un latigazo de hielo, seca y carente de cualquier afecto—. Es irritante.
Yoongi bajó la cabeza, jugando con la oreja de su peluche. Sus labios temblaron un poco, pero no dejó de sonreír con timidez.
—Perdón, Kookie... es que... traje un dibujo para ti.
—No quiero ver tus garabatos —espetó el alfa, girándose por fin.
La mirada de Jungkook recorrió al pequeño omega. Yoongi se veía tan indefenso, con sus mejillas sonrosadas y ese aroma a leche y vainilla que, aunque tenue, lograba filtrarse en el olfato del vampiro. Jungkook apretó los puños. Odiaba cuánto necesitaba la sangre de esa criatura. La sangre de un omega recesivo con infantilismo era inusualmente dulce, casi como un néctar prohibido que calmaba la bestia en su interior mejor que cualquier otra fuente.
De repente, Jungkook sintió una puntada aguda en su mandíbula. El hambre ya no era un susurro, era un grito.
—Ven aquí —ordenó Jungkook, su tono volviéndose más bajo, más peligroso.
Yoongi dio un paso atrás por instinto, aunque su corazón latía con fuerza por el deseo de complacer a su prometido.
—¿Vamos a jugar? —preguntó esperanzado, aunque en el fondo de su mente nublada por su condición, sabía que no era eso lo que seguía.
Jungkook soltó un bufido despectivo y caminó hacia él con pasos depredadores. Antes de que Yoongi pudiera reaccionar, el alfa lo tomó del brazo con una fuerza que le sacó un pequeño gemido de dolor.
—Camina. Y no hagas ruido.
Jungkook lo arrastró hacia la parte más profunda de la mansión, bajando por las escaleras que conducían al sótano reconvertido en una biblioteca privada y sellada. Era un lugar donde los muros de piedra absorbían cualquier sonido, donde nadie, ni los sirvientes ni los otros miembros del clan, podían entrar sin permiso.
Una vez dentro, Jungkook cerró la puerta pesada con un golpe seco que resonó en el pecho de Yoongi. El pequeño omega abrazó a su peluche con todas sus fuerzas, sus ojos llenándose de lágrimas que se negaba a dejar caer.
—Kookie, duele... —susurró Yoongi, mirando el agarre de Jungkook en su brazo.
—Cállate —dijo Jungkook, empujándolo suavemente contra un diván de terciopelo oscuro—. Sabes por qué estamos aquí. No lo hagas más difícil con tus lloriqueos.
Jungkook se sentó a su lado, su presencia abrumadora llenando el espacio. Yoongi podía sentir el frío que emanaba del cuerpo del vampiro, un frío que siempre lo hacía temblar. El alfa se acercó a su cuello, apartando el cuello del suéter de lana con brusquedad.
—Por favor, sé bueno... —pidió Yoongi en un hilo de voz, cerrando los ojos con fuerza.
Jungkook se detuvo un segundo, su nariz rozando la glándula de aroma de Yoongi. Por un breve instante, el calor del cuerpo del omega y su sumisión absoluta le provocaron una punzada de algo que no era hambre, algo que se parecía a la culpa, pero lo desechó de inmediato. Él no podía permitirse sentir nada por alguien tan roto, tan insignificante.
—Quédate quieto —gruñó Jungkook.
Sin más preámbulos, Jungkook hundió sus colmillos en la suave piel del cuello de Yoongi.
El omega soltó un grito ahogado que murió contra la felpa de su peluche. El dolor era agudo, una invasión ardiente que le recorría la columna vertebral. Sus manos pequeñas se aferraron a la camisa de Jungkook, arrugando la tela cara mientras su cuerpo se tensaba.
Jungkook bebió con avidez. El sabor de Yoongi era embriagador, una mezcla de pureza y sacrificio que lo hacía perder el control. Sus manos, antes rígidas, se envolvieron alrededor de la cintura de Yoongi para atraerlo más hacia sí, para succionar hasta la última gota de esa esencia que lo mantenía cuerdo.
Yoongi comenzó a llorar en silencio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, empapando el rostro de Min Holly. No se quejó, no intentó apartarse. En su mente infantil, él creía que si le daba a Jungkook lo que quería, tal vez algún día Jungkook lo querría de vuelta. Tal vez algún día Jungkook jugaría con él en el jardín o le leería un cuento antes de dormir.
—Mmm... —un pequeño sollozo escapó de sus labios, un sonido quebrado que hizo que Jungkook apretara el agarre.
El alfa sentía la sangre fluir, caliente y vital, llenando el vacío en su pecho. Podía escuchar el corazón de Yoongi latiendo rápido, como el de un pájaro asustado, y luego, poco a poco, ralentizándose a medida que la debilidad se apoderaba del omega.
Jungkook finalmente se separó, lamiendo el exceso de sangre de sus propios labios con una expresión de satisfacción sombría. Miró a Yoongi, que ahora estaba pálido y con la mirada perdida, aferrado a su juguete como si fuera su única ancla a la realidad.
—Ya está —dijo Jungkook, recuperando su tono seco y distante. Se levantó y se ajustó la ropa, sin ofrecer una mano para ayudar al omega a incorporarse.
Yoongi parpadeó con dificultad, sintiéndose mareado. Sus dedos temblorosos tocaron la herida en su cuello, que ya empezaba a cerrarse gracias a la saliva del vampiro, aunque el dolor residual seguía ahí.
—¿Kookie está feliz ahora? —preguntó Yoongi con voz pastosa, forzando una sonrisa débil a través de las lágrimas.
Jungkook lo miró desde arriba. Ver a Yoongi en ese estado, tan devoto y tan destruido a la vez, le revolvía el estómago de una manera que no comprendía.
—Vete a tu habitación, Yoongi. Pide que te lleven algo de comer. Estás débil.
—¿Me vas a dar un beso de buenas noches? —insistió el pequeño, extendiendo una mano hacia él.
Jungkook sintió una oleada de irritación mezclada con una extraña urgencia de huir.
—No seas ridículo. Vete ya.
Yoongi bajó la mano, su expresión decayendo, pero asintió obedientemente. Se puso de pie con las piernas temblorosas y caminó hacia la puerta, arrastrando los pies. Antes de salir, se giró una última vez.
—Te quiero, Kookie. Mucho, mucho.
Jungkook no respondió. Se quedó parado en medio de la biblioteca oscura, escuchando cómo los pasos de Yoongi se alejaban por el pasillo. Solo cuando estuvo seguro de que estaba solo, se permitió soltar un suspiro largo y pesado, pasando una mano por su cabello oscuro.
Odiaba a Yoongi. Odiaba su debilidad, odiaba su inocencia y, sobre todo, odiaba lo mucho que disfrutaba destruirla cada vez que tenía hambre. Pero mientras el sabor dulce de la sangre del omega seguía en su lengua, Jungkook sabía que, sin importar cuánto lo despreciara, nunca podría dejarlo ir.
En su habitación, Yoongi se hizo un ovillo bajo las mantas, abrazando a su peluche. El cuello le ardía y el corazón le dolía, pero cerró los ojos pensando que, al menos por hoy, Jungkook lo había tenido cerca. Y para él, en su mundo de colores pasteles y sombras aterradoras, eso tenía que ser suficiente.
—Mañana Kookie jugará conmigo —se susurró a sí mismo, convencido de su propia mentira antes de quedarse profundamente dormido por el agotamiento.
Mientras tanto, en el piso de abajo, el alfa vampiro observaba el dibujo que Yoongi había dejado olvidado en el suelo del salón. Era un garabato de dos figuras tomadas de la mano, rodeadas de corazones mal trazados. Con un gruñido, Jungkook arrugó el papel y lo lanzó a la chimenea, pero no se movió hasta que el fuego consumió la última esquina del papel, sintiendo un vacío en el pecho que ni siquiera la sangre más dulce podía llenar.
