
Enamoradas de un Friki
Fandom: Kaguya Sama:Love is War
Creado: 18/8/2026
Etiquetas
Campo de Batalla Silencioso
El aire en la sala del consejo estudiantil era, por lo general, una mezcla predecible de aromas: el té caro de Kaguya Shinomiya, el perfume sutil de Chika Fujiwara y, ocasionalmente, el olor a desinfectante que Miko Iino insistía en usar en su rincón. Para Yu Ishigami, era un santuario. Un lugar donde podía esconderse del mundo, hundirse en el sofá con su Nintendo Switch y dejar que el caos del universo adolescente pasara de largo.
Pero hoy, algo era diferente.
No era el olor. No era el sonido. Era una sensación. Una presión sutil en la nuca, como la mirada de alguien a través de una ventana. Llevaba así desde que la noticia de su confesión a Tsubame Koyasu se había filtrado más allá del círculo inmediato del consejo. Al principio, lo atribuyó a la paranoia. Era natural. Había puesto su corazón —o al menos, una versión muy editada y cuidadosamente empaquetada de él— en manos de la chica más popular y amable de la escuela. La ansiedad era un efecto secundario esperado.
Sin embargo, esto era distinto. No era la ansiedad nerviosa de un enamorado. Era la inquietud de una presa que siente el crujido de una rama en un bosque silencioso.
—Ishigami-kun —la voz de Miko Iino, afilada como un trozo de vidrio, cortó su concentración.
Levantó la vista de su partida de Monster Hunter. Miko estaba de pie frente a él, con los brazos cruzados y su brazalete del Comité de Moral Pública brillando bajo la luz. Su expresión era la de siempre: una mezcla de desaprobación y justicia autoimpuesta. Pero hoy, sus ojos marrones parecían escrutarlo con una intensidad inusual, como si buscara grietas en su armadura.
—¿Sí, Iino? —respondió, su tono tan plano como pudo.
—¿No crees que deberías estar haciendo algo más productivo? —dijo ella, su barbilla ligeramente levantada—. El plazo que te dio Koyasu-senpai aún no ha terminado. Deberías estar puliendo tus cualidades, no atrofiando tu mente con esos… aparatos electrónicos.
Ishigami parpadeó. Era una reprimenda típica de Miko, pero la mención de Tsubame, combinada con esa mirada penetrante, se sintió extrañamente personal. No era la presidenta del comité hablando; era… otra cosa.
—Estoy haciendo mi trabajo del tesoro desde casa —murmuró—. Esto es mi descanso.
—Un descanso que parece eterno —replicó ella, y por un instante, un destello de algo parecido al dolor cruzó su rostro antes de ser reemplazado por su habitual rigidez—. Si vas a aspirar a estar con alguien como Koyasu-senpai, al menos deberías esforzarte por ser digno de su tiempo.
La palabra "digno" le golpeó. ¿Desde cuándo Miko se preocupaba por su vida amorosa? Su relación se basaba en una tregua incómoda, no en consejos sentimentales. Antes de que pudiera formular una respuesta, la puerta se deslizó y Kobachi Osaragi entró en la sala, con sus gafas redondas ocultando cualquier expresión. Se sentó en silencio junto a Miko, sacó un libro y comenzó a leer, pero Ishigami sintió su presencia como una nota discordante en la ya tensa melodía de la habitación. No lo miraba, pero él sabía que estaba escuchando. Analizando.
Vale, esto es raro, pensó Ishigami, volviendo a su juego, pero la concentración se había esfumado. La sensación de ser observado se había intensificado. Era como si Miko hubiera plantado una bandera en el territorio de su sofá, una bandera que decía: "Bajo vigilancia".
Más tarde, en el pasillo, la suerte o el destino decidieron poner a prueba sus nervios. Mientras se dirigía a la máquina expendedora en busca de su preciado café MAX, se encontró cara a cara con la fuente de toda su ansiedad actual.
—¡Oh, Ishigami-kun! —la voz de Tsubame Koyasu era como el sol de primavera después de un largo invierno. Cálida, brillante y llena de vida.
Él casi deja caer las monedas.
—K-Koyasu-senpai —tartamudeó, sintiendo el calor subir por su cuello.
Ella le sonrió, una sonrisa genuina que arrugaba las esquinas de sus ojos rosados. Llevaba su uniforme de gimnasia, probablemente de vuelta de alguna práctica del club de animadoras.
—¿Cómo has estado? No te he visto mucho últimamente —dijo, ladeando la cabeza.
—Ocupado —logró decir, una respuesta patéticamente corta. Su cerebro, normalmente capaz de procesar complejas estrategias de juego y análisis financieros, se había reducido a la capacidad de un guisante.
—Ya veo —ella rio suavemente—. Bueno, solo quería decirte… uhm… que no te sientas presionado, ¿de acuerdo? Tómate tu tiempo. Y yo también me tomaré el mío.
Su amabilidad era casi dolorosa. Cada palabra era un bálsamo y una tortura, recordándole que estaba en un limbo, flotando entre la esperanza y el rechazo.
—Gracias, senpai.
Estuvieron en silencio por un momento, un silencio cargado pero no incómodo. Fue entonces cuando Ishigami lo sintió de nuevo, con más fuerza que nunca. Una punzada en la espalda. Múltiples punzadas. Se giró discretamente, barriendo el pasillo con la mirada. No vio a nadie mirándolos directamente, pero la atmósfera estaba cargada. Era como el zumbido eléctrico antes de una tormenta.
Sin que él lo supiera, al otro lado del pasillo, escondida detrás de una esquina, Maki Shijo apretaba los puños. Había salido a tomar aire fresco, harta de escuchar a Nagisa Kashiwagi hablar de su novio, y se había topado con aquella escena.
Hmph, pensó, con el ceño fruncido. Míralo, con esa cara de perro apaleado. Patético. Y ella… ¿qué le ve? Es solo un chico lúgubre que juega videojuegos todo el día.
Pero mientras se decía eso, una extraña y ardiente sensación se apoderó de su pecho. Era irritación. Era… ¿envidia? No, imposible. Ella era una Shijo. Estaba por encima de esas cosas.
Pero… él le dio una flor en forma de corazón. Un corazón gigante. Para ella.
La imagen mental la hizo apretar los dientes.
¡Idiota! ¡Podría haber hecho algo mucho más elegante! ¡Más digno! ¡No es que me importe, claro! ¡Para nada! Pero ver un esfuerzo tan mediocre siendo dirigido a alguien tan… tan… ¡perfecta! ¡Es ofensivo para el concepto mismo del romance!
Su monólogo interno era un torbellino tsundere de negación y resentimiento. No entendía por qué la visión de Ishigami hablando con Tsubame le provocaba un deseo casi físico de marchar hacia allí y arrastrarlo lejos. No por él, por supuesto. Sino para… para salvarlo de la humillación. Sí, eso era. Para salvar su propio orgullo como la persona que, muy a su pesar, a veces compartía sus miserias románticas con él.
Él es mi compañero de sufrimiento, concluyó en su mente, con una lógica retorcida que solo ella podía entender. Nadie más puede hacerle sufrir. ¡Ese es mi papel!
No muy lejos de Maki, en el aula del club de periodismo, Karen Kino y Erika Kose observaban la misma escena a través de la ventana, como si fuera el clímax de su manga shojo favorito.
—¡Mira, Erika! ¡Es el evento principal! —susurró Karen, sus ojos brillando.
—¡La tensión es palpable! ¡La senpai es tan amable y él está tan nervioso! ¡Es adorable! —respondió Erika, con las manos juntas bajo la barbilla.
Pero Karen, con su don para percibir las corrientes románticas, frunció el ceño.
—Espera… algo no está bien.
—¿Qué quieres decir? ¡Es perfecto!
—No, la energía… —Karen entrecerró los ojos, como si pudiera ver las auras de las personas—. La energía romántica no es pura. No es solo de ellos dos. Es… caótica. Hay otras firmas. Fuertes. Celosas. Es como si varias personas estuvieran reclamando el mismo territorio. El aire está lleno de… posesividad.
Erika la miró, confundida.
—¿Estás diciendo que hay más chicas interesadas en Ishigami?
Karen asintió lentamente, su rostro serio por primera vez.
—No solo interesadas. Es más primitivo que eso. Es como si varias reinas leonas estuvieran observando a un intruso acercarse a su presa favorita. Esto ya no es una simple historia de amor. Esto… esto es una guerra.
El día de Ishigami continuó por esa senda de extrañeza. Durante el almuerzo, se sentó con los restos del antiguo equipo de animadores. Rei Onodera, que siempre había sido una de sus más firmes defensoras en su búsqueda de Tsubame, se sentó a su lado.
—Entonces, Ishigami-kun —comenzó ella, con su tono tranquilo habitual, pero con un matiz que él no pudo descifrar—. ¿Has pensado en qué harás si Koyasu-senpai… ya sabes?
—¿Me rechaza? —Ishigami suspiró, pinchando su arroz con desgana—. Supongo que volveré a mi cueva a jugar videojuegos hasta que mis ojos sangren y moriré solo. El plan de siempre.
Esperaba una risa o una palabra de aliento. En cambio, Rei se quedó pensativa.
—No tiene por qué ser así —dijo en voz baja—. Sabes… hay muchas personas que te aprecian por cómo eres. Personas que no necesitarían tres meses para darse cuenta de tu valor.
Sus palabras flotaron en el aire. Eran amables, como siempre lo era Rei, pero la implicación era clara. Era una oferta sutil, una puerta entreabierta que él no había sabido que existía. Ishigami la miró, y por primera vez notó cómo el sol se reflejaba en su cabello rubio, y cómo sus ojos parecían contener una profundidad que nunca antes había percibido.
—Yo… uh… gracias, Onodera-san —murmuró, sintiéndose más confundido que nunca.
¿Qué estaba pasando hoy? Era como si todo el mundo hubiera decidido confesarle sentimientos crípticos. Sentía que caminaba por un campo de minas emocional, y cada paso era un riesgo.
La prueba definitiva llegó al final del día, de nuevo en la sala del consejo estudiantil. Estaba solo, terminando de transferir unos archivos al ordenador del consejo. La puerta se abrió de golpe con una energía que solo podía pertenecer a una persona.
—¡Ishigami-kuuuun! —canturreó Chika Fujiwara, entrando con un lazo negro ridículamente grande en el pelo y una caja de juego de mesa bajo el brazo—. ¡Estás aquí! ¡Perfecto! ¡He traído el nuevo juego de mesa alemán sobre la economía del trigo en el siglo XV! ¡Necesito a alguien para probarlo!
Ishigami suspiró.
—Fujiwara-senpai, estoy ocupado. Y ese juego suena como la cosa más aburrida jamás creada por la humanidad.
—¡Tonterías! —declaró ella, dejando la caja sobre la mesa con un ruido sordo—. ¡Es estratégicamente complejo! Además, el Presidente y Shinomiya-san están en una "reunión importante" —hizo comillas en el aire—, así que solo quedamos tú y yo. ¡Será nuestro pequeño secreto del consejo!
Intentó arrastrarlo del sofá. Ishigami se resistió, pero la fuerza de Chika era engañosa.
—En serio, senpai, no tengo ganas.
—Oh, vamos. Necesitas distraerte de todo ese asunto con Tsubame-senpai —dijo, agitando una mano con desdén—. Pensar en chicas es agotador. ¡Pensar en el comercio de grano es eterno!
La forma en que desestimó el nombre de Tsubame fue lo que le llamó la atención. No había malicia en ello, Chika rara vez era maliciosa. Era… posesividad. Como un niño que no quiere que su hermano mayor juegue con un amigo nuevo porque quiere toda su atención. Ishigami era su kouhai para molestar, su compañero de juegos cuando los demás estaban ocupados en sus guerras de amor. La idea de que otra persona, especialmente alguien de fuera del consejo, pudiera ocupar su tiempo y atención, parecía ofender el sentido del orden cósmico de Chika.
—¡No te escaparás! —rio ella, tirando de su brazo—. ¡El destino del mercado de trigo del Sacro Imperio Romano Germánico depende de nosotros!
Mientras luchaba, medio en broma, medio en serio, contra el agarre de Chika, la puerta se deslizó de nuevo. Miko Iino y Kobachi Osaragi estaban allí, observando la escena. La mirada de Miko era puro fuego.
—¡Secretaria Fujiwara! ¡Deja en paz al tesorero! —ordenó—. ¡Claramente está incómodo! ¡Esto es acoso!
—¡No es acoso, es creación de lazos de equipo! —replicó Chika, sin soltarlo.
Ishigami se encontró en medio de un tira y afloja, literal y figurado. Chika tirando de un brazo, Miko fulminándola con la mirada, y Osaragi de pie, en silencio, su presencia una incógnita. En ese momento, se sintió menos como una persona y más como un objeto. Un trofeo por el que se disputaban tres fuerzas de la naturaleza muy diferentes.
Esa noche, en la soledad de su habitación, la sensación no lo abandonó. La luz de su monitor de juegos iluminaba su rostro, pero su mente no estaba en el mundo virtual que tenía delante. Estaba repasando el día.
La intensidad de Miko. La sutileza de Rei. La posesividad juguetona de Chika. La observación silenciosa de Osaragi. La frustración oculta de Maki, que aunque no lo sabía, él la había sentido como una corriente de aire frío en el pasillo.
Cada interacción era una pieza de un rompecabezas que no sabía que estaba armando. Todas apuntaban a la misma conclusión inquietante. Desde que se había declarado a Tsubame, algo se había roto en el ecosistema social que lo rodeaba. Había dejado de ser el observador lúgubre en el rincón para convertirse en el centro de una atención no deseada y desconcertante.
Apagó la consola y se recostó en su silla, mirando el techo oscuro.
El problema era que todas ellas, a su manera, eran importantes para él. Miko era su exasperante pero leal compañera de armas en el consejo. Chika era la caótica hermana mayor que nunca tuvo. Rei era una de las primeras amigas genuinas que había hecho después de su trauma en la secundaria. Maki era su improbable confidente en el desamor. Y Osaragi… bueno, Osaragi era una constante, un enigma que de alguna manera le resultaba reconfortante.
Y en medio de todo, estaba Tsubame. La chica brillante y cálida que representaba una oportunidad para un futuro normal y feliz. La chica a la que había elegido.
Pero esa elección, al parecer, no había sido solo suya. Sin quererlo, había iniciado una contienda. Una guerra silenciosa de miradas, palabras con doble sentido y auras territoriales. Cada una de ellas, por razones que ni ellas mismas entendían del todo, había llegado a la misma conclusión subconsciente: Ishigami Yu es mío.
Una para protegerlo de sí mismo. Otra para salvarlo de un posible dolor. Otra para que siguiera siendo su juguete exclusivo. Otra porque era su compañero en la miseria. Y otra, la más silenciosa de todas, simplemente observaba, esperando el momento adecuado para mover su pieza en el tablero.
Ishigami cerró los ojos, un escalofrío recorriendo su espalda a pesar del calor de la habitación.
No era paranoia.
Se sentía como un cordero que, tras vagar por un prado, de repente se da cuenta de que el suave susurro del viento no es viento en absoluto, sino la respiración contenida de múltiples depredadores ocultos en la hierba alta, cada uno esperando a que los demás se muevan primero.
La respuesta de Tsubame Koyasu ya no era lo único que estaba en juego. Su propia supervivencia podría depender de ello. El campo de batalla estaba preparado, y él era el premio, le gustara o no. Y lo peor de todo es que no tenía ni idea de cómo luchar en una guerra que ni siquiera sabía que había comenzado.
