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FRIENDS?¿

Fandom: kookmin , army

Creado: 19/8/2026

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Tinta y Pasarelas: La Regla de los Tres Segundos

El estudio de tatuajes "Black Rabbit" olía a una mezcla embriagadora de tinta, antiséptico y el café cargado que Yoongi siempre preparaba. Jungkook estaba concentrado, la máquina zumbaba entre sus dedos enguantados mientras trazaba una línea fina sobre la piel de un cliente. Sin embargo, su mente estaba a kilómetros de distancia, específicamente en la portada de la revista Vogue que había visto en el quiosco esa mañana.

Jimin. Rubio, etéreo, con esa mirada que parecía atravesar el papel y desnudar a cualquiera que se atreviera a sostenerle el contacto visual. Para el mundo, Park Jimin era el modelo del momento, el ícono inalcanzable. Para Jungkook, Jimin era el peso cálido que se colaba en su cama a las tres de la mañana y el sabor a gloss de cereza que intentaba quitarse de la boca antes de que Yoongi notara algo extraño.

—Estás distraído, Jeon —la voz de Yoongi lo sacó de sus pensamientos. Su mejor amigo estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándolo con esos ojos pequeños y analíticos que parecían saberlo todo—. Casi arruinas esa sombra.

Jungkook parpadeó, ajustando su agarre.

—Solo estoy cansado. Anoche no dormí bien.

—Ya, claro. Últimamente nunca duermes bien —Yoongi se encogió de hombros, pero no apartó la mirada—. Por cierto, Taehyung me llamó. Dice que Jimin dará una fiesta en su penthouse este viernes. Quieren que vayamos.

El corazón de Jungkook dio un vuelco, pero mantuvo su expresión neutral.

—No sé si tenga ganas de una fiesta, hyung.

—Jimin preguntó específicamente por ti —añadió Yoongi, lanzando el anzuelo—. Dijo que le gustaría que el "tatuador estrella" le diera algunas ideas para un diseño pequeño.

Jungkook contuvo una sonrisa cínica. Jimin no quería ideas para un tatuaje. Jimin quería romper la regla número dos del acuerdo: nada de interacción sospechosa en público. O quizás, simplemente quería ver hasta dónde podía tensar la cuerda antes de que Jungkook explotara.


La fiesta era un caos de luces tenues y música electrónica sofisticada. El penthouse de Jimin gritaba lujo por donde se mirara. Taehyung, vestido con un traje de seda que probablemente costaba más que el auto de Jungkook, se movía entre los invitados con la gracia de un anfitrión nato.

—¡Llegaron! —exclamó Taehyung, abrazando a Yoongi y luego a Jungkook—. Pensé que se quedarían encerrados en ese antro de agujas toda la noche.

—Yoongi me obligó —mintió Jungkook, buscando con la mirada la cabellera rubia que siempre era el centro de gravedad de cualquier habitación.

Lo encontró cerca del balcón. Jimin llevaba una camisa blanca de seda, desabrochada lo suficiente para mostrar la clavícula perfecta y la piel que Jungkook había marcado con sus dientes apenas cuarenta y ocho horas antes. Estaba rodeado de gente, riendo, sosteniendo una copa de champán con una elegancia que resultaba insultante.

Jimin giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Jungkook. Fue la regla de los tres segundos: no mirar más de ese tiempo para no levantar sospechas. Uno, dos... a los tres segundos, Jimin guiñó un ojo casi imperceptiblemente y volvió a su conversación.

Jungkook sintió un calor abrasador subirle por el cuello. Se dirigió a la barra y pidió un trago fuerte.

—Se ven bien juntos, ¿verdad? —dijo Taehyung, apareciendo a su lado y señalando a Jimin, que ahora hablaba con un modelo de alta costura que le tocaba el brazo con demasiada familiaridad.

Jungkook apretó el vaso de cristal.

—¿Quiénes?

—Jimin y ese chico, Taemin. Los medios dicen que son la pareja del año, aunque Jimin lo niega. Pero míralos, hay química.

Jungkook sintió una punzada de algo que se negaba a llamar celos. Era la regla número dos: nada de escenas de celos en público. Pero ver esa mano ajena sobre el brazo que él solía besar era una tortura lenta.

Minutos después, aprovechando que Yoongi y Taehyung estaban sumergidos en una discusión sobre producción musical, Jungkook se escabulló hacia el pasillo que conducía a las habitaciones. No tuvo que esperar mucho. Escuchó el clic de unos zapatos caros detrás de él y, de repente, una mano pequeña y suave lo jaló hacia el interior del baño de visitas, cerrando la puerta con seguro.

La luz estaba apagada, pero la claridad de la luna que entraba por la pequeña ventana era suficiente para ver la sonrisa traviesa de Jimin.

—Te tardaste —susurró el rubio, rodeando el cuello de Jungkook con sus brazos.

—Hay demasiada gente afuera, Jimin. Estamos rompiendo la regla número uno —respondió Jungkook, aunque sus manos ya habían encontrado el camino hacia la cintura del modelo, apretándolo contra él.

—Nadie nos vio. Taehyung está demasiado ocupado coqueteando con Yoongi y tus celos se notaban desde la entrada. Fue divertido.

—No estaba celoso —mintió Jungkook, bajando la cabeza para enterrar la nariz en el cuello de Jimin, aspirando ese perfume dulce que lo volvía loco.

—Mentiroso —Jimin soltó un jadeo suave cuando Jungkook succionó la piel justo debajo de su oreja—. Kook... no dejes marcas. Mañana tengo una sesión de fotos para Chanel.

—Entonces diles que es arte moderno —gruñó Jungkook antes de capturar sus labios.

El beso fue desesperado, una colisión de dientes y lenguas que hablaba de todo lo que no se decían con palabras. Jimin se subió al lavabo de mármol, abriendo las piernas para que Jungkook se encajara entre ellas. La frialdad del material contrastaba con el fuego que emanaba de sus cuerpos.

—Quédate a dormir hoy —murmuró Jimin entre besos, sus dedos enredados en el cabello negro de Jungkook.

Jungkook se detuvo en seco. Se separó unos centímetros, mirando a Jimin a los ojos.

—Sabes que no podemos. La regla tres: cero cursilerías al día siguiente. Si me quedo a dormir, desayunaremos juntos. Y si desayunamos juntos, esto deja de ser solo un acuerdo.

Jimin desvió la mirada, y por un segundo, la máscara de modelo perfecto se agrietó. Se veía vulnerable, casi pequeño bajo la luz lunar.

—Es solo dormir, Jungkook. Estoy cansado de despertar y que el lado derecho de la cama esté frío.

—Jimin... —Jungkook suspiró, acariciando la mejilla del rubio—. Estamos jugando con fuego. La servilleta dice que si uno empieza a sentir cosas, esto se acaba.

—¿Y quién dice que estoy sintiendo algo? —Jimin recuperó su tono desafiante, aunque sus ojos brillaban de una forma sospechosa—. Solo quiero un calentador humano. Si no puedes cumplir, vete con Yoongi.

Jungkook supo que era una trampa. Sabía que debía salir de ese baño, volver a la fiesta y pretender que Jimin era solo el amigo de su amigo. Pero cuando Jimin lo miró así, con los labios hinchados y el cabello revuelto, la regla número cuatro pareció un sacrificio necesario.


Dos semanas después, el caos estalló.

Jungkook estaba en el estudio terminando un boceto cuando su teléfono explotó con notificaciones. Un sitio de chismes había publicado fotos borrosas de un auto negro estacionado frente al edificio de Jimin a las cuatro de la mañana. En una de las fotos, se veía a un hombre con el brazo completamente tatuado ayudando a un Jimin encapuchado a subir al vehículo.

—Dime que no eres tú —dijo Yoongi, entrando al estudio con el teléfono en la mano. Su voz era gélida.

Jungkook dejó el lápiz sobre la mesa. El silencio fue su respuesta.

—¡Maldita sea, Jungkook! —Yoongi golpeó la mesa—. ¿Tienes idea de lo que esto le hace a su carrera? ¿Y a la nuestra? Taehyung está histérico. Pensó que eran amigos, que confiaban en él.

—Lo somos... es solo que... —Jungkook se pasó las manos por la cara, sintiendo el peso de la culpa—. Fue un acuerdo. Nada serio.

—¿Nada serio? —Yoongi soltó una carcajada amarga—. Jungkook, no has dejado de mirar su foto en dos meses. Has cancelado citas por ir a verlo a escondidas. Y Jimin... Jimin dejó de salir con otros desde que tú apareciste en su radar. Esto no es un "acuerdo", es un desastre anunciado.

El teléfono de Jungkook vibró. Era un mensaje de Jimin.

Jimin: "Taehyung lo sabe. La servilleta está en la basura. No vengas hoy".

El corazón de Jungkook se desplomó. La regla número cuatro se había activado, pero no de la forma que él esperaba. No fue una conversación madura; fue una explosión que dejó escombros por todas partes.


Pasaron tres días sin noticias. Jungkook no podía comer, no podía dormir y, lo peor de todo, no podía tatuar. Sus manos temblaban. Cada vez que cerraba los ojos, veía la servilleta de papel arrugada, ese contrato estúpido que intentaba protegerlos de lo inevitable.

Finalmente, no pudo más. Condujo hasta el penthouse de Jimin a medianoche. No le importó si los fotógrafos estaban allí. No le importó si Taehyung le gritaba.

Subió por el ascensor privado y marcó el código de la puerta que Jimin le había dado una noche de debilidad. El departamento estaba en penumbra, excepto por una pequeña luz en la cocina.

Jimin estaba sentado en la isla de la cocina, con una sudadera gigante que Jungkook reconoció como suya. Tenía los ojos rojos y una copa de vino a medio terminar frente a él.

—Te dije que no vinieras —dijo Jimin, su voz apenas un susurro.

—No me importa —Jungkook se acercó, deteniéndose a unos pasos de él—. La servilleta se rompió, ¿verdad? Eso significa que el acuerdo se acabó.

—Exacto. Se acabó. Ya no hay más encuentros a las dos de la mañana, no hay más secretos. Puedes volver a tu vida y yo a la mía.

—¿Y qué pasa si no quiero mi vida sin ti? —soltó Jungkook, dando un paso al frente.

Jimin soltó una risa seca, aunque las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

—No digas eso. Rompimos la regla cuatro, Jungkook. Tú empezaste a sentir cosas, o yo las sentí, o los dos somos unos idiotas que pensamos que podíamos controlar el amor con cuatro cláusulas en una servilleta de bar.

—Fui un idiota —admitió Jungkook, tomando las manos de Jimin entre las suyas. Estaban heladas—. Tuve miedo, Jimin. Miedo de que si admitía que te amaba, esto se volvería real y yo podría perderte. Si era solo un "acuerdo", podía fingir que no me dolería si te ibas.

Jimin levantó la mirada, sorprendido por la palabra "amor".

—¿Me amas? —preguntó, con la voz quebrada.

—Desde el primer momento en que te vi entrar a esa fiesta y me miraste como si supieras todos mis secretos. Te amo tanto que me duele, Jimin. Y odio esa servilleta. La odio porque me dio una excusa para no ser valiente.

Jimin se bajó del taburete y se lanzó a los brazos de Jungkook, ocultando el rostro en su pecho mientras sollozaba. Jungkook lo sostuvo con fuerza, como si temiera que fuera a evaporarse.

—Taehyung me odia —sollozó Jimin—. Dice que le mentimos en la cara.

—Lo arreglaremos. Hablaremos con ellos, les explicaremos que fuimos unos cobardes. Pero no voy a volver a salir de aquí a las cuatro de la mañana como si fuera un delincuente.

Jimin se separó un poco, limpiándose las lágrimas con la manga de la sudadera. Una pequeña y verdadera sonrisa apareció en sus labios.

—¿Entonces no más reglas?

Jungkook negó con la cabeza, inclinándose para besar su frente.

—Solo una.

—¿Cuál?

—Nada de servilletas. Si tenemos algo que decirnos, lo decimos a la cara, a plena luz del día.

Jimin asintió, rodeando la cintura de Jungkook.

—Me gusta esa regla.

Fuera, el mundo seguía girando, los tabloides seguían especulando y sus amigos seguían esperando una explicación. Pero en ese departamento, bajo la luz tenue de la cocina, Park Jimin y Jeon Jungkook finalmente dejaron de jugar a las escondidas. El acuerdo había muerto, y en su lugar, algo mucho más real y aterradoramente hermoso acababa de nacer.

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