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Fandom: Damian Wayne
Creado: 22/8/2026
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El eco de un latido ajeno
El silencio de la Mansión Wayne nunca había sido tan ensordecedor. Para Damian, cada rincón de los pasillos de piedra y madera oscura parecía haberse convertido en una caja de resonancia para sus propios pensamientos, o peor aún, para ese zumbido constante que sentía en la base del cráneo. Habían pasado tres días desde la visita a la clínica clandestina. Tres días en los que el mundo seguía girando con una normalidad insultante, mientras él sentía que se ahogaba en tierra firme.
Se encontraba en el gimnasio de la mansión, golpeando un saco de boxeo con una ferocidad que habría preocupado a cualquiera. Sus nudillos estaban enrojecidos, pero el dolor físico era un alivio comparado con la agitación interna. Cada golpe iba dirigido a una imagen mental: la sonrisa deforme del Joker, la mirada gélida de su padre, y ese punto blanco que parpadeaba en la pantalla de la ecografía.
—Estás bajando la guardia en el flanco izquierdo —dijo una voz desde la sombra.
Damian se detuvo en seco, el saco oscilando violentamente frente a él. Tim Drake estaba apoyado contra una de las máquinas de pesas, observándolo con una mezcla de curiosidad y esa irritante capacidad analítica que siempre lo caracterizaba.
—No necesito tus consejos, Drake —escupió Damian, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del guante.
—No son consejos, es una observación —replicó Tim, acercándose unos pasos—. Has estado aquí tres horas. Tu ritmo cardíaco es errático y tu palidez no ha mejorado. Si intentas castigarte por lo que pasó con el Joker, Bruce tiene razón: no es el camino.
Damian sintió una oleada de bilis subir por su garganta. No era solo el asco; era la ironía. Tim creía que conocía la causa de su tormento. Todos lo creían. Pensaban que el trauma era una cicatriz en el pasado, no una infección activa que crecía en su vientre.
—Vete —dijo Damian en voz baja, una advertencia peligrosa.
—Damian...
—¡He dicho que te vayas! —rugió, lanzando un puñetazo al saco que resonó como un disparo.
Tim levantó las manos en señal de rendición, pero sus ojos permanecieron fijos en él un segundo más de lo necesario antes de retirarse. Damian se quedó solo, temblando. Se llevó una mano al abdomen, apretando con fuerza, deseando que la presión pudiera simplemente borrar lo que había dentro.
"Es un parásito", se dijo a sí mismo. "Es una extensión de él. Es veneno".
El plan se formó en su mente con la frialdad de un asesino de la Liga. No podía permitir que esto continuara. No podía llevar al heredero del caos en su interior. Buscó en la red interna de la Batcomputadora, usando protocolos de encriptación que incluso Barbara tardaría horas en rastrear. Encontró otra clínica, esta vez más alejada, en los muelles de Gotham. Un lugar donde no hacían preguntas y donde el dinero borraba cualquier rastro.
A la mañana siguiente, Damian volvió a burlar la seguridad de la mansión. El trayecto en el tren elevado hacia los muelles fue una tortura. El movimiento del vagón le revolvía el estómago, y el olor a metal oxidado y humedad le recordaba al sótano donde el Joker lo había tenido encadenado.
"Hoy termina", pensó, cerrando los puños dentro de los bolsillos de su sudadera. "Hoy recupero mi cuerpo".
La clínica era poco más que una habitación mugrienta encima de un almacén de pescado. El aire olía a salitre y productos químicos baratos. Una mujer de aspecto demacrado lo recibió tras un cristal reforzado.
—Vengo por el procedimiento —dijo Damian, entregando un sobre lleno de billetes. La voz no le tembló, pero sus manos estaban heladas.
—Pasa al fondo. El doctor llegará en diez minutos. Quítate la ropa de cintura para abajo y cúbrete con la sábana.
Damian obedeció mecánicamente. Se sentó en la camilla de metal, sintiendo el frío atravesar la delgada tela. Miró las herramientas quirúrgicas dispuestas en una bandeja de acero inoxidable. Eran frías, afiladas, eficientes. Eran la solución.
Sin embargo, a medida que los minutos pasaban, el silencio empezó a llenarse de sonidos que no estaban allí. La risa del Joker, aguda y estridente, rebotaba en las paredes descascaradas.
—¿Vas a matarlo, pajarito? —parecía susurrar el viento a través de la ventana rota—. Qué poco agradecido. Después de todo, es lo único puro que ha salido de nosotros.
Damian se cubrió los oídos, apretando los ojos con fuerza.
—Cállate, cállate... —murmuró.
La puerta se abrió y un hombre con una bata manchada entró. No tenía la mirada profesional del médico anterior; este hombre solo veía a un cliente más, una transacción.
—Bien, Julian —dijo el hombre, consultando una nota rápida—. Vamos a terminar con esto rápido. Recuéstate.
Damian se recostó, sintiendo que el corazón le martilleaba en las costillas. El médico comenzó a preparar una jeringa, probablemente un sedante o un anestésico local. Damian miró al techo, tratando de desconectarse, de volver a ser el arma que su madre había forjado.
Pero entonces, ocurrió. Un espasmo en su vientre, una punzada que no era dolor, sino una presencia. Su mente, traicionera y entrenada, recordó la imagen del pequeño punto parpadeante. El latido.
Ese latido no era el del Joker. Era un ritmo independiente. Era vida, una vida que él odiaba, pero que era, en última instancia, la única cosa en el mundo que compartía su propia sangre en ese momento.
—Espera —dijo Damian, su voz apenas un susurro.
—Solo será un pinchazo, muchacho. Relájate.
—He dicho que esperes —la voz de Damian recuperó su filo, el tono de un príncipe que no aceptaba réplicas. Se incorporó bruscamente, apartando la mano del médico.
—Mira, ya pagaste. Si te arrepientes ahora, no hay devoluciones —dijo el hombre con fastidio.
Damian no lo escuchaba. Sus ojos estaban fijos en su propio vientre. Una náusea violenta lo golpeó, pero no era la náusea del embarazo; era la náusea del horror ante lo que estaba a punto de hacer y ante lo que estaba decidiendo no hacer.
Se sintió débil, patético. Un guerrero de la Liga de Asesinos no dudaba ante la eliminación de una amenaza. Y esto era una amenaza. Era la victoria final del Joker. Si este niño nacía, el Joker viviría para siempre, no en la memoria, sino en la carne.
Y aun así, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. No eran lágrimas de tristeza, sino de una frustración devastadora.
—No puedo —sollozó, tapándose la cara con las manos—. No puedo hacerlo.
—Como quieras —el médico se encogió de hombros y dejó la jeringa—. Vístete y lárgate. Hay otros esperando.
Damian salió de la clínica tropezando, sintiendo que el aire de los muelles era más pesado que el plomo. Se derrumbó contra un contenedor de basura en un callejón cercano, llorando con una intensidad que le desgarraba el pecho. Se odiaba. Odiaba al Joker por haberle hecho esto, odiaba a Bruce por no darse cuenta, y se odiaba a sí mismo por ser lo suficientemente "débil" como para no poder arrancar de raíz la semilla de su agresor.
—Eres un cobarde, Damian Wayne —se dijo entre hipidos, golpeando su frente contra sus rodillas—. Eres un maldito cobarde.
Pasó horas vagando por la ciudad, oculto bajo la capucha, sintiendo que cada persona que pasaba a su lado podía ver su secreto, que su piel se volvía transparente y que el mundo entero señalaba el monstruo que llevaba dentro.
Cuando finalmente regresó a la mansión, era noche cerrada. Entró por la cueva, esperando evitar a todos, pero la suerte no estaba de su lado.
Bruce estaba sentado frente a la Batcomputadora, con el traje puesto pero sin la máscara. A su lado, Dick hablaba en voz baja, gesticulando con preocupación. Ambos se giraron cuando Damian apareció en la plataforma.
—¿Dónde has estado? —la voz de Bruce era un trueno contenido—. Faltaste a la escuela. De nuevo. Alfred dijo que no estabas en tu habitación desde la mañana.
Damian se detuvo a varios metros de distancia. La luz azul de las pantallas hacía que su piel se viera aún más cadavérica.
—Salí a caminar —respondió, su voz plana, despojada de toda emoción.
—¿A caminar por diez horas? —intervino Dick, acercándose con cautela—. Damian, nos tenías preocupados. Jason salió a buscarte hace dos horas. Duke y Cass están patrullando las zonas donde podrías estar.
—No pedí que me buscaran —dijo Damian, tratando de pasar de largo.
Bruce se levantó, interceptándolo. Su sombra cubrió a Damian, una presencia imponente que solía traer seguridad, pero que ahora solo le provocaba una claustrofobia insoportable.
—Mírame, Damian —ordenó Bruce.
Damian levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados, y su rostro reflejaba un agotamiento que iba más allá de lo físico. Bruce frunció el ceño, su instinto de detective trabajando a mil por hora, pero buscando en la dirección equivocada.
—Esto tiene que parar —dijo Bruce, suavizando ligeramente el tono—. Entiendo que el Joker te infligió un daño psicológico profundo. Entiendo que las náuseas y el malestar son manifestaciones de ese estrés. Pero huir no es la solución. Mañana empezaremos una terapia intensiva con Dinah. Ella sabe cómo tratar traumas de este tipo.
Damian soltó una carcajada seca, un sonido roto que hizo que Dick retrocediera un paso.
—¿Terapia? ¿Crees que unas palabras van a arreglar esto, padre? —Damian sintió el impulso de gritar la verdad, de escupirles el horror a la cara—. No tienes ni idea de lo que estás hablando. No sabes nada.
—Sé que mi hijo está sufriendo y que se niega a recibir ayuda —respondió Bruce con firmeza—. Sé que el Joker te hizo sentir vulnerable, y que estás proyectando esa vulnerabilidad en una enfermedad física que no existe.
"Que no existe", repitió Damian en su mente. La ironía era un cuchillo retorcido. Bruce Wayne, el mejor detective del mundo, estaba frente a la mayor anomalía biológica de su carrera y la descartaba como un síntoma psicosomático.
—Si eso es lo que crees, entonces no tenemos nada más que discutir —dijo Damian, zafándose del agarre de su padre.
Subió las escaleras hacia la mansión, sintiendo la mirada de Bruce y Dick clavada en su espalda. En el pasillo, se cruzó con Jason, que acababa de regresar. Jason lo miró de arriba abajo, sus ojos deteniéndose un segundo más de lo normal en la postura defensiva de Damian, en la forma en que sus brazos protegían inconscientemente su sección media.
—Enano —dijo Jason en voz baja.
Damian no se detuvo.
—Déjame en paz, Todd.
—Hueles a hospital barato y a miedo —soltó Jason, haciendo que Damian se congelara—. No sé en qué lío te has metido, pero si crees que Bruce va a entenderlo, estás perdiendo el tiempo. Él solo ve lo que quiere ver.
Damian lo miró por encima del hombro. Por un momento, estuvo a punto de hablar. Jason había pasado por la muerte, por la violación de su propia tumba, por el pozo de Lázaro. Quizás él sí podría entender el asco. Pero el orgullo de Damian, ese último vestigio de su dignidad, se lo impidió.
—No hay nada que entender —dijo, y se encerró en su cuarto.
Una vez solo, Damian se despojó de la sudadera y se miró en el espejo de cuerpo entero. Se pasó la mano por el vientre, todavía plano, pero que para él se sentía como una montaña. El rechazo que sentía era visceral, una repulsión que le hacía querer arrancarse la piel.
—Te odio —susurró, dirigiéndose a la presencia invisible en su interior—. Te odio por existir. Te odio porque eres suyo.
Se dejó caer en la cama, cubriéndose con las mantas, tratando de desaparecer. Pero en la oscuridad, el latido invisible continuaba. Un eco rítmico, persistente, que le recordaba que no importaba cuánto intentara huir, cuánto intentara negarlo o cuántas veces Bruce dijera que era "psicosomático".
El Joker le había dejado un regalo de despedida. Una vida nacida de la muerte de su inocencia. Y mientras Damian cerraba los ojos, sintiendo una nueva oleada de náuseas, supo que la verdadera batalla no sería contra los criminales de Gotham, sino contra el ser que crecía en su interior, alimentándose de su odio y de su silencio.
Afuera, la lluvia de Gotham empezó a caer, lavando las calles pero sin poder tocar la mancha que Damian llevaba dentro. En la mansión, la familia Wayne seguía discutiendo estrategias, analizando perfiles psicológicos y planeando el futuro de un Robin que ya no existía, sin saber que en la habitación de arriba, el heredero del Joker estaba reclamando su lugar en el linaje de los murciélagos.
