
Nsr22
Fandom: Damian Wayne
Creado: 22/8/2026
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Eco de una Risa en el Vientre
La Mansión Wayne nunca había sido un lugar de calidez, pero ahora se sentía como un mausoleo de mármol y expectativas rotas. Damian se miró en el espejo del baño, con la mano temblando a escasos milímetros de su abdomen. Aún no se notaba, no para un ojo inexperto, pero él podía sentir la alteración en su propio centro de gravedad. Podía sentir la invasión.
—No eres nada —susurró Damian a su propio reflejo. Sus ojos verdes estaban hundidos, rodeados por ojeras que ni siquiera el entrenamiento de la Liga de Sombras le había enseñado a ocultar—. Eres un error. Un tumor con el ADN de un monstruo.
Pero entonces, un espasmo, una náusea que le revolvió las entrañas, lo obligó a doblarse sobre el lavabo. No era solo el malestar físico; era la sensación de que algo, una chispa de vida que no pidió permiso para existir, se aferraba a él con una tenacidad aterradora. Odiaba esa vida. La odiaba con cada fibra de su ser porque era el recordatorio constante del Joker, de su risa estridente resonando en las paredes de aquella celda, del olor a ozono y sangre.
Sin embargo, en el rincón más oscuro y castigado de su alma, algo gritaba. Una parte de Damian, la que nunca había sido amada incondicionalmente, sentía una punzada de piedad por esa criatura condenada antes de nacer. Quería quererlo. Quería ser capaz de ver esa vida como algo ajeno al horror, pero la imagen del payaso se interponía siempre.
La puerta de su habitación crujió. Damian se enderezó de inmediato, limpiándose la boca con el dorso de la mano y ajustándose la sudadera holgada.
—Damian, la cena está lista hace quince minutos. Tu padre está perdiendo la paciencia.
Era Dick. Siempre el hermano mayor preocupado, siempre tratando de tender puentes sobre abismos que no comprendía. Damian no se giró.
—No tengo hambre, Richard. Dile a Bruce que mi "disciplina" incluye saber cuándo mi cuerpo necesita descanso, no calorías inútiles.
Dick suspiró y entró un paso más en la habitación.
—No es solo por la comida, enano. Has estado encerrado días. Bruce cree que estás... bueno, que estás siendo rebelde por el trauma. Dice que necesitas volver a la patrulla para "enfocar tu mente".
Damian soltó una carcajada seca, carente de humor. ¿Volver a la patrulla? ¿Saltar por los tejados mientras su cuerpo albergaba el fruto de una violación? La ceguera de Bruce era casi cómica. Para Batman, todo era un problema de software que podía arreglarse con más entrenamiento y una voluntad de hierro.
—Dile que no iré. Dile que... —Damian se interrumpió. Sabía que si se quedaba allí, tarde o temprano, su cuerpo lo traicionaría. La sospecha de Jason ya era una amenaza constante, y Tim, con su mente analítica, no tardaría en notar las fluctuaciones hormonales en sus análisis de sangre si Bruce lo obligaba a hacerse un chequeo post-misión—. Dile que he tomado una decisión.
—¿Qué decisión? —preguntó Dick, dando un paso más, su tono suavizándose.
—Me voy. Me voy a internar en el Centro Arkham de Rehabilitación Juvenil... la rama privada, en las afueras.
Dick se quedó petrificado.
—¿Un hospital psiquiátrico? Damian, no... no es necesario. Podemos manejarlo aquí. Alfred puede...
—¡Alfred no puede arreglar esto! —gritó Damian, girándose al fin. Sus ojos brillaban con una intensidad febril—. Bruce no puede arreglarlo. Ninguno de ustedes puede. Dicen que es "estrés postraumático". Bien, si es estrés, iré a un lugar diseñado para tratarlo.
—Bruce no lo permitirá —dijo Dick, sacudiendo la cabeza—. Él cree que la estructura de la familia es tu mejor medicina.
—Bruce no sabe nada —sentenció Damian con una frialdad que heló la sangre de su hermano—. Y si intentan detenerme, me iré de todos modos y no me encontrarán.
En el comedor, la tensión se podía cortar con un batarang. Jason Todd estaba sentado al final de la mesa, observando a Bruce con una mezcla de desprecio y sospecha. Tim Drake tecleaba en su tableta, tratando de ignorar el aura pesada que emanaba del patriarca de la familia. Cassandra y Stephanie compartían una mirada silenciosa, mientras Duke intentaba, sin éxito, comer su ensalada.
Cuando Dick entró y les comunicó la decisión de Damian, el silencio fue absoluto.
—¿Un psiquiátrico? —Jason soltó una carcajada amarga—. El chico está pidiendo a gritos ayuda y tu respuesta, Bruce, fue decirle que hiciera más flexiones.
—Damian está pasando por una fase de inestabilidad emocional —dijo Bruce, sin levantar la vista de sus archivos—. Si él cree que un entorno clínico controlado le ayudará a procesar lo que el Joker le hizo, no me opondré. Quizás el aislamiento le devuelva la perspectiva.
—¡Es un niño, Bruce! —exclamó Stephanie—. Se siente solo.
—Se siente sucio —corrigió Cassandra en un susurro casi imperceptible. Todos se giraron hacia ella. Cass siempre veía lo que los demás ignoraban—. Siente que algo está mal... en su interior.
Jason frunció el ceño, sus ojos azules brillando con una luz peligrosa. Recordó haber visto a Damian ocultar pruebas de embarazo en la basura semanas atrás, algo que había descartado como una imposibilidad biológica o una confusión, pero la actitud de Damian... su forma de protegerse el vientre, su rechazo a cualquier contacto físico.
—Yo no creo que sea solo estrés —dijo Jason, levantándose de la silla—. Y si lo dejas ir solo a ese hospital, Bruce, estarás cometiendo el mayor error de tu vida.
—Es su elección, Jason —respondió Bruce con esa voz monótona que usaba cuando quería cerrar una discusión—. Si Damian necesita espacio, se lo daré. Pero no esperen que detenga las operaciones de la ciudad por un capricho de aislamiento.
Jason salió del comedor sin decir una palabra más. Sabía que Bruce estaba usando la negación como escudo. Si Bruce aceptaba que Damian estaba roto de una forma que la lógica no podía explicar, entonces Bruce tendría que aceptar que falló como padre y como protector.
Dos días después, Damian cruzaba las puertas del Instituto Arkham para la Salud Mental Juvenil. No era el asilo oscuro donde residían los villanos, sino una clínica de alta seguridad, rodeada de bosques y silencio.
Llevaba solo una maleta pequeña. No quería nada de la mansión. No quería nada que le recordara a la Bat-familia.
—Nombre —dijo la enfermera en la recepción, sin levantar la vista.
—Damian Wayne.
La mujer levantó la cabeza, sorprendida.
—Oh, joven Wayne. Tenemos sus papeles. "Estrés agudo y colapso nervioso", según el informe de su padre.
—Sí —dijo Damian, sintiendo cómo la mentira le quemaba la garganta—. Estrés.
Lo llevaron a una habitación blanca, austera, con una ventana que daba al bosque pero que no se podía abrir. Cuando la puerta se cerró y escuchó el clic de la cerradura, Damian se dejó caer en la cama. Por primera vez en semanas, no tenía que fingir que no quería vomitar. No tenía que ocultar su postura.
Se llevó las manos al vientre y apretó.
—¿Por qué no te mueres? —susurró, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. ¿Por qué tengo que ser yo quien te lleve?
En su mente, la risa del Joker estalló como un trueno. “¡Porque eres mi mejor chiste, pajarito! ¡El regalo que sigue dando!”.
Damian se tapó los oídos, encogiéndose en posición fetal. Estaba solo. Había logrado alejar a todos. Bruce estaba en la mansión, convencido de que su hijo solo necesitaba "tiempo fuera". Tim estaba analizando datos. Dick estaba patrullando.
Nadie sabía que en ese hospital, Damian no buscaba terapia. Buscaba un lugar donde colapsar sin que nadie viera las piezas romperse.
Mientras tanto, en la Batcueva, Jason Todd no estaba patrullando. Estaba frente a la computadora principal, usando los códigos que le había robado a Tim.
—Vamos, mocoso genio, sé que tienes los escaneos médicos de la última vez que Damian estuvo en la enfermería —murmuró Jason para sí mismo.
Tim había analizado la sangre de Damian tras el ataque del Joker, buscando toxinas. Bruce había leído el informe y, al ver que no había veneno del Joker ni gas del miedo, cerró el caso médico. Pero Jason buscaba otra cosa. Buscaba anomalías.
Encontró el archivo. Los niveles de gonadotropina coriónica estaban fuera de toda escala lógica para un varón. Tim lo había marcado como "error de laboratorio debido a trauma tisular".
—Error de laboratorio, mis narices —gruñó Jason. Sus manos temblaron sobre el teclado—. Bruce, eres un imbécil.
Jason recordó las historias que circulaban en los bajos fondos sobre los experimentos químicos del Joker, sobre su obsesión con dejar un "legado" permanente en Batman. Sintió una náusea repentina.
—Él no se fue a ese hospital por estrés —dijo Jason en voz alta, el horror calando en sus huesos—. Se fue para esconderse de nosotros.
En el hospital, la noche cayó con una pesadez asfixiante. Damian estaba sentado en el suelo, apoyado contra la cama. La cena estaba intacta en la bandeja.
De repente, la puerta se abrió. No era una enfermera. Era una mujer de cabello rubio y ojos penetrantes, vestida de civil pero con una autoridad que Damian reconoció al instante.
—¿Dinah? —preguntó Damian, su voz quebrada.
Dinah Lance, Canario Negro, cerró la puerta tras de sí. Ella no venía como parte de la Liga de la Justicia, sino como alguien que Bruce había contactado discretamente para una "evaluación psicológica informal". Pero Dinah, a diferencia de Bruce, tenía una intuición que iba más allá de los hechos clínicos.
—Hola, Damian —dijo ella suavemente, sentándose en la única silla de la habitación—. Tu padre me pidió que viniera a hablar. Dice que no quieres hablar con él.
—No hay nada que decir —respondió Damian, recuperando su máscara de frialdad—. Estoy aquí para recuperarme.
Dinah lo observó en silencio durante un largo minuto. Vio la forma en que Damian cruzaba los brazos sobre su estómago, no como una postura de defensa marcial, sino de protección instintiva. Vio la palidez de su piel y la forma en que evitaba el contacto visual.
—Damian —dijo ella, bajando la voz—, he visto a muchas víctimas de trauma. He visto a personas romperse de mil maneras. Pero tú no pareces alguien que está procesando un recuerdo. Pareces alguien que está cargando con una realidad presente.
—Vete, Dinah.
—Jason me llamó antes de que entrara aquí —continuó ella, ignorando su orden—. Me pidió que te hiciera una pregunta. Una que él no se atreve a hacerse a sí mismo.
Damian tensó los hombros, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
—¿Qué te hizo el Joker realmente en esa celda, Damian? Y no me hables de los golpes.
Damian se levantó bruscamente, el odio brillando en sus ojos.
—¡Él ganó! ¿Eso es lo que quieren oír? ¡Él destruyó todo lo que el abuelo y mi madre construyeron! ¡Me convirtió en una incubadora!
El silencio que siguió a esas palabras fue ensordecedor. Damian se tapó la boca con las manos, los ojos abiertos de par en par, horrorizado por haber soltado la verdad.
Dinah se levantó lentamente, su rostro pasando de la sorpresa a una compasión tan profunda que Damian no pudo soportarla.
—Oh, Damian... —susurró ella, acercándose.
—¡No me toques! —gritó él, retrocediendo hasta la pared—. ¡No te acerques! ¡Es un monstruo! ¡Siento cómo crece! ¡Siento su risa cada vez que mi corazón late!
Damian se derrumbó en el suelo, sollozando sin control. Era el heredero de Al Ghul, el hijo de Batman, el Robin que nunca se rendía. Y allí estaba, en el suelo de un hospital psiquiátrico, confesando que el Joker le había dejado un regalo de despedida que ninguna medicina podía curar.
Dinah se arrodilló a una distancia prudente, con el corazón roto.
—No estás solo, Damian. No vas a pasar por esto solo.
—Bruce me odiará —sollozó Damian, con la frente apoyada en las rodillas—. Él verá al Joker cada vez que me mire. Ya lo hace. Por eso no quiere ver la verdad.
—Bruce es un hombre ciego ante el dolor que no puede combatir con los puños —dijo Dinah con firmeza—, pero Jason está en camino. Y yo no me voy a mover de aquí.
Mientras Dinah hablaba, en la oscuridad de la habitación, Damian sintió un movimiento leve, casi imperceptible, en su vientre. No era un latido, era algo más. Una presencia.
Cerró los ojos con fuerza, deseando que todo fuera una pesadilla, pero la realidad era ineludible: la Bat-familia estaba a punto de enfrentarse a una verdad que destrozaría los cimientos de la Mansión Wayne, y él era el epicentro de la tormenta.
Afuera, la lluvia comenzó a golpear el cristal de la ventana, y por un momento, solo por un momento, Damian deseó que Jason llegara pronto. Porque el muro de silencio que Bruce había construido ya no era suficiente para protegerlos del horror que estaba creciendo en su interior.
