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Fandom: Damian Wayne
Creado: 23/8/2026
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El eco de las entrañas
La Mansión Wayne se había convertido en un mausoleo de expectativas rotas. Para Damian, cada pasillo era una arteria que bombeaba el aire viciado de la negación de su padre. Bruce lo miraba y veía un rompecabezas lógico, una mente fracturada por el trauma del Joker que necesitaba reajuste y terapia. No veía el cambio sutil en la postura de su hijo, ni la forma en que Damian evitaba tocarse el abdomen, como si temiera que el contacto desencadenara una explosión.
Damian odiaba lo que crecía dentro de él. Era un parásito, una extensión de la locura del payaso, una mancha biológica que desafiaba todas las leyes de la naturaleza y de su propio entrenamiento en la Liga de los Asesinos. Pero, en las noches de insomnio, cuando el silencio de la mansión se volvía insoportable, una pregunta traicionera lo asaltaba: «¿Y si pudiera ser mío y no de él?».
Quería quererlo. Esa era su mayor debilidad. Quería sentir algo que no fuera asco o terror absoluto. Y esa contradicción lo estaba matando.
—Damian, la cena está servida —la voz de Dick Grayson sonó suave tras la puerta de su habitación—. Alfred hizo tu plato favorito.
—No tengo hambre, Richard —respondió Damian, su voz apenas un susurro áspero.
—Bruce está preocupado. Todos lo estamos. Si solo bajaras y hablaras con nosotros...
—No hay nada de qué hablar con alguien que ha decidido que mi realidad es una alucinación —escupió Damian, apretando los puños sobre las sábanas.
Escuchó el suspiro de Dick al otro lado, el peso de la impotencia. Dick se marchó, sus pasos alejándose con una pesadez que Damian sintió como una cadena. Sabía que no podía quedarse. Si se quedaba, la verdad acabaría por romper la piel y Bruce lo trataría como un espécimen de laboratorio o un paciente psiquiátrico antes de aceptar la monstruosidad del Joker.
Esa misma noche, Damian Wayne dejó de existir para la Bat-familia.
No dejó nota. No dejó rastros digitales. Usó cada gramo de su entrenamiento para burlar los sistemas de seguridad que él mismo había ayudado a perfeccionar. Evadió las cámaras térmicas, los sensores de movimiento y la vigilancia silenciosa de Jason, quien esa noche patrullaba los niveles inferiores.
Damian huyó de Gotham. No fue a una base segura de la Liga ni a un refugio de los Titanes. Buscó el anonimato más absoluto, el lugar donde los nombres no importaban y las almas rotas se amontonaban en los rincones del sistema.
Tres semanas después.
El Hospital Psiquiátrico de Saint Jude, a las afueras de una ciudad gris en el norte, no se parecía en nada al Asilo Arkham. Aquí no había supervillanos ni celdas de alta seguridad, solo el olor a antiséptico barato y el sonido constante de carros de medicina rodando sobre linóleo desgastado.
Damian, bajo el nombre falso de "Ian Al-Sayf", se sentaba en el pequeño jardín amurallado del centro. Vestía el uniforme gris de los internos, que le quedaba ligeramente holgado, ocultando la incipiente pero innegable curva de su vientre que su metabolismo, antes perfecto, ya no podía disimular.
—¿Ian? —Una enfermera joven se acercó con una bandeja—. Es hora de tu suplemento vitamínico. El doctor dice que estás muy bajo de peso.
Damian la miró con esos ojos verdes que alguna vez habían irradiado una ferocidad letal y que ahora solo albergaban un vacío profundo.
—Gracias, Martha —dijo él, tomando el vaso de plástico. Sus manos temblaban ligeramente.
—Has estado muy callado hoy. ¿Dormiste bien?
—El ruido no cesa —respondió Damian, mirando hacia la pared de ladrillos—. A veces creo que puedo oírlo reír desde adentro.
La enfermera le dedicó una mirada de lástima. En su ficha médica, "Ian" figuraba como una víctima de abuso severo con brotes psicóticos y disociación corporal. Nadie en ese hospital sospechaba que el chico de catorce años que apenas hablaba era el hijo del hombre más rico de Gotham, ni que su "delirio" de estar embarazado era una verdad física que desafiaba la ciencia.
Cuando la enfermera se retiró, Damian se llevó una mano al estómago. El rechazo fue instantáneo; un escalofrío de repulsión recorrió su columna. «Es suyo», pensó. «Es el legado del Joker. Es una broma macabra hecha carne».
Pero luego, sintió un movimiento. Leve. Casi imperceptible. Como el aleteo de una mariposa atrapada en una jaula de costillas.
—Te odio —susurró Damian, y sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer—. Te odio porque no deberías existir. Te odio porque me obligas a ser algo que no soy.
Cerró los ojos y, por un momento, se permitió imaginar que era un chico normal en un hospital normal. Que Bruce no lo había llamado "histérico", que Dick no lo miraba con lástima, que Jason no lo buscaba con esa sospecha constante en la mirada.
—Pero si te dejo vivir... —continuó en un murmullo quebrado—, si permito que nazcas... ¿serás él? ¿O serás yo?
La sombra del Joker apareció en el borde de su visión, una alucinación persistente que lo seguía desde Gotham. El payaso estaba sentado en el banco de al lado, con las piernas cruzadas y una sonrisa podrida.
—¡Oh, Damian! —la voz imaginaria del Joker era un chirrido en su mente—. Será perfecto. Tendrá tus ojos y mi sentido del humor. ¿No es romántico? Una unión que Batman nunca podrá romper.
—Cállate —gruñó Damian, apretando los dientes—. No eres real.
—Soy tan real como lo que tienes ahí dentro, pajarito. Puedes huir a este agujero, puedes esconderte de Papi Murciélago, pero no puedes huir de la sangre. Mi sangre ahora corre por ti. Estamos conectados. Por siempre.
Damian se levantó bruscamente, haciendo que el banco de madera crujiera. La alucinación desapareció, pero el miedo no. Se sentía sucio, invadido. Su propio cuerpo era una escena del crimen que no podía limpiar.
Mientras tanto, en la Batcueva, el ambiente era de una tensión eléctrica.
—¡Han pasado veintiún días, Bruce! —gritó Dick, golpeando la mesa de cristal—. ¡Veintiún días y no tenemos ni una sola pista! ¡Damian no desaparece así como así!
Bruce Wayne no levantó la vista de las pantallas. Su rostro parecía tallado en piedra, pero sus ojos estaban inyectados en sangre. Había revisado cada cámara de seguridad del país, cada transacción bancaria sospechosa, cada informe de la Liga de los Asesinos. Nada.
—Él no quería que lo encontraran —dijo Bruce, su voz monótona, ocultando el pánico que lo devoraba—. Estaba pasando por un episodio psicótico severo. Su mente creó una narrativa de daño físico para lidiar con el trauma del Joker. Probablemente se siente avergonzado de su debilidad y se ha escondido.
Jason Todd, apoyado contra una de las columnas de piedra, soltó una carcajada seca y carente de humor.
—¿Vergüenza? ¿En serio crees que es eso, Bruce? —Jason caminó hacia el centro de la cueva—. Vi a ese niño antes de que se fuera. No estaba avergonzado. Estaba aterrorizado. Y no era por su "mente". Era por algo que tú te negaste a ver porque no encajaba en tus malditos libros de medicina.
—Jason, no es el momento —intervino Tim, tratando de mantener la paz, aunque su propio rostro reflejaba el cansancio de semanas sin dormir.
—¡Es el momento perfecto! —exclamó Jason, señalando a Bruce—. Lo trataste como a un loco. Le dijiste que lo que sentía en su propio cuerpo no era real. Si yo fuera él, también habría corrido lo más lejos posible de este lugar.
—Hice lo que los protocolos dictan para el estrés postraumático —respondió Bruce, finalmente levantándose. Su altura era imponente, pero Jason no retrocedió—. Damian necesitaba estructura, no alimentar sus delirios.
—¿Y si no era un delirio? —preguntó Cassandra desde las sombras, su voz pequeña pero cargada de una intuición que todos temían.
El silencio que siguió fue sepulcral. Stephanie y Duke se miraron, compartiendo un temor que nadie se atrevía a verbalizar. La idea de que algo físico le estuviera ocurriendo a Damian, algo que Batman no pudo detectar, era impensable.
—Encontraremos a mi hijo —sentenció Bruce, aunque por primera vez, su voz tembló ligeramente—. Y cuando lo hagamos, recibirá la ayuda que necesita.
En el hospital, Damian estaba en su habitación cuando el dolor comenzó. No era un dolor de parto, era demasiado pronto para eso, pero era un calambre violento que lo dejó de rodillas en el suelo frío.
—No... ahora no —jadeó, aferrándose al borde de la cama.
Se miró en el pequeño espejo de seguridad de la pared. Estaba pálido, con ojeras profundas. Se veía débil. Un Robin caído. Un heredero de Al Ghul quebrado.
—Te odio —repitió, pero esta vez, su mano se cerró sobre su vientre con una fuerza protectora que lo sorprendió—. Te odio porque te quiero. Te odio porque eres lo único que me queda de esa noche que no es solo dolor.
La puerta de su habitación se abrió. Era el psiquiatra de turno, un hombre de mediana edad llamado Dr. Aris.
—Ian, me han informado que no has querido salir a la terapia de grupo —dijo el doctor, entrando con una carpeta—. Tenemos que hablar sobre tu progreso. O la falta de él.
Damian se incorporó lentamente, recuperando una fracción de su compostura habitual.
—No tengo nada que decirles a los demás —respondió Damian con frialdad—. Sus problemas son triviales.
El doctor suspiró y se sentó en la única silla de la habitación.
—Sigues insistiendo en que hay algo... creciendo en ti. Hemos hecho análisis de sangre básicos al ingresar, Ian. No hay nada fuera de lo común, más allá de una anemia severa. ¿Por qué te aferras a esa idea?
Damian sintió una chispa de la antigua rabia de Robin.
—Porque ustedes solo ven lo que sus máquinas les permiten ver —dijo Damian, acercándose al doctor—. Porque el Joker no juega con las reglas de la biología humana. Él... él hizo algo. Usó venenos, usó química de la Liga que ustedes no entenderían en cien años.
—Ian, el Joker es un criminal de Gotham. Estás a cientos de kilómetros de Gotham. Estás a salvo.
—Nadie está a salvo de él —susurró Damian, volviendo a sentarse en la cama—. Especialmente yo.
El doctor anotó algo en su carpeta. «Paranoia persistente. Fijación con el agresor».
—Vamos a aumentar tu dosis de antipsicóticos, Ian. Te ayudarán a dormir y a que esas sensaciones desaparezcan.
—No —dijo Damian con firmeza—. No voy a tomar nada que pueda... que pueda dañarlo.
El doctor levantó una ceja.
—¿Dañar a quién, Ian? Dijiste que lo odiabas. Dijiste que era un monstruo.
Damian guardó silencio. La contradicción lo desgarraba. Quería que el "monstruo" desapareciera, quería volver a ser el guerrero perfecto de Batman. Pero al mismo tiempo, la idea de que ese pequeño latido —el que escuchó en la clínica clandestina y que aún resonaba en sus oídos— se apagara por un fármaco, le provocaba un pánico visceral.
—Es mi sangre —dijo finalmente Damian, con una voz tan baja que el doctor tuvo que inclinarse—. Aunque sea suya... también es mía. Y no dejaré que nadie más le haga daño.
Esa noche, Damian Wayne lloró por primera vez desde que fue capturado por el Joker. Lloró por el padre que no le creyó, por los hermanos que no pudieron salvarlo y por el hijo que nunca pidió, pero que ahora era el único ancla que lo mantenía unido a una cordura que se desvanecía por momentos.
Estaba solo. Estaba perdido. Y en la oscuridad de su habitación psiquiátrica, mientras el Joker reía en las sombras de su mente, Damian comenzó a aceptar que nunca volvería a Gotham. No podía volver como el recipiente del legado de su mayor enemigo.
Prefirió ser un fantasma en un hospital olvidado que un monstruo a los ojos de Batman. Pero el destino, al igual que el Joker, siempre tenía una última broma preparada. Y en algún lugar de la red global, un algoritmo de reconocimiento facial que Tim Drake había diseñado acababa de detectar una coincidencia en una cámara de seguridad de una pequeña farmacia a dos manzanas del Hospital Saint Jude.
La cacería había comenzado, pero Damian ya no era la presa que ellos esperaban encontrar.
