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Fandom: Damian Wayne

Creado: 23/8/2026

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El eco de las paredes blancas

El silencio en la habitación 402 no era pacífico; era una entidad densa que pesaba sobre los hombros de Damian como una capa de plomo. Aislado del mundo, lejos de las gárgolas de Gotham y de la mirada inquisidora de su padre, el joven que una vez fue el heredero de los Al Ghul se encontraba ahora atrapado en un laberinto de paredes acolchadas y medicamentos que nublaban su juicio.

En sus brazos, el pequeño bulto envuelto en una manta azul palidecía bajo la luz fluorescente. El bebé dormía, ajeno al torbellino de odio, asco y desesperación que su presencia provocaba en su progenitor. Damian observó los rasgos del niño. Había días en los que veía sus propios ojos, la línea de la mandíbula de Bruce, o incluso la elegancia letal de Talia. Esos días, el amor florecía como una flor extraña y frágil en medio de un campo de batalla. Pero hoy no era uno de esos días.

Hoy, al observar la curvatura de los labios del pequeño mientras soñaba, Damian solo veía la sonrisa maníaca del Joker.

—No deberías estar aquí —susurró Damian, su voz quebrada por meses de desuso—. No deberías existir.

El niño soltó un pequeño quejido y Damian se tensó, sintiendo un impulso violento de alejarse, de correr hasta que sus pulmones estallaran. Sin embargo, se obligó a quedarse sentado. La terapia en este centro psiquiátrico clandestino, pagado con fondos que había desviado de las cuentas de la Liga de Asesinos antes de su huida, se centraba en el "vinculador". Pero ¿cómo te vinculas con el recordatorio viviente de tu mayor humillación?

La puerta se abrió con un chasquido metálico. La doctora Aris, una mujer de mediana edad con ojos que habían visto demasiada tragedia, entró con una carpeta en la mano.

—¿Cómo ha sido la mañana, Damian? —preguntó ella, manteniendo una distancia prudencial.

—Igual que ayer —respondió él sin apartar la vista del bebé—. El monstruo sigue ahí.

—Es un niño, Damian. No es el hombre que te hizo daño.

—Tiene su sangre —espetó Damian, levantando la mirada, sus ojos verdes inyectados en sangre por la falta de sueño—. Cada vez que sonríe, siento que él se está burlando de mí desde el infierno. Siento que el Joker ganó.

—El Joker no ganó porque tú estás aquí intentando ser mejor —dijo la doctora, sentándose en la silla frente a él—. La Batifamilia te está buscando, lo sabes. El mundo entero parece estar buscándote.

Damian soltó una risa seca y carente de humor.

—No buscan a Damian. Buscan a Robin. Buscan al soldado que se rompió y huyó. Si supieran... si vieran lo que llevo en brazos, me mirarían con la misma lástima con la que miran a las víctimas de Arkham. No quiero su compasión.

—Bruce Wayne no es solo Batman, es tu padre.

—Bruce Wayne es un hombre que cree en la justicia —dijo Damian, volviendo a mirar al bebé, que ahora abría los ojos—. Y lo que este niño representa es la injusticia más absoluta del universo.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, la Batcueva era un funeral perpetuo. La gran pantalla mostraba mapas de calor, registros de aeropuertos y bases de datos de hospitales de todo el mundo. Bruce permanecía sentado frente a la computadora, su rostro una máscara de piedra que solo Dick Grayson se atrevía a intentar romper.

—Bruce, tienes que comer algo —dijo Dick, dejando una bandeja con café y un sándwich sobre la mesa de trabajo—. Tim y Barbara están revisando los satélites de la Liga. Si está en algún lugar del planeta, lo encontraremos.

—Ha pasado demasiado tiempo, Dick —la voz de Bruce era un gruñido bajo, cargado de una culpa que lo estaba consumiendo—. Sabemos lo que el Joker le hizo. Sabemos el trauma que sufrió. Debería haberme dado cuenta de que no estaba bien. Debería haberlo detenido antes de que se fuera.

—Nadie sabía que planeaba escapar de esa manera —intervino Jason desde las sombras, recostado contra una de las vitrinas de los uniformes—. El chico es un maestro de la evasión. Fue entrenado por los mejores y por ti. Si no quiere ser encontrado, no lo será.

—Pero está herido —insistió Bruce, golpeando la mesa con el puño—. El informe médico tras el incidente... el daño psicológico...

—Sabemos que fue violado, Bruce —dijo Jason, su tono endureciéndose—. Pero hay algo que no cuadra. Se llevó suministros médicos específicos. Medicamentos que no son solo para el trauma.

—¿A qué te refieres? —preguntó Tim, acercándose a la pantalla principal.

—Robó inhibidores y suplementos vitamínicos prenatales de la clínica de Leslie antes de desaparecer —reveló Jason, cruzándose de brazos—. No me cuadraba entonces, pero ahora... si sumas los meses...

Un silencio sepulcral cayó sobre la cueva. Bruce sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. La posibilidad era tan aterradora, tan devastadora, que su mente de detective se había negado a procesarla hasta ese momento.

—No —susurró Dick, con el rostro pálido—. No puede ser. Él tendría solo dieciséis años...

—Damian no solo huyó del trauma —concluyó Bruce, su voz temblando por primera vez en años—. Huyó porque estaba esperando un hijo de ese psicópata.

En el hospital psiquiátrico, el bebé comenzó a llorar. Era un llanto agudo, exigente, que perforaba los oídos de Damian como agujas. El joven sintió que el pánico subía por su garganta. Sus manos temblaron, y por un momento, la manta azul le pareció una mortaja.

—Llévatelo —dijo Damian, extendiendo los brazos hacia la doctora Aris—. Por favor, llévatelo antes de que haga algo de lo que me arrepienta.

—Damian, respira —dijo la doctora, sin hacer ademán de tomar al niño—. Es un ataque de ansiedad. El bebé siente tu miedo.

—¡No es miedo, es odio! —gritó Damian, poniéndose en pie bruscamente—. ¡Odio que tenga su barbilla! ¡Odio que tenga esa mirada vacía! ¡Lo odio porque es el recordatorio de que ese payaso me destruyó!

El bebé lloró con más fuerza, y Damian se cubrió los oídos, cayendo de rodillas. El conflicto interno lo estaba desgarrando. Una parte de él, la parte que había aprendido sobre la lealtad y el amor en la Mansión Wayne, quería proteger a esa criatura inocente. Pero la parte que había crecido en la Liga de Asesinos, la parte que había sido violada y humillada, solo veía una mancha que debía ser borrada.

—Ayer dijiste que lo querías —recordó la doctora con suavidad, arrodillándose a su lado—. Dijiste que cuando dormía, podías ver tu propia paz en su rostro.

—Ayer fue un espejismo —sollozó Damian, dejando caer las manos y mirando al techo—. Hoy es la realidad. No puedo criarlo. No puedo ser un padre cuando ni siquiera sé si soy un ser humano después de lo que pasó.

—Tu padre te está buscando —repitió la doctora—. Podrías llamarlo. Podrías dejar que la familia te ayude.

—¿Y qué les diré? —Damian rió entre dientes, una risa que terminó en un sollozo—. "¿Hola, Padre? Aquí tienes al nieto que nunca quisiste, el hijo del hombre que mató a Jason y paralizó a Barbara". No. Antes prefiero que piensen que estoy muerto.

—No puedes esconderte para siempre —sentenció la mujer—. El dinero se acabará. La seguridad de este lugar no es infalible. Tarde o temprano, Batman llegará a esa puerta.

Damian miró al bebé, que ahora se había calmado un poco, mirándolo con ojos grandes y curiosos. Por un breve segundo, el Joker desapareció de la ecuación y solo quedó un niño pequeño buscando consuelo. Damian extendió un dedo tembloroso y el bebé lo agarró con fuerza.

La calidez del contacto físico fue como una descarga eléctrica.

—Si Bruce lo encuentra... —susurró Damian—, verá al Joker en él tanto como yo. No permitiré que este niño crezca en una casa donde lo miren con sospecha. Donde esperen que se vuelva loco en cualquier momento.

—Entonces demuéstrales que se equivocan —dijo la doctora—. Aprende a quererlo no por quién es su padre biológico, sino por quién eres tú.

—No sé quién soy —admitió Damian, cerrando los ojos mientras las lágrimas corrían por sus mejillas—. Ya no sé quién soy.

De vuelta en Gotham, Bruce había activado un protocolo que nunca pensó usar: el Protocolo Fénix. Estaba rastreando cada transacción financiera, cada compra de suministros médicos y cada alquiler de instalaciones privadas bajo seudónimos relacionados con la Liga.

—Lo encontré —dijo Tim de repente, su voz cargada de urgencia—. Un centro de salud mental privado en los Alpes Suizos. Está registrado bajo el nombre de un antiguo alias de Ra's al Ghul, pero los pagos se hacen desde una cuenta que Damian hackeó hace tres años.

Bruce no esperó a que terminara la frase. Ya se estaba dirigiendo hacia el Batplano.

—Vamos todos —dijo Bruce, su capa ondeando tras él—. Y preparen el equipo médico. Si lo que sospechamos es cierto... Damian no está solo.

—¿Qué vamos a hacer si el bebé está ahí? —preguntó Dick, siguiendo a Bruce con el corazón en un puño.

Bruce se detuvo un momento antes de subir a la cabina. Miró hacia la oscuridad de la cueva, hacia el memorial de Jason y el traje de Robin que Damian había dejado atrás.

—Vamos a traer a mi hijo a casa —dijo Bruce con firmeza—. Y si hay un niño... es un Wayne. Y lo protegeremos de todo, incluso de su propio origen.

En la habitación 402, Damian sintió un cambio en el aire. La intuición que había sido forjada en años de entrenamiento le advirtió que su santuario había sido comprometido. Se levantó, tomó la pequeña mochila con los suministros esenciales y envolvió al bebé en una manta más gruesa.

—¿A dónde vas? —preguntó la doctora Aris, alarmada.

—Vienen por mí —dijo Damian, sus ojos recuperando parte de la intensidad de Robin—. Y aún no estoy listo para que me vean así.

—Damian, necesitas ayuda. No puedes cuidar de un recién nacido tú solo mientras huyes de Batman.

—He sobrevivido a cosas peores —mentió Damian, aunque sabía que su corazón estaba a punto de fallar—. Dile a mi padre que si intenta seguirme, desapareceré de verdad. Y esta vez, no dejaré rastro.

Caminó hacia la ventana que daba a los picos nevados. El frío entró de golpe, refrescando su rostro febril. Miró al bebé una última vez antes de asegurarlo en el arnés contra su pecho.

—Lo siento, pequeño —susurró—. Pero en este mundo, solo nos tenemos el uno al otro. Y todavía no sé si eso es una bendición o una maldición.

Damian saltó hacia la oscuridad, desapareciendo en la tormenta de nieve justo cuando el sonido de turbinas se escuchaba a lo lejos. La búsqueda de la Batifamilia apenas comenzaba, pero para Damian, la verdadera batalla seguía siendo interna: la lucha por amar a una criatura que era, a la vez, su mayor tesoro y su peor pesadilla.

En la nieve, las huellas de Damian eran erráticas, reflejando su estado mental. A veces se detenía, abrumado por el impulso de dejar al niño en una iglesia o un orfanato y correr hacia los brazos de su padre. Pero luego, el recuerdo del Joker, de su risa mientras lo atacaba, volvía a su mente, y apretaba al bebé contra sí con una mezcla de posesividad y pavor.

—No te dejaré —prometió en un susurro que el viento se llevó—. No dejaré que te conviertas en él. Pero tampoco sé si puedo dejar que seas mío.

El camino por delante estaba cubierto de blanco, una hoja en blanco que Damian no sabía cómo llenar. Mientras el Batplano aterrizaba en el helipuerto del hospital, el joven Wayne se internaba en los bosques, llevando consigo el secreto más doloroso de la familia, esperando que el frío de la montaña pudiera congelar, al menos por un momento, el dolor que amenazaba con consumirlo por completo.

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