
Nrree
Fandom: Damian Wayne
Creado: 25/8/2026
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El silencio de la sangre
El aire en la Batcueva siempre había sido frío, pero esa noche se sentía gélido, impregnado de una humedad que calaba hasta los huesos. No era el frío habitual de Gotham, sino ese vacío punzante que queda después de que ocurre algo irreparable.
Damian Wayne estaba de pie frente a los monitores, su espalda recta, sus manos cruzadas tras él con una rigidez militar. Llevaba el uniforme de Robin, pero la capa parecía pesarle más que de costumbre. Sus ojos, antes llenos de una arrogancia indomable, ahora parecían dos pozos de sombras fijos en la nada.
Hacía tres semanas de aquello. Tres semanas desde que el Joker lo había capturado durante una patrulla solitaria que salió mal. Tres semanas desde que Bruce lo encontró en aquel sótano abandonado, rodeado de risas grabadas y el olor a productos químicos. Todos en la familia lo sabían. Sabían que el payaso no solo había usado cuchillos y veneno esta vez. Sabían que el Joker había cruzado la última frontera de la depravación para quebrar al heredero de Batman.
—Damian —la voz de Dick Grayson fue suave, casi un susurro.
El primer Robin se acercó con cautela, como si estuviera tratando con un animal herido que aún conservaba sus garras. Jason, Tim y Duke estaban un poco más atrás, fingiendo revisar el equipo, pero sus oídos estaban atentos a cada movimiento del más joven.
—Estoy ocupado, Grayson —respondió Damian. Su voz sonó metálica, carente de cualquier rastro de la emoción que Dick esperaba encontrar.
—No has comido nada en todo el día —insistió Dick, colocando una mano sobre su hombro.
Damian se tensó violentamente y se apartó del contacto como si lo hubieran quemado. El rechazo fue tan rápido que Dick retrocedió un paso, con el dolor reflejado en su rostro.
—No me toques —siseó Damian.
En una esquina de la cueva, Cassandra Cain observaba en silencio. Ella no necesitaba palabras para entender. Veía el lenguaje corporal de Damian: la forma en que protegía su centro, la manera en que sus hombros se hundían imperceptiblemente y, sobre todo, ese nuevo ritmo en su respiración. Había algo diferente en él, algo que iba más allá del trauma evidente.
—¿Hasta cuándo vas a seguir así, mocoso? —intervino Jason Todd, cruzando los brazos sobre su pecho—. Si quieres salir a cazar a ese payaso, dínoslo. Todos queremos su cabeza en una pica. Pero no puedes quedarte aquí como un fantasma.
—No necesito tu lástima, Todd —replicó Damian sin mirarlo—. Ni la de nadie en esta habitación.
Tim Drake intercambió una mirada preocupada con Stephanie Brown. Ella, que normalmente tenía un comentario mordaz para aligerar la tensión, estaba inusualmente callada. Sabía lo que era sentirse vulnerada, pero lo que le había pasado a Damian era una pesadilla que nadie debería vivir, y menos a su edad.
—Solo queremos ayudar, Damian —dijo Tim con cautela—. Bruce está preocupado. Todos lo estamos.
—Padre está preocupado por su soldado —escupió Damian, girándose finalmente—. Por la eficiencia del Robin que dejó que lo atraparan. No necesito ayuda. Necesito que me dejen en paz.
Damian se alejó hacia los niveles superiores de la mansión, dejando tras de sí un silencio sepulcral. Bruce Wayne apareció desde las sombras de la oficina, observando la figura de su hijo desaparecer. Tenía las ojeras más marcadas que nunca y el peso del mundo parecía haber doblado sus hombros.
—Déjenlo —dijo Bruce, su voz era un trueno apagado—. Denle espacio.
—Bruce, no puede estar solo con esto —protestó Dick—. Lo que ese monstruo le hizo...
—Lo sé —cortó Bruce, y por un momento, la máscara de Batman se quebró, revelando a un hombre destrozado por la culpa—. Sé lo que pasó. Pero él necesita sentir que recupera el control de su cuerpo y de su vida. Forzarlo solo lo alejará más.
Mientras tanto, en su habitación, Damian cerró la puerta con llave y se apoyó contra la madera, deslizándose hasta el suelo. Sus manos, que nunca temblaban ni siquiera frente a la muerte, empezaron a vibrar incontrolablemente. Se llevó una mano al abdomen, apretando la tela del uniforme.
Sentía náuseas. No eran solo las náuseas del recuerdo, del olor a pintura blanca y el sonido de esa risa desquiciada en su oído. Era algo físico. Algo interno.
Había pasado una semana desde que empezó a notar los cambios. Como hijo de Talia al Ghul, su conocimiento sobre la biología humana y la medicina era avanzado, casi clínico. Al principio pensó que era el estrés postraumático, una reacción de su cuerpo al veneno que el Joker le había inyectado. Pero los síntomas eran persistentes, específicos y aterradores.
Se levantó con esfuerzo y se dirigió al baño privado. Abrió un compartimento oculto tras el espejo donde guardaba suministros médicos de emergencia. Sus dedos rozaron un pequeño dispositivo de análisis que había sustraído del laboratorio de la cueva días atrás.
—No es posible —susurró para sí mismo, mirando el dispositivo—. Soy un hombre. Es biológicamente imposible.
Pero las palabras de su madre resonaron en su cabeza. Los experimentos de la Liga de las Sombras, las alteraciones genéticas a las que fue sometido en el útero para ser el "espécimen perfecto". Talia siempre le había dicho que él era más que un humano común, que su ADN había sido diseñado para asegurar la continuidad del linaje al Ghul bajo cualquier circunstancia.
Damian miró el pequeño monitor del escáner portátil. La lectura no mentía. Había una anomalía celular, un crecimiento que no debería estar allí, alimentado por su propio torrente sanguíneo. Un nudo de puro terror se formó en su garganta.
No solo llevaba el trauma del ataque. Llevaba una parte de ese monstruo dentro de él.
—No... —su voz se quebró en un sollozo seco que no llegó a salir—. No puede ser verdad.
Un golpe suave en la puerta lo hizo saltar.
—¿Damian? Soy Duke.
Damian escondió el dispositivo rápidamente bajo una toalla y se lavó la cara con agua fría, tratando de borrar el rastro de pánico de sus ojos.
—Vete, Thomas —ordenó, recuperando su tono autoritario.
—Traje algo de té —dijo Duke desde el otro lado—. Alfred dice que no has bajado a cenar. Solo lo dejaré aquí en el suelo, ¿está bien?
Damian no respondió. Escuchó los pasos de Duke alejándose. Se miró al espejo y odió lo que vio. Se sentía sucio, invadido, como si su propio cuerpo lo hubiera traicionado de la manera más cruel imaginable.
¿Cómo podría decírselo a Bruce? ¿Cómo decirle a Batman que el hijo que tanto le costó aceptar ahora cargaba con la descendencia de su peor enemigo? Jason probablemente se burlaría antes de enfurecerse, Tim lo miraría con lástima científica, y Dick... Dick se rompería en mil pedazos.
Salió del baño y se sentó en el borde de la cama, mirando hacia la ventana que daba a los jardines de la Mansión Wayne. Gotham se extendía en el horizonte, oscura y hambrienta.
—Soy un al Ghul —se dijo a sí mismo, apretando los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Soy un Wayne. Yo decido mi destino.
Pero mientras lo decía, una oleada de mareo lo obligó a agacharse. El secreto pesaba más que cualquier armadura. Estaba solo en esto. No podía permitir que nadie lo supiera, no hasta que encontrara una forma de solucionarlo, si es que tal cosa existía.
En el piso de abajo, Cassandra Cain se detuvo frente a la puerta de Damian. No llamó. No dijo nada. Simplemente apoyó la palma de su mano contra la madera, cerrando los ojos. Podía sentir la vibración del miedo a través de las paredes. Ella sabía que algo crecía en el silencio, algo que cambiaría a la familia para siempre.
—Damian —susurró ella, sabiendo que él no la escuchaba—, el latido es doble.
Cassandra se alejó lentamente, con el corazón encogido. Sabía que el caos estaba por estallar, y que la guerra que se avecinaba no sería contra criminales en las calles, sino dentro de las paredes de su propio hogar.
Damian, mientras tanto, se ovilló en su cama, rodeado por la opulencia de una vida que sentía que ya no le pertenecía. El Joker había ganado, pensó con amargura. Incluso si el payaso estaba ahora encerrado en lo más profundo de Arkham, había dejado una semilla de destrucción que florecería en el corazón de la Batfamilia.
Y Damian, el Robin indomable, nunca se había sentido tan pequeño y tan asustado.
