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Fandom: kookmin , army
Creado: 26/8/2026
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Protocolo de Insumisión
El aire en la suite privada de la Clínica Gwang-an era pesado, cargado de una esterilidad que resultaba insultante para los sentidos de Park Jimin. El joven omega, cuya imagen solía adornar las vallas publicitarias más costosas de Seúl, ahora se encontraba encogido en una silla de cuero negro, oculto tras unas gafas de sol y una gorra que no lograban esconder el temblor de sus manos.
Hacía tres días que el mundo se le había venido abajo. Un escándalo mediático, una red de mentiras tejida por quienes creía sus aliados, lo había convertido en un paria. Pero lo peor no fue la prensa; fue el rechazo biológico. Los alfas de su círculo, aquellos que antes se peleaban por su atención, se habían esfumado. El estrés extremo y el sentimiento de abandono habían desencadenado algo que su médico de cabecera llamó "celo de choque": un estado donde su cuerpo exigía un nudo desesperadamente, pero su sistema endocrino, bloqueado por la angustia, se negaba a procesar los supresores.
La puerta se deslizó con un siseo electrónico. Jimin levantó la vista, sintiendo un pinchazo de irritación y miedo.
—Señor Park. Gracias por esperar.
El hombre que entró no se parecía a ningún médico que Jimin hubiera conocido. Era alto, de hombros anchos que llenaban la bata blanca de forma imponente, y poseía una mirada oscura que parecía analizar no solo sus síntomas, sino su estructura molecular. El Dr. Jeon Jungkook, el neurobiólogo más prestigioso del país, no llevaba estetoscopio, sino una tableta digital y un aura de autoridad que hizo que el lobo de Jimin diera un vuelco incómodo.
—Doctor Jeon —susurró Jimin, su voz quebrada por la fiebre que empezaba a subir—. Por favor, dígame que puede detener esto. Me duele... me duele todo.
Jungkook se acercó, manteniendo una distancia estrictamente profesional. El aroma del médico estaba casi completamente oculto por parches inhibidores de grado militar, pero Jimin pudo jurar que, por un segundo, captó una nota profunda, algo parecido al chocolate amargo, que lo hizo salivar.
—He revisado sus niveles, Jimin —dijo Jungkook, su voz era un barítono frío y calmado—. Su sistema está en un bucle de retroalimentación. Su cuerpo cree que está bajo ataque, por lo que ha bloqueado la apertura del celo, pero la producción hormonal sigue aumentando. Si no liberamos esa presión, corre el riesgo de sufrir un colapso multiorgánico o un daño permanente en su glándula omega.
Jimin se quitó las gafas, revelando unos ojos rubios y vidriosos por las lágrimas.
—Haga lo que sea. Solo... no quiero que nadie sepa que estoy aquí. Si un alfa entra en esta habitación para ayudarme, se venderá a la prensa antes de que termine el día. No confío en nadie.
Jungkook asintió, su expresión imperturbable.
—Lo entiendo. Por eso no vamos a usar a un alfa real. Tenemos dos opciones. La primera es buscar un donante compatible de nuestra base de datos bajo contrato de confidencialidad estricto, pero su estado de estrés es tan alto que dudo que su cuerpo acepte a un extraño.
—¿Y la segunda? —preguntó Jimin, inclinándose hacia adelante, buscando inconscientemente el calor que emanaba el alfa.
—Un tratamiento experimental de estimulación aromática sintética —explicó Jungkook, cruzándose de brazos—. En mi laboratorio hemos desarrollado feromonas sintéticas puras. Lo colocaremos en una cámara de aislamiento, induciremos picos de excitación mediante frecuencias sonoras y químicos volátiles. Engañaremos a su cerebro para que crea que está con un alfa de compatibilidad perfecta. Usted se aliviará solo, bajo supervisión médica, sin contacto físico.
Jimin tragó saliva. Sonaba clínico, frío y solitario. Pero era seguro.
—Hagámoslo.
La sala de simulación era un espacio minimalista en penumbras. Jimin estaba tumbado sobre una camilla ergonómica, vestido solo con una bata de seda blanca. Los sensores pegados a su pecho y sienes enviaban rítmicos pitidos a los monitores.
Jungkook estaba a unos metros, detrás de una consola, pero dentro de la misma habitación para intervenir si el ritmo cardíaco de Jimin se disparaba peligrosamente. Llevaba guantes de látex y una mascarilla negra que solo dejaba ver sus ojos intensos.
—Iniciando fase uno —anunció Jungkook. Su voz se filtraba por los altavoces de la sala, sonando extrañamente íntima—. Liberando aerosoles de grado alfa-4. Respire profundo, Jimin.
Un vapor fino y casi imperceptible llenó el aire. De inmediato, el espacio se inundó de olores: sándalo, cuero, tormenta. Eran aromas perfectos, matemáticamente diseñados para ser atractivos. Jimin cerró los ojos y trató de dejarse llevar. Sintió que su cuerpo se calentaba, que su entrada se volvía dolorosamente húmeda contra la seda.
—El ritmo cardíaco aumenta —observó Jungkook en voz alta, anotando datos—. Los niveles de estrógeno están subiendo. ¿Cómo se siente?
—Yo... —Jimin jadeó, retorciéndose en la camilla—. Se siente... falso. No es suficiente.
—Es una respuesta esperada. Subiendo la concentración al ochenta por ciento.
El ambiente se volvió denso. Jimin empezó a tocarse a través de la bata, sus dedos buscando desesperadamente un alivio que no llegaba. Su aroma a vainilla y fresas, normalmente dulce y delicado, comenzó a volverse ácido, potente, llenando la habitación y golpeando los sentidos de Jungkook como una marea física.
—Doctor... algo está mal —gimió Jimin. Su lobo estaba empezando a aullar de frustración. El instinto rechazaba las moléculas sintéticas. Eran como comida de plástico para un hombre hambriento—. No quiero esto. ¡Apáguelo!
—Jimin, mantenga la calma. Es parte del proceso de ruptura —dijo Jungkook, aunque su propia voz había perdido un poco de su firmeza.
De repente, una de las máquinas emitió una alarma estridente. La presión arterial de Jimin estaba por las nubes. El experimento estaba fallando; el omega no se estaba relajando, estaba entrando en un estado de histeria biológica.
Jungkook se apresuró a acercarse a la camilla, olvidando por un momento el protocolo de distancia.
—Jimin, mírame. Necesito que te concentres en mi voz.
Jimin abrió los ojos. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el color miel de su iris era apenas un hilo. En su desesperación, atrapó la mano enguantada de Jungkook con una fuerza sorprendente.
—Hueles a él —susurró Jimin, su voz era un ruego quebrado—. No es el aire... eres tú.
En ese momento, debido al esfuerzo físico y al calor corporal de Jungkook, el parche inhibidor en el cuello del médico comenzó a despegarse por el sudor. Una ráfaga de aroma real, crudo y sin procesar, inundó el espacio entre ellos. Era chocolate amargo, pero con un matiz de humo y bosque húmedo que ninguna máquina podría replicar jamás.
El lobo de Jimin se detuvo en seco. El silencio en su mente fue absoluto por un segundo antes de estallar en una sola palabra: Mío.
—Doctor Jeon... por favor —suplicó Jimin, tirando de su mano para llevarla a su rostro ardiente—. Suelte las feromonas. Las de verdad.
—Jimin, no puedo hacer eso —dijo Jungkook, aunque sus propios instintos de alfa estaban empezando a rugir ante la visión del omega rubio, deshecho y vulnerable bajo su toque—. Soy su médico. Esto es un procedimiento controlado.
—¡Al diablo el procedimiento! —gritó Jimin, arqueando la espalda, su piel blanca contrastando con el negro de la mascarilla de Jungkook—. ¡Me estoy muriendo! ¿No lo ve? Mi lobo lo quiere a usted. No a una máquina. A usted.
Jungkook sintió que su profesionalismo se resquebrajaba como un cristal bajo presión. El aroma a vainilla y fresas de Jimin era ahora tan embriagador que empezaba a nublar su propio juicio. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del omega, un calor que pedía ser extinguido, o encendido aún más.
—Si hago esto... —la voz de Jungkook bajó una octava, volviéndose peligrosa, posesiva—, no habrá vuelta atrás, Jimin. No habrá contratos de confidencialidad que valgan cuando mi nudo esté dentro de ti. ¿Entiendes lo que eso significa para tu reputación?
Jimin soltó una risa histérica, llena de deseo.
—Ya no tengo reputación, doctor. Solo tengo este dolor. Quítemelo. Reclámeme.
Fue el último hilo de control lo que se rompió. Jungkook se arrancó la mascarilla con un movimiento brusco, revelando una mandíbula tensa y unos labios que Jimin deseaba desesperadamente. Se deshizo de los guantes, lanzándolos a algún lugar de la habitación oscura, y por fin, su piel hizo contacto directo con la de Jimin.
El contacto fue eléctrico. Jimin soltó un grito de alivio cuando las manos grandes y frescas de Jungkook se posaron en su cintura, apretando con una firmeza que prometía posesión absoluta.
—Eres un paciente muy difícil, Jimin —gruñó Jungkook contra su cuello, antes de lamer justo encima de su glándula aromática.
—Y usted es un médico muy poco ético, doctor —respondió Jimin, enrollando sus piernas alrededor de la cintura del alfa, incitándolo a más.
Jungkook no perdió más tiempo en palabras. Despojó a Jimin de la bata de seda con una urgencia que rayaba en la desesperación. El contraste era abrumador: la pulcritud de la sala médica, los monitores que seguían registrando el caos de sus corazones, y la brutalidad del instinto que ahora dominaba la habitación.
Cuando Jungkook se deshizo de su propio pantalón y se posicionó entre las piernas de Jimin, el omega sintió que finalmente podía respirar. El alfa era una montaña de músculos y calor, un refugio sólido en medio de la tormenta de su vida.
—Mírame —ordenó Jungkook, tomando el mentón de Jimin para que sus ojos se encontraran—. No soy un experimento. No soy una simulación.
—Lo sé —jadeó Jimin, clavando sus uñas en los hombros del alfa—. Sé exactamente quién eres, Jungkook. Eres el alfa que me va a salvar.
La entrada de Jungkook fue lenta, una tortura deliberada que hizo que Jimin sollozara y suplicara por más. El médico investigador, el hombre que creía que todo podía explicarse con ciencia, se encontró gruñendo como un animal salvaje cuando sintió la estrechez ardiente del omega dándole la bienvenida.
El ritmo que siguió fue implacable. Jungkook reclamó el cuerpo de Jimin sobre la camilla médica con una intensidad que borró cualquier rastro de la frialdad anterior. Cada embestida era un reclamo, cada mordisco en el hombro de Jimin era una marca temporal que gritaba propiedad. El aroma a chocolate se mezcló con el de fresas en una combinación tan potente que los sensores de la habitación empezaron a emitir pitidos de error, incapaces de procesar la saturación de feromonas reales.
Jimin estaba perdido, su mente era un lienzo en blanco donde solo existía el placer y la presencia dominante de Jungkook. Por primera vez en semanas, el peso del escándalo, el odio de la gente y la soledad desaparecieron. Solo importaba el nudo que empezaba a formarse, el vínculo biológico que lo anclaba a la única persona que no lo había mirado con lástima, sino con un hambre voraz.
—Eres mío —susurró Jungkook al oído de Jimin, su voz cargada de una posesividad alfa que hizo que el omega se corriera de inmediato, gritando su nombre al aire viciado de la clínica—. No importa lo que digan fuera de estas paredes. Aquí, eres solo mi omega.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente por las persianas automáticas de la suite. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración acompasada de dos personas compartiendo la misma cama de recuperación.
Jimin despertó sintiéndose... ligero. La fiebre se había ido, dejando en su lugar una languidez placentera. Se movió ligeramente, sintiendo el peso de un brazo fuerte rodeando su cintura. Jungkook estaba detrás de él, su nariz enterrada en su nuca, incluso dormido.
El omega sonrió para sí mismo. Sabía que al salir de esa clínica, los periodistas seguirían allí, las mentiras seguirían circulando y su carrera podría estar en cenizas. Pero al girarse y ver el rostro relajado de Jeon Jungkook, el hombre que había roto todos sus protocolos por él, Jimin supo que ya no estaba solo.
Jungkook abrió los ojos, su mirada oscura encontrándose con la de Jimin. No hubo incomodidad médica, ni disculpas profesionales. Solo hubo una mano que subió a acariciar su mejilla rubia con una ternura inesperada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Jungkook, su voz aún ronca por el uso excesivo de la noche anterior.
—Curado —respondió Jimin, acurrucándose más cerca del pecho del alfa—. Aunque creo que voy a necesitar muchas sesiones de seguimiento, doctor.
Jungkook dejó escapar una pequeña sonrisa, una que nunca mostraba a sus colegas ni a sus pacientes.
—No te preocupes, Jimin. He decidido que este caso requiere mi atención exclusiva. No voy a dejar que nadie más te toque.
Jimin cerró los ojos, aspirando el aroma a chocolate que ahora estaba impregnado en su propia piel. El escándalo podía arder fuera, pero en los brazos del Dr. Jeon, él finalmente había encontrado su refugio. El experimento había fallado, pero el resultado era exactamente lo que ambos necesitaban.
