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Cuando despierten las flores

Fandom: Harry Potter

Creado: 26/8/2026

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Entre Sombras y Manzanas Verdes

El Gran Comedor de Hogwarts bullía con el habitual estrépito de la cena. El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana y el eco de cientos de conversaciones cruzadas rebotaban en el techo encantado, que esa noche reflejaba un cielo tormentoso, cargado de nubes púrpuras y relámpagos silenciosos.

Adeline Malfoy jugueteaba con un trozo de pastel de riñón en su plato, sin el menor apetito. A sus quince años, sentía que el mundo a su alrededor se estaba volviendo demasiado estrecho, o quizás ella estaba creciendo más rápido de lo que los muros del castillo podían contener. A su lado, su hermano mayor, Draco, mantenía una postura impecable, aunque sus ojos plateados escudriñaban la mesa de Gryffindor con el desdén habitual.

—Si sigues torturando esa comida, Adeline, terminará por pedirte clemencia —murmuró Draco, inclinándose ligeramente hacia ella.

Adeline soltó el tenedor y suspiró, recostándose en el banco de madera.

—Simplemente no tengo hambre, Draco. Es el ambiente. Se siente... pesado.

Draco suavizó su expresión, algo que solo hacía cuando estaba a solas con ella o cuando Pansy no estaba demasiado cerca intentando colgarse de su brazo.

—Es el año de los TIMO para ti, es normal que estés tensa —dijo él, tratando de sonar reconfortante—. Pero no dejes que el estrés te consuma. Eres una Malfoy, tienes el éxito en la sangre.

—No son los exámenes —respondió ella en un susurro, sintiendo un nudo familiar en la boca del estómago.

En ese momento, Pansy Parkinson se acercó y se sentó al otro lado de Draco, rodeando su brazo con posesividad.

—Draco, querido, ¿has visto lo que lleva puesto Granger? Es un espanto —rio Pansy, buscando la aprobación de su novio.

Draco soltó una risa seca, pero sus ojos permanecieron un segundo más en su hermana pequeña, notando la palidez inusual de sus mejillas. Adeline se sintió repentinamente sofocada. El ruido del comedor pareció subir de volumen hasta volverse un zumbido insoportable. Las velas flotantes vibraban ante sus ojos y el aire se volvió denso, difícil de tragar.

—Voy a la biblioteca —anunció Adeline, levantándose bruscamente.

—¿Ahora? Ni siquiera has terminado —dijo Pansy, frunciendo el ceño—. Qué rara eres a veces, Ade.

—Déjala, Pansy —intervino Draco con firmeza—. Tiene mucho que estudiar.

Adeline le lanzó una mirada de agradecimiento a su hermano y salió del Gran Comedor a paso rápido. Sus botas resonaban contra el suelo de piedra mientras se alejaba del bullicio. No fue a la biblioteca. Necesitaba aire, necesitaba silencio. Se desvió hacia un pasillo lateral que conducía a una de las torres menos transitadas, pero a mitad de camino, el ataque de ansiedad la golpeó de lleno.

Se detuvo en seco, apoyando la espalda contra una pared fría. Su corazón martilleaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Intentó inhalar, pero el aire se quedaba atascado en su garganta. El mundo empezó a dar vueltas.

—Respira, Adeline. Respira —se ordenó a sí misma, pero su propia voz sonaba lejana.

—¿Malfoy?

Una voz profunda y calmada rompió la bruma de su pánico. Adeline levantó la vista y vio a Theodore Nott parado a unos metros de distancia. Theo, un año mayor que ella y el mejor amigo de su hermano, siempre había sido una presencia silenciosa y observadora en su vida. No era ruidoso como Blaise ni arrogante como Draco; era como una sombra elegante que siempre parecía saber más de lo que decía.

—Vete, Nott —logró articular ella, aunque sus manos temblaban violentamente.

Theo no se fue. En cambio, se acercó con pasos lentos, como si no quisiera asustar a un animal herido. Se detuvo a una distancia respetuosa y la observó con sus ojos oscuros y analíticos.

—No parece que quieras estar sola, aunque tu orgullo diga lo contrario —dijo él con suavidad.

—No puedo... no puedo respirar —confesó ella, dejando que su espalda se deslizara por la pared hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho.

Theo se arrodilló frente a ella. No intentó tocarla, lo cual Adeline agradeció internamente.

—Mírame, Adeline —pidió él. Ella lo hizo, encontrando una calma inesperada en su mirada—. Vamos a hacer esto juntos. Inhala contando hasta cuatro. Uno... dos... tres... cuatro.

Adeline intentó seguir su ritmo. Al principio fue difícil, un sollozo ahogado escapó de sus labios, pero Theo no se inmutó.

—Eso es. Ahora exhala. Despacio. Imagina que estás apagando una vela sin querer que la cera salte.

Repitieron el proceso varias veces. Poco a poco, el zumbido en los oídos de Adeline disminuyó y el frío de las piedras bajo ella dejó de ser una amenaza para convertirse en un ancla. El temblor de sus manos se redujo a una vibración leve.

—Mejor —afirmó Theo, esbozando una sonrisa casi imperceptible—. El pánico es un mentiroso, Adeline. Te hace creer que te estás muriendo, pero aquí sigues.

—Es humillante —susurró ella, limpiándose una lágrima traicionera con la manga de su túnica—. Si Draco me viera así...

—Draco se preocuparía a muerte, porque te adora —la interrumpió Theo—. Pero no se lo diré si no quieres. Los secretos son mi especialidad.

Adeline lo miró con curiosidad. Siempre había visto a Theo como el chico serio que leía libros antiguos en la sala común de Slytherin, pero en ese momento, bajo la luz tenue de las antorchas, vio algo más. Vio una comprensión que nacía de sus propias batallas internas.

—Gracias, Theo. De verdad.

—No hay de qué —él se puso en pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

Ella aceptó la mano. La piel de Theo estaba cálida y su agarre era firme, transmitiéndole una seguridad que no esperaba encontrar en nadie que no fuera su hermano. Al ponerse en pie, Adeline se sintió un poco mareada, y él mantuvo su mano un segundo más de lo estrictamente necesario para asegurarse de que estaba estable.

—¿Vas a volver a la sala común? —preguntó él.

—Creo que caminaré un poco más. Necesito que el aire frío me termine de despejar.

—Te acompaño —dijo Theo, no como una pregunta, sino como un hecho—. Draco me mataría si te deja deambular sola por los pasillos con este aspecto de fantasma.

Caminaron en un silencio cómodo hacia los jardines interiores. La noche estaba fresca y el aroma a tierra húmeda y hierba ayudó a Adeline a recuperar su centro.

—A veces siento que todos esperan que sea perfecta —dijo Adeline de repente, rompiendo el silencio—. "La pequeña Malfoy". La que debe casarse bien, la que debe sacar excelentes notas, la que no debe mostrar debilidad.

—Es el peso de un apellido —coincidió Theo, mirando hacia las estrellas—. Mi padre es igual. O peor. Para ellos somos extensiones de su propia gloria, no personas con miedos. Pero, Adeline, tú no eres un trofeo. Eres... —se detuvo, buscando la palabra adecuada—, eres fuego frío. Pareces tranquila, pero ardes con una fuerza que ellos no entienden.

Adeline se detuvo y lo miró, sorprendida por la profundidad de sus palabras.

—¿Fuego frío? —repitió con una pequeña sonrisa.

—Es un cumplido, aunque suene extraño —dijo él, devolviéndole la sonrisa. Por primera vez, Adeline notó lo atractivo que era Theo cuando dejaba de lado su máscara de indiferencia.

Regresaron a la sala común de Slytherin casi una hora después. Al entrar por la puerta oculta tras el muro de piedra, encontraron a Draco sentado en uno de los sillones de cuero verde, frente a la chimenea. Estaba solo; Pansy se había ido a dormir o a molestar a alguien más.

Draco se levantó de inmediato al verlos entrar. Sus ojos viajaron de Adeline a Theo, y luego a sus manos, que aunque ya no estaban entrelazadas, permanecían muy cerca la una de la otra.

—¿Dónde estabas, Ade? —preguntó Draco, acercándose a ella y poniéndole una mano en el hombro—. Te busqué por la biblioteca y no estabas.

—Necesitaba aire, Draco. Me encontré con Theo y fuimos a los jardines —explicó ella con voz suave.

Draco miró a su amigo con una mezcla de sospecha y gratitud. Conocía a Theo mejor que a nadie y sabía que no era de los que perdían el tiempo con cualquiera.

—¿Está todo bien? —preguntó Draco, bajando la voz, escudriñando el rostro de su hermana en busca de rastros de su ansiedad.

—Sí —respondió Adeline, y esta vez era verdad—. Theo me ayudó.

Draco asintió lentamente y luego miró a Theo.

—Gracias, Nott.

—No fue nada, Draco —respondió Theo con un gesto de cabeza—. Buenas noches a los dos.

Antes de subir a los dormitorios de los chicos, Theo se detuvo un momento y miró a Adeline una última vez.

—Recuerda lo de la vela, Malfoy.

Adeline asintió, sintiendo un calorcito extraño en el pecho. Draco esperó a que Theo se fuera para abrazar a su hermana por los hombros y guiarla hacia el fuego.

—Sabes que puedes decirme cualquier cosa, ¿verdad? —dijo Draco mientras se sentaban—. Si el mundo se vuelve demasiado ruidoso, dímelo. Le prenderé fuego al mundo si es necesario para que tú tengas paz.

Adeline se apoyó en el hombro de su hermano, cerrando los ojos.

—Lo sé, Draco. Y te quiero por eso. Pero creo que estoy empezando a aprender a apagar mis propias velas.

Draco besó la coronilla de su hermana, jurándose a sí mismo que siempre la protegería, aunque empezara a sospechar que el chico que acababa de dejarlos podría convertirse en un aliado inesperado en esa tarea.

Esa noche, Adeline Malfoy no soñó con tormentas ni con muros que se cerraban. Soñó con manos cálidas y con la voz de alguien que, por primera vez, la había visto de verdad tras la máscara de plata y seda. Theo Nott no era solo el amigo de su hermano; era alguien que conocía el lenguaje de sus sombras, y eso, en el mundo de los Malfoy, era lo más valioso que alguien podía ofrecer.

Mientras tanto, en el dormitorio de los chicos, Theodore Nott permanecía despierto, mirando el dosel de su cama. Aún podía sentir la pequeña mano de Adeline temblando en la suya. Siempre la había considerado la "hermana pequeña", una figura periférica en su vida social. Pero esa noche había visto su vulnerabilidad y su fuerza entrelazadas, y algo en su interior, algo que había estado dormido y frío durante mucho tiempo, había comenzado a despertar.

El camino hacia el futuro sería complicado, especialmente con la oscuridad que se cernía sobre el mundo mágico y las expectativas de sus respectivas familias, pero Theo sabía una cosa con certeza: no dejaría que Adeline Malfoy volviera a enfrentar una tormenta sola.

Al día siguiente, el sol se filtró por las ventanas de las mazmorras, iluminando el Gran Comedor con una luz dorada. Adeline se sentó en su lugar habitual, pero esta vez, cuando Theo pasó por su lado hacia su asiento, sus ojos se encontraron. No hubo palabras, solo un breve asentimiento de cabeza, un código secreto compartido entre dos almas que habían encontrado un refugio común en medio del caos de Hogwarts.

Draco, observando la interacción desde su lugar junto a Pansy, arqueó una ceja. No dijo nada, pero una pequeña sonrisa de satisfacción curvó sus labios. Si alguien era digno de su hermana, ese era Theo. Y si alguien podía mantener a raya los demonios de Adeline, Draco sabía que su amigo tenía la paciencia y la oscuridad necesaria para hacerlo.

La vida en Hogwarts continuaba, con sus clases de Pociones y sus partidos de Quidditch, pero para Adeline Malfoy, algo había cambiado fundamentalmente. El miedo ya no era un monstruo invencible; era simplemente una sombra que podía ser disipada con la técnica correcta y, quizás, con la compañía adecuada.

—¿Me pasas la mermelada, Draco? —pidió Adeline, con una voz clara y firme.

Draco se la pasó, guiñándole un ojo.

—Claro, pequeña. Come. Tenemos un largo día por delante.

Adeline sonrió, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo, completamente en casa. El futuro era incierto, sí, pero ya no le aterraba. Porque sabía que tenía a su hermano a su lado y a Theo Nott vigilando desde las sombras, listo para recordarle cómo respirar cuando el aire faltara.

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