
I love the way you lie
Fandom: Harry Potter
Creado: 27/8/2026
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El peso de los secretos de plata y esmeralda
El Gran Comedor de Hogwarts siempre era demasiado ruidoso, demasiado brillante y, sobre todo, olía demasiado a comida. Para Adeline Emma Malfoy, el aroma del banquete matutino no era una invitación, sino una amenaza silenciosa que se cernía sobre ella como las nubes grises del techo encantado.
Se sentó en la mesa de Slytherin, ajustando su corbata verde con dedos temblorosos. A sus dieciséis años, Adeline poseía la misma elegancia gélida que su hermano mayor, Draco, pero sus ojos grises carecían del brillo desafiante que él solía mostrar. En su lugar, había una sombra de cansancio profundo, una fatiga que no se curaba durmiendo.
—Tienes que comer algo, Addie. Aunque sea una tostada —la voz de Draco llegó a sus oídos, baja y cargada de una preocupación que solo reservaba para ella.
Adeline levantó la vista y forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Draco estaba sentado a su lado, con su mano descansando protectoramente sobre el banco, cerca de la de ella. A su otro lado, Astoria Greengrass, la novia de Draco, le dedicó una mirada compasiva.
—No tengo mucha hambre hoy, Draco. Los nervios por el examen de Pociones, supongo —mintió ella, moviendo un trozo de manzana de un lado a otro del plato.
—Las mentiras se te dan fatal conmigo, pequeña —replicó Draco, entrecerrando los ojos—. Llevas tres días con la misma excusa. Si no comes, te desmayarás en el pasillo y tendré que cargar contigo, y sabes lo mucho que cuido mi peinado.
El intento de broma de Draco logró arrancarle una pequeña risa genuina. Él siempre sabía cómo romper la tensión, incluso cuando el pecho de Adeline se sentía tan apretado que apenas podía respirar. Draco era su ancla. A pesar de la reputación de los Malfoy y de la presión que su padre ejercía sobre ellos, Draco siempre se había asegurado de que Adeline se sintiera a salvo en su presencia.
—Déjala respirar, Draco —dijo una voz profunda y calmada desde el otro lado de la mesa.
Theodore Nott se sentó frente a ellos. Theo, con su cabello oscuro y desordenado y esos ojos inteligentes que parecían leer el alma de Adeline, le dedicó una sonrisa suave. Él era el mejor amigo de Draco, el único hijo de una casa tan rota como la de ellos, y el chico que Adeline amaba con una intensidad que a veces la asustaba.
—Hola, Theo —susurró ella, sintiendo cómo su corazón daba un vuelco.
—Hola, preciosa —Theo estiró la mano por encima de la mesa y rozó los nudillos de Adeline con el pulgar. Fue un gesto breve, casi imperceptible para los demás, pero para ella fue como una descarga de energía—. Te he traído esto de la biblioteca. Es el libro sobre mitología celta que buscabas.
Puso un tomo antiguo sobre la mesa, justo encima del plato de Adeline, dándole la excusa perfecta para dejar de fingir que comía. Ella le agradeció con la mirada. Theo sabía. Theo siempre sabía cuando la ansiedad estaba ganando la batalla, cuando el nudo en su estómago le impedía ingerir cualquier cosa sin sentir náuseas.
—Gracias, de verdad —dijo Adeline, cerrando los dedos sobre el libro.
—Bueno, yo tengo que irme —anunció Astoria, poniéndose de pie y dejando un beso rápido en la mejilla de Draco—. Nos vemos en Transformaciones. Cuídate, Addie.
Cuando Astoria se alejó, Draco se inclinó más hacia su hermana y su mejor amigo. El ambiente en la mesa de Slytherin era tenso ese año; la marca en el brazo de Draco era un secreto a voces entre los suyos, y la presión de los mortífagos se sentía como un sudario.
—Escúchame, Addie —dijo Draco en un susurro—. Si hoy te sientes mal, no vayas a clase. Diré que estás en la enfermería.
—No quiero perderme Pociones, Draco. Snape se enfadará —respondió ella, sintiendo que el pánico empezaba a subir por su garganta como ácido.
—A la mierda Snape —intervino Theo, con un tono inusualmente duro—. Si tus manos tiemblan así, no vas a poder sostener un caldero. Quédate en la sala común. Yo iré contigo.
—No puedes faltar, Theo, tú también tienes que entregar el ensayo —insistió Adeline, aunque la idea de quedarse a solas con él, lejos del ruido y los olores del Gran Comedor, era lo único que deseaba.
—Puedo y lo haré —sentenció Theo—. Draco, ¿nos cubres?
—Por supuesto. Pero, Addie... —Draco la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo—. Tienes que intentar tomar un poco de jugo de calabaza. Por mí.
Adeline asintió débilmente, bebiendo un sorbo solo para complacerlo. Draco suspiró, le dio un apretón en el hombro y se levantó para dirigirse a sus clases, no sin antes lanzarle a Theo una mirada cargada de significado: "Cuídala".
Theo y Adeline caminaron lentamente hacia las mazmorras. El castillo estaba empezando a vaciarse mientras los estudiantes corrían a sus primeras clases. En el silencio de los pasillos de piedra, la ansiedad de Adeline empezó a manifestarse físicamente. El aire se sentía espeso, como si estuviera tratando de respirar bajo el agua.
—Respira conmigo, Addie. Uno, dos, tres... —murmuró Theo, deteniéndola en un rincón oscuro detrás de una armadura.
—No puedo, Theo... siento que... que todo se me echa encima —jadeó ella, llevándose las manos al pecho. Sus dedos se clavaron en la tela de su uniforme—. Me veo en el espejo y no me reconozco, y luego intento comer y me siento sucia, y Draco está sufriendo por lo que el Señor Tenebroso le pide y yo no puedo hacer nada...
Theo la envolvió en sus brazos, atrayéndola contra su pecho. Adeline escondió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando el olor a pergamino y madera de sándalo que siempre lo acompañaba.
—No tienes que cargar con el mundo, Adeline. Para eso estoy yo. Y para eso está Draco —dijo Theo, acariciando su cabello rubio platino—. No eres sucia, ni eres débil. Estás librando una batalla interna que nadie más entiende, pero no la estás librando sola.
—¿Por qué no puedo ser normal? —sollozó ella, dejando que las lágrimas finalmente cayeran—. ¿Por qué no puedo simplemente sentarme a desayunar como Astoria o Daphne?
—Porque eres una Malfoy, y los Malfoy siempre han tenido que ser demasiado fuertes para su propio bien —respondió Theo con tristeza—. Pero conmigo no tienes que ser una Malfoy. Puedes ser solo Addie.
Se quedaron así unos minutos, hasta que los temblores de Adeline cesaron. Theo la condujo hasta la sala común de Slytherin. Al entrar, el ambiente frío y subacuático de la sala, con sus ventanales dando al fondo del Lago Negro, le proporcionó un alivio inmediato. No había comida, no había multitudes, solo el suave resplandor verde y el crepitar del fuego.
Se sentaron en uno de los sofás de cuero frente a la chimenea. Theo no la presionó para hablar. Simplemente abrió el libro de mitología y empezó a leerle en voz alta, sabiendo que el sonido de su voz era el mejor calmante para ella.
—"Y así, la diosa Morrigan se transformó en cuervo para vigilar el campo de batalla..." —leía Theo, mientras Adeline apoyaba la cabeza en su hombro.
—Theo... —lo interrumpió ella después de un rato—. Gracias por no decirme que "solo coma".
Theo cerró el libro y la miró a los ojos. Había una comprensión dolorosa en su mirada; él también sabía lo que era vivir en una casa donde el afecto era condicional y el control lo era todo.
—Sé que no es tan simple, Addie. Sé que para ti, ese plato de comida no es comida, es una pérdida de control. Y sé que la ansiedad es como una sombra que te susurra que nada de lo que hagas es suficiente. Pero te prometo una cosa: yo voy a estar aquí para recordarte que sí lo eres. Cada día.
Adeline sintió una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con el fuego de la chimenea. Se inclinó y lo besó, un beso suave que sabía a consuelo y a promesa. Theo respondió con una ternura infinita, rodeando su cintura con cuidado, como si temiera que pudiera romperse.
—Te quiero, Theo —susurró ella contra sus labios.
—Y yo a ti, pequeña Malfoy. Más de lo que las palabras pueden explicar.
La puerta de la sala común se abrió de golpe más tarde esa mañana. Draco entró, luciendo agotado, pero sus ojos se iluminaron al ver a su hermana sentada tranquilamente con Theo. Se acercó a ellos y se dejó caer en el sillón frente a la pareja.
—Snape ha preguntado por ti, Addie —dijo Draco, quitándose la túnica y lanzándola a una silla—. Le dije que tenías una migraña mágica severa. Se lo ha tragado, o al menos ha fingido que sí.
—Gracias, Draco —dijo ella, estirando la mano hacia su hermano.
Draco la tomó y le dio un apretón firme.
—He pasado por las cocinas —dijo él, sacando una pequeña petaca de su bolsillo—. Es un batido nutricional que los elfos domésticos preparan para los jugadores de Quidditch cuando están demasiado agotados para masticar. No es comida sólida, Addie. Solo es líquido. Intenta beber un poco, por favor.
Adeline miró la petaca con desconfianza. El nudo en su estómago volvió a apretarse, pero luego miró a Draco. Vio las ojeras bajo sus ojos, el peso de la marca en su brazo izquierdo que intentaba ocultar, y el amor incondicional que le profesaba. Luego miró a Theo, que le asentía con ánimo.
—Está bien —dijo ella con voz temblorosa—. Lo intentaré.
Draco le entregó la petaca con una sonrisa de alivio que le devolvió un poco de color a sus mejillas.
—Esa es mi chica —murmuró Draco—. Vamos a salir de esta, Addie. Los tres. No importa lo que pase fuera de estas paredes, aquí dentro nos cuidamos.
Pasaron el resto de la mañana en silencio, una pequeña isla de paz en medio de la tormenta que se avecinaba sobre Hogwarts. Adeline bebió pequeños sorbos del batido, luchando contra la voz en su cabeza que le decía que se detuviera, pero cada vez que sentía que iba a ceder, la mano de Theo en su espalda o la presencia vigilante de Draco la mantenían firme.
Sabía que su trastorno alimenticio no desaparecería de la noche a la mañana. Sabía que la ansiedad volvería a visitarla en cuanto tuviera que enfrentarse a una multitud o a las expectativas de sus padres. Pero en ese momento, rodeada por el chico que amaba y el hermano que daría la vida por ella, Adeline Malfoy se sintió, por primera vez en mucho tiempo, capaz de sobrevivir.
—¿Qué dice el libro, Theo? —preguntó Draco, recostándose en el sillón—. Sigue leyendo. Me vendría bien una historia que no incluya a Lord Voldemort.
Theo sonrió y volvió a abrir el tomo antiguo.
—"La leyenda cuenta que incluso en el invierno más oscuro, las raíces del tejo permanecen vivas, esperando el momento de volver a brotar..."
Adeline cerró los ojos, escuchando la voz de Theo y sintiendo el calor de Draco cerca. Eran Slytherins, eran hijos de mortífagos, estaban marcados por la tragedia, pero en esa sala común, eran simplemente tres adolescentes intentando encontrar la luz en un mundo que se volvía cada vez más oscuro. Y mientras se tuvieran los unos a los otros, Adeline sabía que el invierno no duraría para siempre.
