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Almas gemelas vampiricas.

Fandom: Miss peregrinne y los niños peculiares película & Crepúsculo

Creado: 28/8/2026

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Latidos de Cristal y Corazones Prestados

El bucle de 1943 siempre tenía el mismo olor: una mezcla perpetua de salitre, pólvora lejana y el aroma dulce de la hierba húmeda de Gales. Sin embargo, para Cassandra Cullen, el aire se sentía distinto hoy. A pesar de que sus pulmones no necesitaban oxígeno para mantenerla en pie, inhaló profundamente, disfrutando de la quietud del sótano de la casa de Miss Peregrine.

Cassandra se movía con una gracia que desafiaba las leyes de la física, una fluidez que solo los de su especie poseían. Sus ojos, de un tono ámbar líquido que delataba su dieta de sangre animal, observaban la figura encorvada frente a la mesa de trabajo.

Enoch O'Connor estaba en su elemento. Sus manos, manchadas de arcilla y restos de algo mucho más antiguo y oscuro, trabajaban con una precisión quirúrgica sobre un pequeño homúnculo de trapo y madera. El sótano estaba lleno de frascos con órganos conservados que flotaban en soluciones turbias, una visión que a cualquier otro le habría revuelto el estómago, pero que a Cassandra le resultaba fascinante.

—Si sigues mirándome así, voy a pensar que finalmente has decidido que mi corazón es más interesante que mi conversación —dijo Enoch sin levantar la vista. Su voz era áspera, cargada de ese cinismo británico que Cassandra encontraba extrañamente encantador.

La joven vampira dejó escapar una risa suave, un sonido que recordaba al tintineo de campanas de cristal. Se acercó a él, sus pasos absolutamente silenciosos sobre el suelo de piedra.

—Tu corazón es fascinante, Enoch, pero no por las razones que crees —respondió ella, deteniéndose justo detrás de él.

Cassandra extendió una mano pálida, casi translúcida bajo la luz mortecina de las velas. A diferencia de los otros Cullen, su peculiaridad no era solo la velocidad o la fuerza. Ella poseía el Dominio Espectral. Podía ver y manipular las energías que quedaban atrás, los ecos de las almas, y en ese sótano, rodeada de los "experimentos" de Enoch, su poder vibraba como una cuerda de violín tensa.

Enoch finalmente dejó las pinzas y se giró en su taburete. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de mármol de Cassandra. A pesar de su actitud hosca, había una suavidad en su mirada que solo reservaba para ella.

—¿Qué ves hoy, Cassie? —preguntó él en un susurro—. ¿Ves la vida que trato de forzar en estas cosas o solo ves el polvo?

Cassandra se inclinó hacia adelante. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Enoch, un contraste vibrante con su propia piel gélida. Para un vampiro, encontrar a un alma gemela era un evento catastrófico y maravilloso a la vez; una fijación que trascendía el tiempo. Y para ella, el alma de Enoch O'Connor era el laberinto más hermoso en el que se había perdido jamás.

—Veo hilos —dijo ella, elevando su mano hacia el pecho del chico, sin llegar a tocarlo—. Veo los hilos de voluntad que lanzas hacia tus creaciones. Pero sobre todo, veo cómo tu propia esencia se desgasta un poco cada vez que les das vida. Eres tan generoso, aunque te esfuerces tanto en parecer un egoísta.

Enoch soltó un bufido, tratando de ocultar el leve sonrojo que subía por su cuello.

—No es generosidad. Es control. Prefiero cosas que se muevan porque yo lo ordeno, no porque el destino lo decida.

—Mentiroso —susurró Cassandra.

Ella cerró la distancia que los separaba. Sus dedos fríos rozaron la mejilla de Enoch. Él no retrocedió; al contrario, se inclinó hacia el contacto, cerrando los ojos ante la caricia gélida que, para él, era el recordatorio más vívido de que ella estaba allí.

—Sabes que no puedo sentir tu pulso de la misma manera que tú sientes el mío —dijo Cassandra, su voz cargada de una ternura melancólica—. Pero a través de mi dominio, puedo sentir tu canción. Es errática, oscura y llena de una creatividad desesperada. Es la música más hermosa que he escuchado en cien años.

Enoch abrió los ojos, encontrándose con el ámbar intenso de los de ella.

—A veces olvido que eres una depredadora —admitió él, extendiendo su propia mano para rodear la muñeca de Cassandra—. Pareces una estatua olvidada en un jardín, pero cuando hablas así... me recuerdas que eres la criatura más peligrosa de esta isla.

—¿Te asusto, Enoch? —preguntó ella con una sonrisa traviesa que mostró fugazmente la perfección de sus dientes.

—Me aterra lo mucho que no me importa que seas peligrosa —respondió él con sinceridad brutal.

Enoch se levantó de su taburete, quedando a pocos centímetros de ella. A pesar de ser humano (o lo más parecido a uno que un peculiar podía ser), no mostraba miedo ante la presencia de la inmortal. Él tomó un pequeño frasco de su mesa, uno que contenía un corazón de ratón todavía latiendo débilmente gracias a su peculiaridad.

—Toma —dijo, ofreciéndoselo—. Es un regalo.

Cassandra miró el frasco y luego a él, confundida.

—¿Un corazón? Enoch, sabes que solo bebo de...

—No es para que te lo comas, tonta —la interrumpió él, y por primera vez en toda la tarde, una sonrisa genuina asomó a sus labios—. He estado trabajando en esto. He infundido en este corazón un eco de mi propia energía, mezclada con la tuya. Si lo mantienes cerca, podrás sentir mi ubicación y mi estado de ánimo, incluso si estamos en diferentes épocas o si el bucle se cierra.

Cassandra tomó el frasco con una delicadeza extrema, como si fuera a romperse con solo mirarlo. Sus ojos brillaron con una intensidad nueva. Para un vampiro, cuya existencia era a menudo una línea recta de monotonía eterna, un vínculo así era un tesoro incalculable.

—Es una parte de ti —susurró ella, maravillada.

—Es una forma de asegurarme de que no te olvides de volver a este sótano polvoriento —replicó Enoch, recuperando su tono sarcástico, aunque sus ojos lo traicionaban—. Los Cullen siempre están moviéndose, siempre escondiéndose. No quiero ser un recuerdo en tu larga vida, Cassandra.

La vampira dejó el frasco sobre la mesa y, con un movimiento más rápido de lo que el ojo humano podía seguir, envolvió a Enoch en un abrazo. Él exhaló un suspiro cuando el frío de ella lo rodeó, pero sus brazos se cerraron con fuerza alrededor de su cintura. Cassandra hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma a formol, tierra y vida de Enoch.

—Nunca podrías ser solo un recuerdo —dijo ella contra su piel—. Eres mi ancla. Mi clan vive en las sombras del bosque, pero tú... tú eres el único que le da un propósito a mi eternidad.

Enoch se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para mirarla a los ojos.

—¿Incluso si soy un viejo gruñón que prefiere a los muertos sobre los vivos? —bromeó él.

—Especialmente por eso —respondió ella—. Porque solo alguien que entiende lo preciosa que es la vida se atrevería a jugar con ella de la forma en que tú lo haces.

Cassandra usó su Dominio Espectral. Por un momento, el sótano se iluminó con una luz plateada y tenue. Las almas de los objetos en los estantes parecieron saludar, y una neblina etérea rodeó a la pareja. En ese espacio entre lo vivo y lo muerto, entre lo humano y lo monstruoso, no había diferencias.

—Te he traído algo también —dijo Cassandra, rompiendo el silencio—. Aunque no es tan... biológico como tus regalos.

Ella sacó de su bolsillo un pequeño cristal tallado, una pieza de cuarzo que parecía contener una tormenta en su interior.

—Es un fragmento de la memoria de mi primer siglo —explicó—. He volcado en él la sensación del sol sobre la piel, algo que ya no puedo disfrutar plenamente, y el sonido del viento en las montañas de Alaska. Cuando te sientas atrapado en este bucle, en este mismo día eterno, sostenlo. Te recordará que el mundo es grande y que yo estaré en él esperándote.

Enoch tomó el cristal, sintiendo una calidez repentina que emanaba de la piedra.

—Gracias, Cassie —dijo él en voz baja.

—¿Enoch? —llamó ella.

—¿Sí?

—Prométeme que no intentarás ponerle un corazón a una de mis chaquetas. La última vez intentó morderme.

Enoch soltó una carcajada auténtica, una que resonó en las vigas del techo y probablemente hizo que Miss Peregrine, en el piso de arriba, arqueara una ceja.

—No prometo nada. Esa chaqueta tenía mucha personalidad.

Se quedaron así, en el silencio del sótano, rodeados de frascos y sombras. Cassandra Cullen, la criatura que no debería existir, y Enoch O'Connor, el chico que devolvía la existencia a lo que ya no estaba. Eran una paradoja, un error en el tejido del tiempo y la naturaleza, pero mientras el corazón en el frasco seguía latiendo al ritmo de sus almas entrelazadas, nada de eso importaba.

—¿Te quedarás hasta que el bucle se reinicie? —preguntó Enoch, volviendo a sentarse en su taburete, pero esta vez manteniendo la mano de Cassandra entre las suyas.

—Me quedaré todo el tiempo que me permitas —respondió ella, sentándose en el borde de la mesa de trabajo, ignorando el hecho de que estaba aplastando unos planos de anatomía—. Después de todo, tengo una eternidad por delante, y no puedo imaginar pasarla en ningún otro lugar que no sea este.

—Bueno —gruñó Enoch, aunque su pulgar acariciaba el dorso de la mano de la vampira—, supongo que puedo soportar tu presencia un poco más. Pero no toques los corazones de reserva, están contados.

Cassandra sonrió, apoyando su cabeza en el hombro de Enoch. El frío de su piel y el calor de la de él se equilibraron, creando un punto de paz en medio de la guerra que rugía fuera del bucle.

—Eres un romántico terrible, Enoch O'Connor.

—Y tú eres una molestia inmortal.

Fuera, el avión alemán soltaba su carga, el tiempo se detenía y retrocedía, y el mundo volvía a empezar. Pero dentro del sótano, entre el cristal y la arcilla, algo nuevo y permanente había echado raíces, desafiando a los relojes y a la muerte misma.

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