
Nacimiento de amor
Fandom: Kengan ashura
Creado: 28/8/2026
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El Peso del Pasado y el Veneno en las Sombras
El sol de la tarde se filtraba débilmente por las ventanas de la arena de la Asociación Kengan, pero para Kiryu Setsuna, la luz se sentía como un foco inquisidor. Caminaba por los pasillos de hormigón con su elegancia habitual, pero por dentro, cada fibra de su ser gritaba de ansiedad. Sus dedos rozaron inconscientemente el bolsillo de su pantalón, donde sentía el peso de su teléfono, una fuente constante de terror en los últimos días.
Setsuna siempre había sido un hombre de contrastes: una belleza angelical que albergaba una oscuridad devoradora. Sin embargo, antes de que el Estilo Koei y la obsesión por "su Dios" Ohma lo consumieran, hubo un tiempo de pura supervivencia en los barrios bajos. La miseria no perdona la belleza; la utiliza. Años atrás, para no morir de hambre, Setsuna se vio obligado a participar en filmaciones clandestinas, videos pornográficos que ahora, como fantasmas, regresaban para atormentarlo.
—Vaya, vaya, pero si es la "Estrella de la Belleza" —una voz ronca y cargada de malicia interrumpió sus pensamientos.
Setsuna se detuvo en seco. Raian Kure estaba apoyado contra la pared, con su habitual sonrisa psicópata y los ojos negros como el abismo observándolo. Entre sus dedos, Raian sostenía un dispositivo móvil.
—¿Qué quieres, Raian? —preguntó Setsuna, manteniendo su voz gélida, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas.
—Oh, no te pongas así, Kiryu. Estaba revisando unos archivos antiguos en la red profunda... y me encontré con una actuación digna de un premio —Raian se acercó, invadiendo su espacio personal—. Quién diría que el gran rival de Ohma solía gemir de esa forma frente a una cámara por unos cuantos yenes.
Setsuna apretó los puños, pero antes de que pudiera responder, otra presencia se materializó desde las sombras del pasillo contiguo. Muteba Gizenga, el mercenario, caminaba hacia ellos con su imponente presencia.
—La información es una moneda de cambio muy valiosa en mi mundo, Kiryu —dijo Muteba, su voz profunda resonando en el pasillo—. No soy de los que disfrutan del cotilleo, pero las imágenes son... reveladoras. Digamos que ciertos empleadores pagarían mucho por ver la caída de un peleador tan prominente. O quizás, podrías pagarnos tú, de otras formas.
El chantaje no era sutil. Raian soltó una carcajada estridente mientras pasaba una mano por el hombro de Setsuna, apretando con una fuerza que buscaba humillar más que herir.
—Si no quieres que Ohma vea cómo te abrías de piernas para extraños, más te vale que esta noche estés en mi habitación —susurró Raian al oído de Setsuna—. Y trae ese cuerpo tuyo listo para todo.
Setsuna se quedó inmóvil cuando ambos hombres se alejaron. El asco se revolvía en su estómago. No era el dolor físico lo que temía; era la mirada de Ohma. Si Ohma, su Dios, su única razón de existir, descubría la suciedad de su pasado, Setsuna estaba seguro de que se desintegraría.
Esa noche fue un descenso al infierno. En la penumbra de una de las habitaciones privadas de la mansión de los empleadores, Setsuna tuvo que someterse a los caprichos de Raian y Muteba. Fue un abuso físico y sexual que le recordó sus peores días en las calles. Raian no tenía delicadeza; disfrutaba de la degradación, mientras Muteba observaba y participaba con una eficiencia clínica y cruel.
Pero lo peor no fue eso. En medio del acto, una figura emergió de la oscuridad, alguien que Setsuna reconoció con puro terror: Tiger Niko. El hombre que había sembrado la semilla del caos en su mente.
—Sigues siendo una herramienta útil, Setsuna —dijo Tiger Niko, observando la escena con desdén—. Pero tu cuerpo está cambiando. Te inyecté algo hace semanas, un pequeño experimento para ver cómo reacciona el Estilo Koei a la manipulación hormonal inducida por el flujo de energía.
Setsuna apenas podía procesar las palabras mientras el dolor y la humillación lo nublaban todo.
A la mañana siguiente, Setsuna se despertó en su propia habitación, con el cuerpo entumecido y una sensación extraña en el pecho. Al mirarse al espejo, se horrorizó. Sus pectorales estaban inusualmente hinchados, mostrando una hipertrofia que no coincidía con su entrenamiento habitual. Estaban tensos, calientes y dolorosamente sensibles.
Intentó vestirse con una camisa holgada para ir a los entrenamientos, pero el simple roce de la tela le provocaba una punzada insoportable. En el pasillo, se cruzó con Yamashita y Ohma.
—¡Hola, Kiryu! —saludó Yamashita con su habitual nerviosismo—. ¿Te encuentras bien? Te ves un poco pálido.
—Estoy bien, Yamashita-san —respondió Setsuna, evitando mirar a Ohma a los ojos.
—Hueles... diferente —dijo Ohma, frunciendo el ceño y acercándose un paso.
Setsuna retrocedió instintivamente.
—Solo estoy cansado, Ohma. Tengo que ir a ver a alguien.
Corrió por los pasillos hasta llegar a la enfermería del Dr. Hanafusa. Al entrar, el médico estaba ocupado diseccionando lo que parecía ser un brazo mecánico, mientras su asistente Tomoko leía unos informes.
—Ah, Kiryu. No te esperaba hoy —dijo Hanafusa sin levantar la vista—. Pasa, siéntate. Aunque por tu ritmo cardíaco, diría que no vienes por una simple gripe.
—Doctor, algo me pasa —dijo Setsuna, cerrando la puerta con llave.
Se desabrochó la camisa con manos temblorosas. Tomoko soltó un pequeño grito de sorpresa y sus mejillas se tiñeron de rojo al ver el torso del peleador. Hanafusa dejó sus herramientas y se acercó, ajustándose las gafas.
—Interesante... —murmuró Hanafusa, presionando el tejido inflamado.
Setsuna soltó un gemido de dolor y, para horror de todos los presentes, un líquido blanquecino comenzó a brotar de sus pezones.
—Lactancia masculina inducida —diagnosticó Hanafusa—. Y una hipertrofia de tejido mamario acelerada. Esto no es natural, Kiryu. Esto es químico.
—Fue él... Tiger Niko —susurró Setsuna, cubriéndose el pecho con las manos—. Me inyectó algo... y los otros... me obligaron...
Tomoko se acercó con una toalla, su expresión de fangirl desapareciendo para ser reemplazada por una genuina preocupación.
—Esto es abuso, Doctor —dijo Tomoko con firmeza—. Tenemos que informar a Nogi-san o a Shion.
—No —interrumpió Setsuna con desesperación—. Si se enteran, Ohma lo sabrá. Él no puede saber lo que hice... lo que soy.
—Kiryu, tu cuerpo está bajo un estrés hormonal masivo —explicó Hanafusa, mientras comenzaba a preparar una jeringa—. Si no tratamos esto, el daño a tus fibras musculares y a tu sistema endocrino será permanente. Además, esta producción de leche es una reacción secundaria a un veneno que busca debilitar tu Rakshasa's Palm.
Mientras Hanafusa trabajaba, la puerta de la enfermería vibró con un golpe seco.
—¡Setsuna! Sé que estás ahí —la voz de Ohma resonó desde el otro lado—. Hanafusa, ábreme.
Setsuna entró en pánico.
—¡No lo dejes entrar! —suplicó.
Hanafusa miró a Tomoko y luego a la puerta.
—Ohma, estoy en medio de un procedimiento delicado. Vuelve más tarde —dijo el doctor con calma.
—No me voy a ir. He visto a Raian y a Muteba riéndose en el comedor sobre "la actuación de Kiryu". ¿Qué está pasando?
El silencio en la habitación era sepulcral. Setsuna comenzó a llorar silenciosamente, las lágrimas cayendo sobre su pecho aún goteando. La humillación era total. Había intentado ser el demonio perfecto para su Dios, pero ahora se sentía como una cáscara rota y usada.
Shion Soryuin y Hatsumi Sen aparecieron en el pasillo, atraídos por el alboroto.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Shion, con su autoridad habitual—. Ohma, deja de golpear la puerta.
—Kiryu está ahí dentro y algo anda mal —insistió Ohma, cuya aura comenzaba a filtrarse, el avance latente en sus venas.
Dentro, Hanafusa suspiró.
—Kiryu, la verdad siempre sale a la luz en este lugar. O dejas que Ohma entre y te ayude, o dejarás que Raian y los demás sigan destruyéndote.
Setsuna miró sus manos, las manos que habían matado a tantos, y luego miró su pecho, un símbolo de su vulnerabilidad forzada.
—Él me odiará —dijo Setsuna en un susurro.
—Ohma no es tan superficial, aunque sea un idiota para las relaciones —comentó Hatsumi desde el pasillo, habiendo escuchado parte de la conversación—. Pero ese idiota se preocupa por ti a su manera retorcida.
Setsuna asintió débilmente. Tomoko abrió la puerta.
Ohma entró rápidamente, deteniéndose en seco al ver a Setsuna sentado en la camilla, medio desnudo, con vendajes que intentaban contener la inflamación y la humedad en su pecho. La furia en los ojos de Ohma fue instantánea, pero no estaba dirigida a Setsuna.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó Ohma, su voz era un trueno contenido.
Setsuna no pudo responder, solo bajó la cabeza. Hanafusa intervino, explicando brevemente la situación química y el chantaje que Setsuna había estado sufriendo.
—Raian... Muteba... y ese hombre —gruñó Ohma. Se acercó a Setsuna y, para sorpresa de todos, puso una mano firme pero suave sobre su cabeza—. No me importa lo que hicieras en el pasado para sobrevivir, Setsuna. Eres el único que puede seguirme el ritmo en este infierno. No dejaré que esos bastardos te usen de nuevo.
—Pero... los videos... mi pureza para ti... —sollozó Setsuna.
—No digas estupideces —dijo Ohma, mirándolo fijamente—. Nada de eso cambia quién eres ahora. Hanafusa, cúralo. Yo me encargaré de que Raian y Muteba entiendan que hay cosas que no se tocan.
Shion Soryuin entró en la habitación, ajustándose las gafas con una expresión gélida.
—Como empleadora y parte de la Asociación, no toleraré que se use material externo para chantajear a los peleadores. Nogi ya está al tanto. Esos videos serán borrados de todos los servidores y cualquiera que los mencione será expulsado de la Asociación Kengan inmediatamente.
Setsuna sintió que una parte del peso que lo asfixiaba se levantaba. Sin embargo, el dolor físico y la extraña condición de su cuerpo aún persistían. Hanafusa comenzó a extraer el exceso de líquido con una bomba médica, un proceso incómodo y humillante que Setsuna soportó cerrando los ojos con fuerza.
—Tomará unos días estabilizar tus hormonas —dijo Hanafusa—. Y Tiger Niko... ese hombre ha jugado con tu biología de una forma muy cruel. Tendrás que quedarte aquí bajo observación.
Ohma no se movió del lado de Setsuna. A pesar de su rivalidad, a pesar de la locura que los rodeaba, había un vínculo que la suciedad del pasado no podía romper.
—Descansa, Setsuna —dijo Ohma—. Cuando despiertes, este problema habrá desaparecido.
Setsuna se quedó dormido bajo el efecto de los sedantes de Hanafusa, soñando no con cámaras ni con manos crueles, sino con la espalda de Ohma protegiéndolo de la oscuridad. Afuera, la tormenta Kengan apenas comenzaba, pues Ohma Tokita tenía cuentas que cobrar, y la arena de combate no sería suficiente para contener su rabia.
La Asociación Kengan era un lugar de monstruos, pero incluso entre monstruos, había códigos que no se debían romper. Y Raian Kure estaba a punto de aprender que el "Dios" de Setsuna era muy real, y muy peligroso.
