Fanfy
.studio
Imagen de fondo

¿Porque?

Fandom: Fedri

Creado: 28/8/2026

Etiquetas

RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoCelosMpregEmbarazo No Planificado/No DeseadoArregloHistoria DomésticaEstudio de Personaje
Índice

El eco de una traición silenciosa

La luz de la tarde se filtraba por los grandes ventanales del ático que compartían en Barcelona, tiñendo las paredes de un dorado que, a ojos de Pedri, resultaba insultante. Todo en esa casa gritaba perfección, éxito y amor, pero bajo la superficie, los cimientos se estaban pudriendo.

Pedri estaba sentado en el borde de la cama, apretando entre sus manos el teléfono de Ferran. No era su intención espiar, nunca lo había sido porque confiaba ciegamente en el hombre que le juraba amor eterno cada mañana. Pero una notificación inoportuna, un nombre que no conocía acompañado de un corazón rojo, lo había cambiado todo.

«¿A qué hora nos vemos hoy, amor?», decía el mensaje.

El corazón de Pedri se saltó un latido y luego comenzó a galopar con una furia dolorosa. Ferran, su Ferran, el hombre que lo abrazaba con una posesividad feroz, el que le decía que era lo único que importaba en su vida, lo estaba engañando.

Escuchó el ruido de la ducha deteniéndose. Unos minutos después, Ferran salió del baño, con una toalla anudada a la cintura y esa sonrisa de medio lado que siempre lograba derretir a Pedri. Se acercó a él, rodeándolo con sus brazos fuertes, besando su nuca con una ternura que ahora se sentía como veneno.

—¿Qué pasa, cariño? Estás muy callado —susurró Ferran, su voz profunda vibrando contra la piel de Pedri.

Pedri cerró los ojos, tragándose las lágrimas y la bilis. No iba a romperse ahora. No le daría el gusto de verlo derrotado. Su naturaleza cariñosa seguía ahí, pero el fuego de la venganza acababa de encenderse en su pecho.

—Nada, solo pensaba en la cena de mañana con los chicos —mintió Pedri, girándose para dedicarle una sonrisa falsa pero convincente—. Gavi y Eric me han invitado a salir después. Creo que iré.

Ferran frunció el ceño al instante. Su mandíbula se tensó y sus brazos se apretaron un poco más de lo necesario alrededor de la cintura de Pedri. La posesividad de Ferran era legendaria; no soportaba que otros hombres miraran lo que él consideraba de su propiedad.

—¿A salir? ¿Hasta qué hora? —preguntó Ferran, su tono perdiendo la calidez—. Sabes que no me gusta que andes por ahí de noche sin mí. Hay mucha gente aprovechada, Pedri.

—Solo es una fiesta, Ferran. No seas tan celoso —dijo Pedri con ligereza, zafándose de su agarre—. Además, tú también tienes tus planes, ¿no?

Ferran se quedó rígido por un segundo, preguntándose si Pedri sabía algo, pero la mirada inocente del canario lo tranquilizó.

—Solo quiero cuidarte —concluyó Ferran, aunque en su mente ya estaba planeando cómo vigilarlo.

Durante las semanas siguientes, el matrimonio se convirtió en un juego de ajedrez psicológico. Ferran continuaba con su amante, convencido de que era lo suficientemente listo para no ser descubierto, pero su paranoia crecía cada vez que Pedri llegaba tarde, oliendo a un perfume ajeno o riendo por mensajes en su móvil que se negaba a mostrar.

Pedri no le era infiel. Amaba a Ferran con una intensidad que le dolía, y la sola idea de estar con otro le revolvía el estómago. Pero quería que Ferran sintiera el mismo vacío, la misma inseguridad y el mismo miedo a perderlo que él estaba experimentando.

Una noche, en un evento benéfico, Pedri se aseguró de pasar toda la velada conversando animadamente con un joven modelo, permitiendo que este le tocara el brazo y le susurrara al oído. Desde el otro lado del salón, Ferran hervía de rabia. Sus ojos oscuros estaban fijos en la mano del desconocido sobre el hombro de su esposo.

Cuando llegaron a casa, Ferran explotó. Empujó a Pedri contra la puerta cerrada, su respiración agitada y sus ojos inyectados en sangre por los celos.

—¿Quién era ese imbécil? —rugió Ferran, golpeando la madera junto a la cabeza de Pedri—. ¡Te estaba tocando como si le pertenecieras!

Pedri lo miró con una calma que lo aterraba.

—Solo un amigo, Ferran. Es cariñoso, como yo. ¿No te gusta que sea cariñoso con los demás? —preguntó Pedri, pasando una mano por el pecho de su marido—. A ti parece gustarte mucho compartir tu cariño con otras personas.

Ferran palideció. El silencio que siguió fue denso y pesado.

—No sé de qué hablas —logró decir Ferran, aunque su voz tembló.

—Lo sé todo, Ferran. Sé lo de ella. Sé dónde se ven. Sé cómo me mientes a la cara mientras me dices que me amas —las lágrimas finalmente asomaron a los ojos de Pedri, pero no eran de debilidad, sino de una furia gélida—. Y lo peor es que, a pesar de eso, sigo siendo fiel a este matrimonio muerto. Solo quería que vieras cómo se siente que te falten al respeto en tu propia cara.

Ferran intentó abrazarlo, desesperado por reparar lo irreparable.

—Pedri, escúchame, ella no significa nada, es solo... es un error. Te amo a ti, eres mi vida, me vuelvo loco si no estás...

—Si me amaras, no habrías buscado en otra cama lo que aquí te sobraba —dijo Pedri, empujándolo—. No vuelvas a tocarme.

Esa noche, Pedri durmió en la habitación de invitados. Y fue esa misma noche, mientras el dolor lo consumía, cuando el mareo y las náuseas que había estado ignorando cobraron sentido. Con manos temblorosas, se hizo una prueba que guardaba en el cajón.

Dos líneas rosas.

Estaba embarazado. Un hijo de Ferran, el hombre que acababa de romperle el corazón.

El instinto de protección de Pedri se activó de inmediato. Si Ferran se enteraba, usaría al bebé para retenerlo, para obligarlo a perdonar, para ejercer esa posesividad tóxica que ahora Pedri despreciaba. Y Pedri no quería que su hijo creciera en un hogar construido sobre mentiras y traiciones.

A la mañana siguiente, Ferran se despertó con la intención de rogar, de arrodillarse si era necesario. Pero cuando entró en la habitación de invitados, estaba vacía. No había ropa, no había maletas, no había rastro de Pedri. Solo un sobre sobre la cama con los papeles del divorcio sin firmar y una nota breve: «No me busques. Necesito aire para respirar lejos de tu veneno».

Ferran enloqueció. Usó todos sus contactos, su dinero y su influencia para localizarlo, pero Pedri fue más astuto. Con la ayuda de su hermano y un par de amigos leales que detestaban lo que Ferran había hecho, Pedri desapareció de la vida pública. Se mudó a una pequeña casa en la costa de Tenerife, lejos de los focos, de las cámaras y de los celos asfixiantes de su marido.

Los meses pasaron. Ferran se hundió en una depresión profunda, descuidando su carrera y alejándose de su amante apenas unos días después de la partida de Pedri. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que lo tenía todo y lo había tirado a la basura por una distracción momentánea. Los celos que antes sentía por otros hombres ahora eran celos del mundo entero, de cualquiera que pudiera estar viendo a Pedri mientras él se consumía en la soledad.

Mientras tanto, en Tenerife, el vientre de Pedri crecía. Era un proceso solitario pero lleno de un amor nuevo y puro. A veces, en el silencio de la noche, acariciaba su tripa y lloraba, deseando que Ferran estuviera allí, el Ferran del que se enamoró, no el que lo traicionó. Pero luego recordaba el mensaje en el móvil y se fortalecía.

El día que nació el pequeño Marc, Pedri sintió que su vida volvía a tener sentido. El bebé tenía los ojos oscuros de Ferran y la sonrisa dulce de Pedri. Era la mezcla perfecta de un amor que había sido real, al menos para uno de ellos.

Cuando Marc cumplió tres meses, Pedri decidió que ya no podía esconderse más. No por Ferran, sino por él mismo. Volvió a Barcelona, instalándose en un pequeño apartamento cerca del mar. La noticia de su regreso no tardó en filtrarse a la prensa, y por supuesto, llegó a oídos de Ferran.

Ferran no esperó. Condujo como un loco hasta la dirección que le habían dado, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se imaginó mil escenarios: Pedri gritándole, Pedri con otro hombre, Pedri ignorándolo. Pero nada lo preparó para lo que vio cuando la puerta se abrió.

Pedri estaba allí, con un aspecto más maduro, más sereno. Y en sus brazos, envuelto en una manta azul, había un bebé.

Ferran se quedó sin aliento, apoyándose contra el marco de la puerta para no caerse.

—¿Pedri? —su voz era apenas un susurro quebrado.

—Hola, Ferran —respondió Pedri con voz firme, aunque sus ojos reflejaban una tormenta de emociones.

—¿Es... es mío? —preguntó Ferran, dando un paso vacilante hacia adelante, con los ojos fijos en el pequeño rostro del bebé que dormía plácidamente.

—Es nuestro —corrigió Pedri, dando un paso atrás para dejarlo entrar, aunque sin bajar la guardia—. Se llama Marc.

Ferran cayó de rodillas allí mismo, en el recibidor, rompiendo a llorar con una angustia que le desgarraba el alma. Ver a su hijo, el fruto de un amor que él mismo había intentado destruir, fue el golpe más duro y, a la vez, la mayor esperanza que había recibido en su vida.

—Perdóname, Pedri... por favor, perdóname —sollozaba Ferran, ocultando el rostro entre sus manos—. He sido un idiota, un miserable. No he vivido un solo día desde que te fuiste. Por favor, déjame arreglarlo. Déjame ser el padre que él merece y el hombre que tú necesitabas.

Pedri miró a su esposo, viendo el dolor genuino y la devastación en su rostro. Sus instintos vengativos se habían calmado con el tiempo, reemplazados por la responsabilidad de criar a Marc. Pero no iba a ser fácil.

—No confío en ti, Ferran —dijo Pedri, su tono suavizándose pero manteniendo la distancia—. Los celos que sentías, la forma en que me trataste... y ella. Eso no se olvida con lágrimas.

Ferran levantó la vista, sus ojos rojos llenos de determinación.

—Lucharé cada segundo del resto de mi vida para que vuelvas a confiar en mí. No me importa cuánto tiempo tome. Si tengo que ganarme tu amor desde cero, lo haré. Solo... por favor, no me alejes de nuevo. No me quites la oportunidad de ser parte de esto.

Pedri suspiró, mirando a Marc, quien empezó a removerse en sus brazos.

—Puedes venir a verlo. Podemos intentar ser padres civilizados —cedió Pedri—. Pero lo demás... lo demás dependerá de ti, Ferran. Ya no soy el chico ingenuo que podías engañar. Si quieres estar en mi vida, tendrás que aprender que el amor no es posesión, es respeto.

Ferran se puso en pie, limpiándose las lágrimas. Se acercó lentamente, pidiendo permiso con la mirada antes de estirar un dedo para rozar la manita de Marc. El bebé cerró su puño alrededor del dedo de su padre, y Ferran sintió una descarga eléctrica que le recorrió el cuerpo.

—Lo haré mejor, Pedri. Te lo prometo —dijo Ferran, mirando a su esposo con una devoción que esta vez no dejaba lugar a dudas—. Voy a recuperar a mi familia, aunque sea lo último que haga.

Pedri no respondió, pero no retiró al bebé. En el silencio del apartamento, con el sonido del mar de fondo, comenzó un nuevo capítulo. Uno lleno de cicatrices, sí, pero también de la posibilidad de una redención que Ferran estaba dispuesto a ganar a cualquier precio. La venganza de Pedri había terminado, dando paso a una justicia poética: Ferran ahora sabía exactamente lo que casi había perdido, y pasaría el resto de sus días temiendo no ser lo suficientemente bueno para conservarlo.

Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic