
Instinto primitivo
Fandom: Kengan ashura
Creado: 29/8/2026
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La Fragilidad del Demonio: El Despertar de la Bestia
Setsuna Kiryu siempre se había enorgullecido de su control, o al menos, de la ilusión de este. En el mundo de la Asociación Kengan, donde los instintos primarios dictaban quién vivía y quién moría, él había logrado ocultar su verdadera naturaleza bajo el velo de los supresores. Durante años, se presentó ante el mundo como un Beta, un combatiente letal cuya única obsesión era el "Dios" que veía en Ohma Tokita. Sin embargo, el cuerpo tiene límites que la voluntad no puede ignorar.
Las pastillas que Shion Soryuin le proporcionaba a través de los contactos médicos de Hanafusa habían comenzado a fallar. Su organismo, sometido al estrés constante del Estilo Koei, había desarrollado una resistencia alarmante. Setsuna decidió dejar de tomarlas, creyendo que su fuerza de voluntad sería suficiente para contener el torrente hormonal que se avecinaba.
—¿Te encuentras bien, Kiryu? —preguntó Tomoko Matsuda, ajustándose las gafas mientras observaba el sudor frío que perleaba la frente del peleador.
Setsuna forzó una sonrisa angelical, aunque sus pupilas estaban ligeramente dilatadas.
—Estoy perfectamente, Tomoko-san. Solo es el cansancio acumulado por el entrenamiento.
Shion Soryuin, la elegante presidenta de la Academia Koyo, no parecía tan convencida. Observó a su peleador estrella con una mezcla de preocupación y sospecha.
—Recuerda que mañana tenemos una reunión importante con Nogi y Yamashita. No puedes permitirte estar indispuesto. Si necesitas que Hanafusa te revise...
—No será necesario —la interrumpió Setsuna con una suavidad cortante—. Mi devoción por ustedes es absoluta. Estaré allí.
Pero al quedarse solo en su habitación, el aroma a ozono y almizcle comenzó a emanar de sus poros. No era un Beta. Setsuna era un Omega, una rareza en el mundo de los gladiadores, y su celo, contenido durante años, estaba a punto de estallar con la violencia de un volcán.
El día de la reunión, la atmósfera en el edificio de Nogi era tensa. Kaede Akiyama revisaba documentos mientras Yamashita Kazuo intentaba, sin éxito, calmar sus nervios. Ohma estaba allí, apoyado contra la pared con su habitual aire de indiferencia, pero sus fosas nasales vibraron.
—Algo huele extraño —murmuró Ohma, frunciendo el ceño.
Setsuna entró en la sala. Su presencia era magnética, pero había algo salvaje en su mirada. El aire se volvió espeso. Los instintos animales de los presentes comenzaron a reaccionar. Nogi y Shion discutían términos comerciales, pero Setsuna apenas podía escuchar. Sus pechos, hipertrofiados por el entrenamiento y ahora sensibles por el desequilibrio hormonal, rozaban la tela de su camisa, enviando descargas de placer y dolor a su cerebro.
Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe. Raian Kure entró con su arrogancia característica, seguido por Muteba Gizenga, quien se detuvo en seco, olfateando el aire con una sonrisa depredadora.
—Vaya, vaya... —rio Raian, sus ojos negros fijos en Setsuna—. Huele a perra en celo aquí dentro. Y yo que pensaba que todos en esta sala eran hombres de verdad.
—Raian, compórtate —advirtió un guardia de Katahara que custodiaba la entrada, pero era tarde.
El aroma de Setsuna había inundado la habitación. Era un olor dulce, metálico y embriagador que activaba los centros más primitivos de los Alfas presentes. Setsuna sintió que sus rodillas flaqueaban. El dolor en sus pezones era insoportable, una congestión que pedía a gritos ser liberada.
—¡Aléjate de él, Raian! —gritó Shion, dándose cuenta demasiado tarde de lo que ocurría.
—¿Y quién me va a obligar? —Raian se movió con una velocidad inhumana, atrapando a Setsuna por el cuello—. Este "Beta" está a punto de gotear.
El celo golpeó a Setsuna con la fuerza de un mazo. Sus sentidos se nublaron. Ohma dio un paso adelante, su propio instinto de Alfa despertando ante la vulnerabilidad de su "némesis", pero Raian fue más rápido. Con una fuerza bruta que Setsuna no podía contrarrestar en su estado, lo arrastró hacia una de las salas de descanso laterales, derribando a los guardias que intentaron interponerse.
—¡Ohma! ¡Haz algo! —suplicó Yamashita, aterrorizado por la violencia que se desataba.
Pero el ambiente estaba contaminado. Muteba observaba con interés cínico, mientras Hanafusa, que acababa de llegar, preparaba sedantes, aunque sabía que en medio de un celo de ese calibre, la química corporal era impredecible.
Dentro de la sala, la brutalidad se desató. Raian no buscaba amor; buscaba dominación. Lanzó a Setsuna contra la mesa de roble, desgarrando su ropa con una ferocidad animal.
—¡Mírame, maldito fenómeno! —rugió Raian, sus manos apretando los pectorales de Setsuna con una fuerza que buscaba romper costillas—. Estás tan hinchado... ¿qué pasa? ¿Quieres que te ordeñe?
Setsuna dejó escapar un gemido que fue mitad agonía y mitad éxtasis. Sus pechos, tensos y calientes, comenzaron a filtrar un líquido blanquecino, una lactancia inducida por el choque hormonal extremo. El dolor de la tortura sexual que Raian le infringía —mordiendo su cuello, marcando su piel con moretones violáceos— se mezclaba con una necesidad masoquista que Setsuna siempre había albergado.
—Sí... —jadeó Setsuna, arqueando la espalda, sus ojos en blanco—. ¡Destrúyeme! ¡Haz que el Dios que hay en ti me devore!
La entrada de Ohma en la habitación cambió la dinámica. No entró para detenerlo, sino reclamado por el mismo instinto. El Omegaverso no conocía de leyes humanas. Ohma agarró a Setsuna del cabello, obligándolo a mirarlo mientras Raian lo penetraba con una violencia que rozaba lo criminal.
—Eres mío, Setsuna —susurró Ohma, su voz ronca, una vibración que recorrió la columna del Omega—. Solo yo puedo darte el final que buscas.
La escena era una danza de carne y brutalidad. La hipertrofia de los músculos de Setsuna se tensaba bajo el peso de los dos Alfas. El sexo era apasionado pero violento, una mezcla de fluidos, sudor y el aroma ferroso de la sangre donde los dientes de Raian se hundían en los hombros de Kiryu. No había ternura, solo la necesidad biológica de reclamar y ser reclamado.
Setsuna sentía que su útero se contraía, preparándose para una concepción que cambiaría el destino de las facciones Kengan. En medio del frenesí, sus pensamientos volaron a Shion y Tomoko. Les había fallado, se había convertido en un animal, pero el placer de la tortura, el juego cruel con sus pezones sangrantes y la plenitud de ser llenado por los guerreros más fuertes, le otorgaba una paz que nunca encontró en la cordura.
—¡Más! —gritaba Setsuna, sus uñas clavándose en la espalda de Raian mientras Ohma sellaba sus labios en un beso que sabía a hierro—. ¡Mátenme con esto!
Horas después, el silencio regresó al edificio, un silencio pesado y cargado de remordimiento y hormonas residuales. Setsuna yacía en el suelo, cubierto por la chaqueta de Ohma, su cuerpo una ruina de marcas de dientes y hematomas. Raian se había marchado con una carcajada salvaje, satisfecho por haber doblegado al "hermoso" peleador.
Ohma se quedó a su lado, observando el vientre de Setsuna. Sabía, con la certeza de los depredadores, que la semilla había prendido.
—¿Estás feliz ahora? —preguntó Ohma, su voz volviendo a la normalidad, aunque sus ojos aún guardaban un rastro de salvajismo.
Setsuna, con las lágrimas rodando por sus mejillas y el pecho aún goteando leche y dolor, sonrió con una ternura aterradora.
—He sido bendecido... —susurró—. El hijo de los demonios está en camino.
Shion y Tomoko entraron finalmente, encontrando a su peleador en ese estado de devastación y gloria. Hanafusa se acercó con una manta, su rostro habitualmente impasible mostrando una pizca de curiosidad científica ante la hipertrofia y la reacción del Omega.
—Tendremos que cancelar tus próximas peleas, Setsuna —dijo Shion, su voz temblando de rabia contenida hacia los Alfas, pero también de una extraña compasión—. Estás embarazado.
Setsuna cerró los ojos, sintiendo el calor del nido que empezaba a formarse en su mente. La tortura había terminado, pero la verdadera batalla, la de criar a una bestia nacida de la violencia y el celo, apenas comenzaba. En el mundo de Kengan, el amor siempre estaba teñido de sangre, y Setsuna Kiryu finalmente había encontrado su lugar en el centro del caos.
