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Pura casualidad

Fandom: Ferran torres

Creado: 29/8/2026

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Entre vendajes y goles a escuadra

El pitido de las máquinas de diálisis formaba una melodía monótona que Ana ya no escuchaba. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, se deslizaban sobre las gráficas del monitor. Eran las tres de la mañana en el Hospital Clínic de Barcelona, y su turno de noche en la unidad de cuidados intensivos estaba a punto de empalmar con su segundo trabajo en la clínica privada de fisioterapia deportiva. Ser enfermera y fisioterapeuta a la vez no era un capricho; era la única forma de pagar el alquiler en una ciudad que parecía querer expulsarla a cada paso.

Ana se ajustó la coleta, sintiendo el peso de la fatiga en sus hombros. No esperaba que esa noche, precisamente esa, su vida fuera a cambiar de ritmo.

—Ana, tenemos un ingreso en la planta VIP —dijo Marcos, el celador, asomando la cabeza por la puerta—. Dicen que es urgente, pero discreto. Ya sabes lo que significa eso.

—¿Otro político con indigestión de caviar? —bromeó ella, frotándose las sienes.

—Casi. Un "Tiburón" con la aleta herida.

Cuando Ana entró en la habitación 402, el olor a antiséptico fue reemplazado por una fragancia cara y masculina. Sentado en el borde de la camilla, con el ceño fruncido y una bolsa de hielo sobre el tobillo derecho, estaba Ferran Torres. El chico de moda, el delantero que hacía rugir al Camp Nou, el hombre que aparecía en todas las vallas publicitarias de la Diagonal.

Él levantó la vista. Sus ojos, cargados de una frustración evidente, se clavaron en los de ella.

—Si me vas a decir que me pierdo el partido del domingo, puedes darte la vuelta y salir —soltó Ferran, con la voz áspera.

Ana no se inmutó. Había lidiado con pacientes mucho más difíciles que un futbolista mimado por la fama. Se acercó con paso firme y dejó su bandeja sobre la mesa auxiliar.

—Buenas noches a ti también —respondió ella con calma—. Soy Ana. Y no soy adivina, soy enfermera. Pero si sigues apretando ese hielo directamente contra la piel, lo único que vas a conseguir es una quemadura por frío además del esguince.

Ferran parpadeó, sorprendido por la falta de reverencia en su tono. Relajó un poco los hombros y soltó un suspiro largo.

—Lo siento. Es la adrenalina. Y el dolor.

—El dolor es una señal, no un enemigo —dijo ella, retirando la bolsa de hielo con suavidad. Sus manos, expertas y frías, palparon la inflamación—. Tienes suerte. Parece un grado dos. Si te portas bien y sigues el tratamiento, volverás a correr antes de lo que crees.

—Necesito volver ya —insistió él, observando cómo ella vendaba el tobillo con una precisión casi artística—. No entiendes lo que es estar ahí fuera y sentir que todo el mundo espera que falles.

Ana levantó la vista, encontrándose con una vulnerabilidad que no salía en las noticias deportivas.

—Entiendo lo que es tener presión, Ferran. Yo tengo dos trabajos, duermo cuatro horas al día y si cometo un error, alguien no vuelve a casa. Así que, con todo respeto, creo que puedes sobrevivir a una semana de reposo.

Hubo un silencio denso en la habitación. Ferran la observó con una mezcla de curiosidad y respeto. No estaba acostumbrado a que le hablaran así, sin filtros, sin el brillo de la idolatría.

—Dos trabajos, ¿eh? —preguntó él, bajando el tono—. ¿Por eso tienes esas ojeras que intentas esconder?

Ana se tensó, pero no se alejó.

—Son gajes del oficio.

—¿A qué hora sales de aquí? —preguntó Ferran de repente.

—A las siete. Pero empiezo en la clínica a las ocho. ¿Por qué?

—Porque alguien que cuida así a los demás necesita que alguien la cuide a ella. Y porque me debes una cena por haberme bajado los humos en menos de cinco minutos.

Ana soltó una risa seca, terminando de asegurar el vendaje.

—No salgo con pacientes. Es una regla de oro.

—Técnicamente, a las siete de la mañana ya no seré tu paciente, seré un hombre con un vendaje muy bien puesto y un coche con chófer esperándome en la puerta —dijo él, esbozando una sonrisa ladeada, esa que derretía las redes sociales, pero que en ese momento parecía extrañamente genuina.

—Duerme, Tiburón —sentenció ella, apagando la luz principal—. Necesitas que ese tobillo desinflame.


El romance empezó como un secreto a voces en los pasillos de la clínica privada donde Ana trabajaba por las mañanas. Ferran, haciendo uso de su influencia, había conseguido que ella fuera su fisioterapeuta personal para la rehabilitación. Lo que empezó como sesiones de masajes terapéuticos y ejercicios de movilidad, pronto se transformó en algo mucho más salvaje y difícil de controlar.

Una tarde, en el gimnasio privado de la casa de Ferran, el calor de Barcelona se filtraba por los grandes ventanales. El entrenamiento había terminado, pero ninguno de los dos se movía.

—Estás mejor —dijo Ana, anotando algo en su libreta—. Mañana podrías empezar a trotar sobre césped.

Ferran, sentado en un banco y empapado en sudor, la agarró suavemente de la muñeca cuando ella pasó por su lado.

—Ana, deja la libreta.

—Tengo que registrar el progreso, Ferran. Es mi trabajo.

—Tu trabajo terminó hace veinte minutos —dijo él, tirando de ella hacia el espacio entre sus piernas.

Ana sintió el pulso acelerarse. La cercanía de Ferran era abrumadora; olía a esfuerzo, a ambición y a algo puramente magnético. Él le quitó la libreta de las manos y la dejó en el suelo, sin dejar de mirarla a los ojos.

—¿Por qué sigues huyendo? —susurró él—. Sé que lo sientes. La forma en que me tocas cuando no estás "trabajando". La forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta.

—Esto es una locura —respondió ella, aunque no se alejó—. Eres Ferran Torres. Tu vida es un escaparate. Yo soy... yo soy una enfermera que apenas tiene tiempo para lavar su propio uniforme. No encajamos.

—Entonces hagamos que no encaje —dijo él, acortando la distancia—. No quiero una historia de revista. Quiero esto. Lo que pasa cuando no hay cámaras. Lo que pasa cuando eres solo Ana y yo soy solo el chico que no sabe estirar bien los isquios sin que le regañes.

Ferran la besó con una urgencia que le robó el aliento. Fue un beso salvaje, cargado de la frustración de las semanas contenidas, de las noches de mensajes furtivos y de la atracción eléctrica que había nacido en aquella habitación de hospital. Ana respondió con la misma intensidad, enredando sus dedos en el cabello corto del futbolista, olvidando por un momento las jerarquías, los horarios y el cansancio crónico.

—No puedo prometerte que sea fácil —murmuró él contra sus labios, su respiración entrecortada—. Pero te prometo que valdrá la pena.

—Eres un desastre, Ferran —dijo ella, sonriendo entre besos.

—Tu desastre favorito.

Las semanas siguientes fueron un torbellino. Ana aprendió que amar a Ferran era amar a un hombre que vivía bajo un microscopio, pero también a alguien que, al llegar a casa, solo quería tumbarse en el sofá y que ella le leyera algo mientras él apoyaba la cabeza en su regazo. La historia, que había comenzado como un encuentro casual y físico, se estaba transformando en algo profundo, en un ancla para ambos.

Sin embargo, el mundo exterior no tardó en llamar a la puerta.

Una noche, después de un partido crucial en el que Ferran había marcado el gol de la victoria, la prensa los captó saliendo por la puerta trasera del estadio. Las fotos inundaron internet en cuestión de minutos. "La enfermera misteriosa que ha curado el corazón del Tiburón", decían los titulares.

Ana estaba en el hospital, terminando su turno, cuando vio las notificaciones en su teléfono. El pánico la invadió. Su vida privada, su tranquilidad, todo estaba saltando por los aires.

Cuando salió del hospital, una nube de fotógrafos la esperaba. Los flashes la cegaron.

—¡Ana! ¿Es cierto que vives con Ferran? —gritó uno.

—¿Estás con él por el dinero o por la fama? —preguntó otra, empujando un micrófono hacia su cara.

Ella no respondió. Se cubrió el rostro y trató de avanzar hacia la parada del autobús, pero se sentía acorralada. De repente, un coche negro de alta gama frenó en seco frente a ella. La puerta del copiloto se abrió y Ferran, con una gorra y gafas de sol, se asomó.

—¡Sube! —ordenó.

Ana entró en el coche y él aceleró, dejando atrás el caos. El silencio dentro del vehículo era tenso.

—Lo siento —dijo Ferran, golpeando el volante con la palma de la mano—. No quería que pasara así. No tan pronto.

Ana miraba por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad. Sus manos temblaban.

—Me han preguntado si estoy contigo por tu dinero, Ferran. No saben que tengo dos trabajos para no deberle nada a nadie. No saben quién soy.

Ferran frenó el coche en un mirador apartado, desde donde se veía toda Barcelona iluminada. Se giró hacia ella y le tomó las manos. Estaban frías.

—Yo sé quién eres —dijo él con una seriedad que la obligó a mirarlo—. Eres la mujer que me puso en mi sitio cuando más lo necesitaba. Eres la que se queda dormida en el sofá con el pijama de patos porque ha trabajado dieciséis horas seguidas. Eres la persona más real que he conocido en mi vida.

—Esto es demasiado, Ferran —susurró ella, con las lágrimas asomando—. Mi vida era sencilla. Cansada, pero sencilla.

—Nada que valga la pena es sencillo, Ana —él se acercó y le besó la frente—. Escúchame. No te pido que dejes tu vida. Te pido que me dejes formar parte de ella. Si el mundo quiere mirar, que mire. Pero lo que tenemos nosotros... eso no les pertenece.

Ana lo miró. Vio al futbolista, sí, pero también vio al chico de Foios que echaba de menos el mar, al deportista que sufría con cada crítica y al hombre que la miraba como si ella fuera el trofeo más importante de su carrera.

—Vas a tener que ayudarme con la prensa —dijo ella, soltando un suspiro tembloroso—. No tengo tu práctica con los micrófonos.

Ferran sonrió, y esta vez fue una sonrisa llena de alivio y ternura.

—Te protegeré de todo eso. A cambio, tú solo tienes que seguir siendo la única persona que se atreve a decirme que soy un pesado cuando me pongo intenso.

—Eso está garantizado —rio ella.

Él la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo que olía a seguridad. En la oscuridad del coche, lejos de los focos y los estadios, Ana comprendió que su historia no era solo un romance de revista. Era algo bonito, sí, pero también algo salvaje; una lucha constante por mantener la autenticidad en un mundo de apariencias.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —preguntó ella, apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Qué?

—Que ahora tendré que hacerme del Barça de verdad. Y yo siempre he sido más de baloncesto.

Ferran soltó una carcajada que llenó el habitáculo.

—Eso sí que es un sacrificio, Ana. Pero no te preocupes, te compraré la camiseta con mi número.

—Solo si me la firmas como "El paciente más difícil del mundo".

—Hecho.

El coche permaneció allí, suspendido sobre la ciudad, mientras dos mundos opuestos terminaban de colisionar para crear uno nuevo, donde los goles y los vendajes ya no eran lo más importante, sino el latido acompasado de dos personas que habían decidido, contra todo pronóstico, no soltarse la mano.

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