
De la luna al sol
Fandom: My hero academia
Creado: 29/8/2026
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El estruendo de la estática y el calor del asfalto
El gimnasio de entrenamiento gamma estaba inusualmente silencioso para ser una tarde de martes. La mayoría de los estudiantes de la Clase 1-A habían regresado a los dormitorios, agotados tras una sesión intensiva de rescate. Sin embargo, dos figuras permanecían bajo los focos halógenos, rodeadas por el olor a ozono y sudor.
Kirishima Eijiro se secó la frente con el antebrazo, dejando que su quirk se desactivara gradualmente. Su piel, que hacía un momento era tan dura como el diamante, volvió a su suavidad habitual, aunque estaba cubierta de rasguños y rojeces. A unos metros, Bakugo Katsuki respiraba con pesadez, con las manos aún humeantes y el ceño fruncido en esa expresión perpetua de furia que, para Kirishima, ya no resultaba intimidante, sino extrañamente reconfortante.
—Oye, Bakugo —dijo Kirishima, forzando una sonrisa a pesar del cansancio—. Ese último movimiento fue increíble. Casi no pude seguirte el ritmo.
Bakugo soltó un bufido, apartando la mirada bruscamente.
—Casi no es suficiente, pelo de mierda —gruñó, aunque su voz carecía de su mordacidad habitual—. Te estás volviendo lento. Si sigues así, te dejaré atrás en la próxima patrulla.
Kirishima soltó una risa suave, una que siempre parecía derretir un poco los muros de Bakugo. Se acercó a él, invadiendo ese espacio personal que el rubio defendía con explosiones ante cualquier otro, pero que con Kirishima parecía ser terreno neutral.
—Lo sé, lo sé. Por eso tengo suerte de tenerte para entrenar. Eres el mejor, ¿sabes?
Bakugo sintió un vuelco en el pecho. No era la primera vez que Kirishima le decía algo así, pero últimamente, cada cumplido se sentía como una detonación directa en su caja torácica. Observó de reojo cómo el pelirrojo se pasaba una mano por el cabello, deshaciendo el peinado de punta que tanto esfuerzo le costaba mantener. Kirishima se veía... diferente. Más brillante. Más insoportablemente presente.
—Cállate —masculló Bakugo, sintiendo que sus orejas empezaban a arder—. Vamos a los dormitorios. Tengo hambre.
Caminaron uno al lado del otro, manteniendo una distancia mínima. Sus hombros se rozaban ocasionalmente, y cada vez que eso sucedía, una chispa eléctrica, que nada tenía que ver con el quirk de Kaminari, recorría el cuerpo de ambos.
Al llegar a la sala común, la paz se interrumpió. Kaminari y Sero estaban sentados en el sofá, riendo ruidosamente mientras revisaban algo en el teléfono de Denki.
—¡Oh, Kirishima! —exclamó Kaminari al verlos entrar—. Mira esto. Una de las chicas de la Clase B preguntó por ti hoy. Dijo que te vio en el festival deportivo y que le pareces "el tipo más varonil y dulce del mundo".
Kirishima se sonrojó al instante, rascándose la nuca con timidez.
—¿Ah, sí? Eso es... muy amable de su parte. No sé qué decir.
—Deberías pedirle su número, viejo —añadió Sero con una sonrisa pícara—. Es muy linda.
Bakugo, que hasta ese momento había estado en silencio, sintió una oleada de irritación pura y amarga subirle por la garganta. Sus manos, ocultas en los bolsillos de su pantalón de gimnasia, se cerraron en puños.
—A nadie le importa esa mierda —espetó Bakugo, su voz más alta de lo necesario—. Estamos aquí para ser héroes, no para perder el tiempo con idioteces sentimentales.
—Vaya, Bakugo, no te pongas así —dijo Kaminari, levantando las manos en señal de paz—. Solo decíamos que Kirishima tiene éxito.
—¡Me importa un bledo! —Bakugo se giró hacia Kirishima, fulminándolo con la mirada—. ¡Y tú, deja de poner esa cara de idiota! Vámonos, tenemos que repasar los apuntes de Modern English.
Kirishima parpadeó, sorprendido por la repentina agresividad, incluso para los estándares de Bakugo.
—Claro, Bakugo. Nos vemos luego, chicos.
Mientras subían en el ascensor, el silencio era denso. Bakugo no miraba a Kirishima; mantenía los ojos fijos en los números que cambiaban en el panel. Estaba furioso, pero no con Kaminari, sino consigo mismo. Odiaba cómo se le apretaba el estómago al imaginar a Kirishima sonriéndole a alguien más de esa manera tan abierta y sincera.
—Oye —dijo Kirishima en voz baja, rompiendo la tensión—. ¿Estás bien? Pareces más enfadado de lo normal.
—Estoy perfectamente —respondió Bakugo entre dientes.
—¿Es por lo que dijo Kaminari? No tienes que preocuparte, no voy a distraerme del entrenamiento por...
—¡No me importa lo que hagas con tu vida! —interrumpió Bakugo, girándose bruscamente. Sus ojos chispeaban, pero no solo de ira; había una vulnerabilidad cruda que Kirishima nunca había visto tan expuesta—. Haz lo que quieras. Vete con esa extraña de la Clase B si tantas ganas tienes.
Kirishima se quedó helado. La cercanía en el ascensor era abrumadora. Podía ver las pequeñas pecas en el puente de la nariz de Bakugo y notar el temblor casi imperceptible en sus manos.
—Bakugo... yo no quiero irme con nadie —dijo Kirishima, su voz apenas un susurro—. Solo quiero estar aquí. Contigo.
El ascensor se detuvo con un leve pitido, pero ninguno de los dos se movió. Las palabras de Kirishima quedaron suspendidas en el aire, cargadas de un peso que ambos reconocían pero que temían nombrar. Bakugo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La masculinidad de Kirishima no era algo que lo hiciera sentirse inferior; era un faro, algo sólido a lo que quería aferrarse.
—Eres un idiota —susurró Bakugo, aunque esta vez no había veneno en sus palabras, solo una torpeza desesperada—. Un maldito idiota brillante.
Bakugo salió del ascensor a paso rápido, dejando a Kirishima confundido y con el corazón latiendo a mil por hora.
Las semanas siguientes fueron una tortura de roces accidentales y palabras no dichas. En la biblioteca, sus manos se tocaban al alcanzar el mismo libro de texto, y Bakugo retiraba la suya como si se hubiera quemado, con el rostro encendido. En el comedor, Kirishima se encontraba observando a Bakugo más de la cuenta, admirando la intensidad con la que hacía incluso las cosas más triviales, como pelar una naranja o criticar la comida de Lunch Rush.
La tensión llegó a su punto de ruptura una noche de tormenta.
El rayo iluminó el pasillo de los dormitorios, seguido casi inmediatamente por un trueno ensordecedor que hizo vibrar las ventanas. Kirishima no podía dormir. Su mente era un caos de pensamientos centrados en su mejor amigo. Se levantó para ir a la cocina por un vaso de agua, esperando que el frío lo ayudara a despejarse.
Al llegar a la cocina, encontró a Bakugo sentado en la encimera, mirando hacia la oscuridad de la sala común. No llevaba su habitual camiseta negra, sino una de tirantes que dejaba ver sus hombros anchos y las cicatrices de batallas pasadas.
—¿Tampoco puedes dormir? —preguntó Kirishima, acercándose con cautela.
Bakugo no se sobresaltó. Parecía haber estado esperando su presencia.
—El ruido no me deja —mintió Bakugo. En realidad, era el silencio lo que lo estaba matando. El silencio que lo obligaba a pensar en Kirishima.
Kirishima se apoyó en la encimera al lado de él.
—Bakugo, tenemos que hablar.
—No quiero hablar —dijo el rubio, aunque no se movió.
—Yo sí. Últimamente... las cosas están raras entre nosotros. Siento que estás huyendo de mí. ¿Hice algo que te molestara? Si es así, lo siento de verdad. Eres la persona más importante para mí, y no quiero que estemos mal.
Kirishima hablaba con esa honestidad desarmante que lo caracterizaba. No había dobles intenciones, solo una preocupación genuina. Bakugo apretó los dientes. Odiaba lo amable que era Kirishima. Odiaba que fuera tan malditamente perfecto y que él fuera un desastre de nervios y explosiones.
—¡No hiciste nada, maldita sea! —Bakugo saltó de la encimera, quedando a escasos centímetros de Kirishima—. ¡Ese es el maldito problema! ¡No haces nada y aun así no puedo sacarte de mi puta cabeza!
Kirishima retrocedió un paso, sorprendido por el estallido.
—¿Qué quieres decir?
Bakugo dio un paso adelante, acorralándolo contra el borde del mueble. La luz de los relámpagos bañaba la cocina en destellos azulados, marcando las líneas duras del rostro de Bakugo y la suavidad preocupada en los ojos de Kirishima.
—¡Digo que me distraes! —gritó Bakugo, aunque su voz se quebró al final—. ¡Digo que cuando ese idiota de Kaminari habla de que le gustas a alguien, quiero explotar todo el edificio! ¡Digo que eres el único que soporto y que, por alguna razón, quiero que te quedes cerca siempre!
El corazón de Kirishima dio un vuelco. El aire en la cocina parecía haberse vuelto denso, cargado de la misma energía que precede a una gran explosión.
—Bakugo... ¿estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—¡No me hagas decirlo, pelo de mierda! —Bakugo estaba temblando ahora, una mezcla de rabia y terror puro—. Sabes que no soy bueno con estas cursilerías.
Kirishima sintió una oleada de valor. Extendió una mano y, con una lentitud que le permitió a Bakugo apartarse si quería, acarició la mejilla del rubio. Bakugo no se apartó. Al contrario, cerró los ojos y se inclinó levemente hacia el contacto, un gesto de rendición absoluta que Kirishima nunca habría esperado del chico más orgulloso de la UA.
—Yo también —susurró Kirishima, su voz llena de una ternura que hizo que Bakugo abriera los ojos de golpe—. Yo también me siento así. Todo el tiempo. Pensé que era el único, que arruinaría nuestra amistad si decía algo.
—Eres un idiota —repitió Bakugo, pero esta vez fue un susurro roto—. Un completo idiota.
—Pero soy tu idiota, ¿verdad? —Kirishima sonrió, una sonrisa pequeña y temblorosa.
Bakugo soltó un gruñido que sonó más como un sollozo ahogado y agarró a Kirishima por el cuello de su camiseta, tirando de él hacia abajo. No fue un beso elegante ni de película. Fue un choque de dientes y labios, un encuentro desesperado de dos personas que habían estado guardando demasiado durante demasiado tiempo. Sabía a sal, a adrenalina y a esa extraña mezcla de caramelo quemado que siempre emanaba de la piel de Bakugo.
Kirishima rodeó la cintura de Bakugo con sus brazos, atrayéndolo lo más cerca posible, queriendo fundirse con él. Bakugo, por su parte, hundió sus manos en el cabello rojo de Kirishima, deshaciendo cualquier rastro de orden que quedara en él.
Cuando se separaron para tomar aire, sus frentes permanecieron unidas. La respiración de ambos era errática.
—Si le dices a alguien que me puse así de sentimental, te mato —amenazó Bakugo, aunque su tono no tenía fuerza.
Kirishima soltó una carcajada suave, recostando su cabeza en el hombro de Bakugo.
—Tu secreto está a salvo conmigo, Bakugo. Pero... ¿esto significa que somos...?
—Significa que si te veo sonriéndole a esa chica de la Clase B otra vez, le volaré la cara —gruñó Bakugo, aunque sus brazos se cerraron con fuerza alrededor de la espalda de Kirishima—. Y significa que no puedes irte a ninguna parte.
—No pensaba hacerlo —respondió Kirishima, cerrando los ojos y disfrutando del calor del cuerpo de Bakugo contra el suyo—. Eres mi héroe número uno, Katsuki.
Bakugo se tensó al escuchar su nombre de pila, pero no se quejó. En lugar de eso, escondió el rostro en el cuello de Kirishima, permitiéndose por primera vez en su vida bajar la guardia por completo.
Afuera, la tormenta seguía rugiendo, pero dentro de la cocina, entre el olor a ozono y la calidez de un abrazo largamente esperado, finalmente había paz. La tensión que los había perseguido durante meses se había disuelto en una confesión torpe y un beso desesperado, dejando paso a algo mucho más sólido y brillante que cualquier explosión.
—Mañana vamos a entrenar el doble —dijo Bakugo después de un rato, recuperando parte de su actitud habitual—. No pienses que por esto voy a ser suave contigo.
Kirishima rió, apretándolo un poco más.
—No esperaría menos de ti, Katsuki. No esperaría menos.
