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Destino

Fandom: My hero academia

Creado: 29/8/2026

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Cenizas y Ámbar

El aire en los pasillos de la Academia U.A. siempre olía a una mezcla peculiar de detergente industrial, ozono y el esfuerzo agotador de cientos de adolescentes intentando superar sus límites. Para la mayoría, era el olor de la superación. Para Katsuki Bakugo, era una distracción irritante que intentaba enmascarar lo que realmente le importaba.

Se ajustó el cuello del uniforme con un movimiento brusco, sintiendo el roce de la tela contra su piel inusualmente sensible. Odiaba los supresores. Odiaba la forma en que esas pastillas insípidas aplanaban sus sentidos, cómo intentaban sofocar el fuego que corría por sus venas y cómo pretendían convertirlo en algo "manejable". Él no era manejable. Era un omega, sí, pero era un omega que podía reducir a cenizas a cualquier alfa pretencioso que se atreviera a mirarlo por encima del hombro.

Excepto a uno.

— ¡Bakugo! ¡Espera, hombre!

La voz llegó antes que el sonido de los pasos apresurados. Bakugo no necesitó girarse para saber quién era. El aroma lo golpeó incluso antes de que el dueño de la voz estuviera a cinco metros: madera de sándalo, sol de tarde y algo profundamente cálido que recordaba al hogar. Era un aroma de alfa, pero no uno agresivo o punzante. Era Kirishima.

Eijiro Kirishima alcanzó a su amigo, exhibiendo esa sonrisa de dientes afilados que siempre parecía iluminar el pasillo más oscuro. A pesar de ser un alfa, Kirishima carecía de esa aura opresiva que muchos otros intentaban proyectar. Su presencia era como una manta pesada en una noche de invierno; reconfortante, segura y peligrosamente atrayente.

— Te dije que no me esperaras, pelos de pincho —gruñó Bakugo, aunque no aceleró el paso.

— Vamos, vamos, vamos —dijo Kirishima, dándole un ligero empujón con el hombro, un contacto casual que envió una descarga eléctrica directamente a la columna de Bakugo—. Vamos a la misma clase, no tiene sentido caminar separados. Además, hoy tenemos entrenamiento de combate. ¡Estoy encendido!

Bakugo apretó los dientes, luchando contra el instinto de inclinar el cuello hacia el toque. Era ridículo. Eran amigos. Mejores amigos. La jerarquía no debería importar en la U.A., donde todos eran héroes en formación. Pero su cuerpo, ese traidor biológico, gritaba algo diferente cada vez que Kirishima estaba cerca.

— Te voy a machacar en el entrenamiento —sentenció Bakugo, metiendo las manos en los bolsillos para ocultar el ligero temblor de sus dedos.

— ¡Eso espero! —rio Kirishima, sus ojos rojos brillando con una mezcla de admiración y algo más profundo, algo que intentaba enterrar bajo su habitual amabilidad—. Pero no te lo pondré fácil. Mi endurecimiento está a otro nivel hoy.

Caminaron en un silencio que para cualquier otro sería tenso, pero que para ellos era una coreografía bien ensayada. Sin embargo, bajo la superficie, los instintos de ambos estaban en guerra con la medicación.

Kirishima sentía el aroma de Bakugo a pesar de los bloqueadores de olor. Era picante, como el azúcar quemada y la pólvora, una combinación que hacía que sus colmillos picaran. Ser un alfa de naturaleza tranquila era una bendición la mayor parte del tiempo, pero cuando se trataba de Bakugo, Kirishima sentía que su control pendía de un hilo muy delgado. Quería protegerlo, sí, pero sobre todo quería ser digno de estar a su lado.

Al llegar al campo de entrenamiento Gamma, el ambiente cambió. El cemento y las estructuras metálicas se convirtieron en su patio de recreo. Aizawa-sensei dio las instrucciones y, como era de esperar, Bakugo y Kirishima terminaron emparejados para un combate cuerpo a cuerpo.

— Sin Quirks durante los primeros cinco minutos —ordenó Aizawa con su voz monótona—. Concentrense en la técnica y en el equilibrio.

Bakugo se puso en posición, sus ojos fijos en los de Kirishima. El omega en él rugió, no de sumisión, sino de desafío. Quería que este alfa lo viera, que viera lo fuerte que era.

— No te contengas, Eijiro —siseó Bakugo.

— Nunca lo hago contigo, Katsuki.

El uso de sus nombres de pila fue como un pistoletazo de salida. Kirishima se lanzó hacia adelante, no con la intención de someter, sino de probar la resistencia de su compañero. Sus movimientos eran fluidos, una danza de fuerza bruta y agilidad. Bakugo esquivó un golpe directo, girando sobre sus talones y lanzando una patada que Kirishima bloqueó con sus antebrazos.

El contacto físico fue constante. Agarre de muñecas, empujones de hombros, el sudor mezclándose mientras se movían por el área. En la cercanía del combate, los supresores empezaron a fallar ante la intensidad del momento.

Bakugo jadeaba, su pecho subiendo y bajando con fuerza. El calor estaba aumentando, y no era solo por el ejercicio. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Kirishima, un calor que lo llamaba, que le prometía seguridad si tan solo dejara de luchar. Ese pensamiento lo enfureció.

— ¡Muérete! —gritó, lanzándose sobre Kirishima y derribándolo al suelo.

Quedaron en una posición comprometida: Bakugo sentado sobre el pecho de Kirishima, sujetando sus muñecas contra el suelo. Los ojos de Bakugo estaban inyectados en sangre, su respiración errática. Kirishima, debajo de él, no parecía estar luchando por soltarse. Sus ojos, generalmente suaves, se habían oscurecido, las pupilas dilatadas hasta casi cubrir el iris rojo.

— Te tengo —jadeó Bakugo, con una sonrisa triunfal que flaqueó cuando sintió la mano de Kirishima soltarse de su agarre, no para golpearlo, sino para subir por su costado hasta posarse en su nuca.

— Me tienes —susurró Kirishima. Su voz era un tono más baja, una vibración que resonó en el pecho de Bakugo—. Siempre me has tenido.

El aire entre ellos se volvió denso. El olor a pólvora dulce de Bakugo se intensificó, volviéndose casi embriagador, mientras que el sándalo de Kirishima se tornó más profundo, envolvente. Por un segundo, el mundo exterior desapareció. No había otros estudiantes, no había profesores, no había reglas de castas. Solo eran un alfa y un omega cuya conexión desafiaba cualquier lógica química.

Kirishima tiró suavemente de la nuca de Bakugo, acercándolo. Bakugo, el omega indomable, el chico que nunca se rendía ante nadie, sintió que sus defensas se desmoronaban. No por debilidad, sino por una confianza absoluta. Sus narices se rozaron, y el instinto de marcar, de pertenecer, se volvió casi insoportable.

— ¡Tiempo! —la voz de Aizawa cortó el aire como un látigo.

Bakugo se apartó de un salto, como si se hubiera quemado. Su rostro estaba encendido, y no solo por el esfuerzo físico. Se dio la vuelta rápidamente, dándole la espalda a Kirishima mientras intentaba regular su respiración.

— Maldita sea —susurró para sí mismo, apretando los puños.

Kirishima se levantó lentamente, pasando una mano por su cabello rojo desordenado. Se sentía mareado, su instinto de alfa gritando que volviera a buscar ese contacto, que reclamara lo que su corazón ya había decidido hacía mucho tiempo. Pero sabía dónde estaban. Sabía que Bakugo valoraba su orgullo por encima de todo.

— Buen combate, Bakugo —dijo Kirishima, forzando una normalidad que no sentía. Su voz aún temblaba ligeramente.

Bakugo no respondió de inmediato. Caminó hacia su botella de agua, bebiendo casi la mitad de un trago antes de girarse. Sus ojos todavía tenían ese brillo salvaje, pero su máscara de arrogancia estaba de vuelta, aunque un poco agrietada en las comisuras.

— Has estado lento, pelos de pincho —dijo, aunque no había veneno en sus palabras—. Mañana entrenaremos más temprano. No voy a dejar que te vuelvas un blando.

Kirishima sonrió, una sonrisa genuina y cálida que hizo que el corazón de Bakugo diera un vuelco.

— Claro. Lo que digas, Katsuki.

El resto del día fue una tortura de conciencia. En las clases teóricas, Bakugo no podía concentrarse. Cada vez que Kirishima se movía en su asiento, unas filas más atrás, Bakugo podía sentirlo. Era como si un hilo invisible los mantuviera conectados. Se sentía expuesto, vulnerable de una manera que odiaba, pero al mismo tiempo, había una parte de él, la parte que el supresor no podía tocar, que se sentía extrañamente completa.

Al terminar las clases, mientras se dirigían a los dormitorios de la U.A., la lluvia empezó a caer, refrescando el ambiente pero aumentando la humedad que transportaba los aromas.

— Oye, Bakugo —dijo Kirishima mientras subían las escaleras hacia sus respectivas habitaciones. El pasillo estaba vacío—. Sobre lo de hoy en el entrenamiento...

Bakugo se detuvo en seco frente a su puerta. No se giró.

— No digas nada estúpido —advirtió, aunque su tono no era amenazante.

— No es estúpido —Kirishima dio un paso más, quedando justo detrás de él. Podía sentir el calor que emanaba de la espalda del rubio—. Sé que los supresores a veces... fallan. O que la situación se vuelve intensa. Pero no quiero que pienses que lo que siento es solo por eso.

Bakugo se tensó.

— ¿De qué diablos estás hablando?

— Sabes de lo que hablo —dijo Kirishima en voz baja, dando un paso más, invadiendo el espacio personal de Bakugo de una manera que solo él tenía permitido—. Eres el omega más increíble que he conocido. Y no porque seas fuerte, que lo eres, sino porque eres tú. Mis instintos te buscan, sí, pero mi corazón te buscó primero.

Bakugo finalmente se giró. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de rabia y confusión.

— Soy un desastre, Kirishima. Soy explosivo, soy arrogante y no sé cómo ser... lo que se supone que un omega debe ser.

— Eso es lo que más me gusta —Kirishima se atrevió a tomar la mano de Bakugo. Sus dedos se entrelazaron con naturalidad—. No necesito un omega que se someta. Necesito a alguien que me desafíe. Alguien que camine a mi lado, no detrás de mí. Y tú... tú eres el único que puede hacer eso.

Bakugo miró sus manos entrelazadas. El contraste entre la piel clara de sus manos y la calidez de Kirishima era evidente. Por un momento, dejó caer su máscara.

— Si le dices esto a alguien, te mataré —susurró, aunque apretó la mano de Kirishima con fuerza.

— Tu secreto está a salvo conmigo —rio Kirishima suavemente.

— Y no creas que esto significa que voy a ser suave contigo —continuó Bakugo, levantando la vista para clavar sus ojos en los del alfa—. Si vas a ser mi alfa, vas a tener que esforzarte el doble para estar a mi altura.

Kirishima sintió que su pecho se llenaba de un orgullo que no tenía nada que ver con la dominación y todo que ver con la devoción.

— Acepto el reto, Katsuki.

Bakugo soltó un gruñido, pero no soltó su mano.

— Entra a mi habitación. La cena de la cafetería es una basura y voy a cocinar algo decente. Y ni se te ocurra ayudar, solo estorbarías.

Kirishima sonrió ampliamente, sus colmillos brillando bajo la luz fluorescente del pasillo.

— ¡Entendido, jefe!

Mientras entraban en la habitación de Bakugo y la puerta se cerraba tras ellos, el aroma a pólvora y sándalo se mezcló finalmente sin restricciones, creando una fragancia nueva, única y perfectamente equilibrada. En un mundo que intentaba controlarlos con pastillas y normas, ellos habían encontrado su propio orden en el caos del otro.

Bakugo se movió hacia la pequeña cocina de su habitación, sus movimientos eran precisos, pero había una nueva suavidad en sus hombros. Kirishima se sentó en la cama, observándolo con una mirada llena de una calidez pura.

— ¿Qué estás mirando, idiota? —preguntó Bakugo sin darse la vuelta, aunque sus orejas estaban ligeramente rojas.

— Nada —respondió Kirishima, recostándose contra la pared—. Solo pensaba en lo afortunado que soy.

— Cállate y espera la comida.

El ambiente estaba cargado de una tensión diferente ahora, una que no nacía del conflicto, sino de una promesa silenciosa. Los supresores podían ocultar los olores y calmar los celos, pero no podían hacer nada contra la conexión que se había forjado en el campo de batalla y se había sellado con una honestidad brutal.

Esa noche, en la seguridad de la habitación, los instintos de alfa y omega finalmente encontraron un lenguaje común. No se trataba de quién mandaba o quién obedecía, sino de dos almas que, a pesar de sus naturalezas opuestas, encajaban como las piezas de un rompecabezas forjado en hierro y fuego.

Bakugo terminó de cocinar y le entregó un plato a Kirishima con un gesto brusco que ya no engañaba a nadie.

— Come. Mañana tenemos entrenamiento de resistencia y no quiero que te desmayes.

— Gracias, Katsuki —dijo Kirishima, tomando el plato y, por un breve momento, rozando los dedos de Bakugo.

Bakugo se sentó a su lado, manteniendo una distancia mínima, pero suficiente para que sus hombros se tocaran. El fuego de Bakugo y la roca de Kirishima finalmente habían encontrado su punto de equilibrio: una brasa constante que no quemaba, sino que iluminaba el camino hacia un futuro que construirían juntos, sin importar lo que dictaran sus castas.

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